domingo, 2 de marzo de 2008

Paul Auster en El Conde

Es casi una costumbre. Los sábados en la tarde camino con mi novia por El Conde. Si hay un sitio en Santo Domingo donde vale la pena caminar es este. Es más, si nos llevamos de Junot Díaz que explica que el Ground Zero es Santo Domingo, entonces el Ground Zero del Ground Zero es El Conde. Es decir, el centro del mundo. Me acuerdo que andando con Miguel de Mena una noche, este me explicó que en la esquina de la 30 de marzo con Independencia, ahí donde se detienen prostitutas extranjeras a esperar sus clientes, se encuentra el kilómetro cero del país. Yo movería el kilómetro cero unos doscientos metros y lo colocaría justo en la entrada de El Conde, debajo de una mesa de Paco o algo así. Recuerdo un pasaje de un libro de Rita Indiana en donde esta propone caminar por El Conde sin mirar atrás. Recuerdo todos los cuentos que me cuenta mi papá cada vez que atravesamos juntos El Conde. Recuerdo que hace más de diez años, mi amigo Paul me dijo totalmente convencido que nos diéramos prisa que iban a cerrar la puerta de El Conde. ¿Nos quedaríamos trancados en El Conde hasta que abran la puerta al amanecer? Ahora esto me causa risa, pero en el momento aceleramos la marcha y llegamos en pocos minutos a la Independencia donde esperamos una OMSA que nos llevara a casa.

En fin, nos encanta caminar por El Conde. Generalmente, dejamos el carro en Las Damas y procedemos a caminar desde ahí hasta la Puerta de El Conde y nos devolvemos. Es como un ritual. Pasamos por Segrafredo, por la escuela de Bellas Artes, por el parque Colón donde el evangélico a esas horas conecta su micrófono y procede a hablar del fin del mundo, por el Palacio de la Esquizofrenia donde ya no se habla de poesía sino de aros de yipetas, por el hotel de la izquierda donde los turistas piropean las mujeres que pasan y los taxistas aguardan con los brazos cruzados, por la estela que deja el sol a lo largo de la callecita peatonal, los casinos, la librería de libros usados de Daniel donde siempre que uno entra y revisa los libros, anaquel tras anaquel, sale tosiendo por el polvo acumulado; los ajedrecistas, los borrachos sentados en los bancos, los turistas de sesenta años de la mano con dominicanas de quince o de dieciséis o dominicanas nalgonas y tetonas; heladerías, haitianos con pantalones de corduroy silbando, vendedores con mantas azules donde venden películas pirateadas, discos, bisuterías; veteranos en muletas, sidosos, siete Politurs, góticos, mafiosos con sombreros y gafas Cartier, la señora que pide limosnas en correcto español…

Ese día caminamos sólo hasta la Sánchez y nos devolvimos. Nos detuvimos en el Hard Rock Café. Pedimos dos Long Island Iced Teas. Mi bebida favorita. Las beben las viejas judías de Long Island cuando se reúnen a jugar Bridge. Al principio, fue oscureciendo y cada vez había menos personas. Se había ido el evangélico. Se habían ido los que llevan rastas y se apostan frente a la estatua de Colón. Cuando le pregunté la hora a mi novia, esta me dice que faltan quince minutos para las doce. Pagamos, caminamos de vuelta al carro y justo cuando pasamos por la terraza de Segafredo, distingo, sentado en una de las mesas que casi lo ocultan, detrás de cuatro turistas gringos, al escritor Paul Auster con sus ojos brotados y su cara de alienígena. Lo miro con atención, a medida que paso, tratando de hacer contacto con sus ojos, lo que logro de repente, por espacio de dos segundos, aunque su mirada se siente más bien fría, semejante a una cámara que fuera grabándolo todo, como si en realidad no estuviera ahí y estuviera grabando lo que acontece para verlo más tarde. Levanta su martini y bebe un trago. A quince metros de Segafredo, le cuento a mi novia de que acabo de ver a Paul Auster sentado en Segafredo. Mi novia apenas me presta atención y no voltea la cabeza para cerciorarse que es él. En El Conde no se mira atrás.