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jueves 12 de abril de 2007

El cuarto número de la REVISTA PING PONG

Ya el cuarto número de la Revista Ping Pong se encuentra en línea. Esta edición incluye una selección de poemas de Manuel del Cabral en homenaje por su centenario, selecciones de poemas de Gonzalo Millán y de poetas chilenos actuales; artículos, una entrevista a Homero Pumarol y Dylan Thomas; traducciones de Anne Sexton, Frank O’ Hara y Ron Silliman; entre otras cosas. Para acceder a la revista entrar aquí: www.revistapingpong.com

miércoles 4 de octubre de 2006

DYLAN Y CAITLIN: CRÓNICA DE UNA HISTORIA DE AMOR

Para Giselle Rodriguez Cid

Dylan dijo que me amaba la primera vez que nos conocimos, y aunque yo había hecho el amor anteriormente, eso era algo que ningún hombre me había dicho[1]. Con esta oración empieza el formidable libro Caitlin: Life with Dylan Thomas, editado por George Tremlet a partir de unas grabaciones hechas a Cailtin Thomas en los ochenta. A través de una serie de monólogos, Caitlin narra las virtudes y los defectos de uno de los romances más tórridos y comentados de la primera mitad del siglo pasado. Ojo: aquí no hay tapujos, sino al contrario, Cailtin lo cuenta todo y está dispuesta a contar más cada vez que George Tremlet se lo pide. Y la verdad es que George Tremlet es un excelente entrevistador y editor. A poco de empezar las grabaciones, Caitlin confiesa con total franqueza que nunca tuvo un orgasmo con Dylan. Sosteniendo una taza de té, rememora una y otra vez los momentos más dulces y más tormentosos de la pareja, sin dejar en ningún momento de ironizar al respecto. La relación entre Dylan Thomas y Caitlin Macnamara se circunscribe en la tradición de las grandes relaciones amorosas de todos los tiempos y se pudiera decir que son deudores sentimentales de Elizabeth Barret Browing y Robert Browning. O más bien, de la idea romántica de intensidad absoluta.

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viernes 8 de septiembre de 2006

Notas para una conferencia sobre Dylan Thomas (1)

No tengo que hacer mucho esfuerzo para recordar la primera vez que escuché un poema de Dylan Thomas. Esto ocurrió hace más de diez años, cuando por cuestiones del destino, yo estaba empezando a interesarme de lleno en la poesía. Además de escribir poesía a cien kilómetros por horas, estaba empezando a leer poesía no tan rápido, pero aceleradamente. Por esa y mil razones más, solía hablar de poesía las veinticuatro horas del día o me pasaba los días escribiendo poesía encerrado en mi cuarto hasta que la mano derecha empezaba a dolerme de tanto escribir. Cerraba las persianas, bajaba las cortinas, apagaba la luz y escribía como yo pensaba que escribían los poetas, o sea, con los ojos abiertos en la oscuridad. Cuando me cansaba de escribir, leía entonces los poemas, encontrando un montón de faltas ortográficas y reiteraciones y cursilerías que trataba de corregir, no mutilando el poema defectuoso, sino escribiendo un nuevo poema.

Al mismo tiempo, trataba de leer poesía, pero la mayoría de la poesía que leía me aburría de sobremanera, por lo que terminaba durmiéndome entre el libro o echaba el libro a un lado, y continuaba escribiendo más poemas. Lo que relaciono de inmediato con la anécdota de un tipo que trabajaba en una imprenta y que en cierta ocasión le prestó una antología de poesía a Paúl Álvarez. El libro estaba lleno de tachaduras y versos que había escrito el tipo a lapicero, versos de San Juan de la Cruz tachados, versos de Cernuda tachados y traspuestos por otros, que de acuerdo a su criterio, eran mejores y se adecuaban más al conjunto. Aunque no lo creía en ese entonces a mí prácticamente me pasaba lo mismo, ya que asociaba todo lo que leía a lo que estaba padeciendo. En una entrevista, Ezra Pound relataba la historia de un niño que pregunta si alguien ha visto el rostro de Dios, alguien le responde que no, a lo que el niño murmura, agarrando lápiz y papel, que cuando él acabe de dibujarlo finalmente van a ver cómo es. Pero bueno, ese tipo de esteta era yo, para que se vayan haciendo la idea.

Como ya mencioné, en esa época escribía intensamente poemas en cuadernos que luego extraviaba, poemas espontáneos que a medida que leía a Dylan Thomas y a otros poetas iba abandonando para concentrarme en unos pocos que me tomaban noche y día hasta que abandonaba los poemas o los arrojaba a la basura. Pero no eran unos pocos, se multiplicaban solos, eran miríadas de papeles arrojados a la basura, tantos papeles que si en vez de arrojarlos los hubiera quemados todos al unísono, de seguro que las llamas hubieran quemado la ciudad de Santo Domingo entera.

Por esos días leí por primera vez a Dylan Thomas, o mejor dicho, me leyeron por primera vez un poema de Dylan Thomas. En ocasiones, mi papá suele leer poesía, sobre todo después de almorzar, aunque la mayoría de las veces lo que leía no me satisfacía, y yo, al igual que el empleado de la imprenta, pensaba en tachar los versos y cambiarlos por otros. Una tarde, sentado en el mueble, escuchaba a mi papá leyendo, pensando en los versos que hubiera tachado cada vez que él leía un nuevo poema. Mi papá tenía las obras completas de Neruda en las manos, un libro rojo que publicó Losada antes de la muerte del poeta que contiene una dedicatoria que le hizo mi mamá a mi papá en los setenta. Estaba leyendo el poema Barcarola que es uno de sus poemas favoritos. Se da el caso de que después de la lectura del poema, él dice que ese poema le acordaba otro poema y se levanta a buscarlo. Cuando regresa trae un libro negro con la foto de un Dylan Thomas de dieciocho años bebiendo cerveza en la portada. Antes de leer el primer poema que escuché en mi vida de Dylan Thomas, el poema Si me hiciera cosquillas el roce del amor, mi papá hizo un pequeño comentario, aunque no recuerdo si el comentario era acerca de la vida del poeta o si se trataba del poema en sí. La cuestión es que empezó a leer el poema. Lo recuerdo como si fuera ahora mismo, como si fuera mi papá que leyera estas páginas y yo estuviera ahí en frente escuchándolo, pero recuerdo específicamente el verso: la mitad del mundo es del demonio y la otra mitad es mía. ¿No es impactante? No sé con qué compararlo, es como si alguien empujara una silla de ruedas por una escalera. Pero ese tampoco sería el símil, y por supuesto que no existe, ya que ese verso contiene toda la adolescencia mía y la de no sé cuántas personas más.

A los diecisiete años ese verso es mucho más impactante, o sea, a la edad que yo lo escuché por primera vez. Sin perder tiempo, esa misma tarde, tomé el libro y empecé a leer los poemas, los versos de los poemas que saltaban a mi vista. Los poemas en forma de útero. Los primeros poemas. El poema inconcluso. Los poemas con la forma del Santo Grial. Lástima que no traigo el libro conmigo, porque fuera interesante mostrarlo y analizarlo página por página. Pero supongamos que lo tengo aquí. Si lo levantara y se los mostrara, lo primero que se adueñaría de su atención es la foto de Dylan Thomas en la portada, bebiendo cerveza, aunque al principio yo pensaba que se trataba de whiskie, pero si se analiza la foto de cerca se pueden percatar que es cerveza. En la contraportada se encuentra una ligera biografía del poeta, con letras amarillas sobre un fondo negro, letras que si ustedes al igual que yo las hubieran leído tantas veces estas los hipnotizarían. En resumen, los editores escribieron en la contraportada: un párrafo de lo que en una carta Dylan Thomas dijo que era la función de su poesía y de la poesía en general, un extracto de lo que escribió en el prefacio la traductora acerca de la muerte del poeta y al final trazan una paradoja entre las dieciocho copas de whiskie que el poeta se bebió y su primer libro publicado ante de los veinte años titulado Dieciocho poemas.

En algún sentido este libro es misterioso, tanto así que no lo he traído aquí para que siga perdurando su misterio. Porque así deben ser los libros de poesía. Porque así son los poetas. Este tipo de libro aparece milagrosamente en librerías destartaladas o en la casa de un poeta que murió del cual nadie tenía la mínima idea que era poeta. Estos libros uno lo encuentra en los estantes, llenos de polvo y mugre. Acto seguido, uno los toma, les da la vuelta, lee las contraportadas y se los lleva. Camina con ellos, cargándolo entre las axilas, aguantándose las ganas de pararse en cualquier esquina a leerlo. Generalmente, uno se detiene en un café o en el banco de un parque a leerlo, aunque en ocasiones uno se aguanta hasta llegar a la casa.

Como decía, la primera vez que escuché de Dylan Thomas fue esa tarde. Y me acuerdo que no dejaba de leer el libro. Y me acuerdo que esa misma tarde le secuestré el libro a mi papá.
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Para seguir leyendo las demás notas para la conferencia de Dylan Thomas entrar en los siguientes links:
Notas para una conferencia sobre Dylan Thomas (2)
Notas para una conferencia sobre Dylan Thomas (3)
Notas para una conferencia sobre Dylan Thomas (4)
Notas para una conferencia sobre Dylan Thomas (5)
Notas para una conferencia sobre Dylan Thomas (6)

martes 8 de noviembre de 2005

Dylan Thomas en América Latina

Hay un cuento de Augusto Monterroso en que cinco poetas de diversas nacionalidades se encuentran en una cervecería de Panamá. Luego de que todos se percatan de que admiran la obra de Dylan Thomas, deciden comprarse un carro usado y atravesar los países de América Central hasta llegar a Nueva York y arribar el mismo día en que allá se inaugura la Feria Mundial con el fin de visitar uno de los bares en que solía emborracharse el poeta galés. Los poetas llegan a Nueva York, van a The White Horse Tavern, hacen unas cuantas libaciones, colocan una placa de conmemoración en una pared y se marchan ese mismo día de la ciudad sin si quiera echarle un vistazo a la Feria Mundial o a la gran urbe como parte del homenaje que planearon exclusivamente al poeta. En ese cuento se refleja la recepción y la devoción que ha tenido la obra de Dylan Thomas en Latinoamérica. En vida, el poeta lamentablemente nunca estuvo en Latinoamérica, no obstante eso, la obra suya ha sido recordada generación tras generación con la misma devoción que la recordaron los cincos poetas del cuento.

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miércoles 15 de junio de 2005

Las grabaciones de Dylan Thomas


Finalmente, consegui las grabaciones de Dylan Thomas , después de más de diez años de espera. Ya las tengo.


Las encontré el sábado en un Barnes and Noble. Instantaneamente, las compré. Estaban carísimas y al comprarlas supuse que iba a tener que hacer un ayuno de varias semanas. Pero eso no importa , me dije no totalmente convencido o me digo ahora cuando escribo esto con cierta hambre.


Las grabaciones de Dylan Thomas conocidas como The Caedmon Collection contienen once CD donde el poeta galés lee una cantidad enorme de sus poemas, sus cuentos, sus guiones para la radio, su obra de teatro y recita a poetas como W H Auden, Yeats , Shakespeare , Walter de la Mare, Milton, entre otros.


La voz de Dylan Thomas debe ser una de las mejores voces de todos los tiempos ( y antes que lo piensen , sí sí , es superior a la de James Earl Jones cuando hace la voz de Darth Vader). Si se necesita doblar la voz de Dios bien se pudiera usar la de dylan Thomas. Por ahora, en dichas grabaciones , el poeta gales dobla a la perfección la voz del demonio extraída del Paraiso Perdido de John Milton.No creo que exista algo mejor que escuchar las voces de los poetas leyendo los poemas que escribieron y sobre todo cuando tienen una voz tan potente y maravillosa como la de Dylan Thomas.


Pienso en las voces de otros poetas y ninguna otra voz me convence. Pienso en la nasal de Neruda, en la demasiado Argentina de Borges, en la voz mariconeada de Octavio Paz, en la infantil de Jorge Guillén, en la afrancesada de Cortázar. Pienso en la voz de robot de T S Eliot , en la sardónica de Ezra Pound que trata de imitar Ernesto Cardenal cuando recita, pienso en la de Jacques Prevert como de comercial de zapatos, en la de Jaime Gil de Biedma que me parece correcta y en la de Roque Dalton que es bien simpática. Pienso en la de James Joyce que uno no se cree que es James Joyce, ya que de seguro se esperaba la voz de un tenor.
Pienso en la voz de gangster siciliano de Gregory Corso, pienso en la voz de bruja de Macbeth de Anne Sexton. Pienso también en las voces de los poetas que no fueron grabadas. Pienso en la de Baudelaire , pienso en la de Garcia Lorca. Pienso en la de Safo. Pienso en la de William Blake.
Pero bueno, yo tengo la de Dylan Thomas. La tengo , y así como dijo Neruda , de una manera super cursi en una grabación, es como si dejáramos entrar al poeta a la casa.
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