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miércoles 14 de mayo de 2008

Chicago(3) Little Italy

Uno de los cuentos de Ray Bradbury está ambientado en un planeta donde cae eternamente una de esas ligeras lluvias tan continuas como la deuda externa en los países tercermundistas. Si no recuerdo mal, por la caída de esa lluvia, a los seres humanos de ese planeta le habían nacido escamas y musgos y hongos en el cuerpo. Caminando por los alrededores de Chicago esta tarde, me siento como uno de los habitantes de dicho planeta. Hasta ahora la lluvia se me ha entrado por los tenis y tengo toda la ropa empapada. Siento las medias mojadas. Siento hasta los calzoncillos como si estuvieran vueltos un asopao.

¿A dónde me dirigo? Después de apearme en la estación de Racine, caminé derecho en dirección al sur, hacia Little Italy que se encuentra ubicado al oeste de downtown y de la UIC. Es uno de los barrios clásicos de Chicago. Aunque con el tiempo se ha escindido en varias partes, e incluso muchos de los descendientes de italianos se han marchado, aún hay una que otra razón para seguir llamando el barrio Little Italy: hay tres o cuatro iglesias católicas, entre ellas Our Lady of Pompeii, hay una estatua de Colón, una estatua de Joe Dimaggio, un Hall of Fame de italianos destacados, una serie de restaurantes italianos, uno que otro descendiente de sicilianos jugando dominó frente a los portales, una junkie italiana con la cara de Greta Garbo, pero sobre todo, a partir de las seis de la tarde y en los fines de semana durante todo el día, se pasea por el barrio un autobús negro de la compañía The Untouchables Tour, que se encarga de depositar turistas con sus cámaras colgándoles del cuello por todo el barrio, turistas interesados en indagar sobre las vidas de contrabandistas y mafiosos tales como Al Capone, Baby Face y la familia Geena. A diferencia de estos turistas, me dirijo hacia allá, no para averiguar de mafiosos, sino con la intención de visitar el lugar donde viví una larga temporada.

Al alcanzar Arrigo Park, permanezco unos segundos, examinando con la mirada la estatua de Cristóbal Colón. Un Cristóbal Colón obeso como la mayoría de la gente en Chicago. Tomo entonces la Polk. A derecha e izquierda se ven edificios de ladrillos rojos y de madera, carros parqueados, ramas de árboles desnudos que gotean como la frente y los dedos de obreros haitianos al terminar su jornada.
Tomo la Lafflin y a pocos segundos estoy en el 920, el edificio de ladrillos rojos donde solía vivir años atrás. El apartamento es el del segundo piso. Después de inspeccionarlo un rato, me doy cuenta de que las ventanas siguen con los mismos problemas que tenían cuando vivíamos ahí. Que cabrón ese Bob, pienso.

Sigo caminando hasta la Taylor y me dirijo a la izquierda hacia Pompei. Entro al enorme restaurante. Le doy un vistazo a la vitrina con pizzas de ajo, de todos los tipos de queso, de jamón, de chorizo, de salami; a los stromboli; a las pastas. Ordeno un pedazo de pizza de mozarrella y un refresco. Me siento próximo a los ventanales y mientras mastico la pizza observo la calle.

La gente pasa con sus botas y sus impermeables. Sobre todo estudiantes. Sobre todo estudiantes de medicina. A medida que los estudiantes de medicina corren y pasan apresurados, empiezo a rememorar los tiempos en que vivía en esa área. Recuerdo al junkie que tenía la nariz deforme y que me pidió que al menos le diera una cuora como un millón de veces y que nunca se la di. De seguro está muerto. Como deben estar muertos, la pareja de craqueros que se refugiaban bajo el porche del sótano de nuestro edificio. Como lo debe estar el gordito tailandés del Tai Bowl que se reía por las lágrimas que me brotaban por lo picante de sus platos. Si este no lo está, espero que lo esté. Las dos hindúes que vivían en la primera deben estar vivas, pero los hindúes de arriba, me refiero a Sibundo Son, a Manisch, a Pim, deben de haber muerto, debido a lo poco higiénicos que eran, de la misma manera que los repartidores de pizza que vivían en el apartamento contiguo, que se acostaban con mujeres maduras y que los cristales del apartamento siempre estaban empañados por el humo de la yerba que fumaban el día entero. En cuanto a Galea y Alexei, que vivían en el mismo piso que nosotros, de la primera sé que está en Moscú y del segundo que vive en San Petersburgo, que tuvo un accidente de tránsito y que su hija, María, va a cumplir cinco años. ¿Y Eduardo y Amarilis que vivían al lado del laundry room? Se fueron a Las Vegas, después de las redadas del 2006. ¿Tim? Abandonó la microbiología y se fue a California a dedicarse a la actuación. ¿Y Jesús y María de Burritos King que fueron tan buenos conmigo y que me regalaban la comida cuando no tenía con que pagarla? Según dice D, desaparecieron cuando las redadas del 2006 y puede que los hayan enviado de vuelta a México. ¿Y la tetona y el gringo que en verano subían a hacer el amor en el techo? Tienen herpes. ¿Y Yolanda que trabajaba en el Pot Belly de la esquina? Está terminando la carrera de derecho en una universidad nocturna. ¿Patti de Seatle que quería ser escritora? Está en rehab. ¿Y Luda? Se casó con el ecuatoriano que le daba por el hombro. ¿Y Giordano y su novia rusa? Quizás en Australia o en Rusia o en Nantucket.

A pesar de esto, los edificios y las tiendas continúan como las dejé. Sigue el White Hen, el restaurante hindú que nunca visité, los tai, los árabes, las taquerías, el Rosebud, el Pot Belly, el Hawk Eyes... Las bicicletas siguen oxidándose encadenadas a postes y a verjas. En Hawkeyes siguen yendo los fratboys racistas a beber cerveza y corear el repertorio de canciones de los ochenta, siguen las rubias subiéndose en las mesas y agitando las melenas al ritmo de The Killers. En la noche, de seguro va el tailandés y prende un cigarro y se pone a ver los juegos de pelota. Los policías siguen patrullando las calles mordiendo una pizza de Pompei o un sandwich de Pot Belly. El tipo del carro deportivo sigue barrigón y poniendo las mismas canciones de AC/ DC. Estudiantes de la UIC graduados son sustituidos por estudiantes de primer año. Los italianos que juegan dominó tienen unas cuantas arrugas de más. El bar de Louie sigue decadente. Los frat boys siguen haciendo fiestas interminables con muñecas inflables colgadas de las sillas. Los hindúes siguen amenazando con tirarse por las ventanas. Más allá, tumbaron los proyectos y levantaron apartamentos de estudiantes que tumbarán en el 2020. A tres cuadras, el café Che donde se juntan los anarquistas y los unabombers, sigue vendiendo café y esos deliciosos cubanos. Sigue el Thai Bowl con sus meseros que odio tanto. Siguen los columpiosjugando con el viento, los mapaches desordenando los tanques de basura y los cuervos gritando. Siguen los sushi places y los restaurantes que nunca pude pagar.

Se hace tarde. En la mañana anunciaron que la temperatura iba a llegar a los 0 grados celsius. Camino por el barrio como años atrás con las manos hundidas en los bolsillos de mi jacket. Es de noche y las luces del downtown están encendidas. Entro al bar Louie. Cuando vivía en el barrio, me pasaba los sábados bebiendo junto a Alexei en el bar Louie. Durante el invierno, era un clima tan inmisericordioso, que lo mejor era vegetar en un bar bebiendo vodka y mordiendo pepinillos. En una de las idas y venidas al baño, recuerdo haber escrito en una de las paredes: aguanta, viejo. Ahora que estoy en el bar, no tengo una mejor ocurrencia que entrar al baño y buscar la inscripción que dejé entonces. Sigue ahí. Salgo del baño y del bar y me interno en la lluvia.

sábado 10 de mayo de 2008

Chicago (2) Boys Town

El área que se extiende desde el Wrigley Field (el estadio de los Cubs donde el Sammy dio los famosos jonrones) hasta Lakeview, fue bautizada años atrás como Boys Town. Entre casas de madera y edificios de ladrillo rojo y marrón habitan casi medio millón de homosexuales. ¿Cómo se sabe esto? No sé. Hay que preguntarle al síndico Daley que tipo de muestra utilizó para recolectar esos datos. Según Wikipedia, Boys Town es la primera comunidad de gays, de lesbianas, de bisexuales y travestis de todo los Estados Unidos. A través de arterías principales como Clark, Belmont, Sheridan, Diversey y Halsted, uno se topa con pubs irlandeses, pizzerías, teatros como Metro, The Vic Theater, Blue group, teatros de stand up comedy como The Beat Kitchen, tabaquerías, restaurantes marroquíes, árabes, tailandeses, mujeres que te leen las manos, librerías como Borders y Barnes and Noble e independientes como Gallery Books y Books and Records, cines de porno gay, bares como Closet, como Circuit Nigth Club 2.1, terrazas, discotecas en general, tiendas sadomasoquistas y malls.

Recuerdo que cuando vivía en Chicago, una tarde, doblando en Belmont, fui interceptado por el desfile gay que ese año era encabezado por Rupaul y cerca de cuarenta hombres en calzoncillos y con aceite untado en los pechos y los brazos. Recuerdo los fines de semana por todo Clark en que se confundían las hordas de travestis con hordas de fans borrachos de los Cubs. Recuerdo el bar Berlin donde si eras straight se hacía problemático ir al baño y tenías que salir y orinar en el Dunkin' Donuts que está a una cuadra y donde uno tiene que consumir por lo menos una donut para usar el baño. Recuerdo a Galea comprando zapatos. Recuerdo un policía pegándole a un travesti parecido a Angelina Jolie y que una patrulla se llevó. Recuerdo a Billy Corgan escribiendo en una laptop en el Starbucks de la esquina de Belmont con Clark. Recuerdo a un junkie en la estación de Belmont que me dijo que el metro no avanzaba porque había un cadáver en los rieles. Recuerdo que me encontré una bufanda que el viento hacía rodar y que me la puse y que al rato una rubia se me acercó y me dijo que se la había robado. Es una bufanda de trescientos dólares, me dijo.

D y yo avanzamos en autobús por Boys Town. Pedimos la parada en Fullerton y procedemos a andar. Como estamos a principio de primavera, los árboles están echando sus brotes y aunque hace frío es agradable caminar por los alrededores, sobre todo cuando el viento amaina. Avanzamos frente a Urban Outfitters y tiendas de ropa vintage, restaurantes de mariscos, taquerías y sushi places.

Tan pronto cruzamos Diversey, decidimos entrar en los cines Landmark. Los críticos de cine, incluido Roger Ebert, consideran que estas son quizás las mejores salas de cine de Chicago, sobre todo porque pasan excelentes películas extranjeras e independientes, además siempre pasan cortos antes de iniciar las películas. Se encuentra en el último piso de un mall que denominan: The Century Shopping Center. Chequeamos las películas y ninguna nos llama la atención. Pasamos a los baños, vemos los posters y pululamos por las tiendas. De pronto, en la salida del mall, nos detiene un pecoso con lentes parecido a Philip Seymour Hoffman que saluda a D por su nombre y que le estrecha la mano.

Se da el caso de que D lo había conocid
o en los tiempos que estudiaba teatro por Pilsen.

En español la conversación es algo así.
Philip Seymour Hoffman: ¿Qué has estado h
aciendo?
D: Estudiando, trabajando.
Philip Seymour Hoffman: ¿No has vuelto a hacer teatro?
D: No. ¿Y tú?
Philip Seymour Hoffman: Voy a trabajar en una película
.
D: ¿En serio?
Philip Seymour Hoffman: Actually, la mitad del guión es mia y la otra de mi novio. Aunque podemos decir que la escribimos entre los dos.
D: Claro. Como Matt Damon y Ben Affleck.
Philip Seymour Hoffman: Exactamente, yo sería Ma
tt Damon y mi novio Ben Affleck.
D: Cool. Por cierto, este es Frank.
Philip Seymour Hoffman: Encantado de conocerte.
Yo: Igual.
Philip Seymour Hoffman: ¿También eres actor?
Yo: No. Creo que poeta.
Philip Seymour Hoffman: Otro poeta más (señala un grupo de seis hombres que conversan a unos metros). Cuatro de los de allá son poetas. El de la cartera Prada escribió un poema que me hizo pedazos. Me cubría la cara para no llorar. Anyway, tienes buen porte para ser actor. Al igual que D. Me gustaría que ambos participen en nuestr
a película.
Yo: ¿De verás?
Philip Seymour Hoffman: Claro. También soy el encargado del Casting. Je je je.
D: Bueno, hablamos luego.
Philip Seymour Hoffman: Chao, guys.
D y yo: Chao.

Dos cuadras más adelante, después de pensarlo una y otra vez, finalmente le suelto
la pregunta a D.
- ¿Crees que sea una porno?
- ¿Una porno?
- La película. La película de la que él escribió el guión.
- Je je je. Que va.
- Puede ser. De repente le pide a un
o que entre vestido de policía e irrumpa en un apartamento donde hay una orgía de gays y con la macana en la mano grite QUE ES LO QUE ESTA PASANDO AQUI.
- Je je jeje. No, es un tipo serio. Al igual que
Matt Damon.
- Sí, me di cuenta.

En Belmont, en la esquina con Clark, nos decidimos entre ir a The Alley para comprar unas camisetas de punks o picar algo. Optamos por picar algo. Ahora bien tenemos que decidirnos entre si comer en Ali Baba o Pot Belly. Decidimos Pot Belly, la cafetería nueva, que colocaron recientemente casi en frente de la librería The Gallery Bookstore.

- Viejo, pero ahí donde está el Pot Belly no era que estaba el bar Berlin.
- No, ese está allá.
- Que no. Lo tumbaron para poner el Pot belly.
- Que va, viejo.

En Pot Belly pido un italian sin pickles y sin onions y una batida de oreo. D pide una ensalada. Nos sentamos en una d
e las mesas desde donde podemos mirar a todo lo largo y ancho del establecimiento y a través del ventanal.

Vemos punks de pelo verde moco, corredoras en sudadores y travestis que pasan.

Pasa una rubia preciosa.
- Que mujer, viejo.
- Camina como si estuviera en una pasarela.
- Sí.
- Debe tener un arete ahí debajo; de esos que se mueven mientras las jevas caminan.
- De seguro.

De ahí empezamos a hablar de mujeres. De las Hot Cakes. De feministas de Chicago que terminaron haciendo porno y de insaciables pajeras. Nos concentramos en esto último. Lucian le envió hace como tres años un test por email a una gringa donde esta debía dar respuestas a una serie de preguntas íntimas con el fin de que el test le dijera cuál es el nivel que tenía para mantener una buena relación de pareja. El truco del test es que inmediatamente lo completas y lo envías, el test se reenvía a la persona que te lo había enviado, quien es capaz de ver cada una de tus respuestas. Lo que es totalmente infame, si te pones a pensar un poco al respecto. Entre las preguntas, se halla una referente a la frecuencia con que la persona se masturba al día. Cuando Lucian leyó el test de la gringa en cuestión, se dio cuenta de que en esta pregunta esta había puesto cinco veces al día. Esto causó todo un revuelo. Creo que Lucian terminó con la nariz rota, no estoy seguro, pero de lo que sí estoy seguro es que no lo volvió a hacer.

- Es saludable.
- Sí.
- Aunque al mismo tiempo, es mucho.
- No es tanto.
- Pero claro, loco. Es un estilo de vida.
- ¡Que va! Quizás como hacer aeróbicos.
- No, no, no. Pongamos que la jevita trabaja aquí en Pot Belly. Pongamos que es la gordita con lentes que atiende la caja. Si ella trabaja aquí de nueve de la mañana a cuatro de la tarde, debe hacerlo por lo menos dos veces aquí para mantener el promedio.
- Vamos a calcular. Una en la mañana antes de salir al trabajo; otra al mediodía después de comer; una en la ta
rdecita; dos en la noche.
- Bueno, la del mediodía debe ser acá.
- Te concedo eso.
- Pero pongamos que sea viernes y que ella tenga que salir con amigos y que llegue a la casa a las dos de la mañana. Le van a faltar dos.
- Claro. Pero puede hacerlo de corrido.
- También.
- Pero no es lo mismo de corrido.

Le doy un vistazo a dos adolescentes que se turnan para entrar en el baño: un moreno y un blanquito. Este último se toma casi veinte minutos dentro mientras el moreno aguarda sentado en una de las mesas de madera mirando por el ventanal. Al rato, sale el primero y el que estaba sentado ingresa. Dura lo mismo que el anterior y ambos se marchan juntos sin consumir nada.

- ¿Ella tenía novio?
- ¡Ay ay ay! Además de las cinc
o, habría que agregarle las veces que lo hace con el novio.
- Eso es vivir.
- Seguro.

Los adolescentes vuelven y se apostan frente al baño. Aunque en esta ocasión se alternan y el primero que entra es el moreno. Cuando sale el blanquito y ambos se marchan, a mí me entran unas enormes ganas de ir al baño. Ahora bien, me da un poco de curiosidad y al mismo tiempo de asco, enterarme el por qué duraban tanto tiempo metidos en el baño. ¿Estaban vomitando? ¿Fumando hierba? ¿Dándose pases? ¿Estaban enfermos del estómago? Me levanto y me dirijo allá. Los baños de Pot Belly son individuales y siempre están ordenados y limpios. El baño que accedo está inmaculado. Lo único que puede resultar diferente es un fuerte olor a perfume barato. ¿Será la puerta del baño una de esas puertas que te llevan a otra dimensión? Uno nunca sabe. Orino y me lavo las manos.

Caminamos por Boys Town y casi son las diez de la noche. El viento sigue circulando por las calles acorralando a la gente que no lleva bufandas ni abrigos para acuchillarlos como si se tratara de un atracador.

D toma el autobús rumbo a Halsted. De pie, en la parada de Halsted con Clark, le digo adiós con la mano mientras sube al autobús. Me meto las manos en los bolsillos del abrigo y espero por la llegada del mío. Pasa un tipo en un BMW negro, toca bocina, da reversa un poco, baja el vidrio y me pregunta hacia dónde voy. Le explico que voy a Downtown. Dice que me va a convidar un trago en un bar, incluso me abre la puerta para que entre, pero yo niego con la cabeza y doy unos pasos atrás y espero por mi autobus que no da señas de arribar.

jueves 8 de mayo de 2008

Chicago (1) veinticuatro horas


Después de pasarme cuatro horas con una carota de guardia sin cobrar - luego de que la seguridad del aeropuerto de Miami me detuviera al azar en múltiples ocasiones y me cuestionara de mala manera–, comienzo a relajarme y por primera vez en este viaje sonrío. Lo hago porque de pronto abro la ventanilla del avión y diviso el lago Michigan y la ciudad de Chicago con sus edificios. Por supuesto, lo primero que me llama la atención son las Sears Towers. Enfoco la vista en diversos sitios: en el John Hancock, en Navy Pier, en Soldiers Field. En los parques, en la playa.

Sentado en el avión, mirando desde la ventanilla a Chicago, pienso en que estoy viendo la ciudad de la misma manera en que la mira Dios.

A finales del 2005, al abandonar la ciudad, le había dicho a Paul que el último vistazo que le daba a Chicago era desde la ventana del metro en que avanzábamos hacia el aeropuerto de O´Hare .
Pero la verdad es que uno nunca puede decir nunca. Por cierto, esto lo dice Bob Dylan en la canción Mississippi, algo así como que siempre uno puede retornar, pero no retornar completamente. Así me siento ahora, mirando el lago y los rascacielos que a medida que el avión desciende se hacen más visibles y nítidos. Distraído por el panorama, de pronto se me olvida que tengo que ir al baño.

Ya en la terminal espero por mi maleta. A mi lado hay tres boricuas que no paran de cuchichear. Las maletas entran y salen por los intestinos de la terminal mientras la gente aguarda atentamente y con miedo a que alguien tome su maleta y se la lleve sin querer o queriendo.

De repente veo a D que se aproxima. Lleva una chaqueta verde, una especie de mohawk in progress y una bufanda enrollada al cuello. Nos damos un fuerte abrazo. Mientras vivía en Chicago, D y yo fuimos roommates. Vivimos un largo tiempo juntos y nos dedicamos entre otras cosas a la venta de artículos abandonados en basureros, callejones y esquinas
.

Tan pronto aparece mi maleta, nos dirigimos a la salida, a la callecita donde L nos espera con las luces de parqueo de su Mazda verde encendidas. L es la novia de D. La conozco desde hace mucho. Creo que desde antes que D (la conocí una noche en que nos la pasamos recorriendo de extremo a extremo Las Américas mientras L trataba de recordar por donde se entraba a la casa de una tía). Lo que quiere decir que conozco a ambos antes de que ellos se conocieran. ¿Significa esto algo? No. Prosigo entonces.

El cielo está azul, terso, sin una nube que lo empañe. La temperatura debe estar a unos quince grados. D maneja en dirección al downtown, rebasando carros y escuchando una serie de anécdotas de la isla que le cuento en espacio de quince minutos. Al pasar los quince minutos, siento que ya lo he contado todo.

A la derecha pasan patanas y carros americanos y a la izquierda se ve el metro gris avanzando con sus ocho vagones. Por el cristal delantero, más allá de los letreros y las señales de la autopista, se ve el downtown con sus rascacielos, de la misma forma en que aparece en los diseños de las camisetas y de las tazas de café. A los pocos minutos lo alcanzamos. Como me voy a quedar en un hotel hasta el miércoles, durante el tiempo de la conferencia, nos decidimos entre realizar el check in en el hotel y dejar la maleta ahí o irnos a comer y luego pasar por el hotel. Decidimos ir a comer primero. Entonces me preguntan a donde quiero ir a comer. Había escrito en mi libreta los restaurantes que quería visitar de nuevo. El primero de la lista es la pizzería Giordano's. Así que le digo vamos a Giordano's.

Nos dirigimos al Giordano's de Halsted que está justo en la entrada de Greek Town.

Al salir del carro, lo primero que percibo es el frío y luego un fuerte olor a chocolate. Para mí si hay un olor que describe a Chicago es el olor del chocolate. No bromeo. Quizás para otros puede ser palomitas de maíz o para los que viven cerca del río el bajo a mierda o quizás el barbecue de los veranos. Pero para mí es el chocolate. Esto se debe a que por los alrededores del Greek Town, que frecuentaba asiduamente, hay una fábrica de chocolates y de tanto en tanto ese aroma perfuma los callejones, las paradas y las tiendas.

Nos sentamos en la sección de no fumadores y pedimos una pizza de hongos con queso. L y D piden Iced Tea. Yo pido una Heineken.
- ¿Qué se ha hecho Heidi?
- Tengo muchísimo que no la veo.
- ¿Y Henry?
- ¿El gato?
- Sí, el gato.
- La última vez que me encontré con Heidi, por Boys Town, le pregunté y me dijo que 'taba bien.
- ¿Y Giordano?
- Me imagino que debe andar por Australia. ¿No era para allá que quería ir con la rusa?
- Es cierto. Vaya. ¿Y María y Jesús?
- Un día fui al restaurante y pregunté por ellos y me dijeron que habían desaparecido.
- ¿Crees que hayan sido las redadas?
- Uno nunca sabe.
- ¿Y Eduardo y Amarilis?
- Se fueron a Las Vegas. Creo que no van a volver.
- ¿Y el tipo de las Tetas?
- Se fue a California.
- ¿Y la punk?
- En California.
- ¿Y Ruth?
- En California o en China. No estoy seguro.
- ¿Y la polaca?
- Está preñada.
- ¿Y Galea?
- Volvió a Moscú.

No pudimos con la pizza. Sobraron dos pedazos. Salimos entonces hacia el apartamento de D y L que se halla en la calle 19 de Pilsen, a unas cuantas cuadras del edificio de tres pisos donde viví junto a D y Heidi y sus dos gatos. Antes de entrar, D señala un solar baldío al lado y explica que en ese sitio había un edificio hace unos días y que un incendio lo destruyó. L prepara un té y nos lo bebemos hablando de todo. Desde política a poesía. Desde estadística a masturbación. D me pasa una novela de Raymond Chandler, The Long Goodbye, editada recientemente por la Public Library de Chicago. Luego del té, enfilamos al downtown para poder hacer mi check in en el hotel.

Duramos casi una hora buscando parqueo, recorriendo calles y calles sin encontrar espacio disponible. Como el alcalde de Chicago está intentando que dejen de circular los carros en el Loop, ha subido de precio los parquímetros y los valet parking. Ahora parquearse cuesta alrededor de veinticinco dólares. Damos vueltas en círculos, esperando que alguien decida marcharse. Cada vez que pasamos por una calle distinta nos encontramos con un letrero de Books and Adult Videos.

Finalmente encontramos un parqueo, detrás de una camioneta azul. Esquivamos un carro y logramos parquearnos. Hace frío, y el viento lo complica todo. Caminamos al hotel, arrastrando mi maleta por casi un kilómetro hasta la avenida Grant.

Llegamos al Hilton Inn donde se va a celebrar la reunión anual del ISSP de este año. Después de registrarme, subimos a un elevador y presionamos el piso 19. Del piso 1 el elevador salta al piso 12. Recuerdo que en Taiwán no había piso dos. ¿O era el cuatro? No recuerdo. Llegamos al piso 19 y procedemos a buscar la habitación 1930. Es una habitación sencilla. La vista da a unas cuantas azoteas y edificios, entre esos, el edificio coronado por un letrero de neón de la NBC. Un letrero que indica que ahí está el estudio más importante de la NBC. Estudio, que si no me equivoco, era donde presentaban el famoso programa de panel de Jerry Springer.

Me doy una ducha, bajamos y caminamos por la Grant hasta alcanzar la escalera que conecta con la Michigan Avenue. De ahí avanzamos entre fashionistas con fundas, entre turistas y la masa de gente en general que se mueven como si fueran hormigas rumbo al hormiguero.

Entramos a Ghirardelli; compramos unos helados; compro un banana split enorme. Salimos y entramos a la Borders que está a la derecha. Entramos porque yo quería llamar a casa, pero el teléfono público no funciona y por más moneda que entro se las traga y las escupe al rato.

Así que doy una vuelta por la librería y me pongo a revisar anaquel tras anaquel. Como los libros están muy caros, me voy a una sección de especiales, y ¡taran!, me encuentro con un ejemplar en hard cover de la novela The Diviners de Rick Moody. Recuerdo haber estado en la presentación de esa novela por el autor en otro Borders, no en este, en esos tiempos en que vivía en Chicago y no tenía los treinta dólares que valía la novela para comprarla. Ahora la venden a seis dólares y por supuesto me la llevo conmigo.

Salimos de la librería y nos dirigimos al John Hancock. Cuando vivíamos juntos, D y yo teníamos la rutina de subir con las personas que nos visitaban de la isla al observatorio del Hancock, burlando la seguridad del edificio. Avanzábamos sin detenernos donde venden los tickets con una gran confianza como dando a entender que ya los habíamos adquirido. Eso hacemos ahora, pero una de las muchachas trona.
- Where are you heading, guys?
No nos queda otra opción que devolvernos y echar a correr antes de que llamen a Seguridad. En la salida, en medio del frío, le digo a D y a L que quiero ir a Damen.
- ¿Recuerdan donde parqueamos el carro?
- No.
- No.
- Ah, vaya.
Caminamos y caminamos por veinte minutos hasta que al azar lo encontramos.

D maneja hasta Damen. Deben de ser como las nueve. O algo así. La temperatura está descendiendo vertiginosamente. Nos parqueamos lejos de Damen, frente a uno de los edificios de madera de tres pisos. Caminamos hasta la librería Myopic. Es mi librería favorita de Chicago. Aunque no tenía muchas ganas de estar buscando libros, entro y poco a poco ya estoy sacando libros de estantes. En la entrada tienen una mesa con libros de Vonnegut y una foto de él. Tienen la última de Thomas Pynchon que yo no he leído. Tienen a David Foster Wallace. Muchos libros de ciencia ficción. Tienen autores franceses, libros de Georges Bataille (el escritor favorito de los punks de Chicago). Tienen a Murakami, a James Tate. D y L suben las escaleras y me dejan en el primer piso junto a una pareja de lesbianas que rondan agarradas de las manos. El muchacho que atiende tiene puesto un disco de blue grass. Esa es otra de las razones por las que Myopic me gusta tanto. Por el bluegrass. Aunque al rato, quita el bluegrass y pone a Skinny Puppy. Me dirijo entonces a buscar narrativa. La librería tiene tres pisos, enormes anaqueles, un montón de libros, muchachas y muchachos que atienden y un gato. Cada vez que uno avanza por el piso, se lleva la sensación de que la librería tiene vida propia, pero también de que un paso en falso te puede llevar desde el tercer piso al segundo piso y del segundo al primer piso, sin tener que bajar las escaleras. En la parte trasera de la librería, desde el tercer piso, se observan los rieles del metro y se puede ver incluso a los pasajeros del metro cuando este pasa. Cada vez que esto ocurre parte de la librería se sacude. Subo hasta el segundo piso y le hago cosquillas en la barriga al gato de la librería. Busco en los estantes sin encontrar los libros de Stuart Dybek. Bajo y procedo a buscar las novelas que no tengo de Philip Roth. Me llevo Portnoy's Complaint que no me he leído todavía. También me llevo la trilogía Zuckerman Unbound. Busco y busco. Subo al tercer piso y arriba hay un grupo de muchachos intelectuales esperando el concierto de música experimental de esta noche. Demasiado aburrido. Abajo ya están D y L. Salimos de la librería.

De ahí vamos a un bar donde yo escribí un poema que me gusta mucho. El poema se llama Damen y habla de ese bar donde entramos ahora. Habla de la bartender que trabajaba entonces, pero ahora en cambio hay un bartender viejo de ojos azules. Pido una Guinness. Hay una banda tocando canciones de Joe Cocker. El metro pasa por la parte de atrás, aunque aquí no se sacude el bar. Hay muchas mujeres. Hay más mujeres que hombres. Las mujeres andan por un lado y los hombres por otro. Los hombres están sentados en la barra y jugando billar. Las mujeres están viendo la banda tocar y sentadas en las mesas parodiando Sex in the City. Una de estas cuenta la historia que voy a bautizar como la historia del baño. Según cuenta, estaban un sábado como ese, con poca gente, escuchando la banda tocar. En una, la gringa va al baño, encuentra la puerta abierta y entra. Entonces se topa con uno de los eventos más bizarros de su vida: una jeva orinando. ¿Duh?, dice la gringa del lado, que de seguro se sabe ya la historia y que lo hace para crear una especie de efecto especial en la historia. La gringa le responde que la jeva en vez de estar sentada en el toilet está de pie orinando. Esto quiere decir, por supuesto,
que se trata de un hombre. Un travesti con un precioso vestido que la gringa admite que de ninguna manera cabría ella en el. Las gringas a su lado se echan a reír. Una le pregunta cómo se sacó la cosa con el vestido puesto. Pero ya en este punto, ceso de oírlas.
Es la una y media de la mañana. La banda se ha tomado un receso y ponen música de Kanye West. Le digo a D y a L que saquemos pies. Está haciendo frío, tanto que al respirar sale un vaho de nuestras narices. Se nos acercan mujeres, nos preguntan direcciones y se marchan. Nos detenemos frente a Double Door, pero la fila es demasiado larga como para estar esperando a que la gente salga para entonces ingresar. A nuestro lado avanzan muchachas con vestidos y falditas. Cada vez que veo una le suelto un coño, debido a que la temperatura esta en cinco grados celsius y continúa descendiendo. Rumbo al carro, pasamos frente al bar Northside. De pronto oímos una canción de Modest Mouse que parece convidarnos dentro. Preguntamos si la cocina está abierta y nos dicen que sí. Tomamos asiento a donde están las pantallas de televisión por doquier, gente voceando, pidiendo papas fritas y jarras de cerveza. Me pongo a mirar el juego. En un momento, un jugador hace un donqueo increíble que levanta a todo el mundo de sus asientos. Cuando la cámara lo enfoca, me percato de que se trata de Al Horford.

- Oye esto.
Me levanté a las cuatro de la mañana en Santo Domingo. Ya van a ser las cuatro de la mañana en Chicago.
- Estás duro, Franco.
- ¿Te quieres ir a dormir?, pregunta L, mordiendo sus papitas fritas.

- Lo raro es que no siento sueño.
- ¿No?
- Para nada.
- Brindemos por la isla, propongo.
Alzo mi botella de Heineken y ellos sus vasos con vodka o algo así.
- Por la Isla.
- Por la Isla.
- Por la Isla.

Este brindis me hace recordar a la jevita
argentina, que el día antes de volar a Chicago, le había dicho a Pablo que tenía ocho años viviendo en la isla y que tan pronto se llega es imposible abandonarla. A Pablo y a mí se nos quedó eso en la cabeza y tres esquinas más adelante este se detiene y exclama que es como en Lost donde no se puede abandonar la isla.

Así que de repente, sentado en el bar Northside, rodeado de gringos borrachos y gringas lindísimas y televisores, frente a D y L, me siento como si estuviera en uno de esos flashbacks o flashfowards de Lost.
- Es difícil abandonar la isla.
Pienso, al tiempo que me doy un trago y Nina Simone vocea en todas las bocinas del establecimiento WATER WATER WATER...

lunes 22 de enero de 2007

Un robot declamando sonetos



Hace años, Hans Magnus Enzensberger, presentó en el festival Lírica en el río Lech, un programa informático capaz de producir poemas en aproximadamente treinta segundos. El programa bautizado "Poesie- Automat”, en abierta burla al proceso de escritura de los surrealistas, no ha atraído muchos adeptos desde que fue presentado, quizás porque para estos poemas ya no son necesarios los adeptos. Con esto quiero decir que los poetas serán robots o no serán, lo que no es nada nuevo, puesto que en los manifiestos dadaístas se refieren ya a estos procesos futuristas.

Pero expliquemos la valiosa función del “Poesie- Automat”. Te compras el programa y si la computadora redacta mejores poemas que los tuyos, tienes tres opciones: plagias a la máquina, vuelves a escribir los poemas hasta que te salgan mejores o dejas de escribir poesía y te vuelves fan de una computadora.

En estos días, los poetas robots proliferan por todas partes y no es extraño toparse con uno leyendo sus poemas en bibliotecas o en ferias de libros. Tenemos poetas robots en Miami, en Tokio, en Buenos Aires. Tenemos a PaCo, creado por el escultor Carlos Copa en colaboración con Ana María García-Serrano, cual prototipo del poeta borracho y bohemio. PaCo es un robot construido sobre una silla de ruedas y que vagabundea por las calles, mendingando y regalando poemas que imprime y declama a los peatones.

El sábado, dentro de los experimentos de Red Rover Shoes en Chicago, Jon Trowbridge, un ingeniero de sistemas de Google y el escritor Eric Elshtain, presentarán el software Gnoetry0.2, que compone poemas que la computadora va leyendo a medida que se van gestando. Las sesiones de Red Rover Shoes son bien populares y tienden a estar repletas, por lo que me imagino a muchos poetas e intelectuales rodeando el escenario,
escuchando a una computadora declamar sus propios poemas, como si se tratara de un poeta académico en saco y con lentes y que tose de tanto en tanto.

Para finalizar, les recuerdo que hay una página en la Web donde un software le ayuda a los poetas a escribir sus poemas. Les recomiendo a los poetas dominicanos que entren a la siguiente dirección y que permitan que los robots le den la mano en la composición de sus poemas.
http://www.gpeters.com/auto/autotype.php

jueves 26 de octubre de 2006

Poesía Poesía Poesía Poesía


Ayer me llegó uno de los emails del Poetry Center donde se anunciaba la lectura de tres poetas norteamericanos. Mientras leía, recordé la vez que asistí a un recital de poesía organizado por el Poetry Center de la ciudad de Chicago. Iban a leer tres poetas, entre ellos, una poeta rubia que lucía preciosa en las fotos de publicidad del evento. Hacía frío en esos días. La temperatura bajaba en ocasiones a menos veinte grados celsius y en ocasiones el soplo del viento la hacía bajar mucho más. Diógenes y yo, parados en la estación, con nuestros pesados abrigos y soltando ligeras bocanadas de humo, tomamos la línea azul hasta Jackson. Bajamos y atravesamos un largo pasillo donde un asiático tocaba una flauta. Al lado de las escaleras, divisamos un ciego que tocaba canciones antiguas con una guitarra y una harmónica. En el suelo tenía un sombrero que la gente iba llenando de monedas y al lado del sombrero, un simpático perro que le servía de lazarillo. Diógenes le preguntó a donde podía comprar la guitarra y el ciego le habló de una compra y venta por el aeropuerto Midway.

La brisa helada se metía por los pasillos de la estación, al tiempo que la gente bajaba y subía las escaleras, montándose y apeándose de los metros que partían estruendosamente. Afuera las calles con sus peatones, sus carros, sus semáforos y sus enormes edificios afanados por tocar el cielo. Caminamos par de cuadras en dirección al lago. En la esquina de Jackson con Michigan, le preguntamos a un tipo rubio y con chiva que hablaba con una camarera sueca que fumaba y a quien le temblaban las manos.
El tipo dice que conoce dónde está, pero que espera unos amigos que no saben donde está ubicado el Art Institute of Fine Art. Así que esperamos, congelándonos, hasta que arriban sus amigos. El tipo se despide de la camarera sueca. Ésta entra al restaurante, después de arrojar el cigarrillo al suelo y sobarse las manos para calentárselas.
En el lobby del edificio, una muchacha con un arito en la nariz, nos pregunta si nos dirigimos a la lectura de poesía. Asentimos y subimos por la escalera hasta el ballroom del Art Institute, que es uno de esos salones de los años veinte que los gangsters abarrotaban para bailar y sentar actrices del cine mudo en sus piernas. El salón está impecable y está repleto de cortinas y alfombrado rojo chillón y lámparas y frescos y terminaciones de los años veinte. Nos aproximamos al escenario improvisado, que años y años atrás, era donde tocaban las big bands y los jazzistas de la época. La mayoría de los asientos estaban ocupados, por lo que nos sentamos en la segunda fila, justo al lado de los poetas. Detrás de nosotros había una jeva hermosa con unas tetas de todo el tamaño y que debía tener unos veinte y tantos años. Más allá otra más hermosa y otra más.

El primero que llaman a recitar es a Joel Graig, que anuncian como DJ de un antro de la avenida California y que es un tipo altísimo y con una chaqueta negra y unos jeans y unos converse, el pelo revuelto, los ojos azules brotados como si no fueran de él y fueran de una criatura extraña. Recitó unos cuantos poemas, en un estilo, que al principio me gustó, pero que al rato me fue aburriendo. Le eché un vistazo al público. Muchachas jóvenes, asiáticas, hindúes, gringas, pelirrojas que cerraban los ojos mientras el poeta recitaba y se detenía a beber de su botellita de agua, observando al público en éxtasis.

Después de Joel Graig, vino a leer la rubia de la publicidad, Kristy Odelius, llevando unos jeans azules y el pelo corto que a veces le cubría la cara. Esta leyó sobre todo poesía erótica. Antes de empezar a leer sus poemas, leyó poemas de Anne Carson en homenaje. Los poemas de ella eran sobre todo piezas eróticas. Leía muy bien, y te quedabas mirándola y pensabas que ella te miraba, pero no, era que ella sabía poseer la audiencia e iba dejando que las palabras fueran cayendo en un ritmo dulce y suave como de llave abierta que fuera llenando una bañera hasta que esta se llenaba y tú te estremecías como si hubieras estado a punto de ahogarte.

El último que leyó fue Srikanth (Chicu) Reddy, un hindú bajito y que leía lentísimo y gesticulando. Al parecer no tenía mucha habilidad leyendo en público, y los poemas más que poemas, asemejaban aforismos que de repente sonaban interesantes y te ponían a meditar y a rascarte la cabeza. Me gustó un poema que hablaba de un espantapájaros en India y otro que hablaba de un río contaminado y niños como estatuas ante el sol hindú.

Al final, subieron todos los poetas y el público empezó a hacer preguntas.
¿Por qué escriben poesía y no ficción? Srikanth (Chicu) Reddy dijo que porque los poemas tienen menos palabras. Kristy Odelius se molestó y dijo que la poesía es superior a la ficción. Joel Graig dijo que no tenía comentarios.

¿Qué sienten al escribir? Kristy Odelius dijo que las palabras la llevan fácilmente al orgasmo. Srikanth (Chicu) Reddy respondió que al escribir intenta describir una sensación, y se puso de fenomenólogo, repitiendo frases beklerianas y cosas así. Joel Graig dijo que no tenía comentarios.
Después alguien preguntó si se sabían un chiste. Kristy Odelius dijo que se sabía uno. Estaban Mickey y Mini en el juzgado divorciándose. El abogado le pregunta a Mickey, ¿por qué te quieres divorciar de Mini? Mickey le responde que le da vergüenza explicarlo. El abogado le dice que debe decirlo. Mickie después de muchas peticiones contesta: es que ella se acostó con Tribilín. Goofy Fuck her, dijo Kristy Odelius sonriendo y mirando con picardía al público. Claro, como ella lo contó tenía mucho más gracia. La cuestión es que después del chiste, todos se levantaron, tomaron sus abrigos y sacaron pies.

No compré los libros. En un momento, me iba a acercar a donde la rubia, pero como no compré el libro, pensé que no era prudente. Nos fuimos. Caminamos por la Michigan. Comimos en un Subway. Mientras esperábamos el metro en una estación subterránea, a nuestro lado, una de las muchachas que estaba en el recital, se puso a hablar y confesó que se acostó con un poeta famoso y que él había escrito un poema sobre ella. Le preguntamos el nombre del poeta. Pero ella no se atrevió a decirlo. Regresamos a las once, después que el metro pasara de largo nuestra estación.

Al llegar a casa, les subimos algunas cartas a los hindúes de arriba. Estos se alegraron y nos invitaron a ver una película de Bollywood. La película acabó como a las tres. Duró casi cinco horas.

lunes 25 de septiembre de 2006

Alexei Kolejov en Mississippi

Algo que puso en claro Alexei Kolejov es que no se iría de los Estados Unidos sin conocer el río Mississippi. El papá de Alexei le leía a Mark Twain, por lo que éste había crecido con una disposición a la aventura y por supuesto con ganas de conocer el río Mississippi. Me dijo una noche, mientras bebíamos, que tenía todo planeado. Para entonces sólo le quedaba menos de una semana en los Estados Unidos. Al principio le dije que sí, pero lo dije titubeando, porque no pensaba que el viaje iba a realizarse, así que el viernes, cuando me comunica que todo está preparado y que iban a venir con nosotros dos amigos de él, dos biólogos, uno ruso y otro gringo, y que íbamos a alquilar un carro, no tuve más opción que encogerme de hombros y decirle que tan sólo tenía veinte dólares. Así que alquilan el carro y me pasan a buscar como a eso de las nueve de la mañana, en un pontiac blanco último modelo que estaba en excelentes condiciones.

Se acercaron. Primero Jimmy, el ruso, con el pelo lleno de rizos rubios y unos lentes gigantescos, quien me estrechó la mano. Al rato se aproximó, Tim, el gringo.Salimos de la ciudad con dirección a la carretera que conduce a las autopistas interestatales. Tim manejaba y Jimmy no paraba de hablar, de su trabajo, de un viaje que hizo a Keywest, FL, donde conoció la casa en que se mató Hemingway y a una hippie en un bar que le confesó que había renunciado a todo, a su carrera, a los esquemas, al capitalismo, que había quemado su dinero y rasgado sus tarjetas de crédito y que vivía sola en un segundo piso con dos gatos. Ella le preguntó al ruso que buscaba en Keywest y Jimmy que no sabía qué diablos buscaba ahí, le susurró que conocer la casa de Hemingway. Esa fue la mejor respuesta que podía haber dado, puesto que ella se puso contenta y lo invitó a su apartamento donde hicieron el amor y luego, en la noche calurosa, fumaron recostados de la cama.

La ciudad quedaba atrás. Tras los cristales se veían los vehículos que nos pasaban o que pasábamos, en ambos lados de la carretera terrenos baldíos, aunque de repente aparecían trailers y aparecían gasolineras y cementerios y centros comerciales y una casa de madera de tres pisos donde al parecer vivía alguien rodeado de una llanura tan larga como la mirada. Llegamos a algún sitio a comprar cerveza, frente a un motel con un cementerio protestante al frente y que estaba tan cerca que se podría decir que los muertos estaban enterrados en el motel o los clientes del motel eran capaces de decir que hicieron el amor en un cementerio.

Compramos cerveza y Jimmy compró cuatro botellas de vino: dos vinos franceses y dos vinos californianos. Luego hicimos una compra en el supermercado. El viento soplaba y venía bajando de una llanura, detrás de un Holiday Inn que estaba a la derecha. Salimos y esta vez ya sentía el campo, el aroma del campo entrando y saliendo por los pulmones. Pasamos unos cuantos pueblos, el primero era un pueblo como de esos de las películas de David Linch como con noventas casas y una iglesia luterana, un centro comercial y en los garajes camionetas y yipetas y máquinas de podar el césped. Dos kilómetros más adelante había un observatorio. Era de diez pisos y nosotros pensábamos que el río se iba a ver desde arriba, pero no, apenas se veía el campo con cientos de pinos extendiéndose a lo lejos, al tiempo que más allá estaban las montañas y arriba de todo, flotando en el aire, se veían halcones. Alexei los observaba y se sonreía, porque al mirarlos planear, era como si tu alma se fuera con ellos y estuvieras viéndolo todo desde los ojos de los halcones.Nos tiramos fotos. Bebimos cerveza. Bajamos del observatorio y nos montamos en el carro y proseguimos. El próximo pueblo era Guiliana con casitas montadas en la colina y con un brazo del río que atraviesa un sendero lleno de flores y castaños y sauces llorones e iglesias antiguas. Era como si hubiéramos retrocedido doscientos años atrás. Me acuerdo de una mujer que estaba saliendo de un jeep y del viento agitando su falda, levantándola, aunque ella se la agarraba con las manos. Nos detuvimos en una bomba de gasolina donde le preguntamos a un tipo con gafas la dirección del río y los mejores lugares para pescar.

Tuvimos que comprar una licencia de pescar. También compramos lombrices. Manejamos entonces con dirección hacia el río, según las indicaciones que nos había dado el hombre, atravesando de nuevo el pueblo y metiéndonos por un sendero que se iba estrechando a medida que nos adentrábamos, pasando por casas de granjeros, casas que en los portales tenían letreros donde se leía: apoyamos a las tropas en Irak y al presidente Bush. Cientos de casitas con porches y piscinas y Tim dijo que si uno entraba a una de esas casas los dueños te disparaban por irrumpir en propiedad ajena. Llegamos a una cima donde finalmente se divisaba el Mississippi. Era inmenso. Estaba detrás de los rieles y más allá del río se distinguía el otro lado verdoso y la vegetación agitada por el soplo del viento. Tim dobló a la izquierda y manejó pasando los rieles, hasta que llegamos un lugar que parecía propicio y donde una jeva se había apeado de su jeep y hablaba por un celular. Apenas sonrió.

Por más que buscamos no encontramos un lugar para acampar. Los muchachos se tiraron una foto y nos montamos en el Pontiac y seguimos hasta el final del camino donde encontramos un muchacho con botas y sombrero de cowboy que pescaba en un estanque. El nos indicó un lugar y después que Alexei se tiró unas fotos con él, nos devolvimos y doblamos a la izquierda y nos detuvimos, dejando el carro varios metros atrás. Pasamos los rieles y ahí estaba el río, majestuoso e inmenso.

Inmediatamente prendimos un fuego, hablamos, hicimos confesiones y comenzamos a comer. Nos sentamos en un tronco tumbado que estaba a orillas del río. El viento me daba en la cara y las olas casi me tocaban, porque el viento soplaba con tanta fuerza, que levantaba olas en el río. El río color marrón, donde antes de irnos, vimos un barco navegando y nos acordamos de los barcos que aparecen en las novelas de Mark Twain con apostadores y conspiradores. Aunque Tim dijo que la mejor parte del río se encuentra en New Orleans. Comimos. Bebimos vino. Alexei buscó la guitarra y cantamos canciones en ruso que mezclábamos con palabras en español e ingles. El viento soplaba. El fuego se levantaba y cocinamos salchichas y pollo y papas y zanahorias. Empezaba a oscurecer. Los muchachos pescaron. Lo intenté, pero resultaba complicado por la brisa que venía de frente y nos golpeaba la cara.

Cada veinte minutos pasaba un tren con ciento y tantos vagones a nuestras espaldas. Yo me volteaba y lo miraba. Me gustan los trenes de cargas con vagones cerrados. Antes de irnos, nos paramos frente a los rieles esperando un tren que se aproximaba a toda velocidad y al pasar fue como si los cientos y tantos vagones me pasaran por arriba. Gritábamos mientras el tren con sus vagones pasaba estruendoso.

Caminando hacia el carro, divisé dos ciervos. Estaban como a cinco metros de mí, quietos, como paralizados, y cuando hice el ademán de acercarme para tocarlos se echaron a correr de vuelta al bosque. A lo lejos se veía el río y los muchachos que subían de la pendiente y el firmamento violeta. Estaba un poco borracho. Pasamos de nuevo Guiliana y nos fuimos por una carretera donde a los pocos minutos nos perdimos. Llegamos a Rockford, una linda ciudad con un río en el borde donde se reflejan las luces de los hoteles y los casinos y los edificios. Después de Rockford nos enfrentamos a una carretera desolada. Paramos en una bomba de gasolina que tenía un pequeño supermercado y Alexei invitó a la cajera a un bar y ella dijo que sí, pero que tenían que esperar que acabara su turno.

Después de atravesar dos pueblos más, llegamos a Madison. Tim dio vueltas a través del capitolio, como doce vueltas, buscando un bar alemán que le era familiar. El bar estaba atestado de estudiantes universitarios. Parecía una taberna alemana con una cabeza de venado en la pared y tres muchachos tocando, dos tocaban guitarra y uno que tenía dregs tocaba el banjo. Tim decía que se encontraba a punto de abandonar su carrera e irse a busca suerte a California. Le murmuraba emborráchate, y él me miraba como pensando y luego se reía y se volvía a poner serio. Nos detuvimos a escuchar música y yo no quería beber, ya que me dolía el estómago, pero las muchachas me miraban y se sonrían y había una que se besaba con su novio y mientras se besaba con él me miraba y cerraba los ojos y los abría y me buscaba con la mirada.

Mucha gente. Mucho ruido. Finalmente, pedí una cerveza alemana. Y brindamos mientras Jimmy contaba nuevamente la historia de la muchacha que conoció en el bar de keywest y se lamentaba de que no hubiéramos llevado marihuana al río, y entonces, hablaba de una rusa con la que tuvo una hija y se quitaba los lentes y se reía y luego decía que estaba harto de la biología, que necesitaba vivir, entonces los muchachos tocaban con más intensidad y Jimmy se bebía de un trago la cerveza y se levantaba a pedir otra mientras Alexei enrollaba un nuevo cigarrillo y los estudiantes nos miraban y un señor homosexual que pasaba y que se asemejaba a Truman Capote se sentaba frente al bar, pedía algo y se iba y al rato retornaba como si estuviera dando vueltas alrededor del bar hasta que dieron las tres de la mañana y el bar lo empezaron a cerrar, los estudiantes se iban, los músicos dejaron de tocar y se pusieron a recoger sus intrumentos.

Alexei se puso a tocar canciones rusas en el recorrido por la carretera. Íbamos a Milwakee. No aguanté más y me dormí y cuando desperté Alexei seguía tocando, los muchachos riéndose, casas sucediéndose a ambos lados de la carretera. Entramos a Milwakee. Nos parqueamos detrás de unos contenedores de basura. Eran las cuatro y media de la mañana. Todo el mundo dormía. La temperatura estaba sumamente fría. Entramos a un edificio de cuatro pisos, y al abrir la puerta, el apartamento de Jimmy estaba sucio y desordenado, como si el dueño del apartamento se hubiera muerto de un ataque cardiaco y nadie hubiera entrado en el apartamento. Se suponía que íbamos a dormir esa noche en su casa, aunque dentro de poco iba a amanecer, los muchachos siguieron celebrando y bebieron tequila, cuatro shots de tequila, pero yo no, yo sencillamente los observaba y Jimmy contó de nuevo la historia de la mujer que conoció en Keywest. Alex salió a fumar en el lobby del edificio y estaba fumando cuando la alarma de incendio se disparó y empezó a sonar y al minuto todas las personas del edificio empezaron a bajar por las escaleras y nosotros las escuchábamos bajar, riéndonos.Nos dormimos. Al otro día retornamos con las ojeras a Chicago y con Alexei al volante, maldiciendo en ruso a los carros que pasaban. Tres días después alquiló un carro descapotable y bajó hasta Florida. De ahí tomó un avión hacia Nueva York y de Nueva York otro a Paris y de Paris uno a San Petersburgo. No nos hemos vuelto a ver.

sábado 23 de septiembre de 2006

Carlos Monsivais




Conocí al escritor Carlos Monsivais hace aproximadamente un año. Me presenté de la siguiente manera, mi nombre es Frank Báez: soy el encargado del buffet. Pero tratemos de explicar de una manera coherente todo el asunto.

Se da el caso de que me llega una invitación de la revista Contra Tiempo a una cena en que el escritor Carlos Monsivais iba a ofrecer una conferencia. La contribución al evento era de setenta y cinco dólares, por lo que le escribí a la persona que me había enviado la invitación y le expliqué que no podía pagar semejante cantidad. Al rato la persona, una dominicana simpatiquísima, me respondió que si me interesaba podía trabajar como voluntario. Le contesté que sí. Dos semanas después estaba en Pilsen, en el Mexican Fine Arts Center Museum de Chicago, moviendo mesas, colocando manteles y entrando de tanto en tanto a un cobertizo, junto a un gringo, levantando huacales y analizando cuántas botellas de cerveza se iban a consumir durante la noche. Lo hice de maravilla, aunque en ocasiones abría una caja y me quedaba observando las tazas o los recipientes sin la más mínima idea de dónde los iba a colocar o para qué funcionaban. Llevábamos platos, platones, platillos, cucharas, cucharitas, cucharotas, cucharones, tenedores, cuchillos, saleros, crema, botellitas de agua, servilletas, vino, cerveza, agua oxigenada. Uno de los gendarmes, un mexicano que había cruzado la frontera quince años atrás, me explicó la diferencia entre un suape y un mopeador. Yo la verdad todavía no entiendo. Pero fue una buena demostración. Lo felicité por ello. En un momento, las luces del escenario no encendían y me preguntaron si yo sabía de luces y yo que no tenía idea, murmuré que sí y de alguna manera milagrosa las logré encender.

Poco a poco fue llegando la gente. Había mexicanos intelectuales discutiendo de política. Había gringas casadas con mexicanos y mexicanos casados con gringas. Había lesbianas en chacabana. Había mucha gente. Había dominicanos. Había un señor con el pelo largo que tenía enrollado en la cabeza un manto de la Virgen de Guadalupe y que entró al salón con una especie de lanza en la mano. La colocó contra una esquina, le pidió una copa de vino a una de las bartenders y se sentó en la mesa que estaba frente al bar, donde estaba el grupo de música folklórica que iba a cerrar la actividad y donde estaba yo con otra copa de vino, bebiendo y dándole vistazos a las demás mesas. Una de las bartenders me volvía a llenar la copa cada vez que me la acababa. Al señor que andaba con la lanza le decían López. Me habló un poco. Luego se calló. Luego me dijo que yo parecía chilango. Luego me explicó que todos los que estaban en la mesa eran de Veracruz y que en Veracruz se escucha mucha música tropical como en Santo Domingo y se come mucho pescado. Peje, me dijo. Después el que estaba a su derecha se puso a hablar de música y de su familia, de sus catorce hermanos y en un momento dijo que a veces se le olvidaban los nombres de algunos de sus hermanos y que se tenía que concentrar y concentrar hasta que le venían a la mente los nombres.

Entonces Carlos Monsivais subió al escenario. Ahí estaba, sentado en una mecedora, al lado de una mujer de mediana edad y pelo largo que según explicaron, tenía un famoso programa cultural en la radio y que esa noche se encargaría de hacer una serie de preguntas al invitado. Las preguntas iban desde política a literatura, desde México a Estados Unidos, desde presidentes al Papa, al Apocalipsis. Las preguntas no eran muy buenas, pero Monsivais se las arreglaba para dar respuestas contundentes o a veces se perdía entre largos monólogos que se iban alejando de la pregunta inicial, al extremo de que uno se olvidaba de lo que la entrevistadora había preguntado.
Habló de decadencia poética en México. Habló de López Obrador. Habló de MTV. Habló de Andy Warhol. Habló de su actuación junto a Juan Rulfo en la película "En este pueblo no hay ladrones” basada en el cuento de García Márquez del mismo nombre. Cuando mencionó esto, el mexicano de los catorce hermanos dijo que una de las actrices que aparece en la película era la mamá de una de las mujeres de uno de los catorce hermanos que tenía. Habló de cómo la novela se encontraba en estos años desempeñando el papel que debe desempeñar la poesía y que consiste en clarificar el lenguaje y establecer sus limitaciones para en lo adelante destruir esos límites.Luego dijo que estaba cansado de hablar. Le aplaudimos y seguimos comiendo.

Me acerqué entonces a donde estaba Monsivais, siendo fotografiado y molestado por un montón de mujeres. Esperé. Esperé. Finalmente, le toqué el hombro y él se volteó y le dije que era el encargado del buffet. Se sonrió, ya que estaba esperando que le dijera otra cosa, que adoraba sus libros (los que ciertamente me encantan) o que era poeta. Le dije que el postre estaba delicioso. Carlos Monsivais me agradeció.

Carlos Monsivais que recientemente ha recibido el premio Rulfo por su trayectoria literaria. Carlos Monsivais que es un personaje en los Detectives Salvajes de Bolaño. Carlos Monsivais es uno de los prosistas más importantes de México y ha enriquecido y continuado la tradición dejada por Alfonso Reyes y Octavio Paz. Carlos Monsivais es conocido por sus antologías: Antología de la poesía mexicana del siglo XX y Poesía mexicana II. 1915-1985. Carlos Monsivais se fue en el mismo momento en que estaba subiendo el grupo folklórico de Veracruz a tocar. La pasé bien mirándolos. Los micrófonos se dañaron. Uno de los que estaban sentados a la mesa y que era el que cantaba dijo que lo iban a hacer sin electricidad, a la manera antigua, como durante la revolución. La gente se levantó a bailar. Las luces entonces se apagaron.

viernes 8 de septiembre de 2006

Notas para una conferencia sobre Dylan Thomas (1)

No tengo que hacer mucho esfuerzo para recordar la primera vez que escuché un poema de Dylan Thomas. Esto ocurrió hace más de diez años, cuando por cuestiones del destino, yo estaba empezando a interesarme de lleno en la poesía. Además de escribir poesía a cien kilómetros por horas, estaba empezando a leer poesía no tan rápido, pero aceleradamente. Por esa y mil razones más, solía hablar de poesía las veinticuatro horas del día o me pasaba los días escribiendo poesía encerrado en mi cuarto hasta que la mano derecha empezaba a dolerme de tanto escribir. Cerraba las persianas, bajaba las cortinas, apagaba la luz y escribía como yo pensaba que escribían los poetas, o sea, con los ojos abiertos en la oscuridad. Cuando me cansaba de escribir, leía entonces los poemas, encontrando un montón de faltas ortográficas y reiteraciones y cursilerías que trataba de corregir, no mutilando el poema defectuoso, sino escribiendo un nuevo poema.

Al mismo tiempo, trataba de leer poesía, pero la mayoría de la poesía que leía me aburría de sobremanera, por lo que terminaba durmiéndome entre el libro o echaba el libro a un lado, y continuaba escribiendo más poemas. Lo que relaciono de inmediato con la anécdota de un tipo que trabajaba en una imprenta y que en cierta ocasión le prestó una antología de poesía a Paúl Álvarez. El libro estaba lleno de tachaduras y versos que había escrito el tipo a lapicero, versos de San Juan de la Cruz tachados, versos de Cernuda tachados y traspuestos por otros, que de acuerdo a su criterio, eran mejores y se adecuaban más al conjunto. Aunque no lo creía en ese entonces a mí prácticamente me pasaba lo mismo, ya que asociaba todo lo que leía a lo que estaba padeciendo. En una entrevista, Ezra Pound relataba la historia de un niño que pregunta si alguien ha visto el rostro de Dios, alguien le responde que no, a lo que el niño murmura, agarrando lápiz y papel, que cuando él acabe de dibujarlo finalmente van a ver cómo es. Pero bueno, ese tipo de esteta era yo, para que se vayan haciendo la idea.

Como ya mencioné, en esa época escribía intensamente poemas en cuadernos que luego extraviaba, poemas espontáneos que a medida que leía a Dylan Thomas y a otros poetas iba abandonando para concentrarme en unos pocos que me tomaban noche y día hasta que abandonaba los poemas o los arrojaba a la basura. Pero no eran unos pocos, se multiplicaban solos, eran miríadas de papeles arrojados a la basura, tantos papeles que si en vez de arrojarlos los hubiera quemados todos al unísono, de seguro que las llamas hubieran quemado la ciudad de Santo Domingo entera.

Por esos días leí por primera vez a Dylan Thomas, o mejor dicho, me leyeron por primera vez un poema de Dylan Thomas. En ocasiones, mi papá suele leer poesía, sobre todo después de almorzar, aunque la mayoría de las veces lo que leía no me satisfacía, y yo, al igual que el empleado de la imprenta, pensaba en tachar los versos y cambiarlos por otros. Una tarde, sentado en el mueble, escuchaba a mi papá leyendo, pensando en los versos que hubiera tachado cada vez que él leía un nuevo poema. Mi papá tenía las obras completas de Neruda en las manos, un libro rojo que publicó Losada antes de la muerte del poeta que contiene una dedicatoria que le hizo mi mamá a mi papá en los setenta. Estaba leyendo el poema Barcarola que es uno de sus poemas favoritos. Se da el caso de que después de la lectura del poema, él dice que ese poema le acordaba otro poema y se levanta a buscarlo. Cuando regresa trae un libro negro con la foto de un Dylan Thomas de dieciocho años bebiendo cerveza en la portada. Antes de leer el primer poema que escuché en mi vida de Dylan Thomas, el poema Si me hiciera cosquillas el roce del amor, mi papá hizo un pequeño comentario, aunque no recuerdo si el comentario era acerca de la vida del poeta o si se trataba del poema en sí. La cuestión es que empezó a leer el poema. Lo recuerdo como si fuera ahora mismo, como si fuera mi papá que leyera estas páginas y yo estuviera ahí en frente escuchándolo, pero recuerdo específicamente el verso: la mitad del mundo es del demonio y la otra mitad es mía. ¿No es impactante? No sé con qué compararlo, es como si alguien empujara una silla de ruedas por una escalera. Pero ese tampoco sería el símil, y por supuesto que no existe, ya que ese verso contiene toda la adolescencia mía y la de no sé cuántas personas más.

A los diecisiete años ese verso es mucho más impactante, o sea, a la edad que yo lo escuché por primera vez. Sin perder tiempo, esa misma tarde, tomé el libro y empecé a leer los poemas, los versos de los poemas que saltaban a mi vista. Los poemas en forma de útero. Los primeros poemas. El poema inconcluso. Los poemas con la forma del Santo Grial. Lástima que no traigo el libro conmigo, porque fuera interesante mostrarlo y analizarlo página por página. Pero supongamos que lo tengo aquí. Si lo levantara y se los mostrara, lo primero que se adueñaría de su atención es la foto de Dylan Thomas en la portada, bebiendo cerveza, aunque al principio yo pensaba que se trataba de whiskie, pero si se analiza la foto de cerca se pueden percatar que es cerveza. En la contraportada se encuentra una ligera biografía del poeta, con letras amarillas sobre un fondo negro, letras que si ustedes al igual que yo las hubieran leído tantas veces estas los hipnotizarían. En resumen, los editores escribieron en la contraportada: un párrafo de lo que en una carta Dylan Thomas dijo que era la función de su poesía y de la poesía en general, un extracto de lo que escribió en el prefacio la traductora acerca de la muerte del poeta y al final trazan una paradoja entre las dieciocho copas de whiskie que el poeta se bebió y su primer libro publicado ante de los veinte años titulado Dieciocho poemas.

En algún sentido este libro es misterioso, tanto así que no lo he traído aquí para que siga perdurando su misterio. Porque así deben ser los libros de poesía. Porque así son los poetas. Este tipo de libro aparece milagrosamente en librerías destartaladas o en la casa de un poeta que murió del cual nadie tenía la mínima idea que era poeta. Estos libros uno lo encuentra en los estantes, llenos de polvo y mugre. Acto seguido, uno los toma, les da la vuelta, lee las contraportadas y se los lleva. Camina con ellos, cargándolo entre las axilas, aguantándose las ganas de pararse en cualquier esquina a leerlo. Generalmente, uno se detiene en un café o en el banco de un parque a leerlo, aunque en ocasiones uno se aguanta hasta llegar a la casa.

Como decía, la primera vez que escuché de Dylan Thomas fue esa tarde. Y me acuerdo que no dejaba de leer el libro. Y me acuerdo que esa misma tarde le secuestré el libro a mi papá.
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Para seguir leyendo las demás notas para la conferencia de Dylan Thomas entrar en los siguientes links:
Notas para una conferencia sobre Dylan Thomas (2)
Notas para una conferencia sobre Dylan Thomas (3)
Notas para una conferencia sobre Dylan Thomas (4)
Notas para una conferencia sobre Dylan Thomas (5)
Notas para una conferencia sobre Dylan Thomas (6)

martes 1 de noviembre de 2005

HALLOWEEN

Asistí anoche a una fiesta de Halloween cerca de Pilsen. Se suponía que me iba a encontrar con un amigo mexicano que conocí en una galería de Pilsen. El mexicano me había dicho que iba a tener puesta una máscara de Blue Demon. Yo no fui disfrazado, aunque cuando los que pasaban a mi lado con disfraces me preguntaban de qué estaba disfrazado, les decía que era un zombi.

La casa estaba abarrotada de personas disfrazadas que se fotografiaban entre sí y bebían cervezas de latas. Llegué al porche, pasando una camioneta azul destartalada y varias bicicletas encadenadas de una verja y una perra amarilla llamada Xuxa que olfateaba a todos los invitados. La gente subía a través de una escalera de madera a la azotea donde se amontonaban las parejas a chulearse y a fumar yerba mirando los carros que pasaban o la gente disfrazada que se aproximaba o a la banda que tocaba canciones en onda New Wave.

Desde el techo, me quedé observando la banda. "No tocan mal", me dije. Allá abajo estaban, alineada en un extremo de la azotea, a la izquierda de un altísimo muro repleto de hiedras, rodeada de personas disfrazadas, de un tipo disfrazado de Edward Scissorhands, de uno disfrazado de soldado norteamericano muerto en Irak, de uno disfrazado de gladiador romano, de Winnie de Pooh, del Che Guevara, de James Dean, de brujas con vestidos de terciopelo, de Gatubela, del gallo Claudio, de guineo, de la muerte, de uno disfrazado de cerveza, de contenedor de basura, de Rupaul, de un tipo con un destornillador clavado en la cabeza, de Santa Claus, entre otros que aplaudían y bailaban al ritmo de la música de la banda y del cantante que tenía un casco de futbolista americano y que llevaba el ritmo con el pie derecho y tocaba prodigiosamente la guitarra.

A mi lado había un tipo con lentes que voceaba obscenidades y que en un momento empezó a vocear: Oh Dios mío!, hay un oso al lado del bajista, lo va a atacar.


Bajé entonces a buscar una cerveza. Atravesé un pasillo, entre personas disfrazadas de todas las edades, disfraces que no reconocía y que a veces me hacían reír.

Le pregunté a una viuda muerta donde estaba la cerveza. Ella se encogió de hombros y le preguntó a un tipo sentado a su lado, con una máscara de calavera, que negó con la cabeza. La cocina estaba repleta de gente y en cada dirección había botellas de cerveza y cajas y fundas repletas de latas.
De ahí avancé a la sala, pasando la fila de los que iban al baño. Los celulares deslumbraban en la penumbra donde se alzaba el humo de los cigarros. Las paredes estaban llenas de pinturas surrealistas e imitaciones de Frida Kahlo y Remedios Varo. Había un DJ al fondo de la sala y tenía puesta una canción de los Dead Kennedys y la gente estaba bailando como si estuvieran muertos y hubieran resucitado. Me acerqué y me quedé mirando dos hombres disfrazados de mujeres gordas que fumaban. Entre los que se chocaban, había un albino disfrazado de ángel que se movía de extremo a extremo de la sala. Un payaso me pasó una botella de Corona. Me pusé a beber y a lo lejos distinguí al mexicano con la máscara de Blue Demon. Caminé hacia él y nos pusimos a conversar mirando a la gente disfrazada que se entrechocaban.

Después de dos canciones, el DJ cambió la música y puso un poco de funk. El DJ estaba disfrazado de policía y de tanto en tanto se interrumpía y sacaba un foco, lo encendía y le pedía la identificación a cualquiera de los que bailaban. La persona le pasaba su identificación y el DJ la revisaba y asentía y volvía en busca de un LP.

El mexicano yo nos hastiamos y subimos al techo desde donde muchos observaban a la banda que tocaba. La gente disfrazada entraba y salía. El mexicano me presentó un chicano con el pelo largo y rizado que se quedó hablando con una artista peruana especialista en multimedia y antropología. El mexicano me explicó que el chicano acababa de hacer una maestría en Pornografía en la Universidad de Texas. Lo miré y éste se sonrió.


- ¿Pornografía?.

- Sí, porno, dijo el mexicano y se puso a reír.

Me lo imaginé riéndose dentro de la máscara. Estaba haciendo frío, pero como tenía puesta mi chaqueta marrón no me quejaba, aunque, me preguntaba cómo una jeva con sólo un corsé puesto que estaba a mi lado y hablaba con el mexicano, soportaba aquella fría temperatura. La banda seguía tocando. La gente con disfraces bebía y se reía. Me sentía cada vez más como un zombi.

Bajé a la casa nuevamente. El DJ tenía puesta la canción Thriller de Michael Jackson. Todos estaban haciendo la coreografía de los bailarines muertos de Michael Jackson en el video de la canción. La muerte se quedó mirándome. Winnie de Pooh le pasaba al Maquinista suicida un tabaquito. Vilma se lo pasó a Batman. Batman me lo pasó a mí y yo aspiré y los ojos se me empezaron a ponérseme chiquitos hasta que se me cerraron. Todos bailaban o cabeceaban. Parecían zombis.


Seguí un grupo de gente que pasaron una cortina. Esta llevaba a dos habitaciones. La primera era una habitación oscura con estantes de libros, una cama, un montón de ropa dispersa. Saqué un libro sobre Oulipo de unos de los estantes. Me puse a hojearlo.

En la otra habitación la gente consumía cocaína desplegada en una mesa. Ahí estaban las rayas. Ahí estaban dos muchachas disfrazadas de policía y el tipo con los cuernos. Había una lámpara encendida que iluminaba los colchones pegados a las paredes, los huacales y el mueble negro donde un tipo con cuerno besaba a una de las policías. La música de la sala se filtraba por la madera. Escuchaban a los Black Crowes.

Subí y me encontré con Vilma Picapiedra que me tomó del brazo y se puso a bailar conmigo. Me di cuenta entonces de que era un hombre.

Vi a una de las policías que había salido y que se dirigió con la cara iluminada a donde bailaba con Vilma. Era alta y tenía el pelo negro y largo, al extremo que le llegaba hasta la cintura. Llevaba puesto unos shorts y tenía esposas. La seguí hasta el techo.

Desde la azotea se divisaba la fachada de un edificio de cuatro pisos, una intersección de calles y más allá los carros en los parqueos y una de las muchas galerías y boutiques que tienen por esos rumbos. Casi no pasaban carros. Eran casi las cuatro de la mañana.
Los semáforos cambiaban inútilmente de colores. Le dije que me sentía como un zombi. La policía asintió y confesó que lo que ella quería era irse a Los Angeles y hacer películas como las que hace Natalie Portman que es su actriz favorita.

- Sí, es muy buena, dije sin convicción, como para no contradecirla.


- Me gustaría hacerle el amor, susurró la policía, después de aspirar de su cigarro.

La miré por primera vez a los ojos, parecían artificiales, como los de una muñeca. Al poco rato divisé a Winnie de Pooh que cruzaba la calle.

- ¡Goodbye Winnie de Pooh!, grité, pero éste no devolvió el saludo y siguió caminando hasta su BMW parqueado detrás de una camioneta roja.

-¿Esperamos el amanecer aquí?, le pregunté a la policía.

-Hace frío, dijo ella mirando los semáforos que cambiaban de colores una y otra vez.

- Sí.


domingo 17 de julio de 2005

Beach Poets

En la tarde pasé por Loyola Park, a la serie de recitales organizados por Cathleen Schadelmeier y que desde 1990 se denominan Beach Poets. Los recitales se realizan bajo una carpa blanca, en un extremo de la playa , casi al final del Loyola Park, por lo que tuve que caminar junto a Sarah hasta casi el otro extremo, entre bañistas y pésimos jugadores de volleyball y el lago azul a nuestra izquierda con montones de veleros y un helicóptero que recorría el firmamento desplegando el anuncio de una nueva sitcom.

Finalmente vimos la carpa con el letrero y a Charles Bernstein, un señor de unos cuarentas largos, que estaba haciendo gárgaras mientras a su espalda, un señor de pelo largo que luego presentaría como su gurú, tocaba una cítara. De inmediato, nos sentamos. Cuando Charles Bernstein acabó de hacer las gárgaras, se sentó a mi lado. Me miró y yo lo saludé. Me dijo nice hat. Yo asentí. El otro poeta, Noam Paco Gastner, empezó a improvisar un poema acerca de la ciudad de Chicago, un poema bien interesante, ya que se movía de extremo a extremo y empezaba a situar la ciudad imaginariamente sobre el poco terreno de arena que lo separaba del público que estaba sentado observándolo.

- Este es el puente de la calle Jackson

-Estas son las sears Towers

-Este es el Water place

- Esta la estación de bombero

-Aquí mataron a mi papá

- Allí hice el amor con un hombre

-Este es el Soldier Field

El público le aplaudió sin entender , sonriéndose , aunque los niños que rodeaban todo el terreno sí entendían y lo miraban sospechosamente, sobre todo una niña mexicana, que estaba a su espalda. Después hicieron un dúo, pataleraron , gritaron, se arrojaron arena a los ojos. Al rato combatieron. Noam Paco Gastner decía "árbol". Charles Bernstein decía "Piojo". Uno decía " Cuchara". Otro decía " Fémur" . El otro hacía gárgaras. Luego decía "Pie grande". El otro decía " Bin Laden comiendo sopa". El otro respondía " Mi mamá me mima " Ectétera, etcétera. Cuando acababan los poetas se ponían a hablar con el tipo de la cítara, que en un momento, intentó con su cítara descolgar de la rama de un árbol una vejiga que se había atascado y que acabó pinchándola. Los niños lo miraron mal.

En un momento, Cathleen Schandelmeier llamó a su hijo y le explicó que debía pasar un sombrero negro de playa alrededor de los asistentes para que depositaran dinero en él. El niño dijo que no. La mamá le dijo que no le iba a dar más helado, y se levantó e interrumpió a un poeta, y explicó que los poetas necesitaban cenar y que por favor sean tan amables de contribuir con la cena de los poetas. Entonces empezó a pasar el sombrero y yo deposité un dólar y la niña mexicana, que estaba, la verdad , bien impresionada con todo el asunto y no paraba de mirar , se dirigió hacia donde su papá y le pidió dinero y éste le dio un dólar que la niña depositó sobre el sombrero. El último poema consistió en un poema colectivo, en que algunos miembros del público, incluyéndome a mí, se acercaron al centro y tocaron extraños y complejos instrumentos musicales, mientras los poetas discutían de poesía con un niño de dos años , hijo del maestro que tocaba la cítara y otro instrumento que recordaba a los de John Cage. Tocábamos y tocábamos y los poetas continuaban discutiendo de poesía con el niño. Finalmente, el niño se fue y el público le aplaudió al niño, que permaneció por un buen rato mirándonos a todos fijamente.

La poeta Cathleen Schandelmeier agradeció la asistencia. Nuevamente le aplaudieron al niño. Pasaron el sombrero de nuevo y en esta ocasión el dinero iba a ser destinado al niño, según explicó la poeta Cathleen Schandelmeier.

sábado 18 de junio de 2005

¿Harry Potter como la reencarnación de John Lennon?

Leo sin sopresa que Harry Potter ha quebrado records de ventas en Los Estados Unidos y en el Reino Unido. Esto no me soprende.

Pensando en un artículo del pésimo escritor chileno Alberto Fuguet , recorrí el viernes a la medianoche varias de las librerías del downtown. No voy a mentir como Fuguet , diciendo que las librerías estaban abarrotadas o algo así, aunque la verdad es que habían muchas personas tratando de adquirir el nuevo libro de Harry Potter.

En los alrededores de la Barnes and Noble las personas leían. Las personas leían debajo de los faroles. Leían con los libros en las manos mientras caminaban y cruzaban los semáforos en verde. Leían manejando. Leían comiendo y bebiendo café. Leían hablando por teléfono. Hasta entonces no había visto tantas personas leyendo.

El secreto de las ventas de Harry Potter se refleja de la siguiente manera. Vi a una familia que compraron cuatro copias del libro. Uno para la mamá. Otro para el papá. Otro para la hija mayor. Otro para la hija menor. Yo me encontraba aquello totalmente absurdo, pero al rato caí, se compraban el libro para leerlos simultaneamente y para tener algo en común de qué hablar. Vi punks leyendo a Harry Potter al otro día en el Festival Intonation de música. Vi a la hindú de la caja registradora del supermercado leer a Harry Potter y atender las compras. Yo regresaba a casa en el metro y todo el mundo estaba leyendo, excepto yo. Todo el mundo leía, y leían con una pasión y un arrebato que pocas veces he visto en lectores. O sea, leían para acabar el libro, pero sin ganas de que se acabara. Esto último puede sonar absurdo, pero debe pensarse minuciosamente. Por cierto , cuando las multitudes leen se ven tan mal , tan idiotas y feas, y más cuando leen el mismo libro, era como si estuvieran mirando televisión. Gunther Grass hablaba de lo hermoso del rostro del niño cuando lee, pero es mentira, los niños cuando leen se ven terribles o por lo menos se ven terribles cuando leen Harry Potter.

La jeva que estaba a mi lado leyó quince páginas de la parada de Jackson a la Salle, de la Salle a Racine leyó quince más. En una ocasión le sonó el celular y con una mano lo apagó automáticamente. De Jackson a Racine hay diez minutos de diferencia a esas horas de la noche.

Todo esto para terminar en lo que me dijo un taxista polaco meses atrás. Le pregunté si los pasajeros dejaban cosas en el taxi. Me dijo que sí. Luego le pregunté si solían dejar libros. Me dijo que sí , que revistas y libros. Me dijo que si los libros que dejan los pasajeros son los de Harry Porter él se tomaba la molestía de devolverlos, pero si eran de otro él iba a una librería de libros usados y los vendía. Le pregunté el por qué. Me respondió que porque era el único libro que las personas reclamaban en la compañía de taxis. Los otros, al parecer, se les olvidaban.