viernes, 8 de diciembre de 2006

El hombre que nadie quería ver fuera de la jaula

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Llevo días pensando en el caso del hermano de Marcia quien después de diez años de estar desaparecido y de que todo el mundo lo diera por muerto, apareció en un campo de Salcedo limpiando estufas. El hermano de Marcia desapareció cuando tenía quince años y desde entonces la familia se había dedicado a buscarlo entre los cadáveres de las morgues, en hospitales y en asilos. Hace una semana, una vecina que retornaba a San Cristobal en una guagua, le voceó al chofer que se detuviera, ya que había divisado al lado de la carretera, un hombre idéntico al hermano de Marcia. Se apeó de la guagua y caminó hacia donde estaba el hombre desaliñado y con cara de lunático, que brillaba con un estropajo una estufa y de vez en cuando se limpiaba el sudor con una mano. Se quedó mirándolo sin que él se percatara de su presencia. Después de diez años, había envejecido un poco y se encontraba cojo y con una malformación en una pierna, pero era la misma cara y las mismas orejas y los mismos ojos. La vecina se dio la vuelta, se subió a la guagua y cuando llegó a San Cristobal, fue directamente a la casa de la hermana de Marcia y le contó que había encontrado a su hermano desaparecido hacía diez años. Al día siguiente, ambas fueron a Salcedo y encontraron al muchacho de ya veinticinco años, en el mismo sitio, lavando y pintando estufas, neveras y freezers. Se lo llevaron de vuelta a San Cristobal a la casa de la mamá que lo recibió con lágrimas en los ojos.

El hermano de Marcia contó lo que le había ocurrido durante esos diez años en cinco minutos. Como si en vez de diez años hubiera desaparecido por diez días o por diez horas. A los quince años, durante el periodo de campaña electoral del noventa y seis, se había montado en una guagua de caravana del PLD en vez de la guagua que iba en dirección al paraje Los Cocuyos de San Cristobal. La guagua de la caravana se dirigía al Cibao, específicamente a Salcedo, donde hicieron la última parada con todos los pasajeros roncos y borrachos. El hermano de Marcia se apeó de la guagua y empezó a caminar, buscando su casa, perdido en un pueblo donde nunca había estado antes. Cuando la gente (gente que no había visto nunca) le preguntaba de dónde era, él decía que de Los Cocuyos. Por supuesto, nadie por esos lares tenía la menor idea de donde estaba ubicado ese paraje de San Cristobal. O dígamoslo mejor, no les importaba. Duró varios meses durmiendo a la intemperie y trabajando con gente que abusaban de él y que terminaban engañándolo y golpeándolo. Una noche en un colmado, dos jugadores de dominó lo acusaron de haberse robado un radio de un Daihatsu. La policía lo fue a buscar y se lo llevó preso. Duró en la cárcel ocho meses hasta que lo soltaron porque un fiscal había extraviado el expediente. Deambuló por el pueblo, mendigando comida y refugio, entrando al azar a un templo evangélico donde un pastor lo convidó para que se fuera a vivir con él. Una tarde, el pastor lo llevó a un taller de mecánica y habló con el dueño, pidiéndole que por favor pusiera a trabajar al hermano de Marcia. Este lo puso a trabajar reparando y pintando estufas, neveras y freezers. El pastor evangélico cobraba el dinero del hermano de Marcia, ofreciéndole a cambio comida, alojamiento en un inmundo cuchitril y la promesa de que se iba a casar con su hija que vivía en Nueva York. En esa dinámica de explotación transcurrieron cinco años, hasta que la vecina de la mamá de Marcia pasó en la guagua frente al taller y ocurrió lo que conté arriba.

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No sé por qué y no sé si viene al caso, pero me acuerdo ahora del hombre que nadie quería ver fuera fuera de la jaula. Me explico. Hace tres años, andaba por el Cibao profundo supervisando un grupo de encuestadores. En una ocasión, le pedí a un muchacho de los alrededores que me ayudara a inspeccionar el área. Nos metimos por un conuco y pasamos una que otra casa de madera hasta que divisamos detrás de un potrero, un hombre barbudo, pajonudo y semidesnudo que se hallaba metido en una jaula. A medida que nos acercábamos, el hombre aguzaba la mirada y se ponía a gritar y a sacudir los barrotes de la jaula. El muchacho me contó que el hombre se había metido en una de las casas, diciendo que esa casa era suya y que se había abalanzado hacia la cama de una doña de sesenta años que estaba convaleciente y que había estado a punto de violarla. Los vecinos lo llevaron en una camioneta al destacamento que estaba en el cruce del pueblo, pero los polícias lo dejaron escapar y el hombre volvió a la casa que decía que era suya y empezó a tirarle piedras a la gente. Los vecinos lo detuvieron y lo llevaron a un hospital, pero el hombre se volvió a escapar y volvió de noche a la casa, se subió en un árbol y le empezó a tirar piedras a la gente de la casa y a los que vivían cerca. Cuando los vecinos se dieron cuenta de que estaba encaramado arriba, dos de estos se subieron a apearlo y a amarrarlo con unos alambres al árbol. Después de que los vecinos se reunieran y deliberaran, se decidió encerrar al hombre en una jaula y en que fuera dejado ahí hasta que se sanara o se pudriera. El hombre desde entonces espera detrás de los barrotes. Si te acercas a diez metros de la jaula o a una menor distancia, es capaz de arrojarte un gargajo a la cara. Es infalible.