Johannes tiene los brazos cruzados y observa a las personas que suben y bajan las escaleras eléctricas. Se está haciendo tarde. No hay muchas personas en la estación Nanking E. Aguardamos por Mónica y Saskia. La otra noche Saskia propuso que fuéramos a Wulai. Sacó una guía turística que compró en Amsterdam y que sin duda alguna es superior a las guías que dan en los hoteles o las que venden en los museos y en los Starbucks de Taipei.
De acuerdo a la guía, Wulai es uno de los sitios más exóticos de Taiwan. Tiene hermosos paisajes, cascadas y las aguas termales más famosas del país.
Johannes mira su reloj de pulsera y me dice que son las nueve y media. Tenemos más de media hora esperando. Un hombre se aproxima y se pone a escrutar los ojos de Johannes y luego los míos. Nos pregunta si tenemos dolores de cabeza. Le decimos que no. Nos pregunta si sufrimos de diarrea. Le decimos que no. Vuelve a escrutarnos y nos advierte que tenemos una enfermedad extraña y que necesitamos tratamiento. Habla y habla hasta que centramos toda la atención en Saskia que se aproxima y tras ella distinguimos a Mónica. Monica anda en sandalias. Se le notan los dedos de los pies. Son feos sus deditos.
Compramos los tickets, subimos la escalera y esperamos el metro, de pie, justo detrás del misterioso doctor que previamente nos diagnosticó. Saskia nos pregunta por los trajes de baño. Le contestamos que los vamos a comprar en el pueblo. Me pregunta si traje una toalla del hotel. Le digo que sí.
Tomamos el metro hasta la estación principal de Taipei. De ahí nos transferimos a la línea verde que abordamos hasta Xindian. Saskia se duerme sentada y al rato empieza a roncar. Mónica habla con Johannes mientras yo enciendo mi iPod y me pongo a escuchar canciones aleatoriamente.
A la izquierda dos taiwanesas ríen. Me imagino que tienen una conversación sobre sexo. Eso me pone feliz.
Cuando salimos de la estación de Xindian, caminamos a la derecha, buscando las paradas de las guaguas que llevan a Wulai. Mientras Mónica y Saskia preguntan y Johannes se queda de brazos cruzados, aprovecho para ir a un Seven Eleven y comprar unas botellitas de agua.
Le paso una botellita de agua a Johannes y empiezo a darle un vistazo a los elevados, a las tiendas de enfrente y a la gente que gira roboticamente, aguardando por el arribo de la guagua. Mónica le pregunta a una joven que por casualidad habla inglés y se dirige también hacia Wulai.
La guagua arriba. Las muchachas consiguen asiento en la parte de atrás mientras Johannes y yo permanecemos de pie. Le pregunto a Johannes acerca de dos películas danesas que vi hace poco. Johannes dice que son excelentes. Parecen dramas existencialistas. Es como si Jean Paul Sartre las hubiera dirigido. Me pregunta por el cine dominicano. No comments, respondo. Después me cuenta que conoció al director mexicano Alfonso Cuarón hace como quince años, que éste vivió por un tiempo en casa de un amigo suyo en Copenhaguen. Fue la primera vez que le hablaron de México de una manera profunda, al punto que desde ese día Johannes se sintió compelido a visitar México DF, no obstante, quedó decepcionado cuando fue hace como tres años, debido a que intentó buscar las cosas que Alfonso Cuarón le había descrito y aparentemente esas cosas que Alfonso Cuarón describía tan sólo estaban en su cabeza.
La guagua atraviesa un puente que tiene los bordes pintados de rojo. Abajo se distingue un río verdoso. Del otro lado se ven colinas y montañas. Johannes señala las gigantescas estatuas de buda que sobresalen entre la vegetación.
Johannes me pregunta acerca de qué escribo. De todo, le contesto. ¿Escribirías sobre este viaje?, me pregunta. Le respondo que sí.
La guagua se detiene y los pocos pasajeros que quedan se apean.
Pasamos un puente y caminamos hasta un pueblo. Hace un calor terrible. Es la una de la tarde. Empezamos a tener hambre. Entramos a un Seven Eleven y compramos varias botellitas de agua.
Según nos cuenta Saskia, los habitantes originarios de Wulai son aborígenes de la tribu Tai Ya. Aunque la verdad ya hay demasiados chinos o los aborígenes que quedaban se han mezclado con los chinos o se han ido extinguiendo poco a poco. Frente a una tienda, hay un gordo con pintalabios que convida a las muchachas que compren collares o anillos. Nos sigue por veinte metros hablando en un inglés machacado hasta que se da por vencido.
Johannes compra un traje de baño de dragones por 50 NTD. Yo me antojo de uno igual.
Cruzamos otro puente. Empezamos a subir la pendiente. Buscamos una cascada que aparece en la página 32 de la guía turística de Saskia. Caminamos y caminamos. Sudamos.
Después de cinco kilómetros empiezan a dolerme los pies. A lo lejos se ve la cascada y a un extremo se ven los teleféricos como arañas entre la vegetación. Llegamos a unas tiendas y a un mirador. Entramos en el Seven Eleven y compramos botellitas de agua.
Nos subimos en los telefericos y nos devolvemos. Escuchamos los pájaros cantando y el chu chu chu del tren que va subiendo la pendiente.
Seguimos subiendo. Nos paramos en una tienda y compramos algunos souvenirs. Compro un gorro rojo de dragones y un abanico que se convierte en sombrero. Saskia se compra un gorro rojo también. Mónica deambula, buscando un café que tenga conexión al internet. Pero no lo encuentra.
Saskia dice que nos dirigimos hacia el estanque de las ranas. Subimos varias escaleras de madera. A medida que subimos nuestros pasos retumban. Subimos y subimos tanto que se nos tapan los oídos. De vez en cuando, contemplamos una de las estatuas esparcidas por todo el parque. Sobre todo una en que aparece un chino cargando una silla con una china sentada que de seguro es su amante o su novia. Llegamos entonces al estanque de las ranas que es un estanque con ranas croando. Me siento mientras los demás se ponen a jugar al fotógrafo.
Tengo hambre, dice Mónica. Se quita las sandalias y empieza a masajearse los pies.
Seguimos. Ahora vamos en declive, buscando un sitio para comer. Parejas descienden en sus pasolas. Las muchachas sostienen fuerte a los conductores por la cintura. Generalmente, estos no llevan camiseta. Llegamos a una especie de terraza. El paisaje con su vegetación, sus montañas y su neblina me recuerda a Jamao u otra región del Cibao. La cocinera está en un extremo limpiando el área de acceso con una manguera. Se acerca una de las meseras. Hablamos en señas. Esta es delgada y le faltan algunos dientes delanteros. La cocinera es gorda y tiene trenzas. Pedimos arroz, pedimos bambú, pedimos pollo y pedimos cerveza taiwanesa.
Salimos del restaurante y bajamos por la pendiente. Si uno cierra los ojos y se concentra bien, siente como si estuviera flotando por el aire, sobre todo cuando atraviesa la neblina.
Bajamos y bajamos. Por los alrededores hay un montón de Saunas y de Spas para turistas. Casas rojas y blancas se encuentran encaramadas en colinas y entre la vegetación. En los portales jóvenes ven televisión y comen con palillos. De repente, arribamos a un camino de tierra. Al fondo se distingue un carro destartalado. Un perro que estaba recostado en medio del camino se levanta y empieza a ladrarnos. Johannes avanza como si nada y yo le digo a Saskia que le tengo miedo. Saskia y Mónica se ríen. Ambas me sujetan un brazo hasta que pasamos el perro. Más adelante, aparece un señor desnudo de la cintura para arriba. Tiene una barriga bestial. Como si tuviera parásitos o jugara softball y se bebiera treinta cervezas después de cada juego. Le preguntamos en inglés dónde se encuentran los balnearios, pero el señor no comprende. Así que Saskia saca su guía y le muestra la página 33 donde aparecen los balnearios. El señor asiente, murmura algo y a través de señas nos explica que el lugar está cerca. Avanzamos. Cuando el señor pasa al lado del perro, lo patea. El perro lanza un chillido. Pero a los pocos segundos se levanta y nos sigue.
Alcanzamos una escalera y el señor señala el bajío donde se divisa el río verdososo y varias personas aglomeradas. Llegamos entonces al balnerario.
Wulai quiere decir en lenguaje aborigen: hirviente. Por lo que no es extraño que sea tan conocido por sus termas de agua. El balneario tiene seis termas de agua que descienden directamente del volcán. Las termas están repletas de ancianos. Enfrente se encuentra el río verdoso y del otro lado el pueblo de Wulai con sus casitas pintorescas y sus hoteluchos.
Fui a uno de los vestidores y me puse el traje de baño de dragones que había comprado en una de las tiendas del pueblo. Antes de entrar a las piletas, uno tiene que lavarse con agua tibia, tomando una cubeta o un pote roto y echándose el agua encima. Cuando ya estoy listo, entro en una de las piletas. Me acomodo y me quedo ahí recostado por unos largos minutos. Johannes me pregunta qué tal. Le digo que no hay nada mejor.
Al rato las muchachas salen de sus vestidores y entran en las termas. Me mudo de pileta y me pongo en una más caliente, pero al rato salgo. Saskia me pregunta que donde hay un baño. Pregunto dónde hay un baño, pero ninguna de las personas esparcidas en las diversas pilas entienden. Entonces llega un gordito japonés con el que empezamos a hablar. Este le pregunta a un amigo chino y el amigo chino le pregunta a una anciana. La anciana asiente y señala el río. El gordito japonés le explica a Saskia que tiene que entrar al río y orinar. Todos los bañistas se quedan mirando a Saskia y empiezan a reir. Saskia baja al río y orina mientras nada y varios de los bañistas la observan desde arriba.
Cuando Saskia sube, yo bajo y orino. El agua del río está extremadamente fría. El contraste es tremendo. Cuando subo, una anciana me toma de la mano y me conduce al sauna. Saskia me dice que el sauna es buenísimo. Mónica y Saskia tienen las piernas metidas en una de las pilas. Entro al sauna guíado por la anciana. El sauna es una especie de caverna, cubierta por una cortina, donde un chorro de agua hirviente, directamente del volcán, cae.
La anciana señala el chorro de agua y me hace señas de que por nada del mundo meta el pie ahí dentro. Asiento con la cabeza. La anciana sale y me quedo con las demás personas que recostadas o sentadas entre las rocas, sudan. Algunos se ríen. Otros miran el vacío o tiemblan o aspiran.
Al salir, la anciana toma un recipiente, lo llena de agua hirviente y me lo arroja. Pero no me quema el agua. Al contrario, se siente delicioso, como si el agua me traspasara. Como si me masajeara. Como si me hubieran arrojado agua por primera vez en mi vida. Es increible. En otro momento, ese agua hirviente me hubiera achicharrado y dejado fuertes quemaduras, pero ahora siento como si pudiera atravesar una fogata y salir ileso. Entro en una pileta y me pongo a conversar con las muchachas. Johannes entra y nos hace compañía. Los ancianos nos preguntan de qué países venimos. Les explicamos. Uno de los ancianos tiene 106 años. Tiene algunas arrugas y unos enormes lunares en el rostro. De los ancianos que lo rodean, parece el más joven. Una anciana se acerca y me toca el pelo y empieza a hablar en mandarín. Le pregunto al japonés, este le pregunta al amigo y el amigo le dice en japonés y el japonés echa a reír. Todos comienzan a reír. Johannes y Saskia. Mónica y yo. Todos.
El sol desciende en alguna parte de Wulai. La última guagua de Wulai sale a las seis. Johannes mira el reloj de pulsera y dice que faltan diez minutos para las siete. Hunde la cabeza en el agua. Del otro lado del río las casas, las tiendas y los hoteluchos de Wulai encienden sus luces.














