lunes, 10 de septiembre de 2007

Zama de Antonio Di Benedetto

¿Por qué no había leído Zama antes? ¿Por qué en el bachillerato la profesora Basilia no nos puso a leer Zama o el profesor Finito o el difunto profesor Toribio? ¿Por qué nos puso a leer novelas de Carpentier o los Cuentos de Quiroga en vez de Zama? Zama está ambientada en una colonia española, en el periodo que va de 1790 a 1799. Narrada por Diego de Zama, un funcionario de la corona española en Asunción del Paraguay que aguarda ser trasladado a Buenos Aires donde están su esposa y su hijo, la novela sin tratar de ser filosófica se convierte en una de las novelas más existenciales y filosóficas publicadas en hispanoamérica.

A diferencia de las novelas de época, Di Benedetto no pierde el tiempo describiendo lugares, vestidos, costumbres. En lo que a Carpentier le toma describir una pistola, Di Benedetto nos explica la manera más honorífica de desarticular un duelo. En lo que Carpentier describe un corsé, Di Benedetto se lo quita y fornica con la moza en cuestión.

Di Benedetto es tan preciso que pareciera que la novela hubiera sido escrita por el narrador Don Diego de Zama. Como si Diego de Zama se hubiera comunicado telepaticamente desde esa época y le dictara sus impulsos, sus pensamientos y sus deseos a Di Benedetto.

La puntería verbal de Di Benedetto se debe a que éste, por ejemplo, no describe la espada que lleva Don Diego de Zama ya que uno tiene esa imagen visual de que en esa época los hombres portaban una espada como hoy portan pistolas, y punto. Cuando se habla de una espada, es porque tiene una función en el texto.

Por consiguiente, la belleza del lenguaje de Di Benedetto está en su prosa aséptica... en su desnudez. En la ausencia de adornos. Un lenguaje preciso que logra que las rodillas de los grandes novelistas barrocos latinoamericanos tiemblen.

Párrafos cortos; pasajes que se van escidiendo; diálogos como susurros o imprecaciones; capítulos divididos en una serie de planos. Hasta visualmente, Zama y en otros textos de Di Benedetto que he leído, nos dan a entender la continuidad o la fijeza.

Zama es otra de las sorpresas de la literatura argentina. Pudiera decir que es inasible, no por su estructura, sino más bien por su simbología. Don Diego de Zama es una especie de alienado, que al igual que los personajes kafkianos o existencialistas, intentan avanzar de un punto a otro sin moverse. Está condenado a la espera, a que lo reubiquen y lo envíen a Buenos Aires o Santiago de Chile o quizás a Madrid. Durante la espera, Don Diego de Zama se vuelve adicto sexual, se enamora, riñe, brecha mujeres, se queda sin dinero, procrea un hijo, borronea cartas de amor, se queda sin dinero, es asaltado, golpeado, engañado, vende el caballo, se queda sin dinero, etc.

Podemos leer a Zama (por qué no) como reflexión de nuestra propia espera. Algo así como a lo que se refiere Elianne Defillo cuando escribe:
El cansancio: esa cruz
que llevamos
los latinoamericanos.

En las últimas páginas de la novela, el regimiento de Don Diego de Zama se topa con una tribu. Se trata de una tribu que habían cegado con cuchillos encendidos al rojo (pág. 251) otra tribu y que ahora son guiados por sus niños y deambulan a través de la selva sin ningún destino. En la página 252 Di Benedetto escribe: Cuando la tribu se acostumbró a servirse con prescindencia de los ojos, fue más feliz. Cada cual podía estar solo consigo mismo, no existían la verguenza, la censura y la inculpación; no fueron necesarios los castigos. Recurrían los unos a los otros para actos de necesidad colectiva, de interés común: cazar un venado, hacer techo a un rancho. El hombre buscaba a la mujer y la mujer buscaba al hombre para el amor. Para aislarse más, algunos se golpearon los oídos hasta romperse los huesecillos.

Y esto es.