domingo 3 de febrero de 2008
librerías
Tomo de los estantes El secreto del Mal de Roberto Bolaño y me lo pongo debajo del hombro mientras observo los demás libros. Miro libros y libros. Novelas sobre todo. Luego, de la sección Novedades, tomo la novela La vida Privada de los árboles de Alejandro Zambra. La abro y me gusta. Me siento en un rincón a leerla y avanzo hasta la página 40 hasta que me interrumpe un señor que habla de Gardel. Leo diez páginas más y me interrumpe otro tipo que comenta la discografía de Pavarotti con un dependiente. Intento leer, pero el tipo aparentemente no va a terminar nunca, ya que va por los años ochenta y todavía le falta más de veinte años de carrera de Pavarotti.
Me cambio a otro asiento y me siento al lado de una muchacha con el pelo rizado y falda que lee a Saramago. Intento leer de nuevo, pero ya no puedo. Ahora no sólo se trata del cabrón que habla como si diera una cátedra, sino también de la música de fondo de la librería, de una terrible canción, que si no me equivoco, pertenece a Mocedades. Vaya, que intelectual, Mocedades. Para estimular la venta en la librería, ponen a Mocedades. Será más bien que no quieren que uno se lea los libros sentados como he hecho con las novelas de Amelie Nothomb y como pensaba hacer con esta novelita de ciento veinte y tantas páginas. Decido llevarmela junto al libro de Bolaño. Reviso los precios y aunque salen carísimos, me llevo los dos libros.
Mientras estoy en la fila de la caja, se me acerca la muchacha que lee a Saramago.
- Hola. ¿Va a comprar esos dos libros?
- Sí, los voy a comprar.
Se queda mirando los libros.
- Son caros.
- ¿Estos? Sí. Anagrama es carísima.
- ¿Lees muchos libros?
- ¿Yo? Cuando puedo. ¿Y usted?
- Uff, muchísimo. Ahora tengo mucho tiempo libre. Me acabo de graduar y estoy aplicando para irme a estudiar afuera. Además, terminé con mi novio. He cambiado mi novio por libros.
- ¿Cómo?
- Sí, sí. Ahora sólo amo la lectura.
- Ah, ya.
-¿Cuántos libros te has leído?
- ¿Cómo? No sé.
- ¿No sabes?
- ¿Tú sabes?
- Claro.
- ¿Cuántos?
- 73.
- Que bien.
- Bueno, tan sólo tengo 26 añitos.
- A los sesenta de seguro has sobrepasado los cinco mil. ¿Y quién sabe?
- Ya veremos. Yo tengo una libreta donde enumero los libros junto a su título.
Procedo a pagar mis libros.
- Estoy escribiendo una novela.
Comenta, como quien habla sobre el clima observando una ventana.
- ¿En serio?
- Sí, al terminarla voy a mandarla a un concurso.
- ¿Concurso?
- Sí, como aquí en el país no tienen editoras. La pienso mandar a España.
- Es una buena idea.
En el mueble con mi novia, viendo capítulos de Los Simpsons.
El capítulo que vemos se llama: Grandpa and sexual inadequacy. Mi parte favorita es cuando Bart y Lisa están en una librería. Bart compra un libro de conspiración sobre Ovnis y el gobierno norteamericano. Lisa compra un libro de Al Gore. Al pagar los libros y el dependiente colocarlos en el sensor, aparece una secuencia de imágenes de cables y pasadizos, dando entender que la información del sensor va viajando hasta que arriba al pentágono donde unos militares la reciben y proceden a avisarle a un general. En la siguiente secuencia, aparece el mismo general en la Casa Blanca entrando a un despacho donde se distingue a Al Gore detrás de un escritorio. El general le cuenta que uno de sus libros ha sido vendido. Al Gore entonces se pone contento y enciende un tocadisco a su lado donde se escucha la canción Celebration.
En Cacibajagua.
- Conocí un tipo que se llama Milagros.
- Milagros, así se llama mi doctor.
- ¿Cómo? ¿El doctor Milagros?
- Sí, sí, mira la receta.
Pablo saca la receta de su cartera y la muestra.
-¿Será un pseudónimo? Para dar confianza.
- Bueno, hermano, yo lo único que sé es que se llama así.
- Es increíble.
- Sí, sí.
- Como un letrero que hay en una caseta de salvavidas en Montecristi que dice: sólo Jesus salva, (dice Maurice)
- Que fuerte.
- Es una manera de evitar cualquier tipo de demanda.
- Sí, como la calcomanía que llevaba una mujer en el carro: Mi Dios es increíble. ¿Cómo puede ser que tu Dios sea increíble?
- Debe ser el de una atea. El leit motiv de una atea.
- Como lo que dijo Buñuel: Ateo gracias a Dios.
- Pero no es atea. Lo que debe ser es bruta.
- Sí, de seguro el que diseñó la calcomanía pensaba en increíble como maravilloso o algo así. O quizás es un ateo que quiere confudir a todos los feligreces.
- Puede ser.
Escuchamos a Lou Reed. No es que pongan mucho a Lou Reed. Se trata más bien de una petición: Walk on the Wild side. Hay unos gringos que no paran de corear las canciones sean estas de Rage Against the Machine, de Yes o de Tom Petty (increíble la selección que me recuerda una antología de poesía latinoamericana mal seleccionada por un español) Hay un tipo con un saco crema y una muchacha altísima que parece una modelo y que fuma como si hoy fuera el último día. Hay un bocón sentado frente al bartender, pidiéndole canciones.
Bocón: Mierda, que mujerón. Que dura. Que cuerpazo. Yo no había visto una hembra tan dura en la Zona.
Bartender: Varón, esa es mi hija.
Bocón: Excúsame, excúsame. Pero mira, tú debieras estar orgulloso de tener una hija tan bonita. Mi madre.
La hija del bartender no debe llegar a los dieciocho. Le gustan los Rolling Stones. No es como la tipa de la canción de Leonardo Fabio que le gustan los Beatles; a esta le gustan los Stones. Silencio Negro con su sombrero negro y su ropa de leather baila en el centro como Mick Jagger entre los gringos que no paran de vocear y de cabecear y la hija del bartender sentada a un lado que agita su cabellera negra.
Son las dos de la mañana.
- Casi vamos a cerrar, anuncia el bartender.
Como el bar es tan estrecho, todavía se encuentra lleno con gente esparcida entre los muebles y otros que bailan. Me dirijo al baño de las mujeres, ya que el de los varones está ocupado. Me pongo a orinar. Me tomo mi tiempo y cuando salgo le pregunto al bartender por mi cuenta y le pago.
- Que vaina este toque de queda.
- Al final, habrá que hacer como dice Sócrates Mckinney, irse temprano a la cama y escuchar más Sabina.
- Ese cabrón.
- Yo quisiera estar borracho y encontrármelo pa decirle par de cosas.
- Irse temprano a la cama y escuchar más Sabina.
- Que se meta a su Sabina por el culo.
- Pero tu te refieres es a Pablo Mckinney, intervengo.
- Ah sí. El otro es el modisto.
- Lo vi hoy en la librería. Estaba sentado ahí leyendo.
- Creo que va a Cuesta a ver cuántos libros ha vendido
- Es una buena táctica para venderlos.
- Es cierto.
- Sí, el encanto de que te compren un libro.
martes 22 de enero de 2008
Grasa
Compro mis palomitas de maíz y entro al lobby de la Cinemateca a esperar que de inicio Death Proof. La vi el año pasado en una copia pirateada, grabada en un cine donde se ve la silueta de gente que se levanta y que de improviso alza un brazo o ambos brazos. Como en estos días están dando un ciclo de Tarantino en la Cinemateca, me entraron las ganas de verla en el cine.
Me siento al lado de Giselle en uno de los muebles rojos. Hablamos del libro amarillo de Miranda July que estoy leyendo.
- Está bueno.
- Pero estabas prejuiciado.
- No lo había leído.
- Dijiste que era una mierda.
- No lo había leído. Es una joya.
- Pero dijiste que era una mierda.
- Ah, sí.
Se acerca Enmanuel. Hablamos. Blablabla. Nos comenta sobre su trabajo en una naviera de Haina y nos pasa una de sus tarjetas. Pablo se aproxima. Más blablabla. Luego sale afuera a fumar. Sigo masticando mis palomitas observando a la gente y escuchando a Enmanuel. Empujan una puerta de la sala y sale disparado un tipo que tiene las patillas y un peinado de Elvis. La gente se pasea por el alfombrado rojo. Hay un tipo con unos sudadores al lado de una tipa con unos jeans brincacharcos y los tenis que usa Uma Thurman en Kill Bill. Hay un hombre viejo con chacabana y paraguas. Hay una pareja que se despide de otra y dice chao. Hay otras que llegan a darle un vistazo al programa de películas pegado en la pared y otras más que se paran a observar los posters de películas como Citizen Kane, The Godfather, Clockworkorange, Casablanca, entre otras.
Al rato, Pablo entra y me pregunta si miré al tipo que tenía las patillas de Elvis. Asiento y señalo discretamente a Lourdes que entra de improviso al vestíbulo y de inmediato sale. Apenas me dice adiós con la mano. Se dirige con su amiga al café que está a un lado del cine.
- Te dije que lo eran.
- Definitivamente lo son.
- Sí, lo son.
Le explicamos a Enmanuel la historia de Lourdes. Es algo así. La noche pasada, estábamos en el café de la cinemateca, Pablo, Giselle y yo, bebiéndonos unas cervezas. De repente Lourdes me saluda y me aproximo a la mesa. Pablo me acompaña. Giselle se queda rezagada, pero en unos segundos está a mi lado. Lourdes se encuentra sentada junto a su amiga que llevaba una blusa rosada y un cintillo mamey. Beben un trago inmenso de color rojo y comparten el mismo sorbete. Aprovecho entonces para presentarle a Pablo. Le había contado a este que Lourdes podía ser una jeva interesante. Ojo con ella, le dije. Hablamos un rato. Lourdes apenas responde nuestras preguntas. La amiga, ni se diga. Ambas están más concentradas en su trago. Además, la música está tan alta, que apenas escuchamos lo que hablamos. Esta mañana, Giselle me aseguró que ambas eran lesbianas. Pensé lo mismo, le respondí. Por esa razón, ahora que se sientan en el café del lado y ordenan, Giselle me vuelve a dar un codazo y a repetir te lo dije. Nos anuncian que podemos pasar al cine.
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Esperamos que empiece la película.
- ¿Te habías dado cuenta que eran lesbianas?, le pregunto a Pablo.
- Claro, esa mirada de odio que me dio la amiga cuando me acerqué a la mesa. Solamente me ha pasado dos veces. Una vez estaba en una discoteca y veo dos minas preciosas. Me les acerco con mi trago. Una de ellas me mira con una carota y me dice: hazte humo, pibe. Así mismo me dijo, hazte humo, pibe. Bien friki todo.
Giselle se echa a reír. Aunque todavía la pantalla está en negro, una señora nos manda a callar.
- Atorrante.
- Sí.
- Pues, la jeva le dio una mirada a Frank, agrega Giselle.
- ¿La señora?
- No, la amiga de Lourdes.
-¿A mí?
- Sí, sí.
- Ahora ni siquiera vinieron a saludarnos.
- ¿Y qué esperas?
- Bueno, por lo menos te acercas y saludas.
- ¿Crees que esté celosa?
- Probablemente.
La película empieza.
3
A la salida de Death Proof. En los parqueos de la Cinemateca.
- ¿Te imaginas esa película en el cine?
- Ah sí.
- ¡Se darían el mazo de accidentes si pasan esa película en el cine!
- Je je je. Seguro, Interior y Policía la prohibiría. Todas esas mujeres haciendo… ¿cómo se llama lo que hace la australiana al final de la película?
- Lo tengo en la punta de la lengua.
- ¿El mástil?
- Sí, el mástil.
- Ok.
- Imagínate un mujerón haciendo el mástil en
- Digno de verse.
- Claro.
Nos montamos en el carro. Pablo le paga al parqueador de carros.
- Vamos a
- Bien.
- Ok.
- Oigan esto. Dos venezolanas venían mensualmente a comprar dólares para especular con ellos en Caracas. Te estoy hablando de dos rubiones de casi seis pies. Hace unas semanas andaban con unos tipos en un Viper, tuvieron un accidente y murieron. Un accidente terrible así como el que sale en Death Proof. Así como cuando Stuntman Mike choca con el carro de las chicas.
- Terrible lo de la pierna de la hija de Sydney Poiteir.
- Sí.
- ¿Y los otros?
- Se dieron duro, pero están vivos.
Las once en Cacibajagua. Hablamos con Julián.
- Tenía mucho sin salir.
- Mentira.
- Sí, loco. Óyeme.
- Ajá.
- Voy a la casa de un pana. Cuando entro, hay una jevita en la sala inconsciente. Como de diecinueve años. La jevita se ha emperrado con ese pana de cuarenta y tantos.
- No jodas.
- El pana me pregunta si sé primeros auxilios. Le digo que sí. Le doy los primeros auxilios y la jeva reacciona.
- Mierda.
- ¿La salvaste?
- Que se yo. Yo saqué pies.
5
Las dos de la mañana. Afuera de Cacibajagua. Estamos Homero, Angel, Giselle, Pablo, un parqueador de carros y yo.
- Esa es la casa de Ramón Matías Mella.
- Increíble.
- Tiene como cinco transformadores arriba.
- El transformador de la patria.
- Y es un billar, dice el parqueador de carros.
- No hay respeto.
- Esta calle está llena de sombras y fantasmas.
-¿Usted los ha visto?
- Sí. Como a esta hora. En esta calle mataron mucha gente.
- ¿Y cómo son?
- Parecen ladrones.
- ¿Los fantasmas parecen ladrones?
- Eh sí. Vienen corriendo a todo lo que da.
- ¿Has visto el indio?
- ¿Cuál indio?
- Ah ok.
- Hasta el mexicano lo he visto.
- ¿El mexicano? ¿Abelito?
- Sí, lo he visto en saco y corbata caminando.
- ¿Tiene más de un año muerto?
- Más o menos. Creo que uno y medio.
miércoles 16 de enero de 2008
sudando
Estoy de pie, en el vestidor del gimnasio, poniéndome mi sudador rojo y mi franela de Michael Jordan. El vestidor se encuentra repleto. Una parte se encuentra sentada en los bancos de madera amarrándose los zapatos mientras otra parte está de pie admirándose en los espejos o peinándose. De vez en cuando, se aproximan otros envueltos en toallas desde las duchas y proceden a vestirse.
A mí me sorprenden dos cosas. La primera es que exista tal cantidad de hombres que consideran sexy afeitarse el pecho. La segunda es lo mucho que hablan los hombres mientras se están cambiando de ropa. En ocasiones se oyen buenas historias. Los gays cuentan buenas historias. Los musculosos cuentan buenas historias. Los empleados de Bancos que tienen descuentos en el gimnasio cuentan buenas historias. La mayoría protagonizadas por Frank Ceara. Pero de repente hay otras, tan buenas como la del funeral que le escuché a un empleado del gimnasio el otro día. Estaban velando a un hombre en una pequeña funeraria cuando de repente se va aproximando una caravana Reformista, encabezada por Amable. La caravana de motoristas y carros con banderas rojas va pasando por la carretera. Pasa una camioneta con bocinas enormes donde se escucha un merengue altísimo que se interrumpe para dar paso a una voz titubeante que anuncia que Amable está repartiendo pollos y cerdos en el pueblo. Poco a poco la gente sale de la funeraria tras la caravana hasta que quedan tan solo los que estaban en la primera fila frente al difunto y hasta estos al rato se marchan. Cuando todos retornan con sus pollos y sus cerdos, el difunto no está en el ataúd. Ha desaparecido.
No le presto atención. Tomo mi termo rojo, mi iPod y salgo.
Habla con una rubia a la que sostiene de los brazos. La suelta. La muchacha sonríe.
No lo había vuelto a ver, hasta que una tarde, pasando canales en la casa de un amigo, me topo con un combate que tenía lugar en el salón principal del Hotel Jaragua. La verdad no sé mucho de esos combates donde se utilizan artes marciales mezcladas con lucha libre, boxeo y hasta pelea callejera. Aguardando al próximo luchador, veo que quien se va aproximado al ring es el sujeto que tengo ahora mismo frente a frente y que le dice adiós a la muchacha.
Se aleja y entonces me pongo a hacer pecho. Cuando termino, sigo haciendo bíceps.
Luego subo al próximo piso y enciendo la caminadora. Corro por cuarenta y cinco minutos hasta completar los ocho kilómetros.
Cuenta Katie Holmes que la última hora del maratón de Nueva York, fue la más ardua y exhaustiva de todas. Si algo la ayudó a terminar el maratón, fue la repetición continua de la canción Stronger de Kanye West y Daft Punk.
Me llevo de su consejo y repito la canción una y otra vez.
Al terminar, me apeo de la máquina y permanezo en los alrededores observando a las mujeres que sudan.
Bebo de mi termo y me estiro.
Entonces recuerdo al tipo que se había apuntado en el gimnasio para ver las mujeres sudando. Desde donde estoy las contemplo de espaldas y de frente bajando y subiendo de las máquinas de cardio o pedaleando las bicicletas estacionarias. Escojo una al azar. Aquella que está casi en frente de mí, que corre en la caminadora y que lleva un body blanco y el pelo recogido en una cola, unos tenis reebook blancos y que tiene un culo de antología. Debe tener treinta y tantos años. En ocasiones, aumenta la velocidad y se echa a correr como una atleta y al instante la disminuye para tomar aire y beber agua de su termo. Los músculos se le tensan y poco a poco el sudor empieza a caer de su frente hasta convertirse en un chorro que va dando al piso. Aumenta y disminuye. Se pasa la toalla por la cara y los brazos para secarse el sudor. La miro y la miro hasta que me doy cuenta de lo asqueroso de todo el asunto. Es increíble que alguien encuentre excitante observar una mujer sudando.
viernes 28 de diciembre de 2007
Lupe
Si estabas interesado en el porno y residías entre los barrios de Miramar y Costa Caribe o entre el Siete y medio y el Nueve y medio de la Sánchez, tenías que contactarnos. Estamos hablando de principio de los noventa. Antes de que salieran los DVD. Antes del Internet y los canales adultos de televisión por cable.
Nuestra primera porno. No recuerdo bien el nombre. Pero sí recuerdo que iba de ciencia ficción y trataba de unas mujeres rubias y delgadas que se metían en una cápsula y que al salir aparecían convertidas en gordas.
Osvaldo le contó lo que hacíamos a un amigo del colegio y este se interesó. Le preguntó si podía prestarle algunas. Osvaldo se negó. El amigo continuó insistiendo hasta que propuso comprarla y cada vez que Osvaldo negaba con la cabeza, este daba cifras cada vez más altas como si se tratara de una subasta. Entonces Osvaldo se quedó mirándolo a los ojos y se puso a pensar y a pensar. Y en lo que pensaba era en vender las películas que grabábamos.
Mientras el papá de Osvaldo se encontraba en su oficina, su cuarto se transformó en nuestro laboratorio donde tan pronto terminábamos de grabar las películas, las metíamos en nuestras mochilas y salíamos a venderlas. En ocasiones, de una película, sacábamos hasta cinco copias.
Las distribuíamos como si se tratara de droga. O sea, Osvaldo y yo nos parábamos en una esquina mirando a la gente que bajaba y subía la calle hasta que sigilosamente algunos se aproximaban. De repente teníamos un círculo de clientes alrededor, clientes de todas las edades que pagaban la película y se la metían debajo de la camiseta para que nadie los viera con ellas. Cada vez que veo a uno de esos carajitos que cargan esas mochilas de DVD pirateados por las calles, de alguna manera me pongo nostálgico recordando esos años. Pero esto no duro mucho, ya que empezamos a identificar a nuestros clientes y estos empezaron a llamarnos por teléfono y a buscarnos a nuestras casas. Lo que hizo que los clientes vinieran a nosotros y no al revés.
¿Y dónde los recibíamos? En el cuarto del papá de Osvaldo, que se había convertido en nuestro laboratorio y en nuestra oficina.
En ocasiones, los clientes nos preguntaban por novedades. Nuestras cintas se estaban volviendo reiterativas y aburridas. Este es uno de los problemas del porno. Hay que estar reinventándolo continuamente. Pedían películas osadas y acrobáticas, ya que la colección que ofrecíamos respondía al criterio del papá de Osvaldo que para serles sincero era pésimo.
El papá de Osvaldo adoraba las películas de gordas. En serio. Esas películas con gordas que apenas se podían mantener en pie y que imaginábamos que después de la grabación se las llevaban a casa en sillas de rueda. Películas con obesas de trescientas o cuatrocientas libras que copulaban con hombres huesudos en lugares exóticos y en posturas inimaginables. Aunque a veces alquilaba una de Nina Hartley o de enfermeras rubias, supongo que para que los dependientes de los videos no pensaran que le gustaban las gordas. O sea, a los dominicanos les gustan las gordas. No hay razón para ocultarlo. Es una cuestión de apetito. A veces lo pienso y creo que se debe al bajo déficit alimentario de los países tercermundistas donde se considera a un gordo más saludable que un flaco. ¿No creen? Es como si pensaran que con una gorda van a tener mayor cantidad de carne en el plato, pero esto de una manera inconsciente, por supuesto.
Lo conseguimos de inmediato. Un nativo de Villa Altagracia llamado Daniel.
Grabábamos las películas que nos conseguía Daniel y que contenían las imágenes que más me han impresionado en mi vida. Películas (se podría decir que sofisticadas) provenientes de diversos mercados: Suecia, Italia, Francia, Holanda, Inglaterra, Estados Unidos. Hasta conseguimos españolas y mexicanas.
Las teníamos en el idioma original, dobladas al español y con subtítulos.
Teníamos todos los géneros. Desde fisting a sadomasoquismo. De zoofilia a fetichismo. De coprofagia a mujeres embarazadas. Nombren cualquier fantasía y cualquier perversión. De seguro nosotros las teníamos por un precio razonable para todos nuestros clientes que en su mayoría no trabajaban y conseguían el dinero sacándolo sin permiso del monedero de sus mamás o sus hermanas.
Pero bueno, como contaba al principio, seguíamos siendo vírgenes. Lo que de alguna manera resulta paradójico, si se tiene en mente el negocio al que nos dedicábamos.
Así que al final de una película de la Cicciolina, hicimos el pacto de acostarnos con una mujer lo más pronto posible. Hicimos partícipe a Daniel de nuestra precaria situación y este nos aconsejó que buscáramos una prostituta. O sea, un cuero. Así dijo. Sale más barato si se buscan una y la comparten, agregó. Tomó una de las tarjetitas del video club y escribió el teléfono de una tal Lupe. Aunque Osvaldo y yo sabíamos que ese era su nombre de trabajo, ya que ninguna jeva se llama Lupe en Santo Domingo. Osvaldo conversó con ella por teléfono y le dio la dirección. Al día siguiente tocaron la puerta a eso de las tres de la tarde y al abrir vimos una mujer tetona encaramada en unos tacos, sonriéndonos, mostrando con su sonrisa todos sus dientes, como si estuviera en El Gordo de
Me llamo Lupe, dijo. Era tan alta que ambos le dábamos por los hombros. Osvaldo la miraba y se restregaba las manos como las moscas.
Hicimos pasar a Lupe a la habitación del papá de Osvaldo. Nos sentamos en la cama y ella quedó de pie, sonriendo, tapando con su gruesa fisonomía la pantalla del televisor. Le pedimos que por favor nos enseñara las tetas. Lupe hizo una mueca y se subió la blusa.
Aplaudimos.
Aunque la verdad daban miedo. Así de grandes. Le pedimos entonces que se desvistiera.
Lupe pidió permiso para arreglarse en el baño. Asentimos. Como el baño se encuentra en el pasillo, Lupe salió y nos dejó a ambos tirados en la cama, fantaseando.
Esperamos.
Esperamos.
Y esperamos. Entonces Osvaldo empezó a llamarla. Se apeó de la cama y fue a abrir la puerta, pero no abría, por lo que procedió a empujarla y a lanzarse contra ella, hasta que se dio cuenta de que estaba atascada. Lupe nos había trancado.
¡Abre la puerta!
¡Abre la maldita puerta!
¡Que la abras!
¡Ábrenos mardito cuero!
¡Ábrenos mardito cuero!
Osvaldo gritaba como si le estuvieran torciendo el pulgar del pie derecho con un alicate. Comenzó a sollozar y a moquear. Horas más tarde supimos que Lupe había tomado una de las sillas del comedor y había colocado el espaldar como palanca entre la puerta y la pared de manera tal que por más que empujáramos la presión impediría que se abriera.
Por lo que permanecimos ahí, recostados en la cama del papá de Osvaldo mientras Lupe se paseaba por la cocina y las habitaciones, revolviendo gavetas, desconectando electrodomésticos y metiendo en fundas todo lo que se podía llevar.
Se puede decir que al papá de Osvaldo le gustan las mujeres gordas. Se puede decir que es una persona tranquila, que está divorciado y que él solo se encargó de mantener y criar a su hijo. Pero lo que no se puede decir, es que el papá de Osvaldo sea pendejo. Desde esa misma noche, comenzó a indagar. Gastó mucho más dinero resolviendo el robo (con detectives) del que podía obtener si recuperaba las cosas que Lupe se había llevado y las vendía. Ahora que lo pienso, quizás se deba al hecho de que a su hijo le pudo haber pasado algo en su ausencia y esto lo había molestado mucho. O quizás no. La cuestión es que finalmente agarraron a Lupe en Elías Piña y esta lo confesó todo. La metieron presa y metieron preso también a Daniel.
Como deben imaginar, tan pronto se supo todo, el negocio fue desmantelado por el papá de Osvaldo. Destrozó todas nuestras cintas y hasta creo que conservó algunas. En cuanto a mí, me llevaron a un psiquiatra. Nunca había visto una persona más ñame que ese psiquiatra. Me prescribió unas pastillas enormes y de colores que me daban sueño. Me dormía en todas partes. Como si sufriera de narcolepsia o algo así. Según decía el psiquiatra, el tratamiento con esas pastillas, iba a impedir que me siguiera masturbando. Pero, por supuesto, era mentira. Lo único que me causaban esas pastillas, era sueño y ganas de bostezar.
lunes 17 de diciembre de 2007
Papelito
Desde el Banco Popular hay un tapón que se extiende hasta el Doce. Las imprecaciones y los bocinazos se repiten incesantemente. De acuerdo a Giselle, se debe a que la gente cobró su doble sueldo y se encuentra amontonada en Las Pulgas regateando entre pilas de ropa y DVD pirateados. Según leímos en el periódico, cada domingo Las Pulgas genera alrededor de cuarenta millones de pesos. ¿Excesivo? Claro que sí. Pero ahora que avanzamos entre la masa que bulle en todas direcciones, lo pienso de nuevo y me doy cuenta de que puede ser posible.
Me saco la cartera del bolsillo trasero y me la pongo en uno de los bolsillos delanteros para evitar los carteristas.
En estos días, la temperatura es agradable. No se siente el sol tan cerca como si fuera una mochila y cargaras con él por todas partes. Tan alto se encuentra que uno hasta se olvida de su influjo. En un día normal, a medida que se avanza entre la gente y los puestos de ventas, se suele sudar al extremo que la camiseta se moja y bien se pudiera exprimir. Ahora, en cambio, el ambiente está fresco y de vez en cuando hasta sopla una brisa que agita las lonas.
La gente grita y chilla. Es tanto el ruido que dan ganas de taparse los oídos.
Vemos zapatos, carteras y ropas. Giselle compra un libro de cocina y dos cancioneros de niños en alemán. Compra una corbata psicodélica de los sesenta. ¿De dónde la sacaron? No saben.
¿De dónde sacaron los libros? Anteriormente había comprado un libro de Agatha Christie que pertenecía a la biblioteca de Casa de Campo. ¿Cómo llegó a las manos del tipo que me lo vendió? No sé.
Sin embargo, lo más raro se presenta ahora cuando Giselle compra una de esas carteras para restaurarlas. Abre la cartera y saca de esta un papelito azul que desenvuelve y lee. Al rato, me lo pasa.
En el papelito se lee:
Dominga Reyes Hdez.
señora que quiere trabajar
360- 3521
Beatriz Lassalle
apt. 5k 00925
Sta. Rita. P.R
La parte que reza, señora que quiere trabajar, se encuentra escrito con una letra menuda, utilizando un lapicero azul diferente al del resto, dato que supone que se agregó posteriormente.
Hdez es la abreviatura de Hernández.
Dominga Reyes Hdez debe ser la señora que quería trabajar y Beatriz Lassalle la persona que le iba a ofrecer el puesto de trabajo en Puerto Rico. De esto, se intuye que Dominga Reyes Hdez es dominicana y se encuentra buscando trabajo en Puerto Rico donde aparentemente reside. ¿Cuánto tiempo tendrá viviendo en Puerto Rico? No sé sabe. No quiero tampoco especular al respecto.
Sería sencillo decir que Dominga Reyes Hdez se fue ilegal a Puerto Rico y que alguien le escribió en el papelito la dirección de Beatriz Lassalle para que se dirigiera donde ella para conseguir un trabajo. En República Dominicana, se hace mucho eso de dar papelitos.
Donde se complica la cosa, es en lo del apelativo de señora de Dominga Reyes Hdez, ya que la cartera es 100% piel italiana y parece más una cartera de una persona joven que de una persona entrada en años.
También está la hipótesis de que Dominga Reyes Hdez sea analfabeta y no sepa leer. Por eso quizás le escribieron la dirección y las señas de esa manera.
Pero hay algo interesante, si Dominga Reyes Hdez es una señora puede que se trate de una persona que tiene mucho tiempo en Puerto Rico. Aunque lo que me extraña es la aparición del papelito en la cartera usada, lo que hace suponer que Dominga retornó a Santo Domingo y vendió la cartera o se la robaron o la regaló a alguien y esta paulatinamente terminó en Las Pulgas donde Giselle la acaba de adquirir. También de que Dominga Reyes Hdez está muerta.
viernes 7 de diciembre de 2007
CHINO LEE
Almorzamos al mediodía en una cafetería china que hay por la Rómulo Betancourt. Sólo había dos mesas ocupadas en el establecimiento. Una por un señor encorbatado con la piernas cruzadas y que sorbía té. Otra por una pareja. Al entrar, la mujer me saludó y yo la saludé. Intenté recordar quién era, pero no la recordaba. Tomamos los menús de la barra y pedimos un frozen de fresa y un frozen de toronja. Cuando la dependiente nos los trajo, Giselle pidió unos fideos fríos y yo el clásico sándwich de huevo chino. A medida que esperábamos, fueron entrando más personas al establecimiento. Entró una asiática que sostenía debajo del brazo un casco de motor. Conversó con alguien y se sentó a leer una de las revistas que tienen en una de las paredes laterales. Luego entraron cuatro muchachos junto a una muchacha con una falda extremadamente corta. Empezaron a hablar en mandarín y a reír, al tiempo que nosotros comíamos. Uno de los muchachos tenía una película pirateada de Kurosawa y estaba desgarrando el envoltorio. Giselle le preguntó donde había conseguido la película y él le respondió que en el Barrio Chino. Pagamos y nos marchamos.
2
Fuimos entonces al barrio chino y compramos diez películas pirateadas. De esas diez películas, dos están dañadas. Tres estaban habladas en ruso y con subtítulos en chino. Las compramos en un pequeño supermercado que está del lado de la Duarte, atendido por dos chinas adolescentes que tenían puesto el MTV asiático y que no paraban de cuchichear como si estuvieran hablando de nosotros. Eso es lo primero que se piensa al escuchar a personas que conversan a nuestras espaldas en un idioma desconocido. A la derecha, los DVD los venden a sesenta pesos en una cajita de cartón que no tiene nada que envidiarle a las originales. Más allá venden las películas porno. Estos DVD los venden a 110 pesos. Las películas de este género provienen en su mayoría de Europa del este de acuerdo a lo que investigué mirando los envoltorios. Aunque aparece una que otra china. Lo que no tienen son dominicanas. Que mierda.
3
Acabamos de buscar a Miguel y ahora vamos rumbo al Chino Lee. Siempre que vamos al Chino Lee, nos encanta sentarnos en la mesa que está justo enfrente de una fotografía enorme de una región del Himalaya. Por esa razón, ahora que entramos al restaurante y vemos que la mesa está ocupada, nos sentimos un poco decepcionados. Tomamos asiento en la mesa del lado, observando un señor que le pasa un brazo por el hombro a una jovencita, sentado en nuestra mesa. Creo que en las últimas semanas hemos quebrantado todos los record de asistencia al Chino Lee impuestos por Jaime David. Siempre que voy pido el plato 146. Se lo digo así mismo al mesero, por favor páseme el 146 y éste lo apunta y lo trae al rato con los otros platos en un carrito que empuja apresurado.
Estamos esperando a Pablo que también es asiduo del Chino Lee.
Quedamos en juntarnos en el restaurante a las ocho y media. Son las nueve y todavía no ha llegado.
- A este restaurante siempre vienen los hombres con queridas, comenta Giselle.
- ¿Por qué es barato?, pregunta Miguel.
- Seguro. También porque está un poco alejado del centro de la ciudad.
- Si vives del otro lado, mucho mejor, agrego.
- Claro. Además tienen esas cortinas de terciopelo y luces tenues como si se tratara de un piano bar. Para alguien darse cuenta de quien está adentro, tiene que entrar al restaurante.
- Es cierto.
- Al chino de Mariscos siempre va Cutá Pérez.
- Ah sí, el Cutá. La última vez andaba con un sombrero rojo y unos pantalones plateados.
- Es clásico.
Le doy un vistazo a las parejas del restaurante. A la derecha hay dos hombres comiendo como trogloditas y viendo el juego de pelota que transmiten en uno de los televisores. Ahora miro la fotografía. Se ve un lago, árboles y al fondo, sobresaliendo, coronado de nieve, se distingue el enorme monte Everest. El aire acondicionado del restaurante está encendido al máximo y debido a esto el clima hace buen juego con la fotografía, al punto de que si uno se concentra y es optimista siente como si estuviera cenando en el Himalaya. Por supuesto, esto también implica que uno tiene que comer rápido para que la comida no se enfríe.
- El otro día salió una noticia sobre la cárcel de mujeres de Najayo. Creo que era una graduación.
- ¿Y?
- Bueno, en la foto del artículo, sale una rubia que está buenísima. La cárcel está llena de extranjeras que trafican con drogas. Modelos de pasarelas todas. Hay un montón de noruegas.
- Vaya.
Miguel hace una pausa. Bebe del agua y continúa.
- Pero lo sorprendente es que a la redacción de El Nacional, luego de que publicaran la noticia, llamaron alrededor de mil hombres preguntando por la rubia que aparecía en la foto.
- Con todo y que es una delincuente.
- Pa que lo uepa.
- ¡Cuanta vagabundería!
-¿Preguntando sobre la mujer?
- Ajá.
- Bueno, es que se piensan que si ella está presa, es una mujer fácil.
- ¿Y tú llamaste?
- No, que va. Germán llamó. Y Leo. ¿Tú te acuerdas de la noruega del colegio?
- Ah claro, (le respondo). Ella se sentaba frente a mí.
- ¡Taba dura!
- ¿Tú crees? No sé. Mira, un día yo cogí un lapicero y le hice un rayón ahí en el brazo. Al siguiente día veo que la jeva tiene el rayón todavía ahí. El tercer día y el cuarto día lo mismo. Vino el fin de semana y el lunes siguiente seguía ahí el rayón. Así que yo dije bueeeno.
- Eso eres tú desprestigiándola, dice Miguel.
- Pero es cierto.
- ¡Que va!
Empujan la puerta de acceso y los tres volteamos la cabeza, pensando que se trata de Pablo o quizás de una mujer celosa. No. Tan sólo es uno de los meseros que salió por el frío del aire acondicionado y que vuelve a entrar.
Historia del Chino Lee
Ahora voy a contar la historia del Chino Lee. No tiene nada que ver con el restaurante. La verdad es que el nombre del restaurante me recuerda esta historia personal. Se da el caso de que hace como veinte años, mi papá tenía un amigo que se llamaba, o más bien, le decían: Chino Lee. Residía en el país, pero para esa fecha estaba resolviendo unos asuntos en Nueva York. Le pidió a mi papá que mientras estuviera ausente le cuidara su Honda Civic de dos puertas y que lo guardara en el parqueo de mi casa. Mi papá accedió, por lo que teníamos dos carros en la casa, tanto el Hyundai amarillo que siempre tenía problemas con el motor de arranque y había que empujarlo hasta una pendiente, así como el Honda Civic. Por supuesto, con el Honda Civic podíamos jugar, ya que estaba varado todo el tiempo. A mí me gustaba mucho ese carro. Tenía como siete u ocho años. Jugaba dentro del carro con mis amigos, Joan y Sebastián, imitando los episodios del programa de televisión que más adorábamos en esa época: El Auto Fantástico. Además de la pasión por esa serie compartíamos el amor y el deseo por Natalia que vivía a una esquina de mi casa y que raramente salía afuera. Una tarde, después de mucho insistir, Natalia accedió a jugar conmigo en el Honda Civic. Sentados los dos en el asiento trasero, Natalia me atrajo hacia sí, me sostuvo la cabeza con las dos manos y me dio el primer beso con lengua de mi vida. Creo que eso ocurrió durante un verano y se repitió durante varias tardes hasta que por giros del destino el Chino Lee retornó una noche, le trajo un Chivas Regal a mi papá y se marchó en el Honda Civic. Desde entonces no hemos vuelto a saber nada de él.
NOTA. Este es el link para ver las noticias de las mujeres presas en la cárcel de Najayo. http://www.elnacional.com.do/article.aspx?id=32979#
jueves 29 de noviembre de 2007
Alexei Kolejov en República Dominicana (4)
Acá tenemos a Alexei tocando la Cannabis Song con la guitarra del papá de Giselle. Cuando vivíamos en Chicago, Alexei solía llegar de noche, después de las doce, borracho y con una guitarra que le había traído su hermana entre las manos. Tocaba la puerta. A veces estábamos fatigados y apagábamos la luz para que pensara que no había nadie en la casa, pero Alexei es insistente y testarudo, por lo que tocaba y tocaba hasta que terminábamos abriéndole. Luego de terminar de cantar las canciones rusas nos explicaba de qué hablaban. Eran simpáticas y depresivas como los cuentos de Chejov. Como letras de bachatas. Después que Alexei fue expulsado del laboratorio de Microbiología y retornó a Rusia, Diógenes y yo seguíamos tarareando esas canciones hasta que conocimos a la novia de Giordano y le perdimos el cariño a todo lo que sonaba a ruso. Al oír las canciones en sus versiones originales, nos sentimos defraudados, como si las mejores versiones fueran las de Alexei con su guitarra.Nota: los ojos que aparecen rojos en la foto, no se deben a la calidad de la foto o al flash. Alexei tenía los ojos así de noche.
En la foto vemos un cangrejito que Alexei recogió en Bahía de las Aguilas y que quería llevarse a Rusia. ¡Gracias a Dios el cangrejito se le escapó de las manos! Al llegar a la playa de Bahía de las Aguilas, luego de tomar una yola en Cabo Rojo, lo primero que Alexei hizo fue internarse entre la vegetación y los cactus y la guazábara, buscando hongos sin resultado aparente. Esto me trae a la memoria los hongos que Alexei trajo de Rusia como regalo para mi mamá y que preparó en una sopa que hedía y que Isabel le dijo a mi mamá que no probaría por nada del mundo. El aparente fracaso se debía a que Alexei nunca en su vida había cocinado. Posteriormente, Giselle prepararía los hongos sobrantes con una rica salsa y quedarían exquisitos. También me acuerdo de los hongos con que Alexei trabajaba en el laboratorio de la UIC en Chicago. A las dos de la mañana, cuando finalizaban nuestras vueltas por los bares del barrio italiano, acompañaba a mi amigo ruso al laboratorio donde este analizaba y monitoreaba los hongos que, creo, estaba clonando. Se suponía que Alexei tenía que monitorear los hongos cada cinco horas y redactar el análisis correspondiente y luego fotografiarlos. Como para esa hora él se encontraba borracho, las pruebas resultaban pésimas y una que otra vez yo tuve que proceder a fotografiar los hongos. A los pocos meses, el laboratorio lo despidió. Con el último cheque que le mandó el laboratorio, un año después de su despido, Alexei hizo el viaje a la isla.
Alexei desapareció una noche con tres morenas. Lo encontramos a la mañana siguiente en un destacamento de la zona fronteriza. En la foto, el sargento Mota Paulino que se encargó de limpiar los vómitos dejados por Alexei en una de las celdas. A la derecha, podemos ver el cubo que utilizó para dicha operación.
Sin comentarios.
No
En esta foto Alexei es atacado por un Zombi a plena luz del día.
lunes 19 de noviembre de 2007
Grabación
Pedimos el especial de calzones con refresco. Sin duda una mala opción, pero la verdad tenemos hambre y no creo que haya algo mejor que se pueda pedir.
- Miguel te tiene un cuento, le comento a Giselle.
- A ver, Miguel.
Miguel parte con el cuchillo y el tenedor un pedazo del calzón, lo mastica y lo traga.
-¿Lo quieres oír?
- Pero claro.
- Te voy a hacer la versión larga.
- Hazle la versión corta. En fin, no es tan corta.
- Ok. Te hago la versión corta.
Miguel suelta el tenedor y el cuchillo de plástico.
- Antes que nada, hablemos de Carlos. Se llama Carlos Matos, tiene treinta y pico de años, es alto, muelú y feo. Trabaja en un banco desde hace tiempo. Creo que es gerente. La cosa es que el tipo tiene cinco novias al mismo tiempo.
- ¿Cinco novias?, lo interrumpe Giselle.
- Sí, son cinco.
- ¿Pero cómo puede tener cinco novias?, insiste Giselle.
- Es que Carlos tiene una táctica. Hay dos mujeres. Por ejemplo, esas dos mujeres que están sentadas comiendo lasagna allá. Carlos va y las saluda. A la tipa que está por él, Carlos no le hace caso, pero sí le empieza a montar a la amiga, de manera que pueda darse a la amiga y a la que está por él al mismo tiempo.
- Eso es un disparate.
- Jejeje.
- Es como decía Freud, las mujeres compiten entre ellas tan sólo por competir. No les interesa el premio. O sea el macho.
- ¿Eso lo decía Freud? Suena más a algo de Seinfeld o Blas Durán.
- Pa que lo uepa. Pero volvamos al cuento. Imagínate la presión que Carlos debe tener encima para coincidir con esas cinco mujeres y sa-tis-fa-cer-las. Por eso es que decía que era astuto, un lince. Y lo es. Es un lince. German me llama y me cuenta que Carlos estaba con una de sus novias y con una amiga de la novia. La pasan a buscar y dan una vuelta en el Mercedes Benz de Carlos.
- ¿Tiene un Mercedes Benz?, lo interrumpo.
- No sólo eso. Suele llevar en el carro diez mil dólares que guarda en la guantera cuando sale con una jeva nueva. De pronto le dice a la jeva que le pase algo de la guantera y entonces la jeva se encuentra con el dinero.
- ¡Que chopo!
Giselle hace el gesto de que se va a levantar, pero se queda clavada en el asiento. Mueve la cabeza de manera horizontal.
- Ja ja ja. Pues volviendo al tema, Carlos anda con una de sus novias y una amiga de esa novia. Una gerente de un supermercado. Carlos tiene que hacer una diligencia y deja a las muchachas en el Mercedes, pero como les dije, Carlos es astuto, es un lince, y para estar al tanto de lo que las jevas tán hablando deja su celular en el carro y lo pone en grabadora. Y ahí es que empieza la historia.
- O sea, que además de que engaña a cinco mujeres distintas, también es celoso.
- Sí, es un neurótico. Pues nada, él deja el celular y cuando retorna a su casa, revisa la grabación y entonces se da cuenta de lo ocurrido. Ese barbarazo va donde todos los panas a mostrarles la grabación. Yo no dudo que dentro de poco suba la grabación a Internet.
Miguel vuelve a cortar otro pedazo del calzón. Lo hace despacio, como aguardando a que Giselle termine de digerir la historia.
- ¿Has oído la grabación?
- Por supuesto.
Se limpia la boca con una servilleta y bebe dos tragos de refresco.
- Como les decía, Carlos se había ido a una diligencia y había dejado a su novia y a la amiga cuchicheando en el carro. De repente las jevas comienzan a hablar, así, como si estuvieran en el baño de mujeres.
La amiga de la novia dice: Quería contarte lo del ingeniero de la Yipeta que conocí en el supermercado. Es bien simpático. Me hace reír mucho. Pues sí, el ingeniero viene y me llama y me invita a salir. Aunque a mí no me gusta el ingeniero, lo encuentro simpático y dadivoso, por lo que le digo que sí y él viene a buscarme en la yipeta y le llegamos a Jet Set. De noche, volvemos y nos paramos en frente de casa y viene el ingeniero y me lo mete ahí en la yipeta.
La novia dice: ¡Muchacha!
La amiga de la novia dice: Cuando yo me apeo de la yipeta, me encuentro con mi marido que esta llegando en ese mismo momento. Entramos en la casa, nos acostamos y terminamos haciéndolo.
La novia dice: ¡Increíble! Dos hombres diferentes la misma noche. ¡Que experiencia!
La amiga de la novia dice: ¡Cállate muchacha! Yo taba asustá. Con el corazón a mil. Ni una ducha me pude dar.
La novia dice: Es toda una experiencia.
La amiga de la novia dice: Ajá.
La novia dice: ¿Y tu marido no se dio cuenta?
La amiga de la novia dice: No.
Giselle apenas se ríe. Doy un vistazo por los alrededores a ver si alguien no has estado escuchando hasta que me encuentro con la mirada de Giselle. Me mira como esperando que diga algo. Luego mira a Miguel.
- ¿Y entonces?, pregunta.
- En ese no, finalizó la grabación, dice Miguel.
- Es un no contundente, digo por decir algo.
- Claro.
- Sabes, ¿qué tal si las mujeres sabían que el celular estaba grabando todo y dijeron eso de maldad?
- ¿De maldá?
- Sí.
- ¿Quién sabe? La cuestión es que ahora Carlos le está montando a la amiga de la novia.
- Que perro.
- Sí. un sinverguenza.
Se interrumpe.
-Y eso, que no te hice la versión larga, agrega luego de tomar un trago de su refresco.
martes 13 de noviembre de 2007
Tú me caes bien; tú me puedes llamar
9:00 AM. Isabel está sentada en una OMSA repleta de gente que baja desde Villa Mella. Se le pone al lado un hombre de mediana edad y la observa.
- Doña, ¿Uté me deja sentar ahí?
- Pero pídale a un hombre.
- Haga el favor, que es que recién me acaban de quitar el yeso.
- ¿Dónde está el yeso?
- Que me lo quitaron.
- Ah, pues no.
- Pero usté es muy gorda. Si fuera otra cabemos los dos ahí.
- Mi hermano, este asiento es para una persona.
- Claro, usté lo abarca entero.
- Mire, freco. Repéteme.
La gente esta pendiente de la discusión.
Alguien en la parte de atrás, tambaleándose como un equilibrista ante los movimientos de la OMSA, grita.
- ¡No lo deje, doña, es un carterista!
Todos los pasajeros voltean la cabeza y miran al hombre.
- Yo no soy carterita. ¿Uté me ve facha de carterita?. ¡Uté es un freco!
Se hace un silencio.
- Lo es. Te hemos visto por Herrera.
El hombre mira hacia la parte de atrás. Pide la parada y va avanzado. Antes de descender le da un vistazo a los pasajeros, como si fuera de un momento a otro a descubrir a la persona que lo estaba acusando. Vocea:
- ¡Chivato!
Se apea de la OMSA y desde la calle vocea:
- ¡Chivato! ¡Chivato! ¡Eres un chivato!
2
A las 7:30 PM, Ariadna pone a circular un libro bicéfalo junto a su amiga mexicana Daniela en el salón principal del Centro Cultural de España. Ariadna se fue a México hace tanto que de seguro los bartenders y los parqueadores de carros de La Zona la han olvidado. Aunque esto se debe también a que se ha cortado el pelo y está mucho más delgada.
Llegamos a las 7:15 PM. Ingresamos al salón. Conversando con dos tipos, distingo a Ariadna con unos jeans y una blusa verde. La saludo con un abrazo. Esta me presenta a Daniela que lleva una larga falda negra y un collar que resaltan mucho. Hablamos unos minutos hasta que un señor con un poloshirt azul nos interrumpe bruscamente. Le estrecha la mano a Daniela.
- Es un placer conocerla. Bienvenida a la República Dominicana.
- Muchas gracias.
- ¿Viene de Chile?
-¿Mande?
- ¿Es chilena?
- No, soy mexicana.
- Bueno, de parte de la República Dominicana, le doy la bienvenida al país.
Ariadna y yo miramos al señor, boquiabiertos, como si todo fuera una broma y alguien estuviera grabándolo todo. Mientras el señor con el poloshirt azul se marcha, Daniela aprovecha para dirigirse a su bolso que esta sobre una silla. Hurga en él y saca cinco revistas El Puro Cuento y me las entrega.

He escrito unos párrafos para el libro. Voy a ser uno de los presentadores. Los otros presentadores van a ser Luis Beiro y Pedro Antonio Valdés.
De las paredes del salón cuelgan las fotos que un fotógrafo suizo tomó durante la era de Trujillo. Giselle señala una foto y dice que el malecón se asemeja a Coney Island con las mujeres con sombreros y los hombres en traje de baño de cuerpo entero. Tiene razón. Parece.
Nos sentamos en la primera fila. La mayoría de las filas de sillas están ocupadas por estudiantes. ¿Estudiantes de qué? ¿De literatura? ¿De arte?
Al final de mi presentación del libro bicéfalo, el señor con el poloshirt azul de rayas vocea: ¡Bravo! ¡Bravo!, aplaudiendo fortísimo. Me pongo bien contento. Aparentemente, lo que he escrito ha funcionado y he logrado conectarme con el público. Ja ja ja, me he ganado todos los caramelos.
Cuando Luis Beiro y Pedro Antonio Valdez terminan sus respectivas presentaciones, el señor con el poloshirt azul repite el mismo perfomance.
Lo repite durante las presentaciones de las poetas. La presentadora explica que ahora las poetas van a leer poesía junto al saxofón y el clarinete de Milton. El señor con el poloshirt azul se levanta y todos los presentes dirigen su mirada hacia él.
- Permiso, permiso. Acabo de escribir algo que quiero compartir con ustedes.
-¡No lo dejen!, vocea alguien desde la fila del medio.
- Permiso. Es una inspiración que me vino de repente.
Como nadie impide la lectura, lee su texto. Al terminar, dos o tres le aplauden. Después que Ariadna y Daniela terminan su lectura de poemas, el señor con el poloshirt azul se levanta y camina hacia el escenario y se dispone a hacer un anuncio. Le piden que por favor tome asiento.
Este no presta atención a la solicitud y se queda ahí hasta que el acto llega a su final.
A la salida, de pie junto a Miguel y Alejandro, el señor con el poloshirt azul se me acerca con un vaso de cerveza.
- Encontré muy correcta tu exposición. Quería preguntarte algo. ¿Es un tic nervioso ese gesto que tienes de rascarte el mentón o es que estabas nervioso? Me di cuenta de eso mientras te veía leer.
- No tengo tic nervioso. Es que estoy dejándome la barba.
- ¿No es un tic nervioso? ¿Seguro? Me lo puedes decir, yo soy psicólogo.
- ¿De verdad?
- Sí.
Me estrecha la mano.
- Pero fue una buena presentación, aunque los tenis no te favorecieron. Para la próxima, acuérdate de no traerlos.
- Pero son unos buenos tenis. Me salieron carísimos.
Altivo, se da la vuelta y se marcha.
- Quien tiene un tic nervioso es él, dice Alejandro. La gente ve lo que le interesa ver en los otros.
- Sí.
2
En el Palacio de la Esquizofrenia tomamos café y coca cola.
- Tengo mucho viéndole en actividades culturales.
- Yo también.
- Hace un año fuimos a una conferencia sobre Whitman. Yo tenía el programa de la actividad en la mano y el señor del poloshirt azul viene y me lo arrebata. Muy desagradable.
- ¿Por qué lo hizo?
- No tengo idea.
Giselle hace una pausa.
- Es raro.
- Si, hermano, dice Pablo.
- Pero es que la gente esta loca. Loca. Loca. Ayer estaba con Giselle pagando los impuestos de la placa en el Banco. La cajera está conversando con la cajera del lado. Le dice que ha tenido un sueño con Luis Miguel. Lo dice porque detrás de ella suena en la radio una canción de Luis Miguel. Creo que No sé tú. Una de esas. Cuenta que estaba en el Banco en que trabajaba antes y que alguien le dice que tiene una llamada. Ella toma la llamada y cuando contesta se da cuenta de que es Luis Miguel. Este le dice que quiere invitarla a Acapulco, que la va a pasar a buscar en un jet privado y que se prepare. Ella le dice que tiene mucho trabajo. Se hace la difícil. Luis Miguel empieza a rogarle y a rogarle hasta que ella accede.
- Je, je. ¡Que bárbara!
- El sueño de la cajera, dice Pablo.
- Si, viejo. ¿Saben? El señor del poloshirt azul me recuerda un poco al difunto Abelito que en paz descanse. Por supuesto, sus personalidades se hallan en las antípodas, como diría Zapatero. Abelito iba a todas las actividades culturales, pero siempre fue respetuoso, asistiendo a todas en saco y escuchando todo con atención desde su silla.
- Pobre Abelito.
- Sí.
- ¿Quién es Abelito?
- Es una larga historia…
Se aproxima una muchacha rubia con un muchacho. Abraza a Odile y le empieza a pasar la mano derecha por la cara.
- ¡Cuánto tiempo muchacha!
- Hola. ¿Cómo estás?
- Este es mi novio. Saludos a todos. Me llamo Mabel.
- Giselle.
- Frank.
- Pablo.
- Estoy trabajando en el Banco Popular desde hace un año.
- ¡Que bueno! Yo estoy dando clases, dice Odile.
- Que bueno verte. ¿Cómo es que tú te llamas?
- Odile.
- Ah si, Odile. Mira, Odile, te voy a dar mi teléfono.
- Excusame, que se me quedó el celular para apuntarlo.
- No importa yo te lo escribo aquí en esta servilleta.
Mabel procede a escribir el teléfono mientras Odile saca un cuaderno y un lapicero.
- Mira, te lo escribí ahí. Mi teléfono y mi email.
- Muchas gracias, Mabel.
Mabel mira fijamente los ojos de Odile.
- Odile, tú me caes bien, tú me puedes llamar. Llá-ma-me.
- OK.
- Bueno, un placer conocerlos.
Le da otro abrazo y se marcha con el novio. Creo que los cuatro los seguimos con la mirada.
- Increíble. Esa está más rara que el señor con el poloshirt azul. Más que la cajera.
- ¿La conocés o no la conocés?, le pregunta Pablo.
- No sé. No me acuerdo.
- Está bien rara la mina esa.
- Creo que la conozco. No estoy segura. Cuando la conocí, tenía el pelo largo. Hicimos una chichigua juntas.
- ¿Qué es una chichigua?, pregunta Pablo.
- Una cometa. Pero no me acuerdo de dónde la conozco.
-A mi lo que más me sorprendió fue eso de: Odile, tú me caes bien, tú me puedes llamar. Llá-ma-me.
-Y que no sé sabia tu nombre, dice Giselle.
Pablo pone la taza de café frente a él.
- Es verdad. La mina te abrazó y te paso la mano por la cara… y no sé sabia tu nombre. Esta freaky eso.
- Sí, lo está.
- Invítala al viaje que vamos a hacer, le digo a Odile.
- No. ¿Por qué?
- Tenemos que averiguar quién es Mabel.
- ¿Por qué?
- Curiosidad.
- De seguro fue que ella confundió a Odile con otra persona, dice Giselle.
- Yo como que sé quién es, pero no se.
- ¿Estudió en Intec?
- Puede ser. Aunque no parece estudiante de Intec.
- Para nada.
- Tengo que concentrarme y pensarlo bien.
- Bueno, ella dejó el teléfono.
- Es cierto. Está raro eso, agrega Giselle.
- Bueno.
3
Vamos al concierto Tributo a The Doors que presenta una banda norteamericana llamada The Soft Parade. Damos treinta pasos y llegamos al Hard Rock Café.
A mi los conciertos del Hard Rock Café me aburren. Aunque tengo ganas de escuchar música y corearla con varios tipos tan imbeciles como yo. Odile dice que no tiene ganas de asistir. Se marcha y nos deja a nosotros tres ante la puerta. Pagamos y entramos.
Hard Rock Café esta abarrotado. Ahora están tocando LA Woman y la gente no para de corear las canciones. Tratamos de subir a la parte de arriba, pero esta repleto y no podemos distinguir nada, por lo que descendemos las escaleras y luchamos por pasar, a través de los adolescentes y los muchachos que corean las canciones y no paran de silbar y bailar como hippies drogados o como los extras de la película de The Doors que dirigió Oliver Stone.
Después de unos minutos, empujando y codeando adolescentes, alcanzamos el escenario. Estamos frente a la banda. Entonces ocurre lo más raro de la noche. Son copias idénticas a The Doors. Como si se tratara de juguetes de tamaño natural. Se encuentran vestidos como ellos, imitan los gestos, las poses, e incluso se asemejan físicamente a la banda de Jim Morrison. El mismo guitarrista. El mismo baterista. El mismo tecladista. El cantante es el Jim Morrison barrigón de los últimos conciertos de The Doors.
Además, la mayoría de ellos, excepto el tecladista, han pasado los cuarenta.
- Es como un juego de ilusión, le grito a Giselle.
- ¿Qué?
- Es como un juego de ilusión.
-¿Qué?
- Olvídalo.
Hace unos años, Silverchair, una banda australiana, cantaba:
Body and soul, Im a freak.
Body and soul, Im a freak.
Definitivamente, ese es el tema del día. Pensar en el tipo que se quitó el yeso, en el señor con el poloshirt azul, en Mabel, en The Soft Parade. Intento gritarle todo esto a Pablo, pero ocurre igual que con Giselle y éste me hace señas de que no me escucha. De repente la banda toca Cristal Ship. Pablo grita que es su canción favorita de The Doors. Le respondo que me gusta mucho esa canción y procedemos a corearla.
jueves 8 de noviembre de 2007
Historia de una camiseta
Le pedí a Polonio que me baje la segunda temporada de Lost de Internet. Al mediodía, este me llamó a la oficina, anunciándome que tenía toda la segunda temporada.
Me dijo que iba a bajar los capítulos restantes y me los iba a regalar todos.
En las dos últimas semanas, he visto alrededor de treinta episodios de la serie. A mí no me gusta ver televisión, ni tampoco tener que esperar una semana para ver el próximo episodio. Me gusta verlo todo de corrido. Como si me amarraran de una silla y me mantuvieran los ojos abiertos con tenazas al igual que Alex en La Naranja Mecánica. Creo que el record lo hice el sábado pasado en que vi diez episodios de corrido.
A Polonio le gustó la primera temporada de Lost y considera que las siguientes se han convertido en variaciones de un tema que no va a ninguna parte.
- Al final va a resultar que todos estaban muertos desde un principio. Ya verás.
Polonio termina de sacar las fotocopias. La muchacha discute con Polonio acerca del total.
- 300 ÷ 4 = 50.
- Que no, mi hermana. Toma la calculadora y hazlo tú misma.
Después de unos minutos de sumas y divisiones, la muchacha se da por vencida y le paga. Sale por la puerta. Colgando de la puerta hay una campanita que se agita cada vez que alguien entra o sale.
- ¿Tú conoces al Mello?, me pregunta Polonio.
- ¿Quién es ese?
- Es un panita que vive por el siete. Me contó de lo que le pasó a otro panita.
- A ver.
Polonio va a la caja registradora. Mientras cuenta los billetes, se pone a hablar.
- Este panita viajó a Nueva York a visitar al papá por primera vez durante las vacaciones. Nunca lo había visto. El papá le regaló una camiseta bien bacana. Se ponía tanto la camiseta que parecía que nunca se bañaba. Todos los panitas con camisetas de 50 Cent lo paraban y le decían ta bacana tu camiseta.
- ¿De qué era la camiseta?, le preguntó.
- Del panita.
- No, me refiero al diseño.
- Ah sí, de uno de esos raperos morenos. No me acuerdo. La vaina es que debido a que el regalo se lo había hecho el papá, la mamá del panita se puso celosa. Cada vez que lo veía le gritaba: ¡Muchacho, pero quítate esa camisa! ¡Si yo meto ese trapo de camiseta a la lavadora me la va a fundir! ¡Tú quieres que te confundan con un vende droga! Pero al panita no le importaba y seguía bonchando con su camiseta puesta, apostando en las bancas y dando pelas en los billares. En la casa, la mamá lo tenía en presión cancha entera, voceándole ¡pero es que te pegaron esa camisa al cuerpo!
- Wao.
- Sí, príncipe.
Polonio coloca el dinero en la caja registradora y la cierra.
- Me acuerda un cuento que me hicieron (le digo). Era una amiga de la mamá de mi novia que fue a prender una planta eléctrica. La planta no tenía gasoil. Así que cogió uno de los potes de gasoil y se lo echó a la planta. De repente la planta se incendia y a la doña se le encienden los pies. Las chancletas que llevaba se derritieron en sus pies. Fue como si se adhirieran a la piel chamuscada.
- Fuerte, viejo. Pero déjame acabá de contarte. Con esto de las inundaciones y la tormenta Noel, hicieron una recolecta de ropa en el barrio y la mamá del panita metió en una de las fundas que donó la camiseta en cuestión. Cuando el muchacho se pone a buscar su camiseta y no la encuentra, le pregunta a la mamá donde está y ella le dice con un gustazo que se la donó a toda esa pobre gente que perdieron sus ajuares por la tormenta Noel. Así mismo como si fuera una presentadora de noticias de CDN. ¡Ay mi madre!, ¿pa que fue eso?, el panita se fajó a dar gritos. Fue al club a donde estaban recolectando las donaciones y empezó a revisar todas las fundas de ropa, sacando la ropa ajena, hasta que dos sargentos lo rodearon y le cayeron a macanazos.
- Ay Jesú. El pobre.
- Pasa una semana y ayer me cuentan que el panita vio a Ricardo con la camiseta puesta.
- No jodas.
- Se puso a llorar como un niño. Bueno, como una niña.
- ¿Quién es Ricardo?
- El papá de Ricardo dirige la junta de vecinos. Tú sabes cómo es.
Polonio se interrumpe al escuchar la campanita de la puerta. Entra una muchacha que deja el bolso sobre el mostrador y le pasa un libro a Polonio.
- De la página 15 a la treinta, ordena.
- Ok, amore.
La muchacha me mira y luego mira a Polonio. Se queda mirando la mano de Polonio. Específicamente los dedos que le faltan a Polonio.
- ¿Y a ti qué te pasó?, le pregunta.
- ¿Cómo que qué me pasó?
- Con los dedos.
La muchacha señala la mano izquierda de Polonio.
- ¿Te los comió un tiburón?
- Mami, atiende tu cartón. Yo atiendo el mío.
La muchacha sigue mirando la mano izquierda. Polonio se detiene.
- Deja de estar mirándome, Ok. No me gustan esos coros.
- Déjalo quieto, le murmuro a la muchacha.
- O sea, que no puedo hacerte una pregunta. Mi hermano, usted es más sensible que Ricardo Montaner.
Polonio arroja el libro a la cabeza de la muchacha, pero al parecer el libro se desvía de su objetivo o la muchacha tiene los reflejos de una jugadora de Ping Pong profesional.
- ¡¡Te me vas de aquí!!
- Maldito tullío. Ojala que te mueras, dice la muchacha recogiendo el libro y dándonos la espalda.
Cuando sale las campanas de la puerta vuelven a tintinear. Polonio se pasa la mano izquierda por la cara para limpiarse el sudor. Al darse cuenta de que se está pasando la mano izquierda, cruza los brazos bruscamente, mirando hacia afuera como esperando su próximo cliente.
martes 30 de octubre de 2007
La Tormenta Noel
La lluvia sigue cayendo ante la ventana. Ha estado lloviendo desde el sábado. El sábado en la noche estábamos viendo unos capítulos de Lost, cuando del firmamento marrón empezó a caer una lluvia potente. De ahí en adelante siguió lloviendo todo el domingo y el lunes el viento empezó a soplar y a destrozar cristales y derribar árboles y antenas. Como no había luz desde el domingo, nos enteramos recién hoy que se trataba de una tormenta denominada Noel. Ahora reviso el periódico y leo que ya han muerto doce personas, que los desaparecidos son quince y que los desplazados son más de doce mil. Esta mañana encendí el televisor y observé las imágenes de calles inundadas y de personas caminando entre charcos, cargando colchones, sillas, mesas o neveras. Ahora pongo de nuevo el televisor y pasan imágenes del río Nizao que vimos totalmente vacío y desolado la semana pasada, pero que ahora aparece rebosado y tragándose las casas de los poblados aledaños. Cambio el canal y en otro noticiario hablan sobre las presas que aparentemente se encuentran bajo control. Luego hablan de los puentes que los ríos han destruido. Luego de los pueblos que están incomunicados (En medio de una tormenta, me quedé con un grupo de encuestadores en un pueblo incomunicado. La verdad, se toma mucho tiempo para volver a establecer contacto con el mundo exterior. Lo único que queda es esperar y esperar. Esperar bebiendo café. Esperar conversando sobre aparecidos con los vecinos mayores). Luego habla un señor gordito y con gafas oscuras que cuenta lo que ha ocurrido en Bonao y los alrededores. Luego habla un señor desnudo de la cintura para arriba que cuenta que lo ha perdido todo. ¿Usted sabe lo que es perder todo?, le pregunta a la mujer que lo entrevista. Y la pregunta es como si nos la hiciera a los espectadores.
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Al crecer en República Dominicana uno termina acostumbrándose a los huracanes y a las tormentas. Yo crecí frente al mar Caribe. Mi barrio se llamaba Miramar. No era que exactamente viviera frente al mar, pero si bajaba una calle, doblaba a la derecha y doblaba luego a la izquierda me topaba con el mar. Si me subía en la azotea de cualquier casa se divisaba el mar. De noche, en ocasiones, percibíamos su aroma nocturno. Un olor salado y rancio que entraba por mis nari