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martes 7 de noviembre de 2006

Praga(6)


lunes 6 de noviembre de 2006

KAFKANISMO

la ciudad más kafkiana de todas
es Santo Domingo
sin embargo la ciudad kafkiana por excelencia
donde Kafka escribió su obra es Praga
pero Londres es una ciudad kafkiana
con su gente tosiendo en la lluvia y sus taxis
Paris es una ciudad antikafkiana
como bien sabemos
pero pongámoslo claro
antes que se acabe el poema
Santo Domingo es de Kafka
y no importa que los críticos kafkianos
ignoren este punto el mensaje es claro
KAFKIANOS DEL TERCER MUNDO UNANSE

domingo 5 de noviembre de 2006

Praga (5)

El jueves me levanté a eso de las siete y media. Desde la ventana se distinguía la claridad del sol y una pareja abrigada que bajaba las escaleras del edificio de enfrente. Las lozas del baño estaban heladas y al lavarme el rostro y cepillarme, el agua corría bien fría. Tomé una ducha. Me puse la camisa blanca y la chaqueta. Me puse a chequear el programa del ISSP para hoy. Bajé y le pregunté por el desayuno a un nuevo recepcionista, un rubio pelado al rape y con lentes, quien me explicó donde lo servían. Se trataba de una taberna que estaba al cruzar la calle. Debajo del letrero, una muchacha de pelo negro, fumaba y me preguntó por la llave de la habitación. Se la pasé, me dijo que descendiera y bajé por las escaleras.

Desayuné con cereal, pan y jugo de naranja. En la cocina, un niño y su padre, lavaban los platos. Un chino comía en la mesa a mi derecha. Unos franceses que entraron sin saludar, se sentaron casi a mi lado. Salí, a eso de las ocho y media, entré en la recepción del hotel y le pedí al señor con lentes que me llamara a un taxi de la compañía AAA. Esperé unos minutos en el lobby. Entró una muchacha de pelo de escoba, que era la encargada de limpieza y que sacó un sándwich inmenso de una funda. Se sentó a mi lado. Tenía un bajo a mofeta. Al parecer, tenía dos semanas sin bañarse. Se empezó a quitar los tenis. Tuve que salir afuera, a esperar el taxi en la acera.

Llegué al rato a la reunión del ISSP en el edificio de la Academia de Ciencias. Al llegar, me abordaron nuevamente las muchachas rubias en el primer piso. La reunión se iba a celebrar en un salón que estaba justo al lado de donde se habían presentado las intervenciones del día anterior. Al entrar, el secretario General del ISSP, me tendió la mano y me dio la bienvenida al evento. Posteriormente hablé con él y con la señora Janet Harkness, a quien conocía anteriormente y que me presentó al delegado de Irlanda.

La reunión se acabó a las cinco en punto de la tarde. Salí en esta ocasión por la Narodni, tomando la avenida que bordea el río, bajo el firmamento azul. A diferencia de los días anteriores, la tarde estaba bien agradable y la luz que se esparcía al derredor, le ponía colores a las hojas de los árboles y a la corriente del río. Avanzaba casi tocando la barandilla del río con mis audífonos puestos, el viento despeinándome y los paisajes a izquierda y derecha que no me cabían en los ojos. Los turistas y la gente bebía cerveza frente al río o los praguenses paseaban sus perros o pasaban en los tranvías atestados o se montaban en los barcos que atravesaban el río. Cerca del puente Carlos hay varios restaurantes y cafés donde la gente va a beber cerveza, pero al mismo tiempo, tienen gift shops y pizzerías. Pasé frente al Museo de las Máquinas de torturas, pero no me atreví a entrar, aunque subí arriba y me quedé leyendo algo en la pared mientras un muchacho acodado tras las rejas de la taquilla, me estudiaba con la mirada. Fui de nuevo por el puente de Carlos, entre los jóvenes con mochilas y gafas, a presenciar la vida que bullía constantemente y a perderme entre ellos. Subí de nuevo al castillo y merodeé por los alrededores. Doce turistas suecas me tocaron el hombro y me preguntaron de dónde venía. Cuando les dije se echaron a reír entre ellas y me pidieron que les tirara una foto.





Bajé de nuevo por los escalones, seguido de los demás turistas. El sol se iba poniendo a medida que llegaba al puente de Carlos. Mientras el sol se ponía en el puente de Carlos, el firmamento tomó un tono morado y desgarrado, el sol parecía desfigurado, brillando tras un manto de niebla y de tonalidades difusas. Había un señor tocando un clavicordio a turistas menopáusicas. Varios de los muchachos praguenses tocaban percusiones. Otros se sentaban al lado de las estatuas a beber vino.


Volví a la pensión y me encontré en la recepción con dos cubanos negros que discutían con el recepcionista. Empezamos a hablar. Me preguntaron acerca de la isla. Ellos trabajaban en un club de son que hay en una de las plazas más grandes de Praga. Me dijeron que eso estaba lleno de niñas lindas. Me repitieron eso cinco veces y me dijeron que habían conocido al cónsul dominicano en Praga. Me despedí de ellos y subí a la habitación. Al rato bajé a la recepción y le pregunté al recepcionista rubio qué pensaba del cabaret Ámsterdam que estaba en la esquina, qué si era seguro y no me iban a romper una silla en la cabeza. Me dijo que no había problemas y que había un destacamento a una cuadra que mantenía vigilado todo el vecindario. Sin embargo, me explicó que había uno de mayor calidad a unas esquinas llamado Cabaret Extasis que se encontraba a dos cuadras de la Pensión. Le dije que solamente quería observar, pero el recepcionista se rió y me dio un ticket que costaba cincuenta coronas.
Salí y caminé las dos cuadras. Doblé a la izquierda y me salió al paso el letrero del cabaret, entre multifamiliares y restaurantes. A esa hora la calle estaba solitaria. Mientras descendía pensaba en atracadores y en asesinos que pudieran saltar de las sombras o de cualquier marquesina.


Para entrar en el cabaret Extasis se entra por un parqueo y se sigue una flecha que conduce hacia una puerta con verja. La música del Cabaret se escucha nítidamente. Frente a la puerta, esperé con el ticket, a que alguien se aproximara y me invitara a pasar. Después de un minuto, un tipo calvo y fornido se acercó. Le pasé el ticket. Me dijo que lo siguiera por unos pasillos. Caminamos juntos hasta que llegué a una especie de bar donde varias mujeres semidesnudas pululaban entre las mesas y el mostrador. El tipo calvo me dijo que hablara con las muchachas si deseaba cualquier cosa. Al fondo de las mesas que se alineaban, a un borde del mostrador, había un escenario donde las muchachas subían a bailar, agarradas de un tubo. Se trataba de ocho mujeres. El bartender y yo éramos los únicos hombres. Había una jeva ajada y desgastada que estaba bailando. La mesera se me acercó y me trajo una cerveza. Las muchachas rubias bebían cerveza y me miraban sonrientes. Tenían las axilas velludas. Una de cabello negro y lentes me guiñó el ojo y se dirigió a bailar al escenario. Parecía que no la bailaron cuando niña. Otra rubia se me acercó y me preguntó algo en checo. Yo asentí y ella me mira como si fuera un retardado. Ahora bailaba una muchacha delgada, que al parecer tenía previa experiencia, ya que bailaba bien y se encaramaba y se enroscaba en el tubo. En ese momento, llegó un muchacho de unos veinte y tantos que se puso a beber cerveza mirando la que bailaba. La del pelo negro y los lentes se me acercó y me preguntó si estaba interesado en ella. Le dije que sólo había venido a ver. Tenía los dientes grises, gastados, como si se hubiera pasado su corta vida fumando. El muchacho desapareció con una muchacha. Cuando acabé mi cerveza, salí del cabaret y llegué a la pensión.

No me pude dormir de inmediato. Me quedé mirando una película en que
Jack Nicholson hablaba en checo. A la hora me dormí.

sábado 4 de noviembre de 2006

Praga(4)


Me invitaron a una de las tabernas medievales más famosas y legendarias: la taberna U Sedmi Svabu. Cuando llegué, unos minutos más tarde de lo acordado, la taberna estaba rodeada de un montón de mesas ocupadas por los delegados de los diversos países. Por las mesas, pasaban dos jovencitas con vestiduras
a la usanza medieval. La cena duró de siete a once y media de la noche. Bebí de la cerveza Krusovice y de la cerveza oscura. Los coreanos hablaban de todo. La coreana me explicó que los asiáticos venían a Praga con intenciones románticas, debido a que una de las telenovelas más exitosas transmitidas en esa parte del mundo era ambientada en Praga. Ella estaba algo borracha mientras los otros coreanos hablaban de negocios o uno de ellos empezaban a decir que odiaba su trabajo y que lo que ama realmente es entrenarse para los maratones. Dijo que amaba más correr que a su esposa. La uruguaya se rió, escupiendo la cerveza. Después el representante de Alemania que nos iba explicando las fases de la comida, empezó a hablar de cervezas. Dijo que hubo una época en que desayunaba con cerveza. El coreano contó que una vez vio un programa alemán en que a un niño le daban cerveza de desayuno y que eso lo había impresionado mucho. Dijo que tenía un amigo que se bebía dos litros de cerveza diaria. El alemán se echó a reír, diciendo que lo más seguro era malta y no cerveza, lo que es un desayuno común para los niños alemanes.

A mí se me acercó nuevamente la delegada de Bulgaria, comentándome su futuro viaje a Santo Domingo. La uruguaya dijo que había ido tres veces a la isla, ya que su hermana estaba viviendo por acá, pero puso bien claro, mirando a los ojos al alemán, que estaba aprendiendo alemán porque le interesaba ir a vivir a Alemania. Después que se llevaron la sopa de ajo, trajeron pechugas, muslos y alitas de pollo picantes, que fueron repartiendo mesa tras mesa. Quince minutos más tarde, un muchacho empezó a afilar un cuchillo y a cortar trozos de una pierna de cerdo. Cuando hubo suficientes piezas de cerdo, la rubia pasaba las piezas por las mesas o preguntaba si queríamos más cervezas y yo siempre respondía que sí. Cuando nos hartamos de cerdo, trajeron un pastelón de zanahoria, seguido de cerca por goulash y panqueques y el postre.
También trajeron licores. A esa altura ya había bajado al baño como siete veces. Las muchachas seguían trayendo cervezas y platos. El alemán hablaba con la uruguaya. La coreana me hablaba de pelota. Dos delegados jóvenes de Eslovaquia (uno de ellos estaba como enamorado de la uruguaya), se acercaron y empezaron a contar historias de su país y entonces yo le pregunté por una película que se llama Hostel. Ellos dijeron que esa película le había traído mala reputación al país, que se había discutido mucho sobre el film, pero que no habían tenido la oportunidad de verla. Les conté la trama y ellos escuchaban atentamente, bebiendo de sus jarras de cerveza. Me dijeron que Quentin Tarantino, productor de la película, tiene la entrada prohibida a Eslovaquia.
Ya era tarde. Las meseras y los mozos estaban empezando a recoger. Los coreanos estaban borrachos. Los noruegos y los belgas también. E incluso, el delegado de Austria hablaba de religión casi voceando, interrumpiendo a todo el mundo y alzando una carcajada que se escuchaba en todas partes. La uruguaya le preguntó al alemán que cómo se iba y el alemán le dijo que estaba pensando en caminar. La uruguaya le dijo entonces que si estaba bien que lo acompañara. El Alemán se incomodó porque quería hacer de Kafka caminando por los alrededores. Al final, todos salimos al frío y caminamos con dirección al puente de Carlos, empero los coreanos y el alemán, para desaire de la uruguaya que retornaba en la mañana a los Estados Unidos, se montaron en un taxi y nos despidieron.
Bajamos entonces los cuatro hasta el puente, hablando de la película y yo contándoles de cómo los taxistas checos me habían engañado. Cuando pasamos frente al puente, un muchacho con guitarra y harmónica estaba cantando Don’t think twice de Bob Dylan. Uno de los eslovacos dijo que iba a tomar un tren y se despidió con un apretón de manos. El otro se fue con la uruguaya. En cuanto a mí, me devolví hacia el puente y me quedé un buen rato, escuchando al muchacho checo que tocaba las canciones de Bob Dylan. Tocó como ocho canciones, deteniéndose en ocasiones a fumar marihuana y a mirar el río fluyendo debajo del puente de Carlos y las luces a los extremos del río. Los turistas pasaban infatigablemente. Si se daba el caso de que eran italianos, entonces se aproximaban cantando y emitiendo un barullo tan estridente que interrumpían al checo que se quedaba mirándolos. Me acuerdo de una muchacha asiática hermosa que miraba el río, sin que nadie la interrumpiera, a medida que el checo tocaba Like a rolling stone y los turistas pasaban arrojando en ocasiones monedas sobre su estuche. Tenía puesto un sobretodo negro, lucía como si estuviera perdida y melancólica. Parecía una de las muchas estatuas mirando hacia el río. A su lado, tres muchachos escuchaban al checo y le aplaudían cuando acababa las canciones. En un momento, ella se marchó sin que nadie se percatara.
Al final, le regalé unas coronas al checo. Me dijo que se debía marchar, que tenía que ir a otro pueblo a tocar y esto lo dijo sonriendo, en su inglés rudimentario. Nos despedimos. Pasé el puente y caminé unas cuadras hasta que un taxi se detuvo a mi lado y me monté.

viernes 3 de noviembre de 2006

Praga(3)


Frente a la tumba de Franz Kafka


Sin duda alguna, uno de los textos que más interpretaciones kafkianas sigue provocando, es el titulado Un sueño, que aparece en el apéndice de algunas ediciones de la novela El Proceso y en el libro de relatos, La Condena. En el texto se relata un sueño de K, alter ego de Franz Kafka. Hagamos un rápido resumen del texto. Es un hermoso día y K sale a pasear. Da unos pasos y se encuentra de repente en un cementerio. Distingue una tumba recién cubierta que atrae poderosamente su atención. Al avanzar, tropieza y cae de rodillas frente a la tumba. En ese momento, dos hombres que tenían levantadas una lápida, la dejan caer y ésta se adhiere al terreno perfectamente. Al rato se acerca un artista que empieza a escribir una inscripción sobre la lápida. Mientras éste transcribe las letras, K se echa a llorar con las manos cubriéndole la cara. Llora porque sabe que esa es su tumba y que está a punto de morir, o puede que llore por otra cosa, debido a que como suele ocurrir en la atmósfera de los sueños, todo se torna confuso e inesperado. En un momento, el artista golpea el montículo separando la tierra, lo que lleva al mismo K a cavar con sus manos hasta que la delgada capa de tierra cede y éste empieza a caer vertiginosamente al vacío, observando de paso que sobre la lápida acaban de escribir su nombre completo. Justo en ese instante, despierta. En la portada de la edición de Alianza Editorial aparece la difusa figura de un hombre que cae boca arriba en el vacío.

Hace unos días volví a leer dicho texto, recordando el momento en que estuve frente a la tumba de Franz Kafka en Praga. Desde entonces lo he estado leyendo una y otra vez, como si hubiese descubierto un nuevo símbolo o como si el cementerio en que se encuentra enterrado Kafka fuese el mismo cementerio que soñó K en el texto. Sin embargo, no es así, y cada vez que lo leo, el significado se torna más ambiguo hasta que me canso de leerlo y me dan ganas de tomar el libro y arrojarlo contra la pared.




Al tercer día de estar en Praga, llegué al cementerio judío, luego de que una señora en el museo de la casa donde nació Kafka, me escribiera en un papel la dirección. El cementerio está frente a una estación de metro llamada Zelivskeho. Afuera los autobuses vienen y van, llevando y dejando personas. Del otro lado de la estación, hay una avenida y cruzando la avenida otro cementerio. Ingresé por una puerta lateral y esperé unos minutos hasta que desde la sinagoga una anciana se fue aproximando. Casi no hablaba inglés, pero me explicó de una manera concisa que debía cubrirme la cabeza con la kipa y al decirlo señalaba una canasta donde había varias amontonadas. Me explicó que la tumba de Franz Kafka se encuentra justo en la sección 21, que enfrente de la tumba hay una placa dejada por su amigo Max Brod y que el cementerio lo cierran a las seis de la tarde. Avancé entonces hasta la tumba, palpándome la cabeza, asegurándome de que el viento no echara a volar la kipa. Entre las ramas de los árboles por donde se filtraba el sol, los pájaros silbaban. Casi en frente de una verja, se distingue la tumba. No había kafkianos por los alrededores, aunque cuando me aproximaba distinguí un muchacho y una muchacha con mochilas que al parecer se perdieron entre la vegetación y el laberinto de tumbas. Llegué a la tumba kafkiana y me quedé ahí de pie, observando, como si aguardara que Kafka en persona saliera de su tumba y me diera un abrazo. Traté de escribir un poema, sentado en un banco que está a un extremo de la tumba, pero me quedó malísimo. Creo que mencionaba cuervos que graznaban en algún verso. No recuerdo. Lo que sí recuerdo es que esa noche, acostado en el cuarto de la Pensión, soñé con Franz Kafka en el puente de Carlos mirando hacia el río Moldava, apoyándose en su bastón, dándome la espalda, diciéndome que acababa de escupir sangre la noche anterior y que pronto iba a morir.


De vez en cuando miro las fotos de la tumba de Kafka. A veces las miro y leo al mismo tiempo Un sueño, pensando que la tumba del texto es la misma donde descansa Kafka, y pienso en las demás tumbas del cementerio judío que nadie visita y en los nazis que masacraron la prole de los que ocupan esas tumbas y cómo éstas son parcialmente visitadas por kafkianos que vienen de todas partes del mundo a ver la tumba del mejor escritor del siglo pasado. Resulta paradójico y triste que Kafka, quien nunca tuvo hijos, sea el que tenga más descendencia de todos los que se encuentran enterrados en el cementerio judío. De eso me di cuenta, parado frente a la tumba. Mientras los montículos de las demás tumbas estaban cubiertos por la yerba y las enredaderas, el montículo de la tumba kafkiana estaba lleno de piedras, velones y una que otra flor marchita que los kafkianos de todo el mundo traían en procesión. Antes de irme, me aproximé a la tumba y dejé una piedra sobre el montículo. Eran casi las seis. El cementerio seguía solitario.


Publicado en la Revista Ping Pong número 2

jueves 2 de noviembre de 2006

Praga (2)




El taxi, después de ir bordeando el río Moldava e internarse por una serie de callejuelas adoquinadas, se detiene frente a la taberna. El taxista señala una especie de reloj circular donde se lee el nombre de la taberna U Fleku. Por los alrededores se extienden bares, cafés y restaurantes. Turistas entran sobrios y salen borrachos del establecimiento. Los salones están atestados de turistas que beben de la cerveza oscura que traen los meseros una y otra vez. En las paredes se distinguen grabados de épocas antiguas. Frente a ellos, un violinista, un acordeonista y un saxofonista se pasean y tocan canciones italianas, gringas, checas, alemanas, rusas, en una especie de idioma internacional que todos parecen entender, pero que realmente es imposible entender. La gente aplaude y come salchichas y pan y cantan canciones ininteligibles. Otros se encuentran concentrados ante sus platos. Otros brindan y chocan sus jarras de cerveza estruendosamente.

U Fleku es como la tierra prometida de todos los bebedores de cerveza del mundo. En una placa se puede leer que U Fleku existe desde 1360, desde los tiempos de los caballeros andantes, de cuando se hacían esas expediciones por toda Europa en busca de doncellas y dragones mitológicos y todos esos caballeros retornaban después de años y se quitaban las armaduras y se sentaban a beber ahí dentro mientras sus caballos descansaban en la caballeriza.

En lo que antaño fue la caballeriza, se encuentra una serie de mesas alargadas con una que otra persona sentada. Fue en este lugar donde Roque Dalton imagino las dialécticas e hilarantes conversaciones de su poema Taberna. En los sesenta U Fleku se convirtió en uno de los puntos de reunión de artistas, revolucionarios y críticos del régimen comunista de entonces, gente como Hrabal y Kundera, gente interesada en un cambio y que serían los ideólogos o los impulsadores de la Primavera de Praga del 68.

Saco el libro de Taberna y otros Lugares de Roque Dalton del bolsillo de mi chaqueta. Hay una nota introductoria bien interesante que dice lo siguiente: El poema Taberna, escrito en Praga en 1966, resultó del recogimiento directo de las conversaciones escuchadas al azar y sostenidas entre sí por jóvenes checoslovacos, europeo-occidentales y -en menor número- latinoamericanos, mientras bebían cerveza en U Fleku, la famosa taberna praguense. El autor solamente ordenó el material y le dio el mínimo trato formal para construir con él una especie de poema-objeto basado a su vez en una especie de encuesta sociológica furtiva. En el conjunto de opiniones recogidas no hay ninguna que pueda atribuirse completamente al autor y por ello este las presenta en el seno del poema sin ninguna jerarquización, ni frente a la verdad, ni frente a la bondad moral o política. No es el propósito del autor intentar un planteo de soluciones a los problemas que se desprenden de la existencia de tales formas de pensamiento en una sociedad socialista. Este intento podrá encontrarse, posiblemente, en la serie de acontecimientos políticos ocurridos en los países socialistas del centro de Europa en los últimos meses. Este poema está dedicado a quienes lo vieron crecer y desarrollarse: Régis Debray y Elizabeth Burgos, Severio Tutino, Alicia Eguren, Aurelio Alonso, José Manuel Fortuny y Hugo Azcuy.

Mientras leo un mesero me deja una cerveza, y en un papel que pega de la mesa, marca con un crayón el número 1. Los músicos se pasean por el patio, cargando sus instrumentos, dirigiéndose hacia un restaurante que está al fondo. Bebo y leo. A mi lado hay dos coreanas y detrás pululan los meseros y los borrachos que entran al patio y se sientan y piden cerveza y embutido. Me río mucho. Siento una especie de nostalgia y me imagino a Roque Dalton sentado en el mismo banco en que estoy, repitiendo uno de los diálogos que aparecen en el poema y me imagino a la juventud soviética de esos años sonriendo, a los meseros sonriendo y la sonrisa de Alexander Dubcek y cómo se la fueron borrando del rostro sistemáticamente y a los tanques soviéticos entrando en la ciudad, derribándolo todo, y me imagino al mismo Roque Dalton, a quien matarían de esa manera tan despiadada, después de haberse decidido por ser guerrillero, convencido de que esa es la manera más digna de hacer la revolución. Pero bueno, ahora mismo los praguenses bostezan cuando le hablan de revolución, y ayer andaba vagabundeando y vi un afiche que un artista había hecho a partir del nombre de Joseph Beauys y que decía algo así como Love Boys o el afiche de Lenin con audífonos y lo que presencié en el museo acerca del movimiento de Terciopelo y del tipo que tocaba canciones de Bob Dylan en el puente de Carlos, a eso de la medianoche, una especie de Rolling Stones que fumaba marihuana y tocaba la guitarra y la harmónica y cantaba mientras debajo el río fluía y fluía hacia el amanecer.

El mesero me trae otra cerveza y me dice que están a punto de cerrar. Cada vez que me trae una, tengo que pagar la cerveza y por eso los meseros traen un monedero donde te devuelven al instante. Antes de salir de la taberna, siento una especie de nostalgia y creo ver el fantasma de Roque Dalton en alguna parte, aunque la verdad estoy borracho, mareado, chocándome con los meseros y los cocineros que recogen y se anteponen en mi ruta. Salgo y desciendo por la calle adoquinada, pasando turistas extraviados que revisan sus mapas. Avanzo entre tabernas, hoteles y bares. Entro a un bar y salgo al minuto. Sigo a los turistas por los alrededores hasta que estos entran en sus pensiones o en sus hoteles o en restaurantes. Buscando en mis bolsillos, me doy cuenta entonces que he olvidado la tarjeta de la pensión. Cuando veo un taxista le pregunto, sobre si conoce la pensión, pero me dice que es imposible llegar sin la dirección. Le digo que no la tengo. El se encoge de hombros. Esto se repite cinco veces. Paso fuentes y teatros y tiendas, sin rumbo definido, siguiendo a los turistas o a las checas que se aparecen como fantasmas. Entro en un centro comercial y desciendo por las escaleras a un club donde toca una banda punk checa. Los músicos son jóvenes, menores de veinte años y parece como si hubieran aprendido a tocar la noche anterior. El baterista toca y bebe cerveza al mismo tiempo. Pido una cerveza y me quedo de pie, escuchándolos tocar hasta que los oídos empiezan a pitarme. Una muchacha con el pelo verde se queda mirándome. La bartender también me mira. Todos me miran. Un muchacho me pregunta algo en checo, pero le digo que no hablo y me pregunta si hablo ingles. Le digo que sí. Me pregunta si tengo un cigarrillo. Nuevamente estoy caminando. Voy en dirección a Muzeum. Paso bares, museos, terrazas, casinos. Paso estatuas góticas y pushers y chulos negros y putas que me detienen y me preguntan si hablo ingles y cuando le digo que sí, me preguntan:
Do you want pussy?

Llego a un centro de Internet. Tres hombres, esparcidos entre los cubículos, teclean las computadoras. Le hago una seña a la encargada, una muchacha con el arito en la nariz para que me abra. Le explico mi situación y ella se pone las manos en la cintura y me mira. Estoy cerrando, me explica, pero al minuto me dice que pase y que lo haga rápido. Entro a Internet, copio la dirección de la pensión en una servilleta y salgo. Les paso la dirección a varios taxistas que se niegan hasta que un taxista con un palillo entre los dientes me dice que está bien, que me monte y que me va a cobrar quinientas coronas. Le digo que cuatrocientas. Me está estafando, pienso, pero tengo tantas ganas de llegar a la pensión, que le digo que no hay problemas y me monto. El taxista tiene el folleto de un cabaret en la guantera y me lo muestra.
Do you want pussy?, me pregunta.
Le digo que no.

miércoles 1 de noviembre de 2006

Praga (1)




Llegué a Praga en un avión de Air France, después de haber hecho escala en el aeropuerto Charles de Gaulle de Paris. A mi izquierda estaba sentado un checo que recordaba un actor de una película de Krzysztof Kieslowski. El día estaba nublado y los jirones de nubes se deshacían, por lo que de vez en cuando se distinguía uno que otro edificio en miniatura o terrenos verdes que las nubes ocultaban. Cuando el avión aterrizó, esperé que todos descendieran, para de esa manera bajar mi maleta y mi chaqueta del compartimiento.

El aeropuerto de Praga se llama Ruzyne. A través de la pista cruzaban los empleados con sus uniformes amarillos. Dos de estos se acercaron al avión y empezaron a descargar las maletas. Seguí a los demás pasajeros por los pasillos, acercándome a Migración, a la sección de ALL PASSPORTS, donde una checa de ojos verdes y pelo negro, escrutó mis documentos y me dio la bienvenida en perfecto inglés. Avancé por el pasillo franqueado por una pareja que iba arrastrando una maleta parecida a la mía hasta que arribamos a una de las terminales. A la izquierda, dentro de una casilla, un muchacho cambiaba monedas extranjeras a moneda local. Me puse de último en una fila que se iba alargando a medida que las personas recogían sus maletas. Cambié quinientos euros a coronas checas y enfilé hacia las afueras del aeropuerto.

Estaba bien frío afuera. A la derecha, se distinguían cuatro taxis detenidos con taxistas a un extremo que discutían o se agitaban las manos para darse calor. Un hombre de pelo canoso me preguntó si necesitaba un taxi. Le dije que sí. Una taxista se aproximó y entró mi maleta de mano en el baúl del carro. Se llamaba Gita y era una rubia de unos cuarenta años que hablaba un poco de inglés y que durante todo el trayecto se la pasó preguntándome cosas. Mientras nos adentrábamos a la ciudad, se distinguían los edificios soviéticos con forma de huacales. Frente a nosotros circulaban Ladas, Skodas y Mercedes Benz. Los edificios post soviéticos se sucedían detrás de estos, especies de multifamiliares de veinticinco y treinta pisos. La lluvia caía sobre el cristal delantero y los parabrisas la iban esparciendo.

Ahora pasábamos edificaciones góticas cada vez más sorprendentes. En lo alto se distinguía una antena gigante de observatorio y que Gita me aseguró que desde esa altura la ciudad luce hermosa. Jóvenes con mochilas y paraguas transitaban bajo la lluvia. Gita me dejó, luego de realizar una serie de maniobras y de esquivar un tranvía, frente al Pension Prague City. La lluvia seguía cayendo. La temperatura estaba bien fría. Según me había dicho Gita, se encontraba a dos grados.

En la pensión un montón de personas abarrotaban de extremo a extremo la recepción. Detrás del mostrador, frente a una computadora, un muchacho dientú y de pelo largo le hablaba a una rubia y a un hombre con lentes y barriga prominente. El muchacho explicaba que no había ningún cuarto en la ciudad entera y que lo mejor era que nos fuéramos a pasar esa noche en las afueras. La gente entraba y salía. En ocasiones, daban portazos. Me dirigí al peculiar recepcionista. Mientras hablaba con él, entraron cinco muchachas alemanas que no paraban de reírse y que permanecieron de pie al lado de los muebles. El muchacho se puso a enrollar un cigarro de marihuana, al tiempo que me explicaba que la única opción que tenía era irme a las afueras de la ciudad a un hotel que se llamaba Viena. Acabó de enrollar el cigarro y se puso a fumar. Las muchachas no paraban de reírse y yo en un momento, pensé que se estaban burlando de mí. La rubia y el señor le dijeron que estaban dispuestos a ir al hotel. El muchacho fumaba y le decía que tenían que pagar trescientas coronas checas. Ellos se pusieron a conversar en alemán. Le dije a la rubia que podríamos pagarlo entre ambos. Ella me preguntó de dónde era. Le dije que era dominicano y ella se sonrió y se lo murmuró a su esposo. Este me estrechó la mano. La rubia le dijo al muchacho que primero deseaba echarles un vistazo al hotel y a las habitaciones a ver si valía la pena pagar el dinero. El muchacho le dijo que estaba bien, pero que de esa manera, no le podía garantizar habitación. En cuanto a mí, le pagué el hotel de esa noche y una habitación para el día siguiente en la pensión, ya que desde el domingo iban a tener un montón de habitaciones disponibles. Le dije que retornaría temprano en la mañana a dejar mi maleta, antes de dirigirme al centro de la ciudad. Asintió y continuó fumando lo que quedaba del cigarro. La rubia compró un mapa. El recepcionista apoyó el lapicero en el mapa y fue señalando el recorrido que debíamos hacer para llegar al Hotel Viena. De acuerdo al mapa, el hotel se encontraba en las afueras de la ciudad, en la parte oeste, casi al otro extremo donde nos encontrábamos. Las alemanas seguían sonriéndose y cuchicheando entre ellas. Salí con la rubia y el austriaco, dejando mi maleta en la recepción. Cuando me percaté de eso, volví a buscarla, y cuando las alemanas me vieron se explotaron de la risa. Tomé mi maleta y junto a la rubia y el austriaco, bajamos la Stínéhom hasta donde el minibús azul estaba parqueado.

Me senté en la parte trasera, al lado de otra rubia y de un tipo que no paraba de reír. El austriaco gordo manejaba y no hablaba nada de inglés o español, pero mientras manejaba mencionaba con dificultad los lugares de República Dominicana que había visitado. La otra rubia y su marido también habían estado en la isla, por lo que me miraban interesados y luego miraban la ciudad mojada, a medida que nos internábamos por las edificaciones de la ciudad, y la rubia con el mapa en las manos le decía a su marido que se detuviera, y cuando éste se detenía, ella se apeaba y corría hacia donde alguien, preguntándole acerca de la dirección que el recepcionista de la pensión había trazado. Me acuerdo pasando una calle, rodeada de tiendas, en que ella detuvo a un hombre calvo y con overall quien señaló la calle donde debía doblar. Más adelante, le preguntó a una señora que llevaba su hija al ballet en una calle poco concurrida. Le preguntó, después que su marido dobló una plaza sin saber qué dirección tomar, a una mujer que estaba dentro de un kiosco, a un muchacho con audífonos que esperaba un bus, a una vieja que negó con la cabeza, e incluso al chofer de un bus con quien habló durante largos minutos mientras adentro del minibús los austriacos y la rumana hablaban altísimo y se reían. Seguimos la indicación del chofer del bus y fuimos saliendo de la ciudad que quedaba atrás. Se distinguían los edificios y una que otra torre bajo la ligera lluvia.

Avanzamos por una carretera desolada hasta que aparecieron a ambos extremos vacas pastando. El austriaco gordo dijo que estábamos perdidos y dijo que era una catástrofe. Dio la vuelta y nos dirigimos hasta una estación de gasolina vacía. Los austriacos se rieron. La rubia se apeó del minibús con el mapa, dirigiéndose a la pequeña tienda. Mientras esperábamos, una hermosa muchacha, salió de la tienda y se fue desabotonando sus pantalones holgados con la intención de ponerse en cuchillas y mear, detrás de la tienda, en medio del frío. Entonces la rubia salió, se encogió de hombros y se aproximó al minibús casi corriendo. Aunque el austriaco dio una vuelta por la gasolinera no pudimos distinguir a la muchacha orinando, tan sólo los campos que se extendían con una que otra vaca a todo lo largo y ancho. Volvimos nuevamente a la carretera, tomando la izquierda, atravesando un puente que al rato tuvimos que volver a cruzar en dirección contraria. Debajo de mis pies, botellas plásticas de refresco y agua rodaban de un extremo a otro. La rubia a mi lado seguía sonriéndose. Su esposo se estaba durmiendo. Las dos rubias parecían porn star de los ochentas con excesivo maquillaje, anillos y zapatos chillones. El austriaco le gritaba a la rubia que sostenía el mapa. Finalmente, nos detuvimos en otra gasolinera donde el austriaco llenó el tanque mientras yo entraba en la tienda y me compraba una botella de dos litros de agua. El agua sabía amarga. Entré de nuevo al minibús y en esta ocasión, el austriaco ya tenía una idea de hacia donde estaba el hotel, según me tradujo la rubia, por lo que aceleró el minibús y llegamos a los pocos minutos, después de habernos detenidos en uno que otro lugar a preguntar a checos que no hablaban ni inglés ni alemán.

El hotel VIENA tiene un letrero enorme de neón. Cuando nos apeamos del minibús, el austriaco señaló el letrero, tratando de decirme que él era vienés, pero no supo explicármelo y acabó riéndose y contagiándome su risa. Entramos en el hotel, primero por un pasillo que conducía a un restaurante y desde el que varios hombres sentados en una mesa se quedaron acechándonos con cara de matones a sueldo y con los cuchillos y los tenedores entre las manos. Caminamos entonces por el otro pasillo hasta que llegamos a la recepción. Detrás de un mostrador, estaba una muchacha gorda que casi no hablaba inglés y quien tomó mi recibo y lo selló y me hizo llenar otro, en donde transcribí el número de mi pasaporte, de mi visa, así como mi nombre y mi apellido. Me explicó que el sitio en que nos íbamos a quedar era una pensión que se hallaba unos kilómetros más arriba y que un señor con bigotes que estaba a mi izquierda, nos iba a conducir hacia allá.
Ya la lluvia había cesado. El austriaco manejaba, siguiendo bien de cerca al chofer que avanzaba en su minibús blanco que se internaba por calles que subían y bajaban. A la izquierda se veían hangares, granjas y fábricas abandonadas. Más adelante, estaban las casitas encamaradas en una lomita. Muchos de los tejados el viento los había hecho volar o al menos eso pensábamos nosotros. Llegamos a la pensión. Alguien movió un portón y lo volvió a cerrar. Nos apeamos e ingresamos al patio lleno de gravilla y lodo. Un señor gordo que hablaba perfecto alemán se dirigió a nosotros y nos fue mostrando las habitaciones. Elegí de inmediato, una habitación al lado de la de mis nuevos amigos. Me duché y me cambié de ropa. Al rato, tocaron la puerta. Era el austriaco y su amigo, quienes me condujeron a su habitación, donde la rubia, que estaba en pantis y en brasierre, tradujo lo que decía el austriaco. Ellos iban a bajar a la ciudad, pero antes tenía que comprar dos ticket de bus. Fui a la recepción y pregunté si tenían teléfono. Me dijeron que no tenían. Compré los tickets y el austriaco le pidió al señor que me escribiera en un papel la dirección de la pensión para que se la diera al taxista en mi camino de vuelta. Escribió en un pedazo de cartulina blanco con un marcador rojo, la siguiente dirección: Prag – 6 Starodvorská Lysolaje. En la parte de atrás escribió el nombre de la pensión: SLUNECNICE.

Bien abrigados, caminamos los cincos hasta la parada de bus. El firmamento continuaba gris y a nuestro alrededor volaba uno que otro mirlo. Dos taxis cruzaron frente a nosotros. Al fondo de la calle empinada, una muchacha dentro de un skoda, empezó a tocar la bocina frente al portón de una casa. Por todos lados, se esparcían las casas de uno y dos pisos con tejados rojos. La brisa soplaba casi tibia, debido a que la temperatura, a medida que se hacía más tarde, se iba calentando.

El bus llegó cinco minutos después. Nos subimos y nos sentamos bien cerca. Por la ventana volvía a observar el paisaje silvestre de árboles y casas con tejados rojos de los alrededores. Al poco tiempo, el bus fue llegando a la ciudad, atravesando las paradas que estaban llenas de graffitis y de afiches de Frank Zappa y otros artistas. Nos quedamos en la parada de Dejvická, que era la última parada del bus. Me despedí con abrazos de mis amigos, luego de que me hicieran una invitación formal a Viena y de que me advirtieran que me cuide de los carteristas que por esta época llenaban todas las estaciones de metro y todas las calles de Praga. Seguí entonces derecho hasta las escaleras que descendían a la estación de metro. Al fondo, divisé un policía que le pedía los documentos a una mujer. Doblé a la derecha y descendí la escalera eléctrica con el ticket en la mano. Me quedé mirando el mapa de las estaciones sin comprender el significado de los nombres e imaginándome su significado. El primer tren se fue sin que pudiera alcanzarlo. Traté de montarme en otro que se detenía, pero un policía me sacó, gritando en checo. De seguro gritaba que el tren había llegado a su última parada, debido a que las personas se apeaban de éste y se dispersaban por la estación. Mientras esperaba que pasara el tren del otro extremo, me quedé de pie observando a la gente que se iba aproximando con sus paraguas y sus abrigos para la lluvia. Había un junkie de unos treinta años, que se sentó en uno de los bancos, llevándose las manos a la cara. Varios muchachos llevaban audífonos y había parejas y muchachas con fundas en las manos. El tren llegó y decidí quedarme en la estación Muzeum. Estaba de pie en el metro, rodeado de praguenses sentados y sosteniéndose de los tubos, que aparentaban mirar al vacío.

Subí las escaleras de manera rauda, dejando atrás a las demás personas. A los lados, había afiches de películas, de artículos, de rent cars. Había uno de Martina Navratilova que anunciaba un campeonato de tenis. Subí una escalera más y llegué a la salida del metro. Afuera se avistaba la calle de Muzeum con todas sus tiendas y con las fachadas del museo del lado norte. Varios jóvenes estaban sentados a lo lado de una estatua de santos y monjes y más allá iban y venían los taxis repletos de turistas. Los turistas rondaban con los paraguas cerrados. Demasiados turistas, me dije. Turistas en jeans y con gorra, con abrigos y con trackjackets, turistas que me miraban con el rabillo del ojo cargando sus fundas, turistas mascando chicles y comiendo salchichas. Turistas que hablaban alemán, inglés, francés, italiano. Turistas borrachos y no borrachos. Turistas en parejas y turistas que andaban solos como yo. Turistas en las terrazas y en las tiendas y entrando y saliendo de los casinos. Turistas calvos, turistas con mohawk, turistas hablando por celulares y turistas con caras de psicópatas. Me quedé observando el tranvía en una de las calles adyacentes y la manera en que se mezclaban las franquicias norteamericanas con la arquitectura de la ciudad y los jóvenes que no paraban de beber cerveza. Vi una librería inmensa y Kentucky Fried Chickens y vi casinos y Night Club. Los negros se te acercaban y te preguntaban are u lookin’ for young gals? Muchachas se te acercaban y te preguntaban con acento si sabías hablar inglés y cuando le decía que sí, preguntaban do u want pussy?, o decían do u want sex or a blow job? Yo decía thank u y avanzaba sin mirar atrás.

Cuando uno está recién llegado a una ciudad, empieza a caminar por los sitios de una manera que uno supone está relacionada con el azar, no obstante, con los días uno se da cuenta de que no ha llegado a esos lugares al azar, sino que la ciudad tiene un mecanismo especial, que te va conduciendo por esos sitios de manera automática. Eso me ocurrió esa tarde y gran parte de la noche. Ahora estaba frente a un letrero que invitaba al museo del Comunismo. Ingresé al patio atravesado por unos viejos edificios. En una esquina tenían un McDonald y en frente un teatro. Empujé una puerta, subí una escalera y al final de esta se leían dos rótulos: Museo del Comunismo a la izquierda y Casino a la derecha. Me dirigí al museo. Dos tipos que avanzaban a mi espalda, vociferando, le preguntaron a la recepcionista si éste era el casino. Ella le hizo una seña con un dedo a la derecha. Compré la entrada y entré al recinto. Desde afuera se avistaba una estatua de Lenin y otra de Kart Marx que se apoderaron de mi atención. Había afiches de la época soviética, instrucciones y manuales de cómo se realizaron unas enormes estatuas de Stalin que lo más seguro fueron demolidas tiempo atrás. Iba pasando por los pasillos, seguido por turistas jóvenes que no paraban de hablar y hablar. En un cuarto estaban pasando un video acerca del Movimiento de Terciopelo de finales de los ochentas. En el video se podía ver una multitud de jóvenes protestando y a la policía repartiendo macanazos a las muchachas y a los muchachos que marchaban y gritaban consignas. Al final del documental, dichas imágenes se repiten, seguidas de una canción de fondo, una especie de balada tristona e irónica de un trovador checo. El trovador da las gracias por enseñarnos a equivocarnos, por enseñarnos a tropezar, por enseñarnos a sufrir, al tiempo, que los policías golpean a los jóvenes por las plazas y por la calle Muzeum que yo acababa de pasar. Salí del cuarto de proyección. Dos muchachos españoles y una muchacha estaban delante de mí e iban leyendo lo referente a la Primavera de Praga y a los tanques que sitiaron la ciudad en el 68.

Salí del recinto y caminé hacia la derecha. Ya la noche había caído por la ciudad. Los faroles estaban encendidos y de alguna manera los turistas habían mermado. Estaba ya en la ciudad vieja, completamente adoquinada, cruzando iglesias y torres bajo un firmamento violeta. Le eché un vistazo al famoso reloj de Praga en que van apareciendo los apóstoles, agitando una campanilla, a medida que las horas pasan. Por los alrededores mesas de restaurantes con sus paraguas de cervezas checas. Los turistas en abrigos y jackets pasando. Muchos turistas españoles e italianos. La iglesia del Bambino de Praga remontándose en lo alto. A esa hora estaba cerrada. Mientras uno avanza por la plaza, los pasos de uno resuenan como si uno llevara tacones y me acuerdo que pensé en Kafka y me lo imaginé caminando por los alrededores con su bastón, su sombrero y su capa. Me interné en una de las callejuelas y después de observar los Gift shop con sus títeres colgando por doquier, camisetas y estatuitas del bambino de Praga, llegué nuevamente a Muzeum. Me compré un hot dog en una de los puestos que tienen. Costaba cuarenta coronas. Eran casi las nueve de la noche y los turistas seguían desfilando por la plaza. Los taxistas hacían señas desde sus taxis. Delante de mí, un negro le hablaba a un señor de las mejores putas de Praga. El señor no le prestaba atención y continuaba caminando indiferente.

En la estación de Muzeum, tomé el tren en dirección a Dejvická. Me coloqué en el otro extremo desde donde había tomado el metro. Al principio, no había muchas personas en la plataforma, pero fueron llegando, debido a que el metro que estaba en dirección contraria traía y llevaba gente. A mi lado una pareja joven se besaba. El metro me dejó en la estación de Dejvická. Subí la escalera, pasando a los policías que habían detenido a un muchacho que no tenía transfer. Afuera, en la estación, traté de ver si me acordaba del bus en que había venido de la pensión. Había cinco buses. Las filas que hacían los checos eran bien largas y al pasar a su lado, se quedaban observándome como preguntándose de dónde coño ha salido este pana. Crucé la avenida y fui bordeando la rotonda hacia mano izquierda. Empecé a hacerle señas a los taxis que le daban la vuelta a la rotonda hasta que uno de estos se detuvo. Era un señor de unos setenta y tantos años, que me dijo que hablaba inglés y a quien le pasé la dirección. Las edificaciones y las luces de la ciudad se fueron perdiendo en el cristal trasero. Fuimos de extremo a extremo (al igual que el austriaco en su minibús azul), maldiciendo a medida que los minutos pasaban. Como era de noche, apenas distinguí los lugares en que estábamos. De vez en cuando, el taxista se detenía a preguntar. Cerca de una escuela técnica, le preguntó a un muchacho que andaba con su novia. El muchacho por lo visto no sabía bien y la muchacha de tanto en tanto murmuraba algo. Luego tomamos una diminuta calle, alumbrando con las luces a un montón de muchachos que merodeaban por los lados. El chofer me dijo que eran rusos de una manera despectiva, como se refiere la gente aquí a los haitianos. A medida que el taxi avanzaba estos se apartaban de la calle, deteniéndose a un lado o perdiéndose entre la hierba, detrás de los árboles y la oscuridad. En un momento, el chofer apagó la luz del carro. Me asusté mucho. Me puse paranoico. Me dije este tipo me va a matar y pensé en que me iba a cortar las orejas primero y que me dejaría tirado desnudo entre la hierba. El taxista se apeó y se dirigió a donde estaban los rusos fumando. Hablaron un rato. Los rusos se pusieron a señalar lugares hasta que el chofer dio la media vuelta y se aproximó al carro. Se devolvió, volvió a pasar a los rusos y tomó una calle que le pasa en frente al hotel Viena. Le expliqué entonces que la pensión quedaba cerca. Al rato fue bordeando los hangares y las fábricas y me fui acordando paulatinamente de los lugares, hasta que arribamos. El chofer se llevó las manos a la cabeza, teatralmente, cuando vio el taxímetro y la cantidad de dinero que tenía que pagarle. Me jodió el pendejo, pensé. Le pagué el dinero y corrí al portón, lo abrí y atravesé el patio de gravilla.

lunes 10 de julio de 2006

Trenes rigurosamente vigilados de Bohumil Hrabal


La novela empieza de la siguiente manera. Cierta tarde, durante la ocupación Nazi de Praga, un ala de un avión de caza Alemán destruido, va planeando sobre el pueblo del protagonista. El ala del avión va cayendo y en el pueblo los lugareños se quedan contemplándola, aproximándose poco a poco hacia el lugar donde está supuesta a caer. Cuando se desploma en el suelo, los lugareños arrancan pedazos y chapas que colocarían posteriormente en sus bicicletas y se llevarían como utensilios de cocina.

Narrada en primera persona, Trenes rigurosamente vigilados cuenta de una manera épica los últimos días de dominio nazi en las afueras de la ciudad de Praga. El narrador, un jovencito llamado Milos, va contando de una manera desenfadada y a una velocidad vertiginosa lo que acontece en esos días. Cuenta la historia de su bisabuelo pensionado desde su juventud, que se emborrachaba delante de la gente que trabaja, insultándolos, por el sencillo hecho de que ellos trabajaban y él no. Al bisabuelo lo molían a golpes y el abuelo tenía que buscarlo y llevarlo a casa en una carretilla, hasta que a los ochenta y tantos años, se puso a burlarse de unos obreros que lo molieron a golpes y lo mataron. Cuenta de su abuelo que era hipnotizador y que intentó en cierta ocasión detener el avance de los tanques alemanes, hipnotizándolos, a medida que avanzaba hacia ellos. Finalmente, uno de los tanques le pasa por arriba. También, Milos cuenta de su oficio en la estación de tren, de los trenes de los nazis que pasan con soldados en todos los vagones y de los tristes vagones que pasan con vacas, corderos y cerdos en dirección al matadero. Y por supuesto, la historia del factor Hubicka, conocido en el pueblo, por haberle tatuado el culo con todos los sellos del correo a una telegrafista. ¿Cómo hizo esto? Puso a la telegrafista en cuatro patas, le levantó la falda y con el aparato de poner sellos fue colocándole uno a uno los sellos en el culo.

Bohumil Hrabal es un escritor checo que empezó a publicar sus libros en los sesenta y que fue censurado maquiavélicamente por el régimen comunista. Dos de sus libros fueron destruidos en la imprenta. En una visita que el escritor Heinrich Boll - en ese entonces presidente del Pen Club - hizo a la taberna favorita de Hrabal en Praga, llamada El Tigre de Oro, increpó a éste sobre la situación de los artistas checoslovacos. Hrabal, como un estoico, dijo que todas las protestas las elevaba contra sí mismo por no haber escrito una obra meritoria. "En cuanto a mí, no me voy a quejar", dijo Hrabal frente a un Boll que lo miraba estupefacto.

En 1997, ya anciano, Bohumil Hrabal, se cayó desde una ventana del hospital. Nunca se supo si se había suicidado o si se había acercado a la ventana a darle de comer a una paloma extraviada.