Mostrando entradas con la etiqueta traduciendo White Egret de Derek Walcott. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta traduciendo White Egret de Derek Walcott. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de octubre de 2011

Traduciendo a Derek Walcott (7)

32
Ahora sé feliz en Cap, por las cosas más sencillas 
- por una línea de garcetas blancas que llevan a la palabra final, 
por los conjuros del mar que vuelven a entrar a mi cabeza 
para borrar las inquietudes y eliminar esa voz demoníaca 
que recientemente me ha poseído; silenciosa, 
susurra, al igual que el demonio le susurra al loco 
que al ver sus manos ensangrentadas farfulla que lo han poseído, como el mar que gira en el oído de la concha, como el rugido 
de aplausos que precede al actor con su gran duda, 
que incluso lo paraliza de terror: de que su grandeza haya pasado. Es cierto que mi don se ha marchitado, que queda poco de él:
 si este hombre está en lo cierto entonces no hay otra cosa que hacer que abandonar la poesía como a una mujer porque la amas 
y no quieres verla herida, y mucho menos por mí: 
así que camina al borde del acantilado y elévate sobre 
el envidioso, el rencoroso, la grosería, con la gracia 
de una fragata que cruza Barrell of Beef: su roca;
sé agradecido por haber escrito bien en este lugar, 

deja que los poemas ajados zarpen de ti como una bandada 
de garcetas blancas en un largo y postrero suspiro de liberación.
White Egrets 

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Traduciendo a Derek Walcott (6)


42
Lorna Goodison

Esta prosa tiene la manera de andar de una mula
que forzan a subir el camino de la montaña,
una colina con fresas salvajes; sí, las fresas crecen allá,
y los pinos también florecen; árboles nativos del exterior,
y cafetales brillando en el fresco aire azulado
que abanica los muslos de las montañas. El pernicioso jengibre
sobrecoge  en las esquinas y las hojas de lima aplastadas
dejan su recuerdo entre el pulgar y el tercer dedo;
cada página tiene la frescura de la infancia de una muchacha,
de cuando por un exiguo arroyo el blanco grito
de una garceta golpea con el mismo ritmo  con  que los cuervos
sobrevuelan carroñas invisibles en sus amplios sueños;
comas brotan igual que arbustos espinosos a los lados de esta prosa curveada
que desciende hacia algún pueblo llamado Harvey River
cuyas cercas son protestantes. Una fina llovizna presbiteriana
bendice cada corral con sus campanarios de madera
sobre los hirvientes tejados de zinc. En este terreno
los adjetivos se levantan con modestia;
esta prosa mujeriega que se dirige a la modista
cruza pequeños balcones húmedos  y la ropa  puesta  a secar
de un patio oloroso como el lunes; esta prosa
tiene el repentino aroma de una inclinada ráfaga de lluvia
sobre el asfalto quemado de las nubladas colinas de Jamaica.  

De White Egret

domingo, 25 de septiembre de 2011

Traduciendo a Derek Walcott (5)



Garcetas blancas
1
Cauto ante la luz del tiempo y con cuanta  
frecuencia dejará que las sombras matinales
se extiendan en el césped,
a las acechantes garcetas abrir sus picos y tragar
cuando tú, no ellas, o tú y ellas, se hayan marchado;
a las ruidosas cotorras alistar su flota en el ocaso
para que abril encienda su violeta africano
en el retumbante mundo que te humedece
esos cansados ojos que detrás de dos lentes
se empañan: amanecer, atardecer,
los discretos estragos de la diabetes.
Acéptalo todo con frases ecuánimes,
con la solución esculpida que fija cada estrofa;
aprende que el césped brillante no opone resistencia
a las apuñalantes preguntas de la garceta
y a las respuestas de la noche.

2
La elegancia de esas acechantes garcetas blancas
de picos anaranjados como aguamaniles,
los gruesos olivos, los cedros que consuelan
al arroyo que ruge torrencialmente en
tiempos de lluvia; rumbo a esa paz
que está más allá de los deseos y los remordimientos,
a la cual eventualmente he de llegar,
donde las palmeras se encorvan bajo el sol
como palanquines  con sombras tigresas. Deberán estar allí
luego que mi sombra cruce cargada de pecados
el verdoso matorral del olvido,
con la salida y la puesta de un centenar de soles
sobre el valle de Santa Cruz, donde amé en vano.

3
Veo los descomunales árboles estremecerse en la hierba
como un jadeante mar sin olas, los bambúes sumergen
sus cuellos como caballos enlazados mientras las hojas amarillentas,
rotas por los latigazos de las ramas, caen en avalancha:
todo esto antes que la asustadiza lluvia se derrame desde
el empapado lienzo del cielo semejante a una vela desamparada,
soplando y acosando completamente las colinas
como si todo el valle fuera un casco atravesando la tempestad
y los bosques no fuesen de árboles sino olas de un mar embravecido.
Cuando la luz quiebra y el trueno grita como si maldijera
y descansas tranquilo en una oscura casa perdida
en Santa Cruz, sin luz, la electricidad que se va de repente,
piensas en quién le dará cobijo al tembloroso gavilán,
a la impecable garceta, a las garzas del color de las nubes
y a las cotorras que se asustan ante los falsos fuegos del amanecer.

4
Estos pájaros, la garceta de nieve o la blanca garza,
continúan modelando para Audubon en un libro
que en mi juventud se abría como el césped
en la Santa Cruz de esmeralda, sabiendo lo bien que posan
y la perfección de su pavoneo. Salpican las islas,
en ciénagas, en manglares o pasto de ganado,
deslizándose sobre estanques, para luego balancearse en el lomo
de un novillo sedoso, o huyendo del desastre
en los climas huracanados, y recogiendo pulgas
con sus puñaladas eléctricas, tal si fuera un gran privilegio
que pudieran estudiarlas por esa presunción mítica
de que ellas volaron de Egipto y atravesaron el mar
con el ibis faraónico: su pico anarajando y sus patas
reposan sosegadas para adornar una cripta
y luego abalanzarse con sus alas, que aleteando con fuerza,
son tan parecidas a las de un serafín cuando baten.


5
El ideal perpetuo es el asombro.
¡La helada hierba verdosa, los árboles tranquilos, el bosque
en la colina de allá, luego, el blanco suspiro de una garceta
que vuela hasta el marco donde se tambalea para descansar
con su paso torpe, erecto y emblemático!
Otro pensamiento asombra: un gavilán en el puño
de una rama, silencioso, como un halcón,
se dispara hacia el cielo, circulando sobre alabanzas o condenas,
con la misma alta indiferencia que ustedes:
ahora se lanza a destrozar un ratón de campo con sus garras.
La página de la hierba y esta página abierta son las mismas:
una garceta sorprende la página, el altivo gavilán grazna
sobre una cosa muerta, un amor que era puro castigo.

6
No he visto a las garcetas desde la mitad de la semana de navidad,
y nadie me dijo el por qué se fueron,
pero ahora  han vuelto  con la lluvia: su pico naranja,
sus zancas rosadas y su cabeza de cuchillo, están de vuelta en el césped
donde solían estar con la lluvia clara e ilimitada
del valle de Santa Cruz, en el cual, llueve
continuamente sobre los cedros hasta que la niebla cubre la llanura.
Las garcetas tienen el color de las cascadas,
y de las nubes. Algunos amigos, los pocos que aun tengo,
están muriendo, pero las garcetas acechan tras la lluvia
como si nada mortal pudiera aflijirlas, o se alzan
como abruptos ángeles, planean y vuelven a posarse.
En ocasiones las colinas desaparecen por sí mismas
como amigos, lentamente, pero estoy tan feliz
de que hayan vuelto ahora, como la memoria, como una plegaria.


7
Con el ocio de una hoja cayendo en el bosque,
amarillo pálido tirando a verde – mi final.
Pronto será la temporada seca, las colinas se oxidarán,
las garcetas hunden sus ondulantes cuellos, encorvándose
y apuñalando a gusanos y larvas tras la lluvia;
en ocasiones erectas como los pinos del bowling, se levantan
como jirones de algodón pelados en las montañas;
entonces cuando se mueven, torpemente, desplazan esta mano
con los dedos abiertos de sus patas y sus cuellos como dardos.
Compartimos un instinto:  el voraz apetito
que posee el pico de mi lápiz, pinchando retorcidos insectos
como sustantivos y tragándoselos, ya que mi pico lee
mientras escribe, sacudiendo con ira lo que rechaza.
Selección es lo que enseña la garceta
en el amplio y abierto cesped: su cabeza negando mientras lee
en un silencio impuesto, en una lengua que está más allá del discurso. 



8
Estábamos próximos a la piscina de la casa de un amigo en St. Croix:
Joseph y yo hablábamos; él detuvo la conversación
 - esperaba que disfrutara esta visita -
para señalar, con un quejido, no detenida ni acechando
sino fijada en un gran árbol, un suspiro que lo sacudió
“como algo salido del Bosco”, dijo. El inmenso pájaro estaba
de repente ahí, quizás él mismo que lo estremeció,
una garceta sepulcral o una garza - la impronunciable palabra estaba
siempre ante nosotros, como Eumaeus, un tercer compañero -
y lo que le fascinó, a él que amaba la nieve, lo que lo sacó de sí,
era que el pájaro era de un blanco espectral.
Ahora cuando de tarde o de noche en el césped
las garcetas planean juntas en silenciosos vuelos
o atraviesan, como una regata, la hierba verdosa del mar:
se vuelven almas seráficas, como era la de Joseph.

martes, 20 de septiembre de 2011

Traduciendo a Derek Walcott (4)



11.
Quizás existe en un sólo horizonte -
uno con molinos de viento y campanarios con inquisitivas cigueñas,
praderas con álamos chismosos, una zona templada,
estatuas ecuestres y fuentes de aguas trenzadas,
y, cuando el pueblo termina y aparecen los setos y los árboles,
el exhuberante campo que vemos desde el tren
con pilas de heno y estanques de patos y cuervos en una cerca
aparenta alistarse para el funeral de Alderman. La deferente lluvia
cae de forma ceremoniosa sobre los cafés y el adoquinado,
florecen los paraguas y una buena bruma
glasea las calles donde la catedral tiembla
ante su reflejo, una llovizna es bien recibida,
y el cura sin afeitar con su sotana polvorienta,
protector del latín y de los viudos cipreses,
mira cómo una bandada de estorninos registran los anales
que amparan la historia en su grisácea inmortalidad
y a las barcazas que pasan en estrofas a través de los canales.
Este es el clima de la poesía, su verdadero hogar,
no donde las palmeras se aplauden a sí mismas y las velas
bailan en deleites sin sentido y las gaviotas compiten con la espuma.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Traduciendo a Derek Walcott (3)



6.
Para August Wilson 

August, el cuarto de luna pende como una corneta 
sobre los campamentos de ladrillo de Morne 
cuyos cuarteles poseen el brillo seriado  
de los sellos postales; las cartas de las nubes están rotas, 
y tu dulce instrumento ha sido guardado 
al igual que tu plateada corneta, descansa en su estuche de terciopelo
con todos esos riffs y arias en que los personajes discuten 
de la misma forma en que el viento regocija las acacias 
hasta que luchan con el rugido  de los torrentes   
de siluetas negras y rasgadas 
que con inmensas  manos y ojos se alistan para  batallar
con la llegada del día 
en los infranqueables matorrales de Pittsburgh y Seattle, 
en obras que son su propio himno y grito de batalla. 
Yo desprendo el cuarto de luna para soplar sus alabanzas, 
a ti, a Horace Pippin, a Romare, a Jacob Lawrence, 
vi  la corneta de la luna ahí arriba y pensé en ustedes.  

De White Egrets de Derek Walcott, página 13  

viernes, 16 de septiembre de 2011

Traduciendo a Derek Walcott (2)

Las Acacias
1
Tiempo atrás podías manejar (aunque no yo)
desde el ancho prado encharcado que cercaba la casa
hasta la ardiente playa vacía
y parquearte a la sombra de las acacias
que imprimen sus florecitas amarillas
(las playas vírgenes y sin estampar son mi negocio);
pero vinieron hombres con cintas y teodolitos
a medir el agreste e irregular terreno. He visto fincas
condenadas donde construirán otro hotel de lujo
con cercas para evitar a los nativos.
Los nuevos gerentes de nuestra historia
financiera son los profetas que aplican
la política que hará de esta isla un centro comercial,
y a las olas sonreír como meseros, como taxistas,
todas estas nuevas plantaciones frente al mar:
esclavitud sin grilletes, sin sangre derramada,
sólo cadenas que enlazan letreros y vallas.
Tanta libertad sentí escribiendo debajo de las acacias.

2
Jefe, si usté busca en esas matas, encontrará
el mazo de pasaportes, carteras, cédulas, tarjetas de crédito,
que no les sirven, es money lo que tienen en la mente
y, como sea, no es a cada rato que aparece.
Tan sólo deje su bulto con esas cosas en la arena,
y juyendo como el viento saltan de entre las matas
mientras esté nadando o poniéndose el bronceador,
y cuando se viene a enterar no vale la pena
llamar a seguridad, ya que están en Massade.
Pero yo no, eso no es lo mío, yo hago mis chelitos
vendiendo y soplando caracoles, es triste,
pero es lo que hay. Son más rápidos que cualquier carro,
y con lo único que yo me he encabrillado
es con las olas, y pronto ni eso se podrá.
Demasiado turista y poquísimo trabajo.
¿Qué tal un poco de vida aquí? Gracias, pero jefe,
no deje que eso le dañe su fiesta.

3
¿Ves esas olas que vienen desde Pigeon Island
como monjas cabisbajas en procesión?
Una cosa sé: cuando te marches como mis amigos,
no a Tailandia o Rusia,
sino a donde los queridos amigos se van
con sus propias creencias
semejantes a una bandada
de gaviotas abandonando el espejo de la arena,
o a un alcaraván cruzando desoladamente el Barrel of Beef,
o a las velas que una garceta alza al dejar su roca;
desciendo al mismo mar por un atajo
con sombras de manzanillos y las atrofiadas uvas de playa
empequeñecidas por el viento. Llevo algo para leer:
el viento es brillante y las sombras corren como penas,
abro sus libros y distingo sus lejanos rasgos
que se aproximan hasta que me llegan sus voces oídas
en la páginas de una nube, como la suave espuma en mi cabeza.

De White Egrets de Derek Walcott, páginas 11, 12.

martes, 13 de septiembre de 2011

Traduciendo a Derek Walcott

En Amsterdam
I
Los cruceros, tan quietos como una letanía, flotan silenciosos
a lo largo del canal marrón, las hojas están llenas de paz,
las elegantes fachadas, banales y repetitivas
como el brochure del hotel, parecen un retablo apacible. 
Hicimos el viaje una vez con Rufus Collins, que llevaba un blanco
guacamayo en su hombro de pirata. Rufus se ha ido.
Los canales esparcen reflejos pasivos en el centro.
Reflexiono en voz baja sobre cuan pronto me iré.
Quiero que el año 2009 se alinee con luz
como un interior danés o un callejón hecho por Vermeer,
que yo acepte la irritable maldad de mi enemigo,
que pinte y escriba bien en lo que podría ser mi último año.

II
Es tonto pensar en un linaje cuando apenas existe,
aunque mi madre cuyo apellido era Marlin o Van der Mont
se enorgullecía de un ancestro que ella pensaba era danés.
Ahora, acá en Amsterdam, su reclamo empieza a hacerse real.
Legitimo, ilegitimo, quiero rehacer
esos rubicundos rostros flamencos, a pesar de que hayan sido hechos
por Frank Hals, por Rubens, por Rembrandt,
los ojos grises y claros de Renee, la sombra del árbol a un lado,
el castaño que parece brillar desde la ventana del desayunador,
¿por qué si el gozo de mi madre fue tal,
no debo reclamarlos tan fervientemente con
el orgullo de viuda joven de Alix Marlin,
así como reclamo un arroyo en el Congo?
Siento que hay algo que termina aquí y algo que recién comienza:
la fuerte luz de las hojas, el agua murmurando en danés,
las chicas yendo en bicicleta bajo el sol.

De White Egrets de Derek Walcott, página 64 y 65