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viernes 1 de junio de 2007

Taipei (6) Wulai

Johannes tiene los brazos cruzados y observa a las personas que suben y bajan las escaleras eléctricas. Se está haciendo tarde. No hay muchas personas en la estación Nanking E. Aguardamos por Mónica y Saskia. La otra noche Saskia propuso que fuéramos a Wulai. Sacó una guía turística que compró en Amsterdam y que sin duda alguna es superior a las guías que dan en los hoteles o las que venden en los museos y en los Starbucks de Taipei.

De acuerdo a la guía, Wulai es uno de los sitios más exóticos de Taiwan. Tiene hermosos paisajes, cascadas y las aguas termales más famosas del país.

Johannes mira su reloj de pulsera y me dice que son las nueve y media. Tenemos más de media hora esperando. Un hombre se aproxima y se pone a escrutar los ojos de Johannes y luego los míos. Nos pregunta si tenemos dolores de cabeza. Le decimos que no. Nos pregunta si sufrimos de diarrea. Le decimos que no. Vuelve a escrutarnos y nos advierte que tenemos una enfermedad extraña y que necesitamos tratamiento. Habla y habla hasta que centramos toda la atención en Saskia que se aproxima y tras ella distinguimos a Mónica. Monica anda en sandalias. Se le notan los dedos de los pies. Son feos sus deditos.

Compramos los tickets, subimos la escalera y esperamos el metro, de pie, justo detrás del misterioso doctor que previamente nos diagnosticó. Saskia nos pregunta por los trajes de baño. Le contestamos que los vamos a comprar en el pueblo. Me pregunta si traje una toalla del hotel. Le digo que sí.

Tomamos el metro hasta la estación principal de Taipei. De ahí nos transferimos a la línea verde que abordamos hasta Xindian. Saskia se duerme sentada y al rato empieza a roncar. Mónica habla con Johannes mientras yo enciendo mi iPod y me pongo a escuchar canciones aleatoriamente.

A la izquierda dos taiwanesas ríen. Me imagino que tienen una conversación sobre sexo. Eso me pone feliz.

Cuando salimos de la estación de Xindian, caminamos a la derecha, buscando las paradas de las guaguas que llevan a Wulai. Mientras Mónica y Saskia preguntan y Johannes se queda de brazos cruzados, aprovecho para ir a un Seven Eleven y comprar unas botellitas de agua.

Le paso una botellita de agua a Johannes y empiezo a darle un vistazo a los elevados, a las tiendas de enfrente y a la gente que gira roboticamente, aguardando por el arribo de la guagua. Mónica le pregunta a una joven que por casualidad habla inglés y se dirige también hacia Wulai.

La guagua arriba. Las muchachas consiguen asiento en la parte de atrás mientras Johannes y yo permanecemos de pie. Le pregunto a Johannes acerca de dos películas danesas que vi hace poco. Johannes dice que son excelentes. Parecen dramas existencialistas. Es como si Jean Paul Sartre las hubiera dirigido. Me pregunta por el cine dominicano. No comments, respondo. Después me cuenta que conoció al director mexicano Alfonso Cuarón hace como quince años, que éste vivió por un tiempo en casa de un amigo suyo en Copenhaguen. Fue la primera vez que le hablaron de México de una manera profunda, al punto que desde ese día Johannes se sintió compelido a visitar México DF, no obstante, quedó decepcionado cuando fue hace como tres años, debido a que intentó buscar las cosas que Alfonso Cuarón le había descrito y aparentemente esas cosas que Alfonso Cuarón describía tan sólo estaban en su cabeza.

La guagua atraviesa un puente que tiene los bordes pintados de rojo. Abajo se distingue un río verdoso. Del otro lado se ven colinas y montañas. Johannes señala las gigantescas estatuas de buda que sobresalen entre la vegetación.

Johannes me pregunta acerca de qué escribo. De todo, le contesto. ¿Escribirías sobre este viaje?, me pregunta. Le respondo que sí.

La guagua se detiene y los pocos pasajeros que quedan se apean.

Pasamos un puente y caminamos hasta un pueblo. Hace un calor terrible. Es la una de la tarde. Empezamos a tener hambre. Entramos a un Seven Eleven y compramos varias botellitas de agua.

Según nos cuenta Saskia, los habitantes originarios de Wulai son aborígenes de la tribu Tai Ya. Aunque la verdad ya hay demasiados chinos o los aborígenes que quedaban se han mezclado con los chinos o se han ido extinguiendo poco a poco. Frente a una tienda, hay un gordo con pintalabios que convida a las muchachas que compren collares o anillos. Nos sigue por veinte metros hablando en un inglés machacado hasta que se da por vencido.

Johannes compra un traje de baño de dragones por 50 NTD. Yo me antojo de uno igual.

Cruzamos otro puente. Empezamos a subir la pendiente. Buscamos una cascada que aparece en la página 32 de la guía turística de Saskia. Caminamos y caminamos. Sudamos.

Después de cinco kilómetros empiezan a dolerme los pies. A lo lejos se ve la cascada y a un extremo se ven los teleféricos como arañas entre la vegetación. Llegamos a unas tiendas y a un mirador. Entramos en el Seven Eleven y compramos botellitas de agua.

Nos subimos en los telefericos y nos devolvemos. Escuchamos los pájaros cantando y el chu chu chu del tren que va subiendo la pendiente.

Seguimos subiendo. Nos paramos en una tienda y compramos algunos souvenirs. Compro un gorro rojo de dragones y un abanico que se convierte en sombrero. Saskia se compra un gorro rojo también. Mónica deambula, buscando un café que tenga conexión al internet. Pero no lo encuentra.

Saskia dice que nos dirigimos hacia el estanque de las ranas. Subimos varias escaleras de madera. A medida que subimos nuestros pasos retumban. Subimos y subimos tanto que se nos tapan los oídos. De vez en cuando, contemplamos una de las estatuas esparcidas por todo el parque. Sobre todo una en que aparece un chino cargando una silla con una china sentada que de seguro es su amante o su novia. Llegamos entonces al estanque de las ranas que es un estanque con ranas croando. Me siento mientras los demás se ponen a jugar al fotógrafo.

Tengo hambre, dice Mónica. Se quita las sandalias y empieza a masajearse los pies.

Seguimos. Ahora vamos en declive, buscando un sitio para comer. Parejas descienden en sus pasolas. Las muchachas sostienen fuerte a los conductores por la cintura. Generalmente, estos no llevan camiseta. Llegamos a una especie de terraza. El paisaje con su vegetación, sus montañas y su neblina me recuerda a Jamao u otra región del Cibao. La cocinera está en un extremo limpiando el área de acceso con una manguera. Se acerca una de las meseras. Hablamos en señas. Esta es delgada y le faltan algunos dientes delanteros. La cocinera es gorda y tiene trenzas. Pedimos arroz, pedimos bambú, pedimos pollo y pedimos cerveza taiwanesa.

Salimos del restaurante y bajamos por la pendiente. Si uno cierra los ojos y se concentra bien, siente como si estuviera flotando por el aire, sobre todo cuando atraviesa la neblina.

Bajamos y bajamos. Por los alrededores hay un montón de Saunas y de Spas para turistas. Casas rojas y blancas se encuentran encaramadas en colinas y entre la vegetación. En los portales jóvenes ven televisión y comen con palillos. De repente, arribamos a un camino de tierra. Al fondo se distingue un carro destartalado. Un perro que estaba recostado en medio del camino se levanta y empieza a ladrarnos. Johannes avanza como si nada y yo le digo a Saskia que le tengo miedo. Saskia y Mónica se ríen. Ambas me sujetan un brazo hasta que pasamos el perro. Más adelante, aparece un señor desnudo de la cintura para arriba. Tiene una barriga bestial. Como si tuviera parásitos o jugara softball y se bebiera treinta cervezas después de cada juego. Le preguntamos en inglés dónde se encuentran los balnearios, pero el señor no comprende. Así que Saskia saca su guía y le muestra la página 33 donde aparecen los balnearios. El señor asiente, murmura algo y a través de señas nos explica que el lugar está cerca. Avanzamos. Cuando el señor pasa al lado del perro, lo patea. El perro lanza un chillido. Pero a los pocos segundos se levanta y nos sigue.

Alcanzamos una escalera y el señor señala el bajío donde se divisa el río verdososo y varias personas aglomeradas. Llegamos entonces al balnerario.

Wulai quiere decir en lenguaje aborigen: hirviente. Por lo que no es extraño que sea tan conocido por sus termas de agua. El balneario tiene seis termas de agua que descienden directamente del volcán. Las termas están repletas de ancianos. Enfrente se encuentra el río verdoso y del otro lado el pueblo de Wulai con sus casitas pintorescas y sus hoteluchos.

Fui a uno de los vestidores y me puse el traje de baño de dragones que había comprado en una de las tiendas del pueblo. Antes de entrar a las piletas, uno tiene que lavarse con agua tibia, tomando una cubeta o un pote roto y echándose el agua encima. Cuando ya estoy listo, entro en una de las piletas. Me acomodo y me quedo ahí recostado por unos largos minutos. Johannes me pregunta qué tal. Le digo que no hay nada mejor.

Al rato las muchachas salen de sus vestidores y entran en las termas. Me mudo de pileta y me pongo en una más caliente, pero al rato salgo. Saskia me pregunta que donde hay un baño. Pregunto dónde hay un baño, pero ninguna de las personas esparcidas en las diversas pilas entienden. Entonces llega un gordito japonés con el que empezamos a hablar. Este le pregunta a un amigo chino y el amigo chino le pregunta a una anciana. La anciana asiente y señala el río. El gordito japonés le explica a Saskia que tiene que entrar al río y orinar. Todos los bañistas se quedan mirando a Saskia y empiezan a reir. Saskia baja al río y orina mientras nada y varios de los bañistas la observan desde arriba.

Cuando Saskia sube, yo bajo y orino. El agua del río está extremadamente fría. El contraste es tremendo. Cuando subo, una anciana me toma de la mano y me conduce al sauna. Saskia me dice que el sauna es buenísimo. Mónica y Saskia tienen las piernas metidas en una de las pilas. Entro al sauna guíado por la anciana. El sauna es una especie de caverna, cubierta por una cortina, donde un chorro de agua hirviente, directamente del volcán, cae.

La anciana señala el chorro de agua y me hace señas de que por nada del mundo meta el pie ahí dentro. Asiento con la cabeza. La anciana sale y me quedo con las demás personas que recostadas o sentadas entre las rocas, sudan. Algunos se ríen. Otros miran el vacío o tiemblan o aspiran.

Al salir, la anciana toma un recipiente, lo llena de agua hirviente y me lo arroja. Pero no me quema el agua. Al contrario, se siente delicioso, como si el agua me traspasara. Como si me masajeara. Como si me hubieran arrojado agua por primera vez en mi vida. Es increible. En otro momento, ese agua hirviente me hubiera achicharrado y dejado fuertes quemaduras, pero ahora siento como si pudiera atravesar una fogata y salir ileso. Entro en una pileta y me pongo a conversar con las muchachas. Johannes entra y nos hace compañía. Los ancianos nos preguntan de qué países venimos. Les explicamos. Uno de los ancianos tiene 106 años. Tiene algunas arrugas y unos enormes lunares en el rostro. De los ancianos que lo rodean, parece el más joven. Una anciana se acerca y me toca el pelo y empieza a hablar en mandarín. Le pregunto al japonés, este le pregunta al amigo y el amigo le dice en japonés y el japonés echa a reír. Todos comienzan a reír. Johannes y Saskia. Mónica y yo. Todos.

El sol desciende en alguna parte de Wulai. La última guagua de Wulai sale a las seis. Johannes mira el reloj de pulsera y dice que faltan diez minutos para las siete. Hunde la cabeza en el agua. Del otro lado del río las casas, las tiendas y los hoteluchos de Wulai encienden sus luces.

lunes 28 de mayo de 2007

Taipei (5) ópera china

Después que los japoneses se despiden, Johannes me pregunta a qué hora nos vamos. Le respondo que después del almuerzo, al tiempo que recojo mis papeles y una libreta de apuntes. De repente se acerca Saskia con una taza de café en una mano y en la otra un cuaderno. Hace un rato hablamos de que íbamos a ir a uno de los bazares, pero Saskia ahora dice que no puede, debido a que le acaban de avisar que tiene que participar en un taller que empieza en aproximadamente una hora. Saskia toma un sorbito del café y dice que nos podemos encontrar en la ópera a eso de las seis. Los espero en la puerta, dice. Despliego el mapa de Taiwán sobre la mesa y Saskia tacha la estación de Yuanshan, asegurándonos que si le preguntamos a alguien o leemos las señalizaciones encontraremos el templo Baoan donde van a realizar la ópera.

Johannes y yo salimos y nos dirigimos a almorzar a uno de los lujosos salones. La verdad no tengo mucha hambre. Doy vueltas por el buffet viendo los diversos y deliciosos platos, aunque la verdad desayuné muchísimo y no tengo ganas de comer mariscos. Me sirvo unos camarones hervidos, me sirvo unos vegetales y me sirvo pulpo a la vinagreta. Me siento al lado de dos croatas que son bien simpáticas y que conversan sobre cómo conseguir más presupuesto para su programa. Preguntan y preguntan a medida que voy pelando los camarones con los dedos. Se sienta en la mesa Knut de Noruega y del otro lado se sienta Johannes.

Johannes mira su reloj de pulsera y me dice que son las doce y media. Inmediatamente terminamos de comer, nos despedimos del grupo y salimos. Johannes sube a su habitación. Lo espero en el lobby, dándole un vistazo a la gente que arriba al hotel, a la gente que entra y sale de los ascensores, a los botones en perpetuo movimiento, y a un piano que se toca solo, colocado en un rincón, como si lo tocara el hombre invisible. Me encuentro con Chiu – Ling Chen. Thanks a million, le digo. Chiu – Ling sonríe. Me dice que le gustaría ir algún día a Santo Domingo. Le digo que de seguro. Johannes sale de un ascensor y se acerca
y se despide de Chiu – Ling Chen. Ahora se ha puesto un poloshirt negro y unos tenis.

Salimos del hotel en dirección al metro. La estación de Nanking E se encuentra a unas cuadras del hotel, subiendo en dirección al sur.

Las calles están bien animadas. Alcanzamos la estación, después de diez minutos de caminata. Compro una tarjeta para el día completo por 150 NTD. Johannes compra otra. Le echamos un vistazo a un mapa que está dibujado en uno de los muros. Le digo a Johannes que estoy interesado en ir al templo
Lung Shan y al mercado nocturno de Hwashi Jie, mundialmente conocido por los restaurantes donde venden serpientes y por sus centros de masaje. Johannes se ajusta los lentes y me pregunta si se comen las serpientes. Se comen la carne y se beben la sangre, le respondo. Tomamos el metro erróneamente y éste nos deja en la parada de la escuela Zhongtahns Jr. Subimos la escalera para tomar el metro desde el otro extremo. Tomamos entonces la otra línea y nos quedamos en Zhongziao Fuxing, vapuleados por la multitud que se mueve de un extremo a otro, como si ensayaran para un desfile. Gente entra y sale de las puertas de los vagones o baja y sube las escaleras eléctricas. Buscamos la línea azul y nos transferimos, tomando el metro que va en dirección a Yongning y que tomamos hasta la estación del templo de Lung Shan.

Los vagones del metro se encuentran abarrotados. Hablamos de pie, sostenidos del tubo, como las demás personas que se encuentran a nuestros costados. Las paradas son anunciadas por una voz femenina. También aparecen en una pantalla que está sobre las puertas, primero en ideogramas y luego en alfabeto occidental. El metro es uno de los más modernos del mundo, dijo alguien durante el almuerzo. Le pregunto a Johannes si el metro en Dinamarca es tan moderno. Johannes dice que está un poco viejo. El me pregunta por el metro en Santo Domingo. No comments, le respondo.

Arribamos a la estación del templo Lung Shan y subimos por las escaleras de la derecha. Se distingue un parque y más allá está el templo. Es uno de los templos más hermosos de Taipei. En el parque se divisan un montón de viejos jugando Mah Jong y personas en sillas de rueda que departen y al parecer hablan de política o pelota. ¿Quién sabe? Se ve el césped acabado de cortar y los árboles recién podados. Se ven esculturas de dragones, se ve una tienda, se ven niños correteando y otros montando bicicletas.

El templo Lung Chan es asombroso. Me gustan los dragones de los templos budistas chinos, le digo a Johannes. Ingresamos y nos aproximamos a una cascada con enormes peces de colores que nadan en el estanque. Adelante, la gente esparcida como hormigas por doquier, llevando sus varitas de incienso encendidas. Otros llevan flores o niños. Las mesas de ofrendas se hallan colmadas. Hay muchísima gente. Johannes se sienta en un extremo, toma fotos y observa a la gente que reza y enciende incienso.


Ahora paseamos por los mercados
. Tengo que conseguir el lapicero Mont Blanc para Mary Louise, le digo a Johannes mientras compramos unas botellitas de agua en un Seven Eleven. En la acera varias personas, sobre todo ancianos, venden chucherías. Pregunto por los Mont Blanc. Niegan con la cabeza. Más adelante veo una anciana sentada que tiene un Mont Blanc. Le pregunto cuánto. Saca una calculadora y me escribe que 1000 NTD. Le pregunto a Johannes que piensa. El se echa a reír. Le digo a la anciana que vamos a dar una vuelta. La anciana me agarra una pierna y me dice algo en chino que no comprendo. Me zafo y le explico que voy a mirar más adelante, pero que retorno, como si la anciana me pudiera comprender. Entramos en una tienda de antigüedades. Johannes levanta un medallón que según el dueño dice pertenece a la dinastía Tang. Johannes se ríe en la cara del dueño y sale del establecimiento. Entramos en un callejón repleto de mujeres que venden desde brazaletes y collares de jade a camisetas de la banda U2 y tenis Reebook y Puma falsificados. Venden comida, venden stinky tofu y peces y langostas en sus peceras. Venden dulces. Venden pollos y patitas de cerdo. Sin embargo, ni rastros de los Mont Blanc. Cuando retornamos a donde se encontraba la anciana, esta se ha marchado con su mercancía, al igual que los demás vendedores. Alguien nos dice que les alertaron que la policía venía y tuvieron que marcharse.

Johannes se antoja de ver el río que se distingue en el
mapa. De seguro lo vemos si caminamos hacia el sur, me dice. Cruzamos la avenida y nos paramos frente a una tienda Mont Blanc. El lapicero más barato cuesta alrededor de setecientos dólares. Johannes dice que debí comprar el lapicero tan pronto lo vi.

A esta hora la mayoría de los puestos de ventas se encuentran vacíos, aunque de repente nos sale al paso un tipo que vende dulces o vende relojes. El mercado nocturno de Hwashi Jie y los restaurantes que ofrecen serpientes en su menú se hallan cerrados. Doblamos por una calle, le preguntamos a alguien, a una señora que lleva un niño de la mano, pero la señora no habla inglés y el niño se queda mirándonos a medida que nos alejamos. Vamos a buscar un sitio donde nos podamos beber una cerveza, me dice Johannes. Pero por más que buscamos no vemos un bar, más bien lo que tienen son cafeterías en que tres o cuatro chinos se toman una sopa al mismo tiempo o tratan de sostener un camarón con los palillos y morderlo. Cuando alcanzamos una avenida con dos elevados, revisamos el mapa y nos damos cuenta de que estamos perdidos. Decidimos devolvernos.

Tomamos el metro de nuevo en la estación del Templo Lung Chan. Esta vez nos quedamos en Zhongziao Xinsheng. Subimos las escaleras, nos dirigimos a un parque y repasamos con la vista los diversos cafés y establecimientos de los alrededores. Entramos a dos establecimientos y nos dicen que no venden cerveza. Avanzamos hacia un café en que la gente bebe cerveza y té y nos sentamos en el interior. Pedimos dos cervezas y comenzamos a hablar. Johannes me cuenta que tiene tres niños. Me cuenta la historia del hijo mayor que es músico, que vive de tocar la guitarra y cantar con voz ronca
en cafés y bares y que se fuma cincuenta cigarrillos al día. De ahí pasa a hablar de cuando era joven y conoció a su esposa hasta que mira el reloj y se percata de que son las cinco de la tarde. Debemos encontrarnos con Saskia para la ópera, me dice. Pagamos las cervezas y nos dirigimos al metro, sin embargo, cuando estamos a punto de llegar me doy cuenta de que he perdido mi tarjeta. Vuelvo al café. La mesera me mira, agita la tarjeta y me la pasa.

Tomamos el metro en dirección a la Estación Principal de Taipei. Ahí bajamos y subimos escaleras eléctricas hasta transferirnos a la línea roja y tomar el metro hasta YuanShan.

En la estación de Yuan Shan bajamos la escalera y tomamos la calle Kulun hasta que llegamos al templo Baoan. Frente al templo Baoan, unas jóvenes se preparan para la ópera. Saltan, gritan, cantan, declaman.
Tienen puestas ropas ligeras y están maquilladas de pies a cabeza.

La actividad está auspiciada por la UNESCO y se llama 2007 Baosheng Cultural Festival. Al parecer, la ópera es uno de los eventos que se presentan en ese festival.

Entramos en el templo y divisamos a Saskia, más adelante, tomando unas fotos. Pegados a las paredes hay varios de las marionetas o muñecos gigantes alegóricos a personajes históricos o sagrados. Saskia cuenta que hace unos días fue a una demostración de fuegos artificiales y a un desfile con dragones y figurantes
como parte de las festividades que celebran a los dioses sagrados chinos.
Al rato se nos une Mónica y Evelin. Johannes propone que nos tomemos una cerveza en un café. Empezamos a caminar buscando un café o cualquier establecimiento, pero no encontramos nada y decidimos entrar en un Seven Eleven a comprar varias cervezas y consumirlas en el templo confucionista del que nos habla Saskia. El calor se ha incrementado. Compramos la cerveza y nos dirigimos al jardín del templo confucionista. Es un sitio extremadamente limpio y agradable. Me bebo mi cerveza de lata mientras Saskia y Evelin hablan en alemán y Mónica le explica a Johannes acerca de un estudio que han sacado en España que mide la percepción de las personas en relación a la piratería. Empezamos a discutir sobre derechos y piratería, aunque al rato me callo y me quedo mirando los rayos de sol que se filtran entre las hojas del jardín y las ardillas que veo pasar, que no sé bien si se tratan de ardillas o de ratas amaestradas.

Salimos del templo y nos dirigimos a la ópera. Cuando llegamos al teatro al aire libre, la obra está a punto de comenzar. El teatro está concurrido. Cada cinco minutos, sobre el escenario, pasa un avión que aterriza en el aeropuerto nacional que está a pocos kilómetros del área. Al pasar el avión no se escucha nada de lo que hablan en el escenario o de la música de cuerdas y tambores.
Tan sólo se escucha el ruido de los motores.

En El Mago de Viena de Sergio Pitol hay una excelente descripción de lo que son las óperas chinas, óperas que Pitol frecuentó cuando vivió por un corto periodo de tiempo en China en los sesenta. Sergio Pitol escribe en la página 69: Pero lo más prodigioso, lo más sorprendente eran los teatros donde se celebraban las funciones de ópera. Todos los teatros a los que había asistido, salvo el de cámara donde vi El hombre de Pekín, eran edificios modernos, un poco anónimos, y con un público que daba el tono de miembros de la nomenclatura, con sus uniformes a lo Mao, limpios, planchados, domingueros, y con una tiesura ceremonial. En cambio al entrar a alguno de los enormes teatros de ópera, cercanos a uno de los mayores bazares de la capital, los encontraba envejecidos, despintados en partes, luidos los telones y los forros de los asientos; daba la sensación de un mundo compartido, de una colmena vibrante de vida y de zumbidos. Viejos, niños, gente de todo tipo se movía de un lado a otro para saludarse, riendo, hablando bulliciosamente como si estuvieran en medio del bazar. La vida se manifestaba, febril, intensa, multitudinariamente mientras uno localizaba sus asientos. Sólo en el instante en que sonó la última señal se hizo un silencio profundo y cada quien, en un segundo, estuvo ya en su asiento. Al correrse el telón al ritmo de esa música ultraestilizada comenzaba el milagro. Telas de seda de todos los colores, personajes decorados como con escayola en vez de maquillaje, máscaras coloridas y violentas, unos eran reyes, otros tigres y monos, guerreros y princesas y concubinas que los aman y a quienes ellos aman también desaforadamente, todos saltaban por el escenario, corrían, ejecutaban pantomimas inconcebibles, ejercicios circenses, volaban. Al iniciarse el espectáculo todo se volvió regocijo, un paraíso compuesto de elementos refinadísimos y plebeyos del que era imposible desprender en ningún momento la mirada. Se requería tiempo después de salir del teatro para liberarse del hipnotismo. Por lo menos iba a la ópera una vez a la semana. Salía de ahí siempre deslumbrado. En mis apuntes encuentro algunos títulos preferidos: Robó tres veces el vaso de los nueve dragones, con la que me inicié, Escándalo en el palacio celestial, Adiós a la concubina, Cómo un monje ebrio abrió la puerta del claustro. Puedo decir que jamás he sentido un placer escénico tan extremo como en aquellas veladas.

A pesar de este hermoso pasaje
que la ópera inspiró en Pitol, no he parado de bostezar. Lo mismo le pasa a Saskia y a Mónica. Johannes tiene los ojos cerrados. Evelyn es la única que parece interesada, aunque de tanto en tanto intercambia miradas con Johannes y conmigo y vocea que debemos marcharnos. Entonces nos levantamos y salimos del teatro, avanzando por calles desconocidas bajo la luna llena que brilla a nuestra izquierda como un reflector.

Ahora estamos en un restaurante. Nos pasan los menús escritos en caracteres chinos. Miramos las fotos. Johannes dice que se trata de la misma comida y que lo único que cambian son las fotos.

Mónica intenta explicarle a la mesera que quiere arroz, pero se le hace inútil ya que no hay fotos en el menú. Aunque cuando le explica a la mesera que le apetece pollo, se le hace más sencillo imitarlo, agitando los brazos como si fueran alas y cacareando,
o cuando Saskia dice que quiere cerdo y empieza a gruñir con un cerdo. Para no hacer el ridículo, pido uno de los platos que aparecen fotografiados. Pedimos también varias cervezas taiwanesas y empezamos a beberlas. Evelyn dice que se sabe una palabra en chino y nos mira a todos e intenta recordar y termina dándole un codazo a Saskia, preguntándole cuál es.

Después de la comida, Johannes dice que debemos ir a un karaoke. Le preguntamos a la mesera si sabe donde hay un karaoke. La mesera nos hace señas y va y busca al cocinero que habla un poco de inglés. Pero el cocinero no sabe lo que es un karaoke, aunque a partir de la descripción del cocinero, la
mesera entiende y toma de la mano a Saskia y le señala desde la ventana una calle, gesticulando, como diciéndonos que caminemos por ahí y de seguro lo encontramos. Caminamos por la calle señalada sin encontrar bares o establecimientos con música. Todo parece muerto. Las calles parecen haber sufrido un ataque cardiaco o una transfusión. De repente, encontramos un bar en un hotel lujoso, preguntamos cuánto es el cover y la dependiente nos dice que 200 NTD cada hora. Le decimos que es demasiado. La muchacha se encoge de hombros y dice que hoy tienen noche de burbujas. Nos quedamos unos segundos observando, medio borrachos, como si no tuviéramos a donde ir. Adolescentes salen mareadas del bar, sostenidas por muchachas o muchachos. Los chóferes bajan a buscar algunas de las muchachas o de los muchachos. Una de las adolescentes sale y le vomita encima a Mónica. ¡Me ha vomitado mis gucci!, grita Mónica en español. La muchacha se queda mirando a Mónica que se ha puesto histérica y que empieza a golpearla con la cartera. Uno de los chóferes aparta a Mónica de la muchacha. Johannes señala su reloj y nos dice que es hora de irnos. Más adolescentes borrachas siguen saliendo del bar. Debe ser el mejor Karaoke del mundo.

miércoles 23 de mayo de 2007

Taipei (4) Gao Xingjian

Después de leer los elogios y la reseña de su obra y su vida en El Mago de Viena de Sergio Pitol, decidí comprarme El libro de un hombre solo, no sólo para conocer la literatura de Gao, sino también para aproximarme a la Revolución Cultural China, periodo convulso en que se encuentra basado una gran parte del libro. Sin embargo, después de leer las quinientas y tantas páginas del libro, me he encontrado con algo más. Con una obra que trata de la pasión de escribir y cómo esa pasión te acerca cada vez más a la soledad. Con que en esta obra Gao está más cerca de Samuel Becket que de Solzhenitsin. Pero sobre todo, con una obra que retrata de la manera más humana, sin ningún tipo de manipulación ideológica y hasta estética, una de las tragedias y catástrofes sociales de nuestra época reciente.

Mientras los García -García Márquez y García Lorca- aseguraban que escribían para que los quisieran, Gao Xingjian repite que escribe para estar solo. Gao Xingjian no predica. Gao Xingjian no se queja y se lamenta por sí. Gao Xingjian escribe de la misma manera que se pajea. Para sí mismo. Así tan sencillo y grosero como suena. Supongo que si algunos de nosotros tuviéramos que quemar todos nuestros manuscritos para que no nos fusilen a nosotros ni a nuestros familiares ni amigos, comprenderíamos lo anterior.

Al final de la página 518 Gao escribe: Los superhombres querían reemplazar a Dios, eran presuntuosos e irracionales, mientras que tú, mejor que permanezcas humilde y frágil.

En la página 248 escribe: El mundo ya no te parece tan asqueroso como antes, aunque ese asco todavía esté de moda. Tampoco debes exagerar los enfrentamientos con el poder, si has sobrevivido y conseguido la libertad de expresión es porque has recibido algunos favores. No puedes decir eso de "nadie me debe nada y yo no debo nada a nadie", ya que debes a los demás y, aunque los demás también te deban a ti, ¿no has recibido más favores de los que has hecho? Tienes suerte, está claro, ¿de qué te puedes quejar?

En el capítulo 53, Gao cuenta acerca de la única que vez que vio el cuerpo conservado de Mao Zedong en la plaza Tiannamen. Es uno de los mejores capítulos del libro. Gao escribe cosas como la siguiente: Más tarde, se diría a si mismo: mientras Mao permanezca idolatrado como dirigente, emperador o dios, no volvería a este país. En otro capítulo escribe: No, no es tu país, tu país está en tu memoria, es una fuente en las tinieblas de donde hacen sentimientos difíciles de explicar, es una China personal que sólo te pertenece a ti, y ya no tienes relación con ella. Sería interesante comparar esto con un artículo que propone al gobierno Chino invitar personalmente a Gao Xingjian a las actividades concernientes a los próximos Juegos Olimpicos que se van a celebrar en China.

Cierro esta ligera reseña con el primer párrafo del epílogo de El Libro de un hombre solo escrito por Liu Zaifu: No he leído ningún poema de Gao Xingjian, pocas veces los ha publicado. Pero después de leer El Libro de un hombre solo, me ha quedado claro que Gao Xingjian es un poeta; no sólo porque muchos de los capítulos de esta obra son realmente prosas poéticas filosóficas llenas de una compresión completa de la vida, sino también porque la obra entera rebosa un sentido poético de la tragedia de una época importante.

lunes 21 de mayo de 2007

Taipei (3) Hula-hoop

Las guaguas turísticas de dos pisos se encuentran estacionadas en el parqueo del hotel Sun World Dinasty. Los miembros del ISSP se han agrupado frente a ellas. Conversan entre sí. De repente son interrumpidos por un anciano que se lleva un silbato a la boca y pita.Cada vez que pita los oídos me duelen. Lleva un cuaderno en una mano, farfulla en un inglés incomprensible y vuelve a pitar. Le hace señas a la gente para que aborden la guagua número 1 o la 2. As you like it!, grita. Abordo el segundo piso de la guagua dos y me siento al lado de Johannes. El anciano con el silbato sube a nuestra guagua, conecta un micrófono, lo prueba y anuncia que será nuestro guía.

Johannes me toca el hombro y me pregunta si bailo salsa. Miento y le digo que sí. Johannes me explica que toma clases de salsa con su esposa. Me pregunta por el merengue. Le hablo de merengueros y de combos y de merengueros famosos extraviados en Nueva York. Johannes asiente. En un momento, se acerca la representante de Bulgaria, se sienta en el asiento de enfrente y se vira hacia nosotros y cuenta de un viaje que hizo el año pasado a Cabarete. Tengo un montón de CDs de bachata, dice en inglés. Se queda pensando y al rato dice que le encanta. Johannes dice que nunca ha oído la bachata. Trata de pronunciar la palabra, pero se le atasca en la boca. Le explico que la bachata es el blues del Caribe. La búlgara asiente y dice que es música buenísima, de una manera tan convincente que pareciera que estuviera ironizando. Pero no lo está.

El anciano anuncia que la guagua se dirige al Taipei 101. Luego agrega que el Taipei 101 es el edificio más grande del planeta, que tiene 508 metros de altura, que pose 106 pisos, incluyendo cinco subterráneos, y que se encuentra en el distrito Xinyi. Luego sonríe y mira por la ventana.

Nos apeamos y nos dispersamos en la plaza frente al edificio. Tanto el anciano como el otro guía hacen señas para que entremos en fila al edificio. Subimos por las escaleras eléctricas los primeros cinco pisos. Estos se encuentran atiborrados de tiendas de marcas extremadamente caras. Llegamos al ascensor que nos va a llevar al observatorio del edificio, pero nos detenemos, ya que una alemana está comprando algo en la tienda Piaget que está en el tercer piso.
Ingreso con el primer grupo. El encargado, un jovencito de unos dieciocho años, nos explica que el ascensor sube en cuarenta y siete segundos al observatorio. Se trata de una velocidad de 16,83 metros/segundo. Es el más rápido del mundo. Al subir sentimos los oídos que se nos tapan, las luces se apagan y cambian de colores y el ascensorista se sonríe y friquea a cualquiera, como si se tratara de la película La Fábrica de Chocolates y el ascensor fuera a atravesar el techo y ascender por los aires.

Desde el observatorio se distingue toda la ciudad como láminas pegadas a los cristales. Se divisan estadios, templos, parques, norias, puentes,
ríos, centros comerciales, aviones, calles, edificios, montañas, colinas. Si observo bien puedo distinguir a los carros, las guaguas, las pasolas y los peatones, avanzando por las calles y cómo estos semejan hormigas revueltas en este maravilloso hormiguero. A medida que avanzo frente a los cristales, tropezando con los turistas, escucho salsa en las bocinas y me acerco a Johannes y se lo comento. Este se coloca debajo de una de las bocinas, escucha la música y se sonríe.

Giorgina se acerca con su
novio alemán. Le preguntamos a una de las muchachas vestida de azul qué ocurriría si choca un avión contra el edificio. Nos responde que tendrían que chocar diez aviones contra el edificio para destruirlo. ¿Lo han calculado?, le pregunto. La muchacha, increiblemente, asiente con la cabeza. Le preguntamos entonces que ocurriría si hay un terremoto de nueve grados en la escala de Richter. La muchacha responde que eso es imposible.

El guía anciano anuncia que es tiempo, señalando el reloj, gruñendo cada vez más alto. Hurry please it’s time!, grita. Bajamos y mientras aguardamos en la plaza
para abordar me fumo un cigarro frente a la búlgara que se fuma uno y que dice temerle a las alturas y Johannes que se tapa la nariz para no aspirar nuestro humo. Ya en la guagua, el anciano anuncia que vamos a cenar en el mejor restaurante de toda Asia. Aplaudimos y el anciano interrumpe los aplausos y nos pide que nos comportemos. Behave, dice.

El restaurante pertenece a un hotel llamado
The Grand Hotel. La arquitectura del hotel semeja un templo budista, aunque este es extremadamente enorme y tiene un sinnúmero de habitaciones.Llegamos después de atravesar una pequeña pendiente. Todos desenvainan sus estuches y sacan sus cámaras y tiran fotos a diestra y siniestra. Desde el hotel, situado en una especie de colina, se divisan los edificios, el puente y el Taipei 101 como un faro a lo lejos. Es un lugar realmente hermoso y suntuoso. En el primer piso hay un largo salón alfombrado de rojo y con columnas rojas. En un extremo, una banda toca jazz y la gente lo escucha meneando la cabeza o siguiendo el ritmo con los zapatos. Si se siguen las escaleras en dirección al restaurante se pasa por unos gifts shops, al lado de esculturas e iconografías de diversos periodos.

Arribamos entonces al salón del restaurante que los organizadores nos han reservado. Giorgina me dice que sentemos el coro en la mesa de la izquierda. Le pregunto cuál es el coro. Se ríe. Me siento al lado de Karen, pero Karen me dice que me siente en la otra, al lado de Monica de España. Entonces Saskia se sienta a mi izquierda, se sientan los checos enfrente y se sienta el novio alemán de Giorgina y se sienta la chilena con su chamarra de cuero y una sociólogo china que no conocía hasta entonces. Las mesas son redondas, los platos giran en una bandeja del centro, el mantel es blanco, las servilletas blancas. Si me robo una de esas vasijas, las puedo vender carísimas en uno de los mercados nocturnos, le digo a Mónica que me mira como un retardado. Los meseros vienen y traen uno de los platos y los ponen en la bandeja del centro que va girando. Empezamos a comer con timidez hasta que al rato nos acostumbramos y se dejan a un lado los palillos y se toman las manos o se usan los palillos a mi estilo, cual si fueran palancas. No me voy a poner enumerar los platos. Están deliciosos, le digo a Mónica. En un momento, traen dos botellas de Bordeaux. Me sirvo de primero. Al rato, me percato de que Saskia y yo prácticamente nos las hemos despachado enteras. Saskia es antropóloga y habla muchísimo. Habla que habla. Habla riéndose con los dientes que no le caben en la boca. Está borracha o es demasiado feliz.

En un momento, deslizo la mano a la izquierda y tumbo la botella del vino Bordeaux sobre la mesa. El vino cae, se desplaza y
mancha el mantel inmaculado e impecable de la mesa. Trágame tierra, digo. Pero la tierra no me traga. Además, no puedo estar diciendo esas cosas, en un país acosado continuamente por los terremotos. Todos me miran y Monica susurra que he metido la pata. Lo dice, por supuesto, porque no hay más vino para los demás y no todos los días se bebe Bordeaux. Entonces llega uno de los camareros y arroja un mantel blanco en el lugar donde el vino se derramó. Se lleva la botella. Se escuchan los suspiros contenidos.

Salimos del restaurante, tambaleándonos, después de haber ingerido algunos de los mejores platos de la comida china. Por supuesto, esto último
lo dice el guía anciano que sigue hablando por el micrófono, a medida que retornamos al hotel y pasamos por los barrios nocturnos de Taipei.

Nos apeamos de la guagua a las once y cuarenta
de la noche. Me dirijo a pie al Delight Hotel. Me uno a los filipinos que van avanzando y conversando. De repente siento que alguien se acerca y me cubre con las manos los ojos. Se trata de Saskia que sigue algo borracha. Caminamos hasta el hotel y en el lobby ella me pregunta si tengo energía para ir a un bar. Le digo que está bien. Entonces nos dirigimos a un bar que se encuentra a tres cuadras del hotel y que resulta ser un Hooter. Nos sentamos en el interior y pedimos dos jarras de cerveza taiwanesa. Las camareras del bar están vestidas con unos shorts amarillos y con tenis, medias y franelas blancas. Pero son menuditas y parecen de nueve o diez años. Le digo esto a Saskia y esta se ríe.


Hula Hoop

La música se apaga. Se escucha un micrófono y una voz femenina que habla en chino. Las muchachas se colocan en el centro del bar y empiezan a realizar coreografías de cheerleaders. Empiezan a saltar, a chocarse las manos, la que habla en chino sigue refiriéndose a algo que hace que los chinos de la mesa izquierda aplaudan y aplaudan. Las muchachas se mueven y se mueven. De repente, las demás se van y dejan a la camarera que nos atiende en el centro y le pasan un hula hoop que esta se lleva a la cintura y que empieza a mover sensualmente. Los muchachos chinos a la izquierda aplauden. Del otro lado unos gringos borrachos vocean y piden más cerveza. Saskia se para y comienza a grabarla en su cámara. La muchacha con el micrófono sigue hablando en chino y una muchacha le va arrojando más hula hoop a la chinita que se mueve y se mueve. Le arroja tres al mismo tiempo. Ahora lleva cinco. Le arroja tres más. Ahora lleva ocho. Vemos el esfuerzo que hace para moverse. Le arroja dos más hasta que se le caen todos los hula hoops. Todo el mundo aplaude con frenesí.
- Te tengo que contar algo, dice Saskia en inglés.
Estamos sentados de nuevo. Se escucha a Norah Jones en las bocinas.
- Cuenta, cuenta.

- Hace unas semanas aparecí en un programa de televisión bailando el hula hoop. Pero no es cualquier programa, se trata del programa de mayor audiencia de la televisión holandesa. Me refiero a que tres millones de personas estaban viendo el programa y me vieron a mí bailando el hula hoop. Pero lo increíble no es eso, sino que se me hizo imposible mover el aro. Creo que me puse nerviosa.
- Wow.
- Mira, yo mandé una carta al programa para que le buscaran a una amiga mía un instructor de hula hoop en Holanda. Era una broma. Una broma para joder a mi amiga. Así que vamos al programa y estamos sentadas en el público aplaudiendo y riéndonos, cuando de repente las cámaras nos enfocan a mi amiga y a mí. Se escucha una voz en off contar la situación de mi amiga que no sabe bailar el hula hoop, de la carta que envié, de todo eso. Al final, dice que lamentablemente no han encontrado un instructor de hula hoop en toda Holanda. Por lo tanto, la voz en off pide que me pare y me dirija al escenario y le muestre a mi amiga cómo se hace el hula hoop. Niego con la cabeza. Pero bueno, ordenes son ordenes. Así que bajo al escenario, me pasan un hula hoop. Las rodillas me tiemblan, me pongo el hula hoop e intento, pero se me escurre por las rodillas... se me cae. No logro hacerlo girar. Las cámaras me enfocan y me graban y me ponen super nerviosa. Todo el mundo me está mirando en ese momento de agonía. Al parecer en Holanda no hay nada que hacer los domingos, por lo que todo el mundo me mira y me mira fallar con el hula hoop. Imagínate, yo recibí emails y llamadas de amigas y amigos de la escuela y de todas partes, diciéndome que me habían visto con el hula hoop en el programa...bueno, hice quince intentos y nada. Mis quince minutos de fama. Mis quince intentos. Se decidió que yo aprenda el hula hoop o que busque un instructor y que lo lleve al programa.
- Ja ja ja, es increíble. Foquin increíble.
Saskia le hace unas señas a la mesera.
- Bueno, ahora puedo decir que encontré mi instructor en Taipei. Este video lo mando al programa.
La mesera que bailaba el hula hoop se acerca y pregunta si queremos más cerveza.
- ¿Cuál es tu nombre?, pregunta Saskia en inglés.
- Jenny.
- ¿Jenny?
Asiente con la cabeza y muestra una etiqueta que tiene pegada de la blusa.
- Me refiero a tu verdadero nombre.
- Jenny.
Vuelve a mostrar la etiqueta y se marcha con su bandeja y nuestras jarras de cerveza. Me dirijo al baño. Cuando vuelvo, Saskia ha pedido dos cervezas taiwanesas más.


Saskia bailando hula hoop sin que se le caiga el aro.

viernes 18 de mayo de 2007

Taipei 2 – Stinking Tofu

Mientras tomamos café le pregunto a Chiu-Ling Chen si me puede explicar en un mapa cómo llegar a los mercados nocturnos de Taipei. Chiu – Ling Chen dice que me puede llevar a uno que queda cerca de donde vive. Después de la reunión, salimos del Sun World Dinasty. Sigo a Chiu – Ling Chen por el lobby del hotel y las aceras. Entramos en un Starbucks para cambiar dinero. Chiu – Ling Chen le pide a la cajera que nos cambie cien NTD y ella amablemente accede. Las guaguas cuestan 16 NTD, me dice Chiu – Ling Chen. Cruzamos la avenida y esperamos observando las guaguas que arriban y al rato parten. Esperamos la guagua número 616. La gente cruza la Nanjing E y la Dunhua N tan pronto los semáforos cambian. Tienen cuarenta y cinco segundos para cruzar. Puede que llueva, dice Chiu – Ling Chen mirando el cielo. Le doy un vistazo al firmamento ceniciento y me encojo de hombros. Al rato observo las tiendas de enfrente, las calles atravesadas por pasolas, camionetas, taxis amarillos y peatones con fundas en las manos. Chiu – Ling Chen me repite que recuerde el número de la guagua que debo tomar para retornar.

La guagua 616 llega y subimos. Todos los asientos se encuentran ocupados. Chiu – Ling Chen me pregunta sobre Santo Domingo. Le cuento que hay muchos chinos en Santo Domingo y que tienen muchos casinos y moteles. Chiu – Ling Chen se ríe y me dice que en Taiwán están prohibidos los casinos. Luego empezamos a hablar de nuestras respectivas vidas. Ella me cuenta que tiene una niña de ocho años. Me cuenta que hizo estudios de doctorado de sociología en Madison. La interrumpo y le digo que me encanta Madison y que el lago que está frente a la ciudad es hermoso de noche. Le digo que fui una vez con un amigo ruso y que ambos estábamos bien borrachos.
Ella comenta que todos los estudiantes siempre andan borrachos en Madison. Luego hacemos silencio y observamos el paisaje urbano. Chiu - Ling chen tose y comenta que viajaba semanalmente con dos amigos al Chinatown de Chicago para abastecerse de productos y comida china. No había comida china en Madison, dice.

Hemos llegado a la parada que conduce al Raohe St. Night Market. Chiu – Ling Chen me señala el rincón desde donde debo aguardar por el bus que me va a llevar de vuelta al hotel. Me dice que me pare ahí frente a un KFC y que espere la guagua 616.

Cruzamos la avenida. Bajamos por un callejón, pasando por algunas tiendas
, carnicerías, floristerías y cafeterías improvisadas donde siempre hay cuatro chinos tomando sopa o camarones con unos palillos. Desde lejos se distingue un templo budista. La gente entra y sale. Chiu – Ling Chen señala su reloj y dice que se tiene que marchar. Le doy las gracias. Antes de marcharse, mitad en broma y mitad en serio, me dice que tenga cuidado.

Ingreso al templo Song Shan Fu. En el primer piso tienen tiendas donde venden incienso, frutas, flores, entre otras ofrendas. A ambos extremos del templo hay ascensores para discapacitados y ancianos. Veo muchos jóvenes en el templo y veo cómo suben desde el primer piso con dos varitas de incienso haciendo ofrendas en cada piso hasta llegar al cuarto piso. A medida que paso por las diferentes cámaras, los escucho rezando y hablando con las figuras de Buda y demás efigies que se distinguen en el suntuoso altar. Algunos arrojan unas gigantes semillas al piso que predicen el futuro. Se arrodillan o rezan de pie, agitando la cabeza, en señal de respeto. Bajo las escaleras y en el primer piso distingo unos jóvenes que hacen fila para quemar unos papeles en un horno. Supongo que se trata de quemar lo pasado y de olvidar.

Salgo del templo en dirección al mercado nocturno. Deben ser las seis y media de la noche. Comienza a llover. Los que tienen sus puestos en el centro, afuera de las carpas, empiezan a recoger su mercancía. Arriba de la calle del mercado se distinguen las partes traseras de los edificios con sus aires acondicionados o las ventanas de cristal o los balcones. Avanzo primero por la parte derecha del mercado repleta de tiendas de ropa, Bossini, Puma, The face Shop, de casetas, de tenderetes, de letreros escritos en caracteres chinos. Los vendedores se quedan mirándome cuando paso. Me señalan o bromean entre ellos. Se acercan con sus calculadoras donde escriben el precio de los artículos y me los muestran. Paso frente a centros de masaje, restaurantes, frituras y centros de entretenimiento. Los centros de entretenimientos van desde juegos virtuales a máquinas con palancas que recogen peluches o artículos de Hello Kitty.

Compro una que otra chuchería. La lluvia empieza a caer y la noche también. La lluvia se incrementa. La lluvia moja periódicos abandonados, cabellos, faldas y zapatos.
Las luces de los faroles y de las tiendas iluminan los charcos que la lluvia forma y que los peatones con paraguas pisan. Entro en una heladería atendida por dos jóvenes y pido un helado de fresa. Entro al local y tomo asiento frente a un ventanal que da a la avenida transitada por pasolas, guaguas y carros. A mi derecha tres jovencitas me observan de una manera sexy. Llevan minifaldas y medias blancas que les llegan más allá de las rodillas y unos peinados bien estrambóticos. Cuchichean en chino. Deben de estar hablando de sexo o de peluches. Entro en una tienda de antigüedades interesado en comprar un dragón en miniatura, de esos que vi en el templo, pero los venden demasiado caros. Tienen budas, tienen cuarzo, tienen jade. Tienen un gato amarillo que dormita sobre un televisor. Tienen incienso y un CD puesto en que se oye a un monje que toma aire y repite OMMMMMM. De vez en cuando el encargado se aproxima para cerciorarse de que no me he robado nada. OMMMMMM, suena el cd. Le pregunto si vende Mont Blanc falsificados o relojes falsificados. Se ríe y me responde que no entiende. Le repito Mont Blanc, Mont Blanc, exagerando la pronunciación en francés, al tiempo que suena los OMMMMM OMMMM cada vez más potentes. Definitivamente esos monjes tienen unos fuertes pulmones. Entro en joyerías. Entro en relojerías. Entro en restaurantes y observo en jaulas a las serpientes y en las peceras a las langostas, los pulpos y los enormes peces de colores. Según me dice un mesero, a los chinos les gusta saber que la carne es fresca. A mí no. Sigo caminando, internándome en callejones, pero sin encontrar nada interesante, tapándome la nariz o aguantando la respiración cada vez que paso frente a los famosos Stinking tofu. El Stinking tofu me da náuseas. Es terrible el olor. ¡Me gustaría verte comiendo eso Anthony Bourdain!

Cuando ya tengo suficiente del olor del Stinking Tofu y del grajo de algunos vendedores, me dirijo hacia la salida del mercado. Alcanzo la salida y avanzo hasta
la avenida en busca del KFC. La lluvia no para. Dentro del KFC un grupo de adolescentes discuten y comen pollo. Me observan mientras aguardo por mi guagua debajo de la lluvia. Me refugio debajo de un toldo y cada vez que se acerca una guagua me acerco para distinguir su número. El toldo chorrea y los parabrisas de todos los vehículos se encuentran encendidos. Pasa la guagua 213. Pasa la guagua 178. Pasan todas las guaguas. Intento recordar el número de la guagua que Chiu-Ling Chen me había dicho que recordara. Pero lo he olvidado. A medida que las guaguas se detienen y los pasajeros suben y bajan trato de concentrarme y recordar el número. Trato de leer las señalizaciones de las paradas, pero se encuentran escritas en caracteres chinos. Le pregunto a la gente pero nadie habla inglés. Subo entonces a la próxima guagua, a la 306, pensando que milagrosamente me podría dejar en alguna parte de la avenida Nanjing E.

El tránsito se atasca en ocasiones, pero la guagua avanza rápido y de repente miro por la ventana como si se tratara de un televisor. El pasiaje urbano se anima. Edificios edificios edificios.
Arriba, coronado por la niebla, se distingue el edificio Taipei 101, el edificio más grande del planeta. Ninguna de las calles que atravesamos me resulta familiar. Todo es nuevo. Miro la ciudad con sus cientos de letreros en caracteres chinos. Letreros de negocios, de restaurantes, de repuestos. Letreros de salones de belleza, de centros de masajes, de bufetes de abogados. Letreros de tiendas de sexo, de carnicerías, de cines. Nunca en mi vida había visto tanta información acumulada en tan poco espacio visual. Es como si la ciudad fuera una mujer chismosa que estuviera hablando y hablando toda la noche y que nadie pudiera interrumpir.

Pido la parada frente al verdoso centro comercial de Sogo. Se hace una fila en la puerta de salida. Estoy rodeado por cientos y cientos de tiendas.
La gente viene y va con paraguas por las aceras. Arriba, encaramado en un elevado, los vagones del metro cruza a toda velocidad. Pasan pasolas, taxis amarillos y hasta ciclistas. A mi lado un grupo de jóvenes ensacados detienen muchachas y al parecer les hacen unas misteriosas encuestas. Un hombre fuma en la lluvia y agarra a una bella mujer de la mano. No veo turistas occidentales. Hay letreros gigantezcos de Calvin Klein, de Sony, de Toshiba en cada esquina. Alguien me pasa un panfleto en caracteres chinos. Cruzo la avenida en veinte segundos y entro al centro comercial Sogo. Merodeo por las tiendas y bajo al metro, perdiéndome entre la muchedumbre de hombres y mujeres que vienen y van con maletines y bolsas en las manos. Salgo a la avenida y camino. Sigue lloviendo. Pero apenas percibo la lluvia que cae sobre mi cabeza.
A la izquierda, como si me estuviera siguiendo, distingo al edificio Taipei 101 coronado de nubes. Me encuentro perdido y voy dejando atrás la parte del downtown, adentrándome en barrios y en lugares donde ya no se distingue lo suntuoso y las tiendas gringas y europeas. Veo el camión de basura que llega y cómo los camareros de los restaurantes y los dependientes de las tiendas recogen la basura o arrojan los contenedores en el camión. Siento el agua que se me entra a los zapatos y las medias que se me hacen sopa.

Entro en un bar y me siento al lado de tres gringos que hablan de negocios. Pido una cerveza para saciar la sed, escuchando las bocinas donse suena un saxofón que alguien sopló en otra ciudad que no es Taipei, que alguien sopló despacio y con tanto sentimiento que pareciera que estuviera acá tocándolo en vivo.
Unreal city, diría Eliot, sentado como yo frente al mostrador y divisando mi rostro en un vaso de cerveza. Me doy la vuelta y miro por el cristal de la ventana a la ciudad como si alguien me hubiera llamado o me hubiera tocado el hombro. Taiepi sigue ahí. Bebo el último sorbo de cerveza y aguardo.

lunes 14 de mayo de 2007

Taipei (1) La parte del Jet Lag

Estoy sentado frente a la puerta de embarque C4 del aeropuerto Internacional de Los Angeles. Saco un libro e intento leer mientras espero que llamen para abordar el vuelo 1830 de China Airlines con destino a la ciudad de Taipei. Intento concentrarme. Guardo el libro en mi mochila y observo a la gente esparcida por los asientos de la Terminal.

Encienden un micrófono y se escucha una voz femenina, que primero en inglés y luego en mandarín, pide a los pasajeros de primera clase y a los de clase económica que hagan una fila para ir abordando. Arrastro mi maleta y me pongo al final de la fila de clase económica. Un señor, que va examinando las personas que conforman la fila, se aproxima. Escudriña el boleto de la muchacha delante de mí y le ordena que tome asiento por unos minutos. Luego revisa el mío y con un gesto me manda a sentar. Me siento al lado de la muchacha que se pone a leer Cien años de Soledad en inglés. Tiene el rostro agreste y unas botas y unos jeans desgarrados. A mi lado tres muchachos hablan en una mezcla de mandarín con inglés y de tanto en tanto los descubro observándome con desconfianza. A la derecha, gente con los ojos enrojecidos, un tipo con gafas que gesticula contándole algo a una mujer que ríe, una anciana durmiendo con la boca abierta, una pareja de gringos en shorts y sandalias, jóvenes con peinados punks escuchando música en sus iPods y asiáticas delgadas, y con dentaduras que no les caben en las bocas, arrastran sus bultos.

Ordenan hacer nuevamente una fila con las pocas personas que quedan. Entonces abordamos.

Me toca el asiento 35 F. Justo en el centro del avión. A mi lado una mujer de mediana edad que aparentemente no habla inglés y del otro lado un tipo de mi edad que va a visitar a su familia en Taipei y luego en Hong Kong. Se queda mirando el libro que tengo entre las manos, me pregunta de qué trata y yo intento explicarle de qué trata hasta que me doy por vencido. Le digo que voy a estar en Taipei. Me dice que la comida en Taipei es deliciosa.

Las azafatas vienen y van. Son hermosas. Asiáticas todas con sus trajes blancos y sus maquillajes y sus sonrisas perfectas.

El avión despega. A través de las pantallas, situadas detrás de los asientos, se puede seguir el despegue del avión hasta que todo se vuelve difuso y aparece una pantalla azul anunciando la temperatura, la altitud, la duración del vuelo. Catorce horas de vuelo se lee en la pantalla. El chino explica que el avión sube por toda la costa de Estados Unidos y Canadá hasta que alcanza Alaska y que de ahí sube por el estrecho de Bering y baja por Japón hasta llegar a Taiwán.

El chino habla y habla hasta que se duerme. Al rato, yo también me duermo y me despierto cuando las hermosas azafatas traen la cena. Apenas toco la comida. Me siento mal del estómago. Bebo del vino y elijo una de las películas. Pongo The Good German con Cate Blanchett, quien en caso de que el avión explote o se precipite en la helada costa de Alaska, puede ser la última jeva que vea. Nuevamente, me duermo, escuchando los diálogos en inglés y alemán en los audífonos. Despierto y la película ha terminado. Ahora escucho música china en los audífonos. Faltan alrededor de ocho horas de vuelo. Todos duermen. Las luces están apagadas. Detrás de mi alguien ronca. Los desodorantes empiezan a fallar. Una señora se ejercita, golpeándose el cuerpo una y otra vez, parada frente a uno de los baños. Me quedo dormido. Despierto faltando cuatro horas para el aterrizaje.

A las seis de la mañana, el avión aterriza en el aeropuerto Chiang Kai-Shek de Taipei. Salgo del avión arrastrando mi mochila. Tomo la derecha en dirección al área de migración y alcanzo al chino que estaba sentado a mi lado en el avión. Casi va corriendo. Pasamos terminales, tiendas, pasajeros rezagados y baños. Después de largos minutos de recorrido, alcanzamos Migración y nos incorporamos en las filas que se extienden a lo largo de las casillas con oficiales de migración. El chino se encuentra con dos amigos y empieza a conversar con ellos. Aprovecho entonces para cambiarme a una fila más corta, justo detrás de una pareja de franceses. Muestro mi pasaporte, el oficial lo revisa, me lo pasa y me señala la salida.

Bajo una escalera y salgo a un salón largo, casi vacío, excepto por uno que otro taxista que alza sus letreros con nombres occidentales. Me acerco al Mega Internacional Commercial Bank CKS BR y hago una fila para cambiar trescientos dólares. Se aproxima un señor con saco y corbata y me pregunta algo en chino. No le presto la debida atención, ya que es mi turno de cambiar dinero y le hago una seña de que aguarde. Recibo el dinero y lo guardo en mi cartera y en un sobre. Le pregunto a la muchacha que atiende cuánto es la tarifa del aeropuerto al Downtown. Ella medita y me dice que 1,400 NTD. El señor se aproxima de nuevo y me muestra una tarjeta donde se lee la palabra taxi. Asiento con la cabeza. Le digo OK y le paso el mapa donde se observa mi hotel. El señor lo examina y me lo pasa. Escribe en una libreta la cifra de 1,200 NTD. Asiento con la cabeza. Toma mi maleta de mano y la arrastra por el pasillo hasta que alcanzamos un ascensor en el que bajamos junto a una familia taiwanesa y nos dirigimos al estacionamiento.

Aunque el firmamento está nublado, la temperatura es agradable. El baúl de un Toyota negro se abre a la derecha. El taxista coloca la maleta en el baúl e ingresa en el taxi. Le muestro en un mapa la dirección de mi hotel y el taxista toma el mapa y asiente. Damos vuelta en círculo por el estacionamiento del aeropuerto. El taxista hace una llamada por el celular. A medida que habla, voy recordando el violento film Infernal Affairs que no sé si lo hicieron en Taipei o en Hong Kong o en Corea del Sur. Supongamos que estoy siendo víctima de un secuestro, pienso. Miro la nuca del taxista que paga la tarifa del parqueo.

Tomamos la carretera y me distraigo mirando las afueras de Taipei, y mirando los campos que se extienden, las fábricas de los alrededores y las entradas a extraños pueblos, olvido que soy víctima potencial de un secuestro. Digamos que la primera víctima de secuestro del día, debido a que son las siete de la mañana y dudo de que a esta hora los secuestradores se hayan levantado, deben de estar recostados en sus camas, todos los secuestradores de Taiwán, excepto este que con corbata y saco me lleva a través de la carretera que conduce a Taipei.

Por supuesto esta paranoia se debe al Jet Lag. Aunque según Wikipedia, entre los posibles síntomas provocados por el Jet Lag no se encuentra la paranoia, pero se encuentran:
Fatiga, cansancio general (el más frecuente)
Problemas digestivos - vómitos y diarreas
Confusión en la toma de decisiones o al hablar
Falta de memoria
Irritabilidad
Apatía
Giselle me contó que la compañía de investigación para la que trabaja ha gastado muchos recursos tratando de encontrar un medicamento que combata el efecto del Jet Lag. Algunos viajeros toman Melatonina o una pastillita llamada No Jet Lag que se supone debe paliar el Jet Lag y ayudarlos a dormir mejor.

Miro por la ventana. Taipei se distingue a lo lejos como un espejismo.

El taxi sale y entra por diversos elevados. De repente estamos en la ciudad. Se distinguen los elevados del metro, los autobuses, las tiendas, los Starbucks y las hordas de pasolas con sus conductores que tienen cubierto el rostro. ¿Por qué? ¿Por el smog? ¿Por el SARS? Estas son de las cosas que debiera preguntarle al taxista, pero el tipo no habla inglés o quizás habla y no quiere hablar conmigo, puesto que me lleva de rehén. El taxista se detiene ante un semáforo, saca el mapa y le echa un vistazo. Entramos y salimos por las atestadas calles matinales de Taipei. Nos detenemos en una esquina. El taxista se da la vuelta sonriendo y señala el letrero del Delight Hotel que sobresale entre las fachadas de los edificios, balcones y demás letreros esparcidos en caracteres chinos por doquier. Le pago al taxista, extraigo la maleta del baúl e ingreso en el hotel.

Después de pagarle a la recepcionista y de recibir un enorme paquete, subo hasta el octavo piso. Del hotel lo que más atrae mi atención es que no existe el número dos. O sea, saltan del número uno al número tres, pero tengo tantas ganas de ducharme que apenas pienso en eso. Desempaco y me doy una larga ducha. Son las nueve de la mañana. El agua va cayendo sobre mi cuerpo, caliente, relajando mis músculos que se han vuelto un amasijo de nervios y de paranoia. Si tan sólo me pudiera quedar ahí por cinco días bajo el agua caliente. Pero no.

A las once estoy de nuevo en la calle y me dirijo al hotel Sun World Dinasty donde se va a celebrar la reunión del ISSP. Salgo al aire libre y avanzo por la acera entre tiendas de flores, carnicerías y Seven Eleven. A medida que paso, la gente se queda mirandome. Enciendo mi iPod y pongo China Girl de David Bowie. No siento el Jet Lag. Siento que avanzo como una vaca sagrada, como dice en alguna parte la canción de Bowie.

A los cinco minutos estoy perdido por primera vez en Taipei. Un muchacho con gafas de sol se apiada de mí y me pregunta en inglés qué busco. Le pregunto por la dirección del hotel. Me dice que cruce la calle y que camine hacia la izquierda y que después de diez minutos de caminata voy a divisar el hotel con sus leones en frente. Ya en el hotel, subo al segundo piso donde desde mañana se va a estar realizando la reunión del ISSP. En uno de los salones, abarrotado de flores, están realizando la recepción de una boda. La novia parece tener nueve años. Más adelante, distingo un letrero del ISSP y distingo a un grupo de taiwanesas que me preguntan si pertenezco al ISSP. Les digo mi nombre y me dicen que pase a un salón a revisar mi correo y que luego baje al primer piso a almorzar.

Se acerca la muchacha más menudita y dice que es Chiu-Ling Chen quien conocí a partir del intercambio continuo de correos electrónicos. Hablamos y hablamos. Al rato, bajamos a comer al primer piso donde están los demás miembros del ISSP y la mejor comida que he probado jamás. El bufete se extiende por todo el salón. Tienen de todo. Hasta comida mexicana tiene. Nunca había visto tal cantidad de mariscos. Me siento entre Jonas Edlun de Suecia y de Kumiko Nishi. Enfrente están Miwako Hara de Japón y Chiu–Ling Chen. Me sirvo sushi compulsivamente y le pregunto a Kumiko cuál es la manera más correcta de comer sushi. Este empieza a explicar y explicar. Luego Chiu-Ling Chen dice que los palillos de comer son diferentes en China y Japón. Dicen que esto se debe al tamaño. Trato de agarrar los palillos. Kumiko me toma la mano y me muestra. Pero es inútil. Si a estas alturas no sé cómo agarrar el lápiz, supongo que agarrar debidamente los palillos me debe ser imposible, lo que no impidió que en Chicago almorzara todos los días comida tailandesa utilizando los palillos como palanca o remolcador.

A medida que mastico empiezo a sentir los efectos del Jet Lag. Siento fatiga y pérdida de memoria. Me molesta comer con los palillos. Kumiko me pregunta sobre la dieta en Santo Domingo. Alguien pregunta si en República Dominicana comemos tiburón. Les respondo que al contrario, que
en la isla los tiburones almuerzan dominicanos. Me bombardean con preguntas.

Le explico esto y lo otro. Le explico que t
omé un avión de Santo Domingo a Miami, de Miami tomé otro avión a Los Angeles y de Los Angeles tomé un vuelo a Taipei. Supongo que deben ser más de veinte horas.

Subimos al segundo piso a la Research Session. Veo cinco ponencias. Las ponencias son cortas e interesantes. En ocasiones, las preguntas que hace el público son más largas que las mismas ponencias. Después del Coffee Break, empiezo a sentir el malestar del Jet Lag. Are you tired?, me pregunta Karen, despertándome. Decido irme a dormir. Estoy demasiado estropeado, no creo que pueda llegar a mi hotel caminando, sin embargo, mientras medito eso en las calles, me percato de que estoy a una esquina del Delight Hotel. Es como si caminara entre nieve.
Pido mi llave en la recepción y subo a la habitación 807. Entro en la habitación y caigo de espaldas en la cama con los zapatos puestos. Son las cinco de la tarde. Despierto a las tres de la mañana con un fuerte dolor de cabeza. Enciendo la televisión, paso los canales y me duermo escuchando un noticiario chino.