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miércoles, 16 de enero de 2008

sudando

Estoy de pie, en el vestidor del gimnasio, poniéndome mi sudador rojo y mi franela de Michael Jordan. El vestidor se encuentra atestado. Una parte se encuentra sentada en los bancos de madera amarrándose los zapatos mientras otra parte está de pie admirándose en los espejos o peinándose. De vez en cuando, se aproximan otros envueltos en toallas desde las duchas y proceden a vestirse.

Candados, zippers y lockers se abren y se cierran. A mí me sorprenden dos cosas. La primera es que exista tal cantidad de hombres que consideran sexy afeitarse el pecho y meterse en las camas bronceadoras. La segunda es lo mucho que hablan los hombres mientras se están cambiando de ropa. En ocasiones se oyen buenas historias. Los gays cuentan buenas historias. Los musculosos cuentan buenas historias. Los empleados de bancos cuentan buenas historias. Historias tan buenas como la del funeral que le escuché a un empleado del gimnasio el otro día. Estaban velando a un hombre en una pequeña funeraria cuando de repente se va aproximando una caravana Reformista, encabezada por Amable Aristy. La caravana de motoristas y carros con banderas rojas va pasando por la carretera. Pasa una camioneta con bocinas enormes donde se escucha un merengue altísimo que se interrumpe para dar paso a una voz titubeante que anuncia que Amable está repartiendo pollos y cerdos en el pueblo. Poco a poco la gente sale de la funeraria tras la caravana hasta que quedan tan solo los que estaban en la primera fila frente al difunto y hasta estos al rato se marchan. Cuando todos retornan con sus pollos y sus cerdos, el difunto no está en el ataúd. Ha desaparecido.

Por supuesto en el baño de mujeres debe ser más interesante. Recuerdo haber escuchado a dos que salían del baño y subían la escalera conmigo.
- Mira, después de la operación me dolían muchísimo, y ahora me botan como un agua por los pezones. - Ay sí, a mí me pasaba eso... se me formaba una postilla y se me quedaban pegados los pezones del brassiere. - Sí, sí, a mi también.
- Eso duele muchísimo.

A mi lado se sienta un calvo y coloca su bulto hasta cubrir gran parte del banco de madera. Casi me desplaza. Por supuesto, no puedo decirle nada, debido a que aparenta tener más de 18 pulgadas de brazo.

No le presto atención. Tomo mi termo rojo, mi iPod y salgo. Al salir la música electrónica lo inunda todo. Arriba están haciendo aeróbicos y de seguro en el piso de más arriba están haciendo spinning. Las mujeres deben estar sudorosas y como la mayoría lleva maquillaje, deben brillar. Hay algunas que llevan tal cantidad de maquillaje que alcanzan a tener un color fosforescente. Hay hombres que les gustan las mujeres sudorosas y que van a los gimnasios para verlas. Esto no me lo invento. Se lo escuché a alguien hace dos días mientras tomaba una ducha.

Ahora distingo a un ex compañero de universidad que entra con un bulto negro al hombro. Evito el contacto visual. No me ve. Lo conocí en la universidad. No fue exactamente un compañero de la universidad, puesto que estudiaba ingeniería o algo por el estilo. Más bien fue un ex compañero de guagua, ya que me encontraba con él, todas las mañanas, en la parada. Realizábamos el recorrido hasta la universidad y a veces cuando nuestras clases coincidían retornábamos juntos. Siempre hablábamos de la universidad. Ambos odiábamos la universidad. Nunca supe su nombre ni él supo el mío. Ahora habla con una rubia a la que bromeando le aplica una llave de lucha libre. La suelta. La rubia sonríe.
No lo había vuelto a ver, hasta que una tarde, pasando canales en la casa de un amigo, me topo con un combate que tenía lugar en el salón principal del Hotel Jaragua. La verdad no sé mucho de esos combates donde se utilizan artes marciales mezcladas con lucha libre, boxeo y hasta pelea callejera. Aguardando al próximo luchador, veo que quien se va aproximado al ring es el sujeto que tengo ahora mismo frente a frente y que le dice adiós a la rubia.

A diferencia de ahora, se hallaba desnudo de la cintura para arriba y llevaba una trusa. Se iba a enfrentar a un oponente, de pelo largo y cara de psicópata, que si no recuerdo mal, era extranjero. Colombiano quizás. Familia quizás de uno de esos guerrilleros salvajes de la FARC. La pelea dio inicio. A diferencia de su oponente que se movía abruptamente por el cuadrilátero y pegaba unos golpes terribles, él apenas se movía y se dedicaba a esquivar los golpes y las patadas que le propinaban hasta que en un momento, le propinó una zancadilla a su adversario que lo llevó al suelo. Entonces se dedicó a aplicarle llaves, aparentemente buenas llaves, ya que cuando la cámara presentaba la cara de su oponente se podía ver con nitidez su agonía. No sé si el adversario se dio por vencido o quedaron empate, lo que sí sé es que el público se aburrió, dado que la mayoría de los fanáticos de este tipo de lucha ven estos combates buscando una violencia cruda, donde la sangre brote a borbotones de la nariz, de la boca, de la frente y se rompan suficientes huesos y se atrofien muchos más músculos. Tomo unas mancuernas y hago bíceps. Hago pecho en tres máquinas distintas. Cuando termino, subo al próximo piso y enciendo la caminadora. Corro por cuarenta y cinco minutos hasta completar los ocho kilómetros. Cuenta Katie Holmes que la última hora del maratón de Nueva York, fue la más ardua y exhaustiva de todas. Si algo la ayudó a terminar el maratón, fue la repetición continua de la canción Stronger de Kanye West y Daft Punk. Me llevo de su consejo y repito la canción una y otra vez. Al terminar, me apeo de la máquina y permanezco en los alrededores observando a las mujeres que sudan.

Bebo de mi termo y me estiro. Entonces recuerdo al tipo que se había apuntado en el gimnasio para ver las mujeres sudando. Desde donde estoy las contemplo de espaldas y de frente bajando y subiendo de las máquinas de cardio o pedaleando las bicicletas estacionarias. Escojo una al azar. Aquella que está casi en frente de mí, que corre en la caminadora y que lleva un body blanco y el pelo recogido en una cola, unos tenis reebook blancos y que tiene un culo de antología. Debe tener treinta y tantos años. En ocasiones, aumenta la velocidad y se echa a correr como una atleta y al instante la disminuye para tomar aire y beber agua de su termo. Los músculos se le tensan y poco a poco el sudor empieza a caer de su frente hasta convertirse en un chorro que va dando al piso.
Aumenta y disminuye. Se pasa la toalla por la cara y los brazos para secarse el sudor. La miro y la miro hasta que me doy cuenta de lo asqueroso de todo el asunto. Es increíble que alguien encuentre excitante observar una mujer sudando. Me seco el sudor con mi toalla y camino hasta los bebedores para volver a llenar mi termo.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Papelito

Son las diez de la mañana y en el colmado de la esquina ya se encuentran bebiendo y jugando dominó. Detenemos un carro público casi al lado de la bomba Texaco y nos montamos. Hay mucho tránsito. Lo que para un domingo es sumamente extraño.

Desde el Banco Popular hay un tapón que se extiende hasta el Doce. Las imprecaciones y los bocinazos se repiten incesantemente. De acuerdo a Giselle, se debe a que la gente cobró su doble sueldo y se encuentra amontonada en Las Pulgas regateando entre pilas de ropa y DVD pirateados. Según leímos en el periódico, cada domingo Las Pulgas genera alrededor de cuarenta millones de pesos. ¿Excesivo? Claro que sí. Pero ahora que avanzamos entre la masa que bulle en todas direcciones, lo pienso de nuevo y me doy cuenta de que puede ser posible.

Me saco la cartera del bolsillo trasero y me la pongo en uno de los bolsillos delanteros para evitar los carteristas.


En estos días, la temperatura es agradable. No se siente el sol tan cerca como si fuera una mochila y cargaras con él por todas partes. Tan alto se encuentra que uno hasta se olvida de su influjo. En un día normal, a medida que se avanza entre la gente y los puestos de ventas, se suele sudar al extremo que la camiseta se moja y bien se pudiera exprimir. Ahora, en cambio, el ambiente está fresco y de vez en cuando hasta sopla una brisa que agita las lonas.

La gente grita y chilla. Es tanto el ruido que dan ganas de taparse los oídos.
Pasamos por los que venden zapatos, los que venden electrodomesticos, piezas de carros, pantis, ropa. Señalo un libro. Un muchacho con una gorra del Licey y una camiseta de 50 cent se me para al lado y dice que me lo da por cincuenta pesos. Tanto los libros como las revistas se encuentran escritos en francés e inglés. El libro es Animal Farm de George Orwell editado por Penguin en los ochenta. Como no lo tenía, aprovecho y lo compro. Giselle me presta cincuenta pesos y le pagamos.

Vemos zapatos, carteras y ropas. Giselle compra un libro de cocina y dos cancioneros de niños en alemán. Compra una corbata psicodélica de los sesenta. ¿De dónde la sacaron? No saben.

¿De dónde sacaron los libros? Anteriormente había comprado un libro de Agatha Christie que pertenecía a la biblioteca de Casa de Campo. ¿Cómo llegó a las manos del tipo que me lo vendió? No sé.

Sin embargo, lo más raro se presenta ahora cuando Giselle compra una de esas carteras para restaurarlas. Abre la cartera y saca de esta un papelito azul que desenvuelve y lee. Al rato, me lo pasa.

En el papelito se lee:
Dominga Reyes Hdez.
señora que quiere trabajar

360- 3521
Beatriz Lassalle
apt. 5k 00925
Sta. Rita. P.R


La parte que reza, señora que quiere trabajar, se encuentra escrito con una letra menuda, utilizando un lapicero azul diferente al del resto, dato que supone que se agregó posteriormente.

Hdez es la abreviatura de Hernández.

Dominga Reyes Hdez debe ser la señora que quería trabajar y Beatriz Lassalle la persona que le iba a ofrecer el puesto de trabajo en Puerto Rico. De esto, se intuye que Dominga Reyes Hdez es dominicana y se encuentra buscando trabajo en Puerto Rico donde aparentemente reside. ¿Cuánto tiempo tendrá viviendo en Puerto Rico? No sé sabe. No quiero tampoco especular al respecto.

Sería sencillo decir que Dominga Reyes Hdez se fue ilegal a Puerto Rico y que alguien le escribió en el papelito la dirección de Beatriz Lassalle para que se dirigiera donde ella para conseguir un trabajo. En República Dominicana, se hace mucho eso de dar papelitos.


Donde se complica la cosa,
es en lo del apelativo de señora de Dominga Reyes Hdez, ya que la cartera es 100% piel italiana y parece más una cartera de una persona joven que de una persona entrada en años.

También está la hipótesis de que Dominga Reyes Hdez sea analfabeta y no sepa leer. Por eso quizás le escribieron la dirección y las señas de esa manera.

Pero hay algo interesante, si Dominga Reyes Hdez es una señora puede que se trate de una persona que tiene mucho tiempo en Puerto Rico. Aunque lo que me extraña es la aparición del papelito en la cartera usada, lo que hace suponer que Dominga retornó a Santo Domingo y vendió la cartera o se la robaron o la regaló a alguien y esta paulatinamente terminó en Las Pulgas donde Giselle la acaba de adquirir.
También de que Dominga Reyes Hdez está muerta.
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Agregado el jueves 20 de diciembre
Giselle y Arturo aciertan al comentar que Beatriz Lassalle es una calle de San Juan Puerto Rico. Buscando en google, me doy cuenta que existe la Escuela Graduada de Trabajo Social Beatriz Lassalle de la Universidad de Puerto Rico. Esto, por supuesto, le da una vuelta de tuerca a todo el asunto. Tendríamos que volver de nuevo al principio, ya que en este caso Dominga Reyes Hdez vive en Puerto Rico y la dirección escrita en el papelito es la suya. También es ella la persona que quiere trabajar. De esto colegimos que la dueña de la cartera es la persona que le iba a conseguir trabajo a Dominga Reyes Hdez, quien para estos casos, puede ser dominicana o no. Esto, además, nos da a entender que la persona a quien se le solicita el trabajo es una persona joven, moderna, de ese tipo de mujeres que le luciría bien ese tipo de cartera y que puede que trabaje en algún programa de la Escuela de Trabajo Social Beatriz Lassalle donde se gestionan empleos. Esto suponiendo que la escuela quede por los alrededores de la casa de doña Dominga y que le hallan puesto ese nombre porque se encuentra cerca de la calle o viceversa.
Imagino a Dominga Reyes Hdez, sentada frente al escritorio de la joven, tomando un papelito azul y escribiendo en este su nombre y su dirección. Lo escribe en lapicero con letras grandes, rogándole, antes de finalizar, a la joven, que la ayude. Al marcharse, la joven escribe en el papelito con una letra menuda y sin apretar mucho el lapicero, lo de señora que quiere trabajar, lo dobla y lo mete en su cartera de piel 100% italiana.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Un ruso en Santo Domingo

El experimento sociológico de meter en nuestro apartamento por tres semanas a mi querido amigo ruso resultó todo un éxito. ¿Existen diferencias? Por supuesto. Cuando Sergei Kolejov dejó San Petersburgo, la temperatura estaba en menos doce grados Celsius. Cuando arribó a Santo Domingo, la temperatura estaba en 28 grados Celsius. Sin embargo, no son tantas, como se pudiera pensar, ya que si analizamos bien, se pueden encontrar un montón de similitudes entre San Petersburgo y Santo Domingo. En Rusia la gente maneja mal y a diario se tienen montones de accidentes. En República Dominicana manejamos peor que en Rusia, pero no tenemos tantos accidentes.
Cuando estaba bien borracho, lo que ocurría con frecuencia, Sergei profundizaba sobre las similitudes y diferencias entre el alma rusa y el alma dominicana. Contaba que los rusos son rencorosos y que los dominicanos son indulgentes. Esto lo decía por los dominicanos que vio rompiéndose la cara a trompadas, pero que terminaban sentados juntos en un colmado bebiendo y coreando las bachatas. Encontraba similares a las mujeres rusas y a las mujeres dominicanas. Le gustaban las lolitas. En Rusia, se llega a la mayoría de edad a los dieciséis años mientras en República Dominicana se alcanza a los dieciocho. Cada vez que lo veía picándole el ojo a una lolita, se lo recordaba.
La primera experiencia de Sergei con una dominicana fue en el avión durante el vuelo desde Ámsterdam a Punta Cana. Sucede que una dominicana se había sentado a su lado y le había hecho una serie de preguntas, que de acuerdo a Sergei, eran en su mayoría de carácter sexual. Sergei apenas entiende español, por lo que negaba con la cabeza, cada vez que la mujer le repetía algo. "No hablo español", murmuraba. La dominicana se levantó del asiento y retorno a su asiento original, al lado de un moreno gordo con una gorra de los piratas de Pittsburg, que volteó la cabeza varias veces para mirar a Sergei. Entonces una señora dominicana se aproximó y le secreteó en inglés, que había una red de prostitutas que embaucaban a turistas en los vuelos de Ámsterdam a Punta Cana y que se cuidara. Al decirlo señaló a la extraña pareja. Sergei tuvo miedo por primera vez.
Pero no sólo temía a que lo embaucaran en la isla. También le preocupaba que los mosquitos de la isla le contagiaran la malaria o el paludismo. Cada vez que escuchaba un mosquito zumbándole en los oídos se ponía paranoico y se echaba a correr. La primera noche de Sergei Kolejov, éste entró al baño a cepillarse los dientes y al rato salió explicándome que necesitaba hervir agua para poder hacerlo. ¿Hervir agua?, le pregunté. Sí, porque el agua está contaminada, me dijo. Lo
mismo planteó la noche en que Miguel, Chelo y yo lo llevamos a la mítica Barra Payán. Sergei Kolejov pidió un sándwich de pierna de cerdo del que se comió solamente la mitad. Ya en casa, me dijo que iba a beber ron porque el sándwich le había hecho daño. Empezó a beber como si fuera agua, pensando que con el alcohol podía matar los parásitos, hasta que se emborrachó y se puso a cantar el himno nacional ruso. Ya que estamos en eso, Sergei Kolejov se emborrachó casi todas las noches. El lema de Sergei no era sexo, drogas y rocanrol, sino más bien, cervezas, tabaco y ron. De las cervezas pasaba al romo y al vodka como si fueran distintas atracciones de un parque de diversiones. Sergei Kolejov me trajo un vodka de San Petersburgo y dos cervezas rusas, pero no las llegué a probar, ya que se las bebió enteras. Es más, Sergei compró dos botellas de ron Brugal extra viejo, un Barceló y tres botellas de Macorix, con la intención de llevarlas como regalos para sus amigos y sus familiares. Pero se las bebió. Dos cada noche. Antes de ayer, me di cuenta que la botella de whisky que está en la repisa de la sala está prácticamente vacía.
Fuimos en un tour al carnaval de La Vega. Sergei se bebió casi todos los tragos del brindis, enfureciendo a la mayoría de los pasajeros del bus, quienes amenazaron con dejarlo abandonado en el Típico Bonao. Lo bautizaron como la Perestroika. Se bebió La Vega. Se bebió Boca Chica. Se bebió la Romana, Herrera, La Zona, el parque Duarte. Como repite mi novia, durante la estadía de Sergei Kolejov en Santo Domingo, E. León Jimenes y La Cervecería Nacional experimentaron un repunte en sus ventas. Pero la bebida no fue tanto un problema. Hablemos de los cigarrillos. Jimmy Hungría le preguntó cuando había empezado a fumar y Sergei le respondió que a los ocho años. Según cálculos míos, llegó a fumarse alrededor de 980 cigarrillos durante su estadía en el país. Esto sin contar los tabacos. A mí me dio gripe durante esos días. A mi hermana también. Creo que también a mi novia, ya que el otro día la escuché tosiendo. Se le prohibió cargar a mi sobrina por el olor a cigarrillos que despedía. Incluso, se le indicó que bajara al parqueo a fumar y que no fumara cerca de los carros con tanques de gas.
Tanto pronto se despertaba, Sergei Kolejov sacaba un cigarro y se ponía a fumar. Mi mamá le preparaba el café y se lo bebía acompañado de cuatro cigarros. Mientras desayunaba se fumaba dos más. Durante un viaje que hicimos a Bahía de las Águilas, le pedía a Jimmy o a Chelo que se detuvieran para que él pudiera orinar, pero en vez de esto, Sergei sacaba sus cigarrillos y se ponía a fumar simulando que orinaba detrás de un muro o un cactus. En una ocasión, viendo una película en el cine, casi sufre una embolia por permanecer tanto tiempo en un lugar cerrado sin un cigarro en los labios.
Ante estos datos, la primera pregunta obligatoria es: ¿tiene Sergei Kolejov pulmones? Por supuesto que tiene. Pero lo mejor es esto, le funcionan de maravilla. Cuando vivíamos en Chicago, solíamos hacer competencias en una de las piscinas públicas para ver quién resistía mayor tiempo debajo del agua. Atravesábamos la piscina de cincuenta metros sin respirar. Sergei la atravesaba ida y vuelta. Lo que significa que nadaba cien metros debajo del agua y resistía mucho más de un minuto sin respirar. Siempre resultaba vencedor, dejándonos a Sócrates, a una rubia tetona, a mí y a todos los que se aglomeraban a mirar, estupefactos. También recuerdo una madrugada, en Milwaukee, en que Sergei salió a fumar al lobby del edificio donde nos estábamos quedando, ya que afuera nevaba sin misericordia. La alarma contra incendios se activó y Sergei se refugió en el apartamento, y a través del ojo mágico presenció, muerto de risa, cómo casi todos los vecinos descendían las escaleras en piyamas y paños menores temerosos de que hubiera un incendio en el edificio.
Por otro lado, hay que resaltar las buenas relaciones que establecía con mis amigos, vecinos y familiares. Con la gente de la calle. Con los extranjeros. Con los estudiantes de la AFS. Con los pulperos. Con los taxistas. Una mañana se desapareció por cuatro horas. Alarmado, llegué a imaginar que se había lanzado por el malecón a bañarse y un tiburón se lo había desayunado.
Lo busqué y lo busqué hasta que lo encontré jugando dominó y bebiendo en un colmado con unos zánganos. (Aquí debo aclarar que el dominó ruso se juega al revés del dominó occidental. Al contrario de este, en el ruso quien tiene menor cantidad de fichas es quien va perdiendo.) Estaba que botaba ron por los oídos. Al final, acusó a sus compinches de haberle robado sus gafas. Yo me detuve y con los brazos cruzados me planté en el colmado pidiendo que le busquen las gafas a mi amigo ruso. Incluso hasta volqué la mesa de dominó. Pero fue en vano, las gafas no las tenían ellos, sino el mismo Sergei que las había guardado en un bolsillo de su bermuda y que extrajo sin querer horas después de la discusión, cuando ya estábamos en la casa.
Mis amigos y mi familia lo extrañan. Mi mamá lloró cuando se despidieron. Isabel también. Mi papá le dio palmadas en la espalda mientras Sergei vomitaba en el baño. Mi hermana le regaló una camiseta de Santo Domingo No Problem. Mi novia le regaló un brazalete para su esposa Marina. Miguel le regaló collares y adornos para la abuela, para Marina y para su hija Margarita.
El año que viene me toca ir a San Petersburgo por dos semanas. Ya les contaré mi experiencia.

jueves, 25 de octubre de 2007

Papitas fritas

La muchacha tiene el maquillaje corrido, el pelo sucio y lleva una mochila negra. Acaba de cruzar la Churchill y ahora se aproxima con la cabeza baja al McDonald’s. En la puerta de entrada, una mujer teñida de rubio y con uniforme le da la bienvenida. La muchacha apenas la escucha. Avanza y se sienta detrás de nosotros, justo a un extremo de la ventana. Del otro lado hay un niño descalzo que la mira con fijeza. Se soba el vientre como para darle a entender que tiene hambre. Pero aunque la muchacha aparenta mirarlo, no lo hace, es como si este fuera un fantasma y pudiera ver a través de él y su barriga llena de parásitos hacia la avenida atestada de carros y hasta las tiendas y los estudiantes de más allá.

Del asiento levanta su mochila y la coloca sobre la mesa. De esta extrae su iPod. Se pone los audífonos y empieza a repasar las canciones. Al encontrar la que buscaba presiona el botón de Play y cierra los ojos. Entonces es como si se hiciera invisible por cinco minutos. Al finalizar la canción el hechizo se rompe y ella se quita los audífonos y apaga el iPod. Lo guarda. Saca su celular y lo coloca sobre la mesa. Lo hace girar como si se tratara de una ficha de dominó. Aburrida, sigue mirando por la ventana, hasta que de repente tuerce la cabeza y le echa un vistazo al establecimiento, a los hombres y las mujeres que se pasean con bandejas, a las ofertas, a los que esperan impacientes en filas frente a las hastiadas cajeras, a los ventanales del otro lado donde los carros avanzan por el Drive Thru, a una de las dependientes que se hizo el moño con un lapicero azul y que se encarga de recoger de las mesas las bandejas dejadas por clientes desaprensivos. Luego me ve a mí. Permanecemos mirándonos durante diez segundos hasta que me corta los ojos y posa la mirada en su celular como si con la fuerza de la mirada pudiera hacerlo sonar.

Cada vez que la muchacha me mira, utiliza la cabeza de Blas como parapeto. Se cubre ahí y de improviso echa un furtivo vistazo. Tiendo a mirar mucho a las personas. Observo a las personas como si mi cabeza fuera una cámara y las estuviera grabando desde donde estoy sentado.
La muchacha debe tener veintidós años y no parece estudiante. Lo digo porque la mayoría de los que están sentados y paseando con bandejas son estudiantes universitarios. Ahora se levanta y se dirige hacia las filas. Se pone detrás de una mujer obesa. Estudia las ofertas y aparentemente se decide de inmediato, puesto que la cajera toma la orden y a los pocos segundos le trae un sundae de fresa. La muchacha lo pone en su bandeja, avanza y se vuelve a sentar detrás de nosotros. Saca nuevamente su celular y lo pone en la mesa como si éste estuviera a punto de incendiarse. Le digo a Blas que la muchacha me recuerda a alguien. Blas dice que no le recuerda a nadie y dice que es fea.
- Sí, es fea, pero me recuerda a alguien.
- ¿A quién?
- No sé... tiene la cara de alguien que conocí.
Hago esfuerzos sobrehumanos para recordarla.
- Por cierto, conocí una jevita.
- ¿Dónde?
- Por facebook.
-¿Cómo?
-Estaba chateando y le empecé a montar. Cayó como en quince minutos. La invité al cine.
- ¿Cómo? ¿Sin ver la foto?
- Sin ver la foto.
-Hmm.
-Déjame contarte. Quedamos en vernos en el Cinema Centro. A ver una película de Catherine Zeta Jones.
-¿La convenciste?
-Sí, le monté bestial. Me dijo: nos vemos a las siete.
-¿Qué tal?
-Un cromo.
- No, la película.
- Un clavo. Pero esa mujer está buenísima. Pues sí, me senté en el café colombiano que tienen al lado para hacer tiempo.
- Ah sí, conozco el café.
- Me siento a beberme el café, un buen café colombiano.
Me arrebata la funda de papitas fritas y devora dos al mismo tiempo. Vamos a McDonald's por las papitas fritas. Por más que los documentales destrocen a McDonald's, las papitas fritas siguen siendo una delicatessen.
- Pues estoy ahí, sentado, bebiéndome mi café y esperando la jevita. Pasan quince minutos.
-No jodas.
-Pasan veinte minutos. La película está por empezar. Me digo: la jevita me jodió.
- Seguro pensaste que era un hombre con el que estabas chateando.
-Sí, pensé todo. Me sentía como si me hubieran pegado cuernos y el mesero y los que pasaban lo supieran.
- Been there, done that.
- Entonces la jevita se apareció.
-¿Buena?
-Un cromo. La mujer perfecta. Se sienta y conversamos y yo estoy como si estuviera en el cielo, en la antesala del cielo, sentado frente a Dios. Hasta ahí todo bien.
-¿Y?
- Miramos la película. Un clavo. Pero que buena está Catherine Zeta Jones. - Dilo duro.
- Todo bien hasta ahí. Hasta nos agarramos de la mano cuando salimos de la sala. Bajamos entonces las escaleras y mientras bajamos la jevita pega un grito.
-¿Un grito?
-Sí, un panita que está abajo se abalanza sobre ella y ella se echa a correr. Imagínate. Yo le voceo al pana, compadre, cuál es tu problema, pero el pana sin mirarme grita no te metas con mi mujer y agarra a la jevita de la mano. La coge del cabello y le empieza a decir que no sirve, que es una sucia, que no sirve.
-¡En qué lío te metiste!
-Pa que lo sepa. Le digo al pana pero qué es lo que pasa. Entonces el pana me dice que la estaba acechando desde hace unos días. Le grita cuero sucio al oído.
- ¿Y que tú hiciste?
-Le dije al pana que me diera el dinero que gasté en la entrada.
-¿Y te lo dio?
-Claro.
-Que fuerte.
La muchacha deja el sundae por mitad. Sumerge un dedo en el vaso y se lo chupa. No se asemeja en nada a las demás estudiantes que pululan con bandejas o que se sientan en las mesas de los extremos a conversar y morder los hamburgers económicos de doble carne. Más bien, parece sacada de unas de esas películas de bajo presupuesto en que los personajes aparecen mirando la ventana por largos segundos con un café que se enfría sobre la mesa.

Entonces, no sé si es porque se pone de perfil o qué, pero reconozco
a la muchacha. Si no me equivoco, se trata de la novia de un amigo de Rafa que toca en una banda de jazz. Rafa me la presentó en un bar. A la salida me contó un misterioso incidente en el que ella estaba involucrada. Fue hace como cinco años. La muchacha estaba en una fiesta, sentada en un rincón, conversando con un tipo. De repente ambos desaparecen. ¿Por arte de magia? No. El tipo fue al baño y ella se había escabullido sin que nadie la viera, bajó las escaleras y se adentró a la calle. Caminó y caminó hasta que a su lado una camioneta con los vidrios ahumados le toca bocina, el chofer baja el vidrio y se pone a ofrecerle una bola a casa. La sigue a baja velocidad, gritándole hasta que en una esquina se apean tanto el copiloto como el chofer, la acorralan, la agarran y la suben a la fuerza en la camioneta. Dan vueltas por los alrededores hasta que se detienen cerca del botánico y se turnan para violarla. Inmediatamente los tipos la dejan en casa, la muchacha llama al novio al celular y le cuenta lo ocurrido. Este le dice que va a llamar a la policía, pero ella asegura que no fue una violación y que la culpa fue suya por andar sola a esas horas de la noche. ¿Cómo que no?, le pregunta el novio con rabia. Y ella le responde que una violación es otra cosa y le pone ejemplos de violaciones. Luego le dice que tiene sueño y que se va a la cama. Antes de colgar, agrega que ellos la llevaron a la barra Payán cuando les dijo que tenía hambre y que le compraron una batida de zapote y un derretido danés.

Mientras la muchacha sigue mirando el celular le secreteo todo lo anterior a Blas.
- Te lo acabas de inventar.
- No.
- ¿Dijo que no era una violación?
- Sí.
- ¿Estás seguro que es ella?
- Un setenta y cinco por ciento.
- La pobre.
Blas se cubre con las manos, sacude la cabeza y reprime una sonrisa. A diferencia de Blas, la muchacha mantiene el ceño fruncido y la cara dura como un puño. Alza la mirada y me mira. Me clava la mirada tanto que hasta me duelen los ojos. Todos los músculos de su rostro se contraen.
- ¿Qué me miras?, me pregunta. Su voz es ronca y amenazante.
-¿Te conozco?
No sé qué responderle. La muchacha toma aire y contraataca.
-Déjame en paz. ¿Cuál es tu problema, jevo?
-Perdóname. Me recuerdas a alguien. ¿Ok?
-¿No tienes nada mejor que hacer?
Blas se ha echado a reír. Algunos estudiantes se voltean y se quedan mirándonos como si practicáramos para una obra de teatro universitaria. La muchacha vuelve a mirar por la ventana. Faltan veinte minutos para la diez y puede que llueva esta noche. Toma el celular, lo mete en la mochila, se levanta y sale por la puerta.

lunes, 18 de junio de 2007

Una Muñeca Rusa de Adolfo Bioy Casares


Leandro es argentino. Según dice la contraportada de su libro de poesía, ha vivido en Italia por largas temporadas realizando una interesante carrera gastronómica. De Italia vino a Santo Domingo y desde hace unos largos meses ha estado viviendo aquí. Leandro me llama a las seis y me dice que nos juntemos en un café. ¿Pero qué café? ¿Cuáles cafés están IN? ¿Cuáles cafés están OUT? No tengo idea. No veo televisión, no leo periódicos y apenas salgo. Le pregunto que por dónde anda. Me dice que está de compras en Multicentro con Yelidá y que empuja un carrito de supermercado. Le pregunto si quiere ir a un café en específico. Leandro titubea. Le pregunta a Yelidá y ella no responde. Aprovecho y le pregunto a Giselle y esta me responde que en Segafredo. Le repito a Leandro que en Segafredo. Leandro me responde que van a estar por allá a eso de las ocho.

A las ocho en punto, llegamos a Segafredo. La verdad me gusta Segrafedo. Me gusta ver a Carlitos tomándose una piña colada. Me gustan las bebidas de colores que tienen. Me gusta una foto del parque Colón que hay en el interior. Me gusta el lavamanos que tienen. Me gusta la frivolidad del sitio. Me gusta que sea un café exento de poetas de los ochenta.
Nos sentamos afuera, entre las mesas repletas de turistas que hablan en francés, portugués o inglés. Fuman y beben cerveza y se quedan mirando a los dominicanos y a los otros turistas que pasan. Giselle y yo hacemos lo mismo. Se acerca al mesero y Giselle pide una botellita de agua y yo pido una cerveza. Es una tarde calurosa. Llevo una camisa de mangas cortas que comienza a pegárseme al cuerpo mientras Giselle saca un cigarrillo, lo enciende y empieza a fumar. Se acerca un mesero que siempre nos atiende y me pregunta que por qué no le hice señas para que me atendiera él. Me disculpo y le digo que eché un vistazo por los alrededores y no lo vi.

Leandro llega con Yelidá. Me pasan un libro de Osvaldo Soriano (Una Sombra Ya Pronto Serás) que pertenece a Yelidá. Ambos me suplican que no lea la dedicatoria. Leandro dice que la escribió borracho. Juro que no la voy a leer. Yelidá pide una cerveza y Leandro pide otra. Al rato, distinguimos a Chelo que se aproxima desde el oeste, esquivando mesas de turistas, perros realengos y limpiabotas.
- Hoy cerraron Cinemacafé, dice Yelidá.
- Que pena.
- Estaban haciendo una vigilia.
- Que pena.

Empezamos a hablar de comida. De comida china. Luego Yelidá hace un recuento de todas las personas que confuden su nombre. La confunden con Yaneli, con Yolanda, con Gina, con Giselle, con Yessica, con Yesenia. La confunden con Yanet, con Yadira, con Yuli. Es increible la cantidad de gente que no lee poesía dominicana, pienso. Luego Chelo habla del famoso viaje a Israel en que pusieron una bomba en su avión. Luego empezamos a hablar de la película Viajeros y de la escena en que le arrancan el brazo al personaje de Richard Douglas y de ahí pasamos a Bioy Casares y Borges. Chelo habla de un libro sobre la arquitectura en la obra de Borges, del libro de carta de Borges a Estela Canto, del Antiborges. Rememoramos cuando María Kodama vino para la Feria del Libro del 2006 y cómo repitió la conferencia que dio en la Feria del Libro del 2000: La memoria de Shakespeare. Entonces hablamos de Bioy.
- En Argentina, a Bioy lo tienen como el discipulo de Borges.
- Pero es más que eso.
- Lo ven así.
- No sé. Creo que con El Diario de la guerra del Cerdo, Bioy realizó su mejor obra.
- Pero tiene cuentos buenísimos y después de esa obra seguía con pilas. Con pilas Energizer.
- El Diario de la guerra del cerdo es una novela perfecta. No la pudo superar.
- Un Campeón Desparejo también. En el sentido de que todas las cosas están en su sitio. No hay una palabra que desentone.
- No sé. Ese Bioy no me gusta. Hay una entrevista en que él habla del día en que murió Borges. Alguien lo detiene, se lo dice y él replica ¿en serio? y sigue caminando por la calle, confundido, como si estuviera dentro de un cuento de Borges.
- Ahora acaban de publicar los diarios de Bioy, los diarios que Bioy escribía antes de acostarse y que guardaba en su mesita de noche. Escribía sus encuentros con el maestro Borges como si se tratara de un maestro de Kung Fu. Fresán describió el libro como una cruza entre La Vida de Johnson de James Boswell con La Conjura de los Necios de John Kennedy Toole.
- Ah no sabía.
-Sí, ha causado mucha controversia en Argentina. Porque no se centra en el Borges y en el Bioy eruditos, sino en el Borges y el Bioy cotidianos que charlan de nimiedades y chismean como doñas de barrio. No lo he leído. Quiero leerlo. Es más, estoy releyendo y leyendo lo que me faltaba de Bioy para entrarle al libro.
- ¿De qué trata?
- He leído fragmentos.
- Hablan mal de Baudelaire y lo consideran cursi, dice Giselle.
- Sí, son super crueles.
- Habla de Oliverio Girondo, habla de su libro Veinte poemas de amor para leer en un tranvía, habla acerca de la palabra tranvía que no se usaba en esa época en Argentina y que Bioy especula que puede deberse a la influencia de un escritor español que se encargaba de corregir la obra de Girondo.
- Hablan mal de Ortega Gasset y de Quiroga. Hablan mal de Puig.
- También. ¿Del secretario de Medio ambiente?
- No, del escritor. Borges le pregunta a Bioy sobre Puig y Bioy le dijo que es el escritor de Boquitas Pintadas. Entonces Borges responde que cómo puede leer un autor que haya escrito un libro con un titulo tan cursi como Boquitas Pintadas.
- Hablan mal de los negros. Son extremadamente racistas.
- Sí, sí. Bioy dice que en una entrevista le preguntan si le gusta Brazil. Bioy responde que no le gusta porque es un pais lleno de negros.
- Vaya, eran tremendos.
- Sí.
- Ácidos.
- Cáusticos.
- Hijos de Papi y mami.
- En un artículo, Alan Pauls se pregunta por la cantidad de tiempo libre con que disponía Bioy. Tenía tiempo para leer, para sus aventuras amorosas, para colaborar en revistas, para chismear con Borges, para viajar, para escribir su valiosa obra.
- ¿Y no trabajaba?
- No trabajaba.

Me he bebido ya dos cervezas. Chelo se ha bebido dos Maui. Entre Yelidá y Leandro se han bebido cinco cervezas.
- ¿Has leído Una Muñeca Rusa?
- No me gustó.
- Pero a mí me gusta. Mucho.
- ¿Por qué?
- No sé.

Nos despedimos.

Después de darme una ducha, me pongo a leer. Abro Una Muñeca Rusa y termino de leer los cuentos que me faltan. El libro Una Muñeca Rusa - así como las Muñecas Rusas que tienen muñecas rusas dentro de muñecas rusas que tienen dentro muñecas rusas - está compuesto de cuentos dentro de cuentos. Alexei Kolejov le trajo una de esas muñecas a mi mamá. Tomo la muñeca y la abro. Saco todas las muñecas y las coloco alrededor del escritorio mientras reflexiono. El método de escritura de Bioy en algunos de sus libros funcionan de dicha manera. Bioy destapa un cuento y de ese cuento saca otro cuento y de ese otro cuento hasta el infinito. Al igual que la obra de Borges y la de un gran número de cuentistas, Bioy trata de escribir cuentos que tienden al infinito. Se pudiera escribir una teoría del cuento partiendo del principio de las Muñecas Rusas de Bioy. Pero no estoy de humor hoy.

Publicado en 1991, Muñeca Rusa es otro de los libros del Bioy maduro y que publicó bajo un contrato con Tusquet.

A continuación algunos de los pasajes que subrayé del libro:

Los muebles del departamento eran antiguos y sin duda hermosos, pero lo que llamó la atención de mi amigo fue una muñeca rusa.
- Un regalo de mi padre - refirió la señora -. Yo debía de ser muy chica o muy sonsa, porque mi padre creyó necesario aclarar: " Trae adentro muñecas iguales, de menor tamaño. Cuando una se rompe, quedan las otras".
Página 18

En la relación con una mujer rica, en cuanto el hombre se descuida, la mujer es el hombre. Una prueba de coraje varonil tal vez pueda restablecer las cosas
Página 28
Durante años dije que Jorge Davel era un galán de segunda, imitador de John Gilbert, otroo galán de segunda.
Página 69

"...Yo diría que es un verdadero machista, lo que en este país no es de una originalidad extraordinaria. Para no viajar con una mujer ¿el imbécil viaja solo?" " Sí, aunque él diría que no." " ¿Mentiroso además? Machista y mentiroso. Te participo que empiezo a cansarme de tu amigo." "Viaja con una muñeca inflable".
Página 101

martes, 17 de abril de 2007

Cóctel de puesta en circulación de mi libro y catorce libros más o pericias de un escritor que gana un concurso estatal

Entro a eso de las seis menos diez a la Secretaría de Cultura. Me quito los audífonos y le pregunto a la recepcionista dónde se va a realizar el cóctel de presentación de los libros. La recepcionista me dice que en la sala Ramón Oviedo. Señala a dos señoras que ingresan al salón de la izquierda. Sigo a las doñas y paseo por los alrededores mirando de reojo la exposición de pintura. Busco los libros por doquier sin resultado alguno. Tengo ganas de ver mi libro. No tengo idea de cuál es la portada ni de cómo es el formato y ni siquiera sé si incluyeron una foto mía en la solapa. No sé. Me siento como si fuera un autor muerto, como si fuera Tolstoi y no pudiera tomar decisiones de la portada y de la manera en que debiera editarse y diagramarse sus libros por toda la eternidad. Ser un escritor muerto y que te publique la editora nacional es lo mismo, pienso.

El año pasado mandé unos cuentos en formato de libro al concurso de cuentos de la Feria del Libro. A la larga el libro ganó. Supe la noticia de mi victoria en Praga por un email que Giselle me envió. De acuerdo a las reglas del concurso, el libro se publicaría dentro de un año, razón por la cual me encuentro en la sala Ramón Oviedo de la Secretaria de Cultura, entre poetas ochentistas y demás culturosos, aguardando porque empiece el cóctel y me dejen ver mi libro.

Salgo del salón y me siento en uno de los escalones de la entrada. Pasa una muchacha rubia que trabaja en la Feria del Libro.
-¿Cómo te va Juan?
- No. Me llamo Frank.
- Ah sí. ¿Viste el libro?
- Todavía no lo he visto.
- Quedó excelente.
Enciendo mi iPod y pongo una canción de Dropkick Murphys. Entro de nuevo al salón. Me intercepta un poeta de los ochentas. Increíblemente, tiene puesta una gorra de cazar zorros y una chaqueta crema. Me invita a la puesta en circulación de su libro y me pasa una fotocopia de la invitación. Se llama Slaughter house: the cruxificion, y lo va a presentar Cesar Zapata.
- Creo mucho en los poetas jóvenes, tanto que cuando estaban proponiendo poetas para el festival de poesía internacional que están preparando, sabes un festival en que vienen los mejores poetas de Latinoamérica, poetas mayores todos, Jochy está trabajando en eso a tiempo completo… pues bien, yo levanté la mano y propuse que se le brinde la oportunidad a poetas jóvenes como tú, porque uno debe tomar en cuenta las nuevas generaciones, no todos los del rebaño, sino a los punteros. Ustedes son nosotros.
- Pero yo voy a estar en China.
Todavía las sipnasis adecuadas no se han entrelazado en mi cerebro y por lo tanto no he comprendido la parte de Ustedes son nosotros.
- Ah sí, Basilio me dijo, pero lo que quiero que sepas es que estamos apoyando a las nuevas generaciones de poetas.
- Pero tengo veintinueve años.
- Eres joven.
Me dirijo al salón Ramón Oviedo. El salón está abarrotado de poetas ochentistas y de sus queridas. Distingo a Jimmy hablando con Armando Almánzar, el crítico de cine, y una mujer y un hombre que no identifico. Mientras me aproximo se acerca Alexis Gómez Rosa. Tiene como diez libras de más y tiene unas gafas oscuras.
- Mira, yo he intentado abrir la revista de Internet como un loco. ¿Qué pasa?
- No, se supone que es parte del juego. Tienes que presionar las pelotas de Ping Pong.
- Tengo tres meses tratando de entrar.
- ¿Tres meses?
- Sí.
Avanzo hacia donde Jimmy. Armando Almanzar hace chistes. Jimmy hace chistes. Sólo me río de los chistes de Jimmy. Por ejemplo.
- Estaba en un congreso de Son en Santiago, empieza Jimmy. Uno de los exponentes dijo que si Kafka hubiera nacido en la Habana hubiera sido un escritor costumbrista.
Llegan los dos Miguel y llega mi hermano.
- ¿Por qué estamos atrasados Jimmy?
- Es que el secretario de cultura tiene una reunión en el salón del lado. Inmediatamente terminé la reunión viene por aquí.
- Pero ya tenemos media hora esperando.
Pasan diez minutos y el trío compuesto por Basilio Belliard, León Felix Batista y Stanley Javier, se aproxima a la mesa de honor. Primero habla León Félix Batista. Bla bla bla. Le sigue Basilio Belliard. Bla bla bla. Stanley Javier. Más bla bla bla.

Disculpan la ausencia del secretario de cultura (quien se halla a unos quince metros del salón Ramón Oviedo) como si este se encontrara en China y hubiera perdido el vuelo de vuelta a casa. Sin secretario o con secretario, ahora viene el momento cumbre. Los libros se encuentran cubiertos con un mantel que va a ser desvelado. Uno, dos, tres. Basilio abre el mantel y ahí se encuentran los catorce libros. Empiezo a buscar mi libro con los ojos, recorriendo los lomos, hasta que lo distingo. Es verde olivo. La portada de una pintura ochentista. Cierro los ojos, me golpeo el pecho y pregunto: ¿qué he hecho para merecer esto, Dios mio?

- ¿Tú no querías concurso? Toma ahí, responde Dios.

Stanley Javier lee los títulos de los libros. Llega al mío.
- Frank Báez, Págales tú a los psicoanalistas. Vi a Frank Báez hace un rato paseándose por ahí.
Jimmy y Miguel y mi hermano empiezan a aplaudir y al rato los demás se suman. Hago reverencias.

Siguen presentando los libros. Una fotógrafa tropieza y otro fotógrafo la apara. Tomo mi libro de la mesa de honor y me lo llevo. No me gusta. Le pregunto a Miguel si lo compraría si no me conoce y éste dice que no. Mi hermano me dice que está bien. Abro el libro y empiezo a leer una presentación escrita por Alejandro Arvelo. ¿Alejandro Arvelo el del bigote? Ese mismo. Alejandro Arvelo escribe: Págales tú a los psicoanalistas presenta cinco piezas notables por su diversidad y por el manejo de las técnicas narrativas interioristas que tanto desarrollo han alcanzado luego de las varguandias que estremecieron la literatura en la primera mitad del pasado siglo. Frank Báez, su autor, es un escritor de oficio, un joven periodista dominicano que, además de una inusual pericia literaria, muestra un desarrollo personal que nutre su capacidad para narrar y le da las vivencias que todo escritor necesita y que, por lo general, faltan en los cuentistas jóvenes.

¿Joven periodista? No sé si eso debe ofender a los periodistas o a los psicólogos o a los poetas. ¿De donde habrá sacado eso?
- Una foto para el periódico.
- Seguro.
Me rodean tres personas y flash. Jimmy me pide que le firme el libro y mientras se lo dedico le comento que Maritza tiró la foto de la solapa. Jimmy me pregunta que por qué no salen los créditos de Maritza. Le digo que eso es culpa de los culturosos y visualizo una comitiva de la Feria del Libro vestidos de nazis tachando el nombre de Maritza. Me tiran otra foto.

Vuelvo a leer la presentación de Alejandro Arvelo. Se acerca una amiga de mi papá y me pregunta de qué trata el libro. Me quedo mirando el libro y le digo que de psicología. Al rato una mujer se aproxima con el libro y me dice que es psicóloga y que el título le llamó mucho la atención. Págales tú a los psicoanalistas, murmura. Le digo que es de auto superación personal. Una mujer que está cerca, se sonríe, compra el libro y me lo trae y me pide que lo firme. Le escribo: ustedes son nosotros.
- Mi quinto libro vendido, le digo.
Se acercan los fotógrafos y me piden otra foto al lado de una doña. Flash. Salgo de salón y me paseo cerca de donde Miguel y mi hermano comen de la picadera. Pasa la rubia y señala mi libro.
- Te dije que está buenísimo, Juan.
- Me llamo Frank.
- Ah sí.
Miguel y mi hermano comen de la picadera que reparte otra rubia con una camisa de Induveca.
- Que salami de mujer, dice Basilio señalándola.
Se acerca León Felix Bautista et al.
- ¿Es tu primer libro?
- No.
- El había publicado unos poemas en Madrid, dice Basilio.
- Yo he publicado como veinte libros, dice León.
Tu maldita madre, intento decirle, pero no me sale.
Le miro la corbata rosada que no hace juego con el resto del traje. Le respondo: Ustedes son nosotros.
- Es cierto, me dice mirándome a los ojos. Ahora estoy publicando menos libros. Jochy me va a presentar uno.
- ¿Jochy?
- José Mármol.
Miguel se acerca y señala a Mateo Morrison.
- Mira, se pegó dos quipes al mismo tiempo.
- Grotesco.
Detrás de Mateo Morrison, Federico Henriquez Grateraux pregunta si tienen suficiente salami para todos. El mesero le responde que van a traer los sushis de salami pronto. Henriquez Grateraux y lo demás se emocionan.
Se acerca un poeta calvo.
- Felicidades por tu libro, poeta.
- Gracias. Cómprelo.
- Sí, debemos apoyar a los poetas jóvenes.
Pasa otro ochentista y hojea el libro.
- ¿Son poemas en prosa?, me pregunta.
- No. Son antipoemas en prosa. Los saqué de un blog que llevaba en el 2005. Cómprelo.
- ¿Qué es un blog?
- Eh… como una página de Internet. Como un diario. Algo así.
Basilio se acerca y me comenta que aguarde un momento para que hablemos de los doscientos libros que Pedro Antonio Valdez tiene que entregarme.
- ¿Qué esperamos?
- Que salga Pedro Antonio Valdez. El se encuentra ahí con el secretario de cultura.
De la puerta que Basilio señala, salen dos jóvenes noruegos fashionistas.
Al rato, sale José Mármol. León Feliz Batista et al lo rodean y lo saludan y le hacen gracia. Coincidencialmente, en una pantalla que tiene a sus espaldas, José Mármol aparece hablando en un acto de lo que aparenta ser la feria del libro pasada. José Mármol me da un apretón de mano. Es como una de estas personas que piensan que están rodeada de cámaras de televisón todo el tiempo y están acostumbrados a reaccionar de esa manera. No sé. A veces me pregunto cuál es peor José Mármol o Tony Raful.
Se va por un pasillo con León Felix Batista.
- Espera un minuto, me dice Basilio.
Sigo pensando en lo que escribió Alejandro Arvelo y en la portada del libro y en el verde olivo. ¿Sobrevivirán los textos esa terrible portada y el absurdo del prólogo?
- ¿Te gusta la portada, Miguel?
- Es de Dionisio Paz. Me dio clases. Creo que es evangélico ahora.
- ¿El que decía lo de las mujeres? ¿El de San Cristobal te amo?
- Ese mismo. Viejo, pero qué tu esperas de un libro que te edita la Secretaría de Cultura.
- Bueno, sí.
- Lo importante son los textos. Más que la portada. O no. Creo que te jodiste. Ja ja ja.
Miro de un extremo a otro del salón. Basilio me hace señas de que aguante la llegada de Pedro Antonio Valdez. Odio a Pedro Antonio Valdez. Odio a Alejandro Arvelo y a los poetas ochentistas. Cierro los ojos, intento retener aire y pienso que todo debe estar pintado en negro como una vez pensó Mick Jagger. Incluso la portada de mi libro.



viernes, 2 de marzo de 2007

Conferencia sobre la violencia en la literatura de William Ospina

Ayer estuve en una conferencia que dio William Ospina en Casa de Teatro sobre la violencia en la literatura. Estuvo bien entretenida, aunque me parece que en un momento abusó demasiado de las citas que iban desde Shakespeare y Apollinaire a San Agustin y Borges. Parecía como si estuviera leyendo un catálogo o algo así. Compré su novela, Ursúa, que voy a tratar de leer la semana que viene. Después de la conferencia, me dirigí al camerino donde estaba el autor, le pedí por favor que me dedicara la novela y éste me la dedicó. Para Frank y Giselle esta busqueda de un mundo que perdimos, escribió.

miércoles, 28 de febrero de 2007

Helados que el tiempo derritió

En los últimos días he estado leyendo el libro Helados que el tiempo derritió de la autoría de Jimmy Hungría. Se trata de una recopilación de los artículos que Jimmy Hungría publicó en la revista Vetas, el suplemento Biblioteca y otros medios, entre 1994 y 2003. Helados que el tiempo derritió toma su nombre de un artículo publicado en septiembre de 2002. Entre las páginas 122 y 123 se lee: "En estos días me ha dado por recordar los helados que me gustaban en mi años de infancia, como los Imperiales, en la calle Hostos, entre El Conde y Arzobispo Nouel, Capri, en la Azorbispo Nouel entre Palo Hincado y Espaillat (y después también en el Malecón, entre 19 de marzo y Sánchez), Cremita, en la Independencia esquina Las Carreras, Manresa, que hacían los jesuitas en Manresa Loyola (en el trece de Haina) y Frigor, que tenía una guaguita o camioncito que recorría la ciudad con un altoparlante tocando la canción Do Re Mi de la película La novicia rebelde".

El libro está compuesto de artículos, crónicas, sueños, reseñas de libros, de conciertos, entrevistas, cartas, propuestas, controversias, catálogos, chismes, denuncias, percepciones, opiniones, notas al margen. Jimmy escribe sobre cocina con la misma facilidad con que escribe sobre los libros de Lewis Carrol y Julio Cortázar. Jimmy proponía una cinemateca en Santo Domingo antes de que pusieran la cinemateca que tenemos hoy. Jimmy habla de cine, de jazz, de los Beatles, de los Beatniks, de viajes, de lugares, de gestores culturales, de libros, de escritores, de no escritores, de calles, de política, de arte, de cultura. Sobre todo de cultura. Lo interesante de Helados que el tiempo derritió es que se puede leer como si se tratara de un blog. Esto quiere decir que se pueden leer los artículos con independencia del conjunto, aunque si se lee de principio a fin, como si se tratara de una novela decimonónica, por supuesto que hay una secuencia de hechos y de reflexiones que mantienen una simetría misteriosa y que nos sitúa en un espacio determinado. También la precisión y las referencias de cada artículo de Jimmy Hungría funcionan como links que nos abocan a artículos de otras personas y a fuentes que van más allá de las bibliográficas.

Jimmy Hungría es uno de los mejores cronistas y entrevistadores dominicanos. Jimmy Hungría es una enciclopedia humana, aunque ya que las enciclopedias pasaron de moda, dígamos más bien que Jimmy Hungría es un prototipo de Google. Por ejemplo, el día de la presentación del libro, Giselle le preguntó por el nombre de una persona y Jimmy Hungría le dio el nombre con los dos apellidos, la dirección y el número de teléfono, el nombre de ambos progenitores y una ligera biografía.

Estoy seguro de que el año 2007 va a llegar a su fin, y no se va a publicar un libro en Santo Domingo, que me cause tanta empatía, tanta diversión y tanta alegría como Helados que el tiempo derritió de Jimmy Hungría. Es una pena que tan sólo existan treinta ejemplares de dicho libro. Espero que en lo adelante se edite el libro con una tirada más sustanciosa de ejemplares. La verdad es que vale la pena.

domingo, 28 de enero de 2007

Sergio Pitol habla de Pedro Henríquez Ureña

En una de las Ferias del Libro de Santo Domingo, asistí a una conferencia que Sergio Pitol dictó sobre Pedro Henríquez Ureña. La conferencia estaba pautada para presentarse en el salón principal del Conservatorio de Música. Cuando llegué, en la sala aguardaban a  que empezara la conferencia, alrededor de ocho personas, la mayoría, funcionarios de la feria del libro y uno que otro escritor. Esperaron unos minutos más por la llegada de intelectuales sin resultado alguno. Entonces procedieron con la conferencia. Sergio Pitol había preparado una conferencia sobre Pedro Henriquez Ureña titulada PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA VISTO POR SUS PARES.

El texto es encantador. En cuanto a la conferencia, lo más llamativo fueron  las pausas que Sergio Pitol tomaba para abundar en uno que otro tema y para ilustrar temas tan disimiles como la revolución mexicana o la vida en el Nueva York de principios del siglo veinte. Hasta entonces, ninguno de los invitados internacionales de la Feria del Libro de Santo Domingo había presentado un trabajo sobre un escritor dominicano, por lo que la decisión de Sergio Pitol, me pareció un gesto de  gran generosidad para el público dominicano y para el mismo Pedro Henríquez Ureña. Tan sólo pensar que Sergio Pitol, uno de los mejores escritores contemporáneos, hubiera preferido dictar una conferencia sobre otro escritor antes que ponerse a comentar o reflexionar sobre la suya, da a entender el respeto que le profesa a la buena literatura y a los que considera sus deudores, características, que por supuesto, se aprecian reiterativamente en sus textos.

Después de esa conferencia, que si no me equivoco fue en 2000 o quizás en 2001, empecé a interesarme por la obra de Pedro Henríquez Ureña (por esas fechas en el país se volvió a estudiar a Pedro Henríquez Ureña, se volvió a editar y se empezaron a publicar biografías y monografías acerca de su persona y su obra). Aunque sé que no es así, me gusta pensar que todo eso se debió a la conferencia de Sergio Pitol. Lo que hace que recuerde la conferencia con mucho cariño, aunque al mismo tiempo hay un episodio que de alguna manera recuerdo con desconsuelo. Es el siguiente. En un momento, Sergio Pitol empieza a describir la muerte de Pedro Henríquez Ureña, aquella que Borges refirió en un famoso texto. Pero de repente es interrumpido por varios hombres y mujeres que entran atropelladamente a la sala gritando y cambiando de lugar las sillas de hierro. Desde la puerta de entrada, se desplaza una delegación de no recuerdo qué institución que iba a presentar una publicación periódica. Quizás una revista o un libro. No sé. A medida que Sergio Pitol avanza con la lectura, esta delegación, a la que se le van sumando adeptos, se acerca como en procesión hacia el centro del salón. Argumentan que ya son las siete en punto y que tienen que proceder con su actividad. En fin, el salón en unos minutos se convierte en un gallinero, donde por un lado se escucha la voz de Sergio Pitol y por el otro lado la de las personas que sin el más ligero respeto, cuchichean como si se encontraran en una fiesta. Sergio Pitol decide interrumpir la conferencia. Lee de improviso la parte final o se salta unos párrafos. No recuerdo bien. Lo que sé es que esta malhumorado y se halla reacio a seguir su conferencia ante el descaro de los invasores.

En 2005, Sergio Pitol retornó nuevamente a la Feria del Libro de Santo Domingo y presentó una conferencia sobre Tabucchi. En esta ocasión, me cuentan que fue mucho mejor recibido, y que fue homenajeado, una tarde, en que escritores e intelectuales, se reunieron con él en una librería a departir.

Por esa época,  vivía en el extranjero y recuerdo  que le mandé una breve carta a Maritza Álvarez y a Chelo para que se la dieran a Sergio Pitol junto a un librito de poemas. Chelo se acercó a Sergio Pitol, le entregó la carta, conversaron y terminaron como buenos amigos. El contenido de la carta es el siguiente.

Sergio Pitol, le mando estos poemas como muestra de aprecio y de admiración.Me hubiera gustado estar en Santo Domingo para escuchar su conferencia, pero se da el caso de que estoy viviendo en Chicago. Me apena no escuchar su conferencia, que me imagino ha de ser tan puntual y magistral como la que dio acerca de Pedro Henríquez Ureña años atrás.

Yo estaba entre los asistentes a esa conferencia y aunque ya conocía su obra y la conferencia me pareció excelente y propició un descubrimiento de la obra de PHU en mí, no tuve la valentía de levantarme y acercarme a donde estaba y estrecharle la mano.

Espero que estas líneas sirvan como ese apretón de mano que no le di. Gracias por los libros suyos y por los libros ajenos que ha dado a conocer. Gracias por las traducciones de escritores polacos que me han dado tema para hablar con una rubia polaca. Gracias.Frank Báez.

Un mes después, Maritza y Chelo me visitaron en Chicago, trayéndome una revista Xinesquema donde Sergio Pitol publicó Los Prodigios de la Memoria, así como una entrevista que le hizo Basilio Belliard. Sergio Pitol me había hecho una dedicatoria, en una foto que aparece junto a su perro Sacho, frente a lo que parece ser el portal de una casa.


martes, 5 de septiembre de 2006

El factor Borges



Empieza de la siguiente manera. En una de las conferencias de nuestra feria del libro pasada, Giselle Rodríguez Cid levanta la mano y le pregunta a María Kodama sobre el libro El Factor Borges de Alan Pauls. Todos nos quedamos contemplando a María Kodama que se ha quedado mirando a Giselle, pero María Kodama no dice nada o dice que no va a responder la pregunta o sencillamente se encoge de hombros y bebe de su vaso de agua. Meses después leí El Factor Borges, pensando en la rara actitud de María Kodama y buscando el nombre de ella sin lograr encontrarlo.

Pedro Henríquez Ureña, quien avistó el factor Borges antes que naciera Alan Pauls, escribió lo siguiente: "Habrá quienes piensen que Jorge Luís Borges es original porque se propone serlo. Creo al revés: Jorge Luís Borges será original hasta cuando se proponga no serlo. Lo es hasta en su manera de recordar, de usar las reminiscencias que le ofrecen sus lecturas innumerables. Lo es, en fin, porque le ha tocado en suerte una de esas pocas miradas que conservan a través de los años la avidez y la frescura de descubrir las cosas y porque sus maneras de decir son siempre nuevas, como ajustadas a sus maneras siempre nuevas de mirar”.

Ese comentario de Pedro Henríquez Ureña bien pudiera servir para describir el proceso de análisis de los ensayos que componen El factor Borges. Escrito por Alan Pauls e ilustrado por Nicolás Helft, personaje de quien Roberto Bolaño presumía que se trataba de una invención de Alan Pauls y que en sí es un famoso coleccionista de artículos y artefactos borgeanos. Fotos, dibujos, imágenes materiales iconográficos sirven para ilustrar y para reforzar el texto redactado por Alan Pauls, que se compone además de notas a pie de página, de un mapa de lectura y de una serie de referencias pertinentes.

Alan Pauls explica que nunca le interesó Borges como individuo, sino más bien como literatura. Por esa razón, En el Factor Borges, rescata a un Borges totalmente diferente, no al Borges héroe, salvador de las letras castellanas, ni al Borges antihéroe de ultraderecha, sino al hombre que vivió entre un mundo de paradojas y que hizo de esas paradojas y de su circunstancias personales, una de las literaturas más preciadas de todos los tiempos. Mientras María Kodama nos pide que agradezcamos a Borges que haya escrito en español y no en ingles, Alan Pauls resalta el escenario que Borges construyó en torno suyo, la importancia de ese círculo argentino para él y de esa tradición argentina de intelectuales que lo influyeron y que él al mismo tiempo influyó.

En este momento que escribo, debe haber un montón de gente escribiendo ensayos o artículos sobre la obra de Jorge Luís Borges, artículos que sirven de pretexto para que una serie de pedantes se explayen en textos soporíficos y aburridísimos. Leamos el Factor Borges de Alan Pauls, pensando en encontrarnos con la literatura de Borges y no con otra cosa.