
martes 7 de noviembre de 2006
lunes 6 de noviembre de 2006
KAFKANISMO
es Santo Domingo
sin embargo la ciudad kafkiana por excelencia
donde Kafka escribió su obra es Praga
pero Londres es una ciudad kafkiana
con su gente tosiendo en la lluvia y sus taxis
Paris es una ciudad antikafkiana
como bien sabemos
pero pongámoslo claro
antes que se acabe el poema
Santo Domingo es de Kafka
y no importa que los críticos kafkianos
ignoren este punto el mensaje es claro
KAFKIANOS DEL TERCER MUNDO UNANSE
domingo 5 de noviembre de 2006
Praga (5)
Desayuné con cereal, pan y jugo de naranja. En la cocina, un niño y su padre, lavaban los platos. Un chino comía en la mesa a mi derecha. Unos franceses que entraron sin saludar, se sentaron casi a mi lado. Salí, a eso de las ocho y media, entré en la recepción del hotel y le pedí al señor con lentes que me llamara a un taxi de la compañía AAA. Esperé unos minutos en el lobby. Entró una muchacha de pelo de escoba, que era la encargada de limpieza y que sacó un sándwich inmenso de una funda. Se sentó a mi lado. Tenía un bajo a mofeta. Al parecer, tenía dos semanas sin bañarse. Se empezó a quitar los tenis. Tuve que salir afuera, a esperar el taxi en la acera.
Llegué al rato a la reunión del ISSP en el edificio de la Academia de Ciencias. Al llegar, me abordaron nuevamente las muchachas rubias en el primer piso. La reunión se iba a celebrar en un salón que estaba justo al lado de donde se habían presentado las intervenciones del día anterior. Al entrar, el secretario General del ISSP, me tendió la mano y me dio la bienvenida al evento. Posteriormente hablé con él y con la señora Janet Harkness, a quien conocía anteriormente y que me presentó al delegado de Irlanda.

La reunión se acabó a las cinco en punto de la tarde. Salí en esta ocasión por la Narodni, tomando la avenida que bordea el río, bajo el firmamento azul. A diferencia de los días anteriores, la tarde estaba bien agradable y la luz que se esparcía al derredor, le ponía colores a las hojas de los árboles y a la corriente del río. Avanzaba casi tocando la barandilla del río con mis audífonos puestos, el viento despeinándome y los paisajes a izquierda y derecha que no me cabían en los ojos. Los turistas y la gente bebía cerveza frente al río o los praguenses paseaban sus perros o pasaban en los tranvías atestados o se montaban en los barcos que atravesaban el río. Cerca del pu
ente Carlos hay varios restaurantes y cafés donde la gente va a beber cerveza, pero al mismo tiempo, tienen gift shops y pizzerías. Pasé frente al Museo de las Máquinas de torturas, pero no me atreví a entrar, aunque subí arriba y me quedé leyendo algo en la pared mientras un muchacho acodado tras las rejas de la taquilla, me estudiaba con la mirada. Fui de nuevo por el puente de Carlos, entre los jóvenes con mochilas y gafas, a presenciar la vida que bullía constantemente y a perderme entre ellos. Subí de nuevo al castillo y merodeé por los alrededores. Doce turistas suecas me tocaron el hombro y me preguntaron de dónde venía. Cuando les dije se echaron a reír entre ellas y me pidieron que les tirara una foto. 
Bajé de nuevo por los escalones, seguido de los demás turistas. El sol se iba poniendo a medida que llegaba al puente de Carlos. Mientras el sol se ponía en el puente de Carlos, el firmamento tomó un tono morado y desgarrado, el sol parecía desfigurado, brillando tras un manto de niebla y de tonalidades difusas. Había un señor tocando un clavicordio a turistas menopáusicas. Varios de los muchachos praguenses tocaban percusiones. Otros se sentaban al lado de las estatuas a beber vino.
Volví a la pensión y me encontré en la recepción con dos cubanos negros que discutían con el recepcionista. Empezamos a hablar. Me preguntaron acerca de la isla. Ellos trabajaban en un club de son que hay en una de las plazas más grandes de Praga. Me dijeron que eso estaba lleno de niñas lindas. Me repitieron eso cinco veces y me dijeron que habían conocido al cónsul dominicano en Praga. Me despedí de ellos y subí a la habitación. Al rato bajé a la recepción y le pregunté al recepcionista rubio qué pensaba del cabaret Ámsterdam que estaba en la esquina, qué si era seguro y no me iban a romper una silla en la cabeza. Me dijo que no había problemas y que había un destacamento a una cuadra que mantenía vigilado todo el vecindario. Sin embargo, me explicó que había uno de mayor calidad a unas esquinas llamado Cabaret Extasis que se encontraba a dos cuadras de la Pensión. Le dije que solamente quería observar, pero el recepcionista se rió y me dio un ticket que costaba cincuenta coronas. Salí y caminé las dos cuadras. Doblé a la izquierda y me salió al paso el letrero del cabaret, entre multifamiliares y restaurantes. A esa hora la calle estaba solitaria. Mientras descendía pensaba en atracadores y en asesinos que pudieran saltar de las sombras o de cualquier marquesina.
Para entrar en el cabaret Extasis se entra por un parqueo y se sigue una flecha que conduce hacia una puerta con verja. La música del Cabaret se escucha nítidamente. Frente a la puerta, esperé con el ticket, a que alguien se aproximara y me invitara a pasar. Después de un minuto, un tipo calvo y fornido se acercó. Le pasé el ticket. Me dijo que lo siguiera por unos pasillos. Caminamos juntos hasta que llegué a una especie de bar donde varias mujeres semidesnudas pululaban entre las mesas y el mostrador. El tipo calvo me dijo que hablara con las muchachas si deseaba cualquier cosa. Al fondo de las mesas que se alineaban, a un borde del mostrador, había un escenario donde las muchachas subían a bailar, agarradas de un tubo. Se trataba de ocho mujeres. El bartender y yo éramos los únicos hombres. Había una jeva ajada y desgastada que estaba bailando. La mesera se me acercó y me trajo una cerveza. Las muchachas rubias bebían cerveza y me miraban sonrientes. Tenían las axilas velludas. Una de cabello negro y lentes me guiñó el ojo y se dirigió a bailar al escenario. Parecía que no la bailaron cuando niña. Otra rubia se me acercó y me preguntó algo en checo. Yo asentí y ella me mira como si fuera un retardado. Ahora bailaba una muchacha delgada, que al parecer tenía previa experiencia, ya que bailaba bien y se encaramaba y se enroscaba en el tubo. En ese momento, llegó un muchacho de unos veinte y tantos que se puso a beber cerveza mirando la que bailaba. La del pelo negro y los lentes se me acercó y me preguntó si estaba interesado en ella. Le dije que sólo había venido a ver. Tenía los dientes grises, gastados, como si se hubiera pasado su corta vida fumando. El muchacho desapareció con una muchacha. Cuando acabé mi cerveza, salí del cabaret y llegué a la pensión.
No me pude dormir de inmediato. Me quedé mirando una película en que
Jack Nicholson hablaba en checo. A la hora me dormí.
sábado 4 de noviembre de 2006
Praga(4)

ica. Parecía una de las muchas estatuas mirando hacia el río. A su lado, tres muchachos escuchaban al checo y le aplaudían cuando acababa las canciones. En un momento, ella se marchó sin que nadie se percatara.viernes 3 de noviembre de 2006
Praga(3)

Frente a la tumba de Franz Kafka
Sin duda alguna, uno de los textos que más interpretaciones kafkianas sigue provocando, es el titulado Un sueño, que aparece en el apéndice de algunas ediciones de la novela El Proceso y en el libro de relatos, La Condena. En el texto se relata un sueño de K, alter ego de Franz Kafka. Hagamos un rápido resumen del texto. Es un hermoso día y K sale a pasear. Da unos pasos y se encuentra de repente en un cementerio. Distingue una tumba recién cubierta que atrae poderosamente su atención. Al avanzar, tropieza y cae de rodillas frente a la tumba. En ese momento, dos hombres que tenían levantadas una lápida, la dejan caer y ésta se adhiere al terreno perfectamente. Al rato se acerca un artista que empieza a escribir una inscripción sobre la lápida. Mientras éste transcribe las letras, K se echa a llorar con las manos cubriéndole la cara. Llora porque sabe que esa es su tumba y que está a punto de morir, o puede que llore por otra cosa, debido a que como suele ocurrir en la atmósfera de los sueños, todo se torna confuso e inesperado. En un momento, el artista golpea el montículo separando la tierra, lo que lleva al mismo K a cavar con sus manos hasta que la delgada capa de tierra cede y éste empieza a caer vertiginosamente al vacío, observando de paso que sobre la lápida acaban de escribir su nombre completo. Justo en ese instante, despierta. En la portada de la edición de Alianza Editorial aparece la difusa figura de un hombre que cae boca arriba en el vacío.
Hace unos días volví a leer dicho texto, recordando el momento en que estuve frente a la tumba de Franz Kafka en Praga. Desde entonces lo he estado leyendo una y otra vez, como si hubiese descubierto un nuevo símbolo o como si el cementerio en que se encuentra enterrado Kafka fuese el mismo cementerio que soñó K en el texto. Sin embargo, no es así, y cada vez que lo leo, el significado se torna más ambiguo hasta que me canso de leerlo y me dan ganas de tomar el libro y arrojarlo contra la pared.
Al tercer día de estar en Praga, llegué al cementerio judío, luego de que una señora en el museo de la casa donde nació Kafka, me escribiera en un papel la dirección. El cementerio está frente a una estación de metro llamada Zelivskeho. Afuera los autobuses vienen y van, llevando y dejando personas. Del otro lado de la estación, hay una avenida y cruzando la avenida otro cementerio. Ingresé por una puerta lateral y esperé unos minutos hasta que desde la sinagoga una anciana se fue aproximando. Casi no hablaba inglés, pero me explicó de una manera concisa que debía cubrirme la cabeza con la kipa y al decirlo señalaba una canasta donde había varias amontonadas. Me explicó que la tumba de Franz Kafka se encuentra justo en la sección 21, que enfrente de la tumba hay una placa dejada por su amigo Max Brod y que el cementerio lo cierran a las seis de la tarde. Avancé entonces hasta la tumba, palpándome la cabeza, asegurándome de que el viento no echara a volar la kipa. Entre las ramas de los árboles por donde se filtraba el sol, los pájaros silbaban. Casi en frente de una verja, se distingue la tumba. No había kafkianos por los alrededores, aunque cuando me aproximaba distinguí un muchacho y una muchacha con mochilas que al parecer se perdieron entre la vegetación y el laberinto de tumbas. Llegué a la tumba kafkiana y me quedé ahí de pie, observando, como si aguardara que Kafka en persona saliera de su tumba y me diera un abrazo. Traté de escribir un poema, sentado en un banco que está a un extremo de la tumba, pero me quedó malísimo. Creo que mencionaba cuervos que graznaban en algún verso. No recuerdo. Lo que sí recuerdo es que esa noche, acostado en el cuarto de la Pensión, soñé con Franz Kafka en el puente de Carlos mirando hacia el río Moldava, apoyándose en su bastón, dándome la espalda, diciéndome que acababa de escupir sangre la noche anterior y que pronto iba a morir.
De vez en cuando miro las fotos de la tumba de Kafka. A veces las miro y leo al mismo tiempo Un sueño, pensando que la tumba del texto es la misma donde de
scansa Kafka, y pienso en las demás tumbas del cementerio judío que nadie visita y en los nazis que masacraron la prole de los que ocupan esas tumbas y cómo éstas son parcialmente visitadas por kafkianos que vienen de todas partes del mundo a ver la tumba del mejor escritor del siglo pasado. Resulta paradójico y triste que Kafka, quien nunca tuvo hijos, sea el que tenga más descendencia de todos los que se encuentran enterrados en el cementerio judío. De eso me di cuenta, parado frente a la tumba. Mientras los montículos de las demás tumbas estaban cubiertos por la yerba y las enredaderas, el montículo de la tumba kafkiana estaba lleno de piedras, velones y una que otra flor marchita que los kafkianos de todo el mundo traían en procesión. Antes de irme, me aproximé a la tumba y dejé una piedra sobre el montículo. Eran casi las seis. El cementerio seguía solitario. Publicado en la Revista Ping Pong número 2
jueves 2 de noviembre de 2006
Praga (2)

Do you want pussy?
Llego a un centro de Internet. Tres hombres, esparcidos entre los cubículos, teclean las computadoras. Le hago una seña a la encargada, una muchacha con el arito en la nariz para que me abra. Le explico mi situación y ella se pone las manos en la cintura y me mira. Estoy cerrando, me explica, pero al minuto me dice que pase y que lo haga rápido. Entro a Internet, copio la dirección de la pensión en una servilleta y salgo. Les paso la dirección a varios taxistas que se niegan hasta que un taxista con un palillo entre los dientes me dice que está bien, que me monte y que me va a cobrar quinientas coronas. Le digo que cuatrocientas. Me está estafando, pienso, pero tengo tantas ganas de llegar a la pensión, que le digo que no hay problemas y me monto. El taxista tiene el folleto de un cabaret en la guantera y me lo muestra.
Do you want pussy?, me pregunta.
miércoles 1 de noviembre de 2006
Praga (1)

Llegué a Praga en un avión de Air France, después de haber hecho escala en el aeropuerto Charles de Gaulle de Paris. A mi izquierda estaba sentado un checo que recordaba un actor de una película de Krzysztof Kieslowski. El día estaba nublado y los jirones de nubes se deshacían, por lo que de vez en cuando se distinguía uno que otro edificio en miniatura o terrenos verdes que las nubes ocultaban. Cuando el avión aterrizó, esperé que todos descendieran, para de esa manera bajar mi maleta y mi chaqueta del compartimiento.
El aeropuerto de Praga se llama Ruzyne. A través de la pista cruzaban los empleados con sus uniformes amarillos. Dos de estos se acercaron al avión y empezaron a descargar las maletas. Seguí a los demás pasajeros por los pasillos, acercándome a Migración, a la sección de ALL PASSPORTS, donde una checa de ojos verdes y pelo negro, escrutó mis documentos y me dio la bienvenida en perfecto inglés. Avancé por el pasillo franqueado por una pareja que iba arrastrando una maleta parecida a la mía hasta que arribamos a una de las terminales. A la izquierda, dentro de una casilla, un muchacho cambiaba monedas extranjeras a moneda local. Me puse de último en una fila que se iba alargando a medida que las personas recogían sus maletas. Cambié quinientos euros a coronas checas y enfilé hacia las afueras del aeropuerto.
Estaba bien frío afuera. A la derecha, se distinguían cuatro taxis detenidos con taxistas a un extremo que discutían o se agitaban las manos para darse calor. Un hombre de pelo canoso me preguntó si necesitaba un taxi. Le dije que sí. Una taxista se aproximó y entró mi maleta de mano en el baúl del carro. Se llamaba Gita y era una rubia de unos cuarenta años que hablaba un poco de inglés y que durante todo el trayecto se la pasó preguntándome cosas. Mientras nos adentrábamos a la ciudad, se distinguían los edificios soviéticos con forma de huacales. Frente a nosotros circulaban Ladas, Skodas y Mercedes Benz. Los edificios post soviéticos se sucedían detrás de estos, especies de multifamiliares de veinticinco y treinta pisos. La lluvia caía sobre el cristal delantero y los parabrisas la iban esparciendo.
Ahora pasábamos edificaciones góticas cada vez más sorprendentes. En lo alto se distinguía una antena gigante de observatorio y que Gita me aseguró que desde esa altura la ciudad luce hermosa. Jóvenes con mochilas y paraguas transitaban bajo la lluvia. Gita me dejó, luego de realizar una serie de maniobras y de esquivar un tranvía, frente al Pension Prague City. La lluvia seguía cayendo. La temperatura estaba bien fría. Según me había dicho Gita, se encontraba a dos grados.
En la pensión un montón de personas abarrotaban de extremo a extremo la recepción. Detrás del mostrador, frente a una computadora, un muchacho dientú y de pelo largo le hablaba a una rubia y a un hombre con lentes y barriga prominente. El muchacho explicaba que no había ningún cuarto en la ciudad entera y que lo mejor era que nos fuéramos a pasar esa noche en las afueras. La gente entraba y salía. En ocasiones, daban portazos. Me dirigí al peculiar recepcionista. Mientras hablaba con él, entraron cinco muchachas alemanas que no paraban de reírse y que permanecieron de pie al lado de los muebles. El muchacho se puso a enrollar un cigarro de marihuana, al tiempo que me explicaba que la única opción que tenía era irme a las afueras de la ciudad a un hotel que se llamaba Viena. Acabó de enrollar el cigarro y se puso a fumar. Las muchachas no paraban de reírse y yo en un momento, pensé que se estaban burlando de mí. La rubia y el señor le dijeron que estaban dispuestos a ir al hotel. El muchacho fumaba y le decía que tenían que pagar trescientas coronas checas. Ellos se pusieron a conversar en alemán. Le dije a la rubia que podríamos pagarlo entre ambos. Ella me preguntó de dónde era. Le dije que era dominicano y ella se sonrió y se lo murmuró a su esposo. Este me estrechó la mano. La rubia le dijo al muchacho que primero deseaba echarles un vistazo al hotel y a las habitaciones a ver si valía la pena pagar el dinero. El muchacho le dijo que estaba bien, pero que de esa manera, no le podía garantizar habitación. En cuanto a mí, le pagué el hotel de esa noche y una habitación para el día siguiente en la pensión, ya que desde el domingo iban a tener un montón de habitaciones disponibles. Le dije que retornaría temprano en la mañana a dejar mi maleta, antes de dirigirme al centro de la ciudad. Asintió y continuó fumando lo que quedaba del cigarro. La rubia compró un mapa. El recepcionista apoyó el lapicero en el mapa y fue señalando el recorrido que debíamos hacer para llegar al Hotel Viena. De acuerdo al mapa, el hotel se encontraba en las afueras de la ciudad, en la parte oeste, casi al otro extremo donde nos encontrábamos. Las alemanas seguían sonriéndose y cuchicheando entre ellas. Salí con la rubia y el austriaco, dejando mi maleta en la recepción. Cuando me percaté de eso, volví a buscarla, y cuando las alemanas me vieron se explotaron de la risa. Tomé mi maleta y junto a la rubia y el austriaco, bajamos la Stínéhom hasta donde el minibús azul estaba parqueado.
Me senté en la parte trasera, al lado de otra rubia y de un tipo que no paraba de reír. El austriaco gordo manejaba y no hablaba nada de inglés o español, pero mientras manejaba mencionaba con dificultad los lugares de República Dominicana que había visitado. La otra rubia y su marido también habían estado en la isla, por lo que me miraban interesados y luego miraban la ciudad mojada, a medida que nos internábamos por las edificaciones de la ciudad, y la rubia con el mapa en las manos le decía a su marido que se detuviera, y cuando éste se detenía, ella se apeaba y corría hacia donde alguien, preguntándole acerca de la dirección que el recepcionista de la pensión había trazado. Me acuerdo pasando una calle, rodeada de tiendas, en que ella detuvo a un hombre calvo y con overall quien señaló la calle donde debía doblar. Más adelante, le preguntó a una señora que llevaba su hija al ballet en una calle poco concurrida. Le preguntó, después que su marido dobló una plaza sin saber qué dirección tomar, a una mujer que estaba dentro de un kiosco, a un muchacho con audífonos que esperaba un bus, a una vieja que negó con la cabeza, e incluso al chofer de un bus con quien habló durante largos minutos mientras adentro del minibús los austriacos y la rumana hablaban altísimo y se reían. Seguimos la indicación del chofer del bus y fuimos saliendo de la ciudad que quedaba atrás. Se distinguían los edificios y una que otra torre bajo la ligera lluvia.
Avanzamos por una carretera desolada hasta que aparecieron a ambos extremos vacas pastando. El austriaco gordo dijo que estábamos perdidos y dijo que era una catástrofe. Dio la vuelta y nos dirigimos hasta una estación de gasolina vacía. Los austriacos se rieron. La rubia se apeó del minibús con el mapa, dirigiéndose a la pequeña tienda. Mientras esperábamos, una hermosa muchacha, salió de la tienda y se fue desabotonando sus pantalones holgados con la intención de ponerse en cuchillas y mear, detrás de la tienda, en medio del frío. Entonces la rubia salió, se encogió de hombros y se aproximó al minibús casi corriendo. Aunque el austriaco dio una vuelta por la gasolinera no pudimos distinguir a la muchacha orinando, tan sólo los campos que se extendían con una que otra vaca a todo lo largo y ancho. Volvimos nuevamente a la carretera, tomando la izquierda, atravesando un puente que al rato tuvimos que volver a cruzar en dirección contraria. Debajo de mis pies, botellas plásticas de refresco y agua rodaban de un extremo a otro. La rubia a mi lado seguía sonriéndose. Su esposo se estaba durmiendo. Las dos rubias parecían porn star de los ochentas con excesivo maquillaje, anillos y zapatos chillones. El austriaco le gritaba a la rubia que sostenía el mapa. Finalmente, nos detuvimos en otra gasolinera donde el austriaco llenó el tanque mientras yo entraba en la tienda y me compraba una botella de dos litros de agua. El agua sabía amarga. Entré de nuevo al minibús y en esta ocasión, el austriaco ya tenía una idea de hacia donde estaba el hotel, según me tradujo la rubia, por lo que aceleró el minibús y llegamos a los pocos minutos, después de habernos detenidos en uno que otro lugar a preguntar a checos que no hablaban ni inglés ni alemán.
El hotel VIENA tiene un letrero enorme de neón. Cuando nos apeamos del minibús, el austriaco señaló el letrero, tratando de decirme que él era vienés, pero no supo explicármelo y acabó riéndose y contagiándome su risa. Entramos en el hotel, primero por un pasillo que conducía a un restaurante y desde el que varios hombres sentados en una mesa se quedaron acechándonos con cara de matones a sueldo y con los cuchillos y los tenedores entre las manos. Caminamos entonces por el otro pasillo hasta que llegamos a la recepción. Detrás de un mostrador, estaba una muchacha gorda que casi no hablaba inglés y quien tomó mi recibo y lo selló y me hizo llenar otro, en donde transcribí el número de mi pasaporte, de mi visa, así como mi nombre y mi apellido. Me explicó que el sitio en que nos íbamos a quedar era una pensión que se hallaba unos kilómetros más arriba y que un señor con bigotes que estaba a mi izquierda, nos iba a conducir hacia allá.
Ya la lluvia había cesado. El austriaco manejaba, siguiendo bien de cerca al chofer que avanzaba en su minibús blanco que se internaba por calles que subían y bajaban. A la izquierda se veían hangares, granjas y fábricas abandonadas. Más adelante, estaban las casitas encamaradas en una lomita. Muchos de los tejados el viento los había hecho volar o al menos eso pensábamos nosotros. Llegamos a la pensión. Alguien movió un portón y lo volvió a cerrar. Nos apeamos e ingresamos al patio lleno de gravilla y lodo. Un señor gordo que hablaba perfecto alemán se dirigió a nosotros y nos fue mostrando las habitaciones. Elegí de inmediato, una habitación al lado de la de mis nuevos amigos. Me duché y me cambié de ropa. Al rato, tocaron la puerta. Era el austriaco y su amigo, quienes me condujeron a su habitación, donde la rubia, que estaba en pantis y en brasierre, tradujo lo que decía el austriaco. Ellos iban a bajar a la ciudad, pero antes tenía que comprar dos ticket de bus. Fui a la recepción y pregunté si tenían teléfono. Me dijeron que no tenían. Compré los tickets y el austriaco le pidió al señor que me escribiera en un papel la dirección de la pensión para que se la diera al taxista en mi camino de vuelta. Escribió en un pedazo de cartulina blanco con un marcador rojo, la siguiente dirección: Prag – 6 Starodvorská Lysolaje. En la parte de atrás escribió el nombre de la pensión: SLUNECNICE.
Bien abrigados, caminamos los cincos hasta la parada de bus. El firmamento continuaba gris y a nuestro alrededor volaba uno que otro mirlo. Dos taxis cruzaron frente a nosotros. Al fondo de la calle empinada, una muchacha dentro de un skoda, empezó a tocar la bocina frente al portón de una casa. Por todos lados, se esparcían las casas de uno y dos pisos con tejados rojos. La brisa soplaba casi tibia, debido a que la temperatura, a medida que se hacía más tarde, se iba calentando.
El bus llegó cinco minutos después. Nos subimos y nos sentamos bien cerca. Por la ventana volvía a observar el paisaje silvestre de árboles y casas con tejados rojos de los alrededores. Al poco tiempo, el bus fue llegando a la ciudad, atravesando las paradas que estaban llenas de graffitis y de afiches de Frank Zappa y otros artistas. Nos quedamos en la parada de Dejvická, que era la última parada del bus. Me despedí con abrazos de mis amigos, luego de que me hicieran una invitación formal a Viena y de que me advirtieran que me cuide de los carteristas que por esta época llenaban todas las estaciones de metro y todas las calles de Praga. Seguí entonces derecho hasta las escaleras que descendían a la estación de metro. Al fondo, divisé un policía que le pedía los documentos a una mujer. Doblé a la derecha y descendí la escalera eléctrica con el ticket en la mano. Me quedé mirando el mapa de las estaciones sin comprender el significado de los nombres e imaginándome su significado. El primer tren se fue sin que pudiera alcanzarlo. Traté de montarme en otro que se detenía, pero un policía me sacó, gritando en checo. De seguro gritaba que el tren había llegado a su última parada, debido a que las personas se apeaban de éste y se dispersaban por la estación. Mientras esperaba que pasara el tren del otro extremo, me quedé de pie observando a la gente que se iba aproximando con sus paraguas y sus abrigos para la lluvia. Había un junkie de unos treinta años, que se sentó en uno de los bancos, llevándose las manos a la cara. Varios muchachos llevaban audífonos y había parejas y muchachas con fundas en las manos. El tren llegó y decidí quedarme en la estación Muzeum. Estaba de pie en el metro, rodeado de praguenses sentados y sosteniéndose de los tubos, que aparentaban mirar al vacío.
Subí las escaleras de manera rauda, dejando atrás a las demás personas. A los lados, había afiches de películas, de artículos, de rent cars. Había uno de Martina Navratilova que anunciaba un campeonato de tenis. Subí una escalera más y llegué a la salida del metro. Afuera se avis
taba la calle de Muzeum con todas sus tiendas y con las fachadas del museo del lado norte. Varios jóvenes estaban sentados a lo lado de una estatua de santos y monjes y más allá iban y venían los taxis repletos de turistas. Los turistas rondaban con los paraguas cerrados. Demasiados turistas, me dije. Turistas en jeans y con gorra, con abrigos y con trackjackets, turistas que me miraban con el rabillo del ojo cargando sus fundas, turistas mascando chicles y comiendo salchichas. Turistas que hablaban alemán, inglés, francés, italiano. Turistas borrachos y no borrachos. Turistas en parejas y turistas que andaban solos como yo. Turistas en las terrazas y en las tiendas y entrando y saliendo de los casinos. Turistas calvos, turistas con mohawk, turistas hablando por celulares y turistas con caras de psicópatas. Me quedé observando el tranvía en una de las calles adyacentes y la manera en que se mezclaban las franquicias norteamericanas con la arquitectura de la ciudad y los jóvenes que no paraban de beber cerveza. Vi una librería inmensa y Kentucky Fried Chickens y vi casinos y Night Club. Los negros se te acercaban y te preguntaban are u lookin’ for young gals? Muchachas se te acercaban y te preguntaban con acento si sabías hablar inglés y cuando le decía que sí, preguntaban do u want pussy?, o decían do u want sex or a blow job? Yo decía thank u y avanzaba sin mirar atrás.Cuando uno está recién llegado a una ciudad, empieza a caminar por los sitios de una manera que uno supone está relacionada con el azar, no obstante, con los días uno se da cuenta de que no ha llegado a esos lugares al azar, sino que la ciudad tiene un mecanismo especial, que te va conduciendo por esos sitios de manera automática. Eso me ocurrió esa tarde y gran parte de la noche. Ahora estaba frente a un letrero que invitaba al museo del Comunismo. Ingresé al patio atravesado por unos viejos edificios. En una esquina tenían un McDonald y en frente un teatro. Empujé una puerta, subí una escalera y al final de esta se leían dos rótulos: Museo del Comunismo a la izquierda y Casino a la derecha. Me dirigí al museo. Dos tipos que avanzaban a mi espalda, vociferando, le preguntaron a la recepcionista si éste era el casino. Ella le hizo una seña con un dedo a la derecha. Compré la entrada y entré al recinto. Desde afuera se avistaba una estatua de Lenin y otra de Kart Marx que se apoderaron de mi atención. Había afiches de la época soviética, instrucciones y manuales de cómo se realizaron unas enormes estatuas de Stalin que lo más seguro fueron demolidas tiempo atrás. Iba pasando por los pasillos, seguido por turistas jóvenes que no paraban de hablar y hablar. En un cuarto estaban pasando un video acerca del Movimiento de Terciopelo de finales de los ochentas. En el video se podía ver una multitud de jóvenes protestando y a la policía repartiendo macanazos a las muchachas y a los muchachos que marchaban y gritaban consignas. Al final del documental, dichas imágenes se repiten, seguidas de una canción de fondo, una especie de balada tristona e irónica de un trovador checo. El trovador da las gracias por enseñarnos a equivocarnos, por enseñarnos a tropezar, por enseñarnos a sufrir, al tiempo, que los policías golpean a los jóvenes por las plazas y por la calle Muzeum que yo acababa de pasar. Salí del cuarto de proyección. Dos muchachos españoles y una muchacha estaban delante de mí e iban leyendo lo referente a la Primavera de Praga y a los tanques que sitiaron la ciudad en el 68.
Salí del recinto y caminé hacia la derecha. Ya la noche había caído por la ciudad. Los faroles estaban encendidos y de alguna manera los turistas habían mermado. Estaba ya en la ciudad vieja, completamente adoquinada, cruzando iglesias y torres bajo un firmamento violeta. Le eché un vistazo al famoso reloj de Praga en que van apareciendo los apóstoles, agitando una campanilla, a medida que las horas pasan. Por los alrededores mesas de restaurantes con sus paraguas de cervezas checas. Los turistas en abrigos y jackets pasando. Muchos turistas españoles e italianos. La iglesia del Bambino de Praga remontándose en lo alto. A esa hora estaba cerrada. Mientras uno avanza por la plaza, los pasos de uno resuenan como si uno llevara tacones y me acuerdo que pensé en Kafka y me lo imaginé caminando por los alrededores con su bastón, su sombrero y su capa. Me interné en una de las callejuelas y después de observar los Gift shop con sus títeres colgando por doquier, camisetas y estatuitas del bambino de Praga, llegué nuevamente a Muzeum. Me compré un hot dog en una de los puestos que tienen. Costaba cuarenta coronas. Eran casi las nueve de la noche y los turistas seguían desfilando por la plaza. Los taxistas hacían señas desde sus taxis. Delante de mí, un negro le hablaba a un señor de las mejores putas de Praga. El señor no le prestaba atención y continuaba caminando indiferente.
En la estación de Muzeum, tomé el tren en dirección a Dejvická. Me coloqué en el otro extremo desde donde había tomado el metro. Al principio, no había muchas personas en la plataforma, pero fueron llegando, debido a que el metro que estaba en dirección contraria traía y llevaba gente. A mi lado una pareja joven se besaba. El metro me dejó en la estación de Dejvická. Subí la escalera, pasando a los policías que habían detenido a un muchacho que no tenía transfer. Afuera, en la estación, traté de ver si me acordaba del bus en que había venido de la pensión. Había cinco buses. Las filas que hacían los checos eran bien largas y al pasar a su lado, se quedaban observándome como preguntándose de dónde coño ha salido este pana. Crucé la avenida y fui bordeando la rotonda hacia mano izquierda. Empecé a hacerle señas a los taxis que le daban la vuelta a la rotonda hasta que uno de estos se detuvo. Era un señor de unos setenta y tantos años, que me dijo que hablaba inglés y a quien le pasé la dirección. Las edificaciones y las luces de la ciudad se fueron perdiendo en el cristal trasero. Fuimos de extremo a extremo (al igual que el austriaco en su minibús azul), maldiciendo a medida que los minutos pasaban. Como era de noche, apenas distinguí los lugares en que estábamos. De vez en cuando, el taxista se detenía a preguntar. Cerca de una escuela técnica, le preguntó a un muchacho que andaba con su novia. El muchacho por lo visto no sabía bien y la muchacha de tanto en tanto murmuraba algo. Luego tomamos una diminuta calle, alumbrando con las luces a un montón de muchachos que merodeaban por los lados. El chofer me dijo que eran rusos de una manera despectiva, como se refiere la gente aquí a los haitianos. A medida que el taxi avanzaba estos se apartaban de la calle, deteniéndose a un lado o perdiéndose entre la hierba, detrás de los árboles y la oscuridad. En un momento, el chofer apagó la luz del carro. Me asusté mucho. Me puse paranoico. Me dije este tipo me va a matar y pensé en que me iba a cortar las orejas primero y que me dejaría tirado desnudo entre la hierba. El taxista se apeó y se dirigió a donde estaban los rusos fumando. Hablaron un rato. Los rusos se pusieron a señalar lugares hasta que el chofer dio la media vuelta y se aproximó al carro. Se devolvió, volvió a pasar a los rusos y tomó una calle que le pasa en frente al hotel Viena. Le expliqué entonces que la pensión quedaba cerca. Al rato fue bordeando los hangares y las fábricas y me fui acordando paulatinamente de los lugares, hasta que arribamos. El chofer se llevó las manos a la cabeza, teatralmente, cuando vio el taxímetro y la cantidad de dinero que tenía que pagarle. Me jodió el pendejo, pensé. Le pagué el dinero y corrí al portón, lo abrí y atravesé el patio de gravilla.
