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jueves 29 de noviembre de 2007

Alexei Kolejov en República Dominicana (4)

Esta es la primera foto que le tomé a mi amigo ruso Alexei Kolejov en el aeropuerto de Punta Cana. Creo que la comenté en notas anteriores. Enfoquémonos en la parte derecha de la cabeza de Alexei, específicamente en su oreja. Si distinguimos bien nos damos cuenta de que cuelga un cigarro de ésta. Como dije en post anteriores, durante la estadía de Alexei en la República Dominicana éste consumió alrededor de cincuenta cigarrillos diarios, alcanzando en ocasiones los cien cigarros o los ciento diez cigarros, lo que para mi papá, fumador empedernido desde los quince años, es un record. Esa noche que Alexei llegó a suelo dominicano, consumió alrededor de treinta cigarros, desde las siete de las noche de su arribo a las doce PM en que se fue a la cama con dolor de cabeza. Nos estábamos quedando en un hotel de la Romana. A la mañana siguiente, toca la puerta de nuestra habitación y al abrirle llevaba un cigarro entre los dedos, preguntando qué íbamos a hacer. También escribí en notas anteriores acerca de su costumbre de fumarse dos cigarros antes de desayunar, pero sobre todo, de colocar los dos cigarros en el plato vacío de la mesa, como si se trataran de pastillas o de su comida. Recordemos que Jimmy Hungría le preguntó a Alexei cuando había empezado a fumar y él le respondió que a los ochos años. O de cuando nos dirigíamos a Bahía de las Águilas que Alexei pedía que nos detuviéramos para orinar y que detrás de unos matorrales, a metros del carro, él encendía un cigarro que fumaba, al tiempo que fingía que orinaba. Ante estos datos, la primera pregunta obligatoria es: ¿tiene Alexei Kolejov pulmones? Por supuesto, que tiene. Pero lo mejor es esto, le funcionan de maravilla. Cuando vivíamos en Chicago, solíamos hacer competencias en una de las piscinas para ver quién resistía mayor tiempo debajo del agua. Atravesábamos la piscina de cincuenta metros sin respirar. Alexei la atravesaba ida y vuelta. Lo que suponía que nadaba cien metros debajo del agua y resistía mucho más de un minuto sin respirar. Siempre resultaba vencedor, dejándonos a Diógenes, a una rubia tetona, a mí y a todos los espectadores, estupefactos.

Acá tenemos a Alexei tocando la Cannabis Song con la guitarra del papá de Giselle. Cuando vivíamos en Chicago, Alexei solía llegar de noche, después de las doce, borracho y con una guitarra que le había traído su hermana entre las manos. Tocaba la puerta. A veces estábamos fatigados y apagábamos la luz para que pensara que no había nadie en la casa, pero Alexei es insistente y testarudo, por lo que tocaba y tocaba hasta que terminábamos abriéndole. Luego de terminar de cantar las canciones rusas nos explicaba de qué hablaban. Eran simpáticas y depresivas como los cuentos de Chejov. Como letras de bachatas. Después que Alexei fue expulsado del laboratorio de Microbiología y retornó a Rusia, Diógenes y yo seguíamos tarareando esas canciones hasta que conocimos a la novia de Giordano y le perdimos el cariño a todo lo que sonaba a ruso. Al oír las canciones en sus versiones originales, nos sentimos defraudados, como si las mejores versiones fueran las de Alexei con su guitarra.
Nota: los ojos que aparecen rojos en la foto, no se deben a la calidad de la foto o al flash. Alexei tenía los ojos así de noche.


En la foto vemos un cangrejito que Alexei recogió en Bahía de las Aguilas y que quería llevarse a Rusia. ¡Gracias a Dios el cangrejito se le escapó de las manos! Al llegar a la playa de Bahía de las Aguilas, luego de tomar una yola en Cabo Rojo, lo primero que Alexei hizo fue internarse entre la vegetación y los cactus y la guazábara, buscando hongos sin resultado aparente. Esto me trae a la memoria los hongos que Alexei trajo de Rusia como regalo para mi mamá y que preparó en una sopa que hedía y que Isabel le dijo a mi mamá que no probaría por nada del mundo. El aparente fracaso se debía a que Alexei nunca en su vida había cocinado. Posteriormente, Giselle prepararía los hongos sobrantes con una rica salsa y quedarían exquisitos. También me acuerdo de los hongos con que Alexei trabajaba en el laboratorio de la UIC en Chicago. A las dos de la mañana, cuando finalizaban nuestras vueltas por los bares del barrio italiano, acompañaba a mi amigo ruso al laboratorio donde este analizaba y monitoreaba los hongos que, creo, estaba clonando. Se suponía que Alexei tenía que monitorear los hongos cada cinco horas y redactar el análisis correspondiente y luego fotografiarlos. Como para esa hora él se encontraba borracho, las pruebas resultaban pésimas y una que otra vez yo tuve que proceder a fotografiar los hongos. A los pocos meses, el laboratorio lo despidió. Con el último cheque que le mandó el laboratorio, un año después de su despido, Alexei hizo el viaje a la isla.


Alexei desapareció una noche con tres morenas. Lo encontramos a la mañana siguiente en un destacamento de la zona fronteriza. En la foto, el sargento Mota Paulino que se encargó de limpiar los vómitos dejados por Alexei en una de las celdas. A la derecha, podemos ver el cubo que utilizó para dicha operación.

Sin comentarios.


No

Nos detuvimos en este pueblo que se encuentra antes de Pedernales. Ahí vemos cómo Alexei devora unos yaniqueques fritos con aceite sobrante de una semana. En esta foto, ya Alexei se ha pasado dos semanas en la República Dominicana. Sin embargo, cuando Alexei vino a Santo Domingo, se renegaba a cepillarse con el agua de la llave que según había leído, en una revista en el aeropuerto de Moscú, se encontraba contaminada. Los primeros dos días hasta cocinaba su propia comida. Recuerdo que durante su segunda noche, después de la exposición de Juli, fuimos Alexei, Miguel, Chelo y yo a la Barra Payán. Nos sentamos en un extremo y pedimos jugos y sándwiches. Alexei pidió un sandwich de pierna de cerdo. La verdad no sé si el sandwich de pierna de cerdo le cayó mal o no, pero cuando Alexei llegó a casa, fue a un colmado y se compró una botella de ron, pensando que con el alcohol iba a matar las bacterias que tenía en el organismo.

En esta foto Alexei es atacado por un Zombi a plena luz del día.

sábado 17 de marzo de 2007

Alexei Kolejov en República Dominicana(3)

El día del cumpleaños de Alexei Kolejov nos levantamos a las cuatro de la mañana con la intención de hacer un viaje hacia el sur rumbo a Bahía de las Aguilas. Quedamos en juntarnos en el apartamento de Jimmy y Maritza y de ahí partir hacia el sur. Llamamos un taxi que nos dejó frente al edificio de Jimmy y Maritza quince minutos antes de las cinco de la mañana. Alexei compró unos cigarrillos y un jugo de naranja en un supermercado cercano. Desde el parqueo le dimos un vistazo al balcón y al apartamento oscuro, pero no distinguimos movimiento, por lo que nos quedamos hablando y fumando y bostezando hasta que Jimmy bajó a calentar el carro. Le estrechó la mano a Alexei y nos pidió que subiéramos a tomar café. Alexei se puso a fumar en el balcón, al tiempo que Chelo y Cristina y Adelina subían las escaleras y se dispersaban por la sala. Quince minutos después ya rodábamos rumbo a la carretera 6 de Noviembre. Nos dividimos en dos grupos. En el jeep de Chelo, íbamos Adelina y yo. En el carro de Jimmy, iban Maritza, Alexei y Cristina.

Hicimos varias paradas técnicas en tiendas y en frituras y en colmados hasta que llegamos al Polo Magnético. El Polo Magnético queda en la provincia de Barahona, a unos cuantos kilómetros de un pueblo llamado Polo. La idea de ir al Polo Magnético fue
mía, ya que una noche, hablando con Miguel, Alexei y Chelo, comenté de paso que en el sur existe un lugar en que los carros en vez de bajar suben. Alexei me miró y me dijo que era imposible, que eso es realismo mágico y que el realismo mágico ya no está de moda ni en Rusia. Chelo y Miguel le dijeron que era cierto. Por supuesto que es posible, y eso se lo demostramos a Alexei Kolejov doblando por Cabral y subiendo una carretera empinadísima hasta que llegamos a eso de la diez de la mañana al Polo Magnético.

Debajo del Polo Magnético se construyó una carretera paralela para que la circulación de carros, camiones y motores no estorben a los turistas que se quedan abobados y tirando fotografías, haciendolos propensos a los accidentes automovilísticos. Al llegar se distingue un letrero oxidado donde se lee: Bienvenidos al enigma del Polo Magnético. El Polo Magnético tiene dos pendientes. En la primera que baja, tan sólo hay que detenerse justo donde la otra sube, poner el carro en neutro, soltar el freno y percatarse de cómo el carro sube la bajada cual si fuera arrastrado por una fuerza misteriosa. O sea, el carro se mueve a toda velocidad hasta la cima de la pendiente, como si en vez de una subida se tratara de una bajada. O como si uno estuviera presionando el acelerador hasta el fondo en reversa, pero uno no lo hace.

Alexei quedó atónito, tanto que se fumó como cinco cigarrillos, mientras veía el jeep de Chelo que bajaba y subía una y otra vez. Decidimos hacer unos experimentos. El primero fue con una botella. A la botella le ocurría lo mismo. Pasamos a un experimento más arriesgado. Empezamos a orinar en medio de la pendiente, observando cómo el charco mágicamente se desplazaba hacia el otro lado.

Durante ese día y gran parte del día siguiente, Chelo me explicaba que se trataba de un asunto topográfico y que lo que parecía una pendiente en sí era una bajada. E incluso me intentó explicar el principio en tres ocasiones. Yo le repetía que no. El otro día en la oficina, tres personas me dijeron que se trataba de un problema de ilusión óptica y de percepción. No lo creo, les dije con mi autoridad de psicólogo.

Pero en fin, hablando el otro día con Miguel Villanueva, éste me dice que dicho evento se repite en varios puntos de esa carretera que lleva a Polo. Me contó que una serie de ciclistas que participaron en una competencia internacional de ciclismo que se realizó en la zona, al final de la competición explicaron que había sido uno de los recorridos más vertiginosos y difíciles que habían realizado en su vida. La mayoría se rehusó a repetirlo.

lunes 12 de marzo de 2007

Alexei Kolejov en República Dominicana (2)

Mi experimento sociológico de traer mi querido amigo ruso por dos semanas a mi casa fue todo un éxito. ¿Existen diferencias culturales? Sí, muchas. Aunque no tantas como se puede pensar, ya que si se analiza bien, se pueden encontrar un montón de similitudes entre San Petersburgo y Santo Domingo. Veamos. Cuando Alexei Kolejov dejó San Petersburgo, la temperatura estaba en menos doce grados celsius. Cuando Alexei Kolejov arribó a Santo Domingo, la temperatura estaba en 28 grados celsius.

Según Alexei Kolejov, en Rusia la gente maneja mal y a diario se tienen cientos de accidentes. En República Dominicana manejamos peor que en Rusia, pero no tenemos tantos accidentes. Alexei Kolejov solía decir que yo manejo como un craquero y que me debieran quitar la licencia y cortarla en pedacitos.

Alexei admiraba la alegría de los dominicanos. Me decía que en Rusia la gente pelea por lo menos una vez a la semana. Pelean sobre todo cuando una persona le silba a otra o le hace un gesto ininteligible.

Le gustaban las Lolitas. No es raro que su libro favorito sea Lolita de Nabokov. En Rusia, se alcanza la mayoría de edad a los dieciseis años mientras en República Dominicana se alcanza a los dieciocho años. Cada vez que lo veía picándole el ojo a una Lolita, se lo recordaba.

Alexei le temía a los mosquitos. Pensaba que podían infectarlo de Malaria. Cada vez que escuchaba un mosquito zumbándole en los oídos se ponía paranoico. La primera noche de Alexei Kolejov en mi casa, éste entró al baño a cepillarse y al rato salió diciéndome que necesitaba hervir agua para poderse cepillar. ¿Hervir agua? , le pregunté. Sí, porque el agua está contaminada, me dijo. Lo mismo planteó la noche en que Miguel, Chelo y yo lo llevamos a la mítica Barra Payán. Alexei Kolejov pidió un sandwich de pierna de cerdo. Se comió solamente la mitad del sandwich. Ya en casa, me dijo que iba a beber ron porque el sandwich le estaba haciendo daño. Empezó a beber maniáticamente, pensando que con el romo podía matar los parásitos, hasta que se emborrachó y se puso a hablar en ruso solo. Ya que estamos en eso, Alexei se emborrachó casi todas las noches. Bebía cervezas y de ahí pasaba al romo y de ahí al vodka. Alexei Kolejov me trajo un vodka de San Petersburgo y dos cervezas rusas, pero no las llegué a probar, ya que se las bebió enteras. Es más, Alexei compró dos botellas de ron Brugal extraviejo, un Barceló y dos botellas de Macorix, para llevarlas como regalos y presentes para sus amigos y sus familiares. Pero Alexei Kolejov se las bebió. Dos cada noche. Antes de ayer, me di cuenta que la botella de whiskie que está debajo de la repisa de la sala está prácticamente vacía.

Fuimos en un tour al carnaval de La Vega. Alexei se bebió casi todos los tragos del brindis, enfureciendo a los estudiantes de tercero y cuarto de bachillerato que estaban en el bus. Estos amenazaron con dejar abandonado al ruso en el Tipico Bonao. Se bebió La Vega. Se bebió Boca Chica. Se bebió la Romana, la Zona, el parque Duarte. Como repite Giselle a cada rato, durante la estadía de Alexei Kolejov en Santo Domingo, E León Jiménez y La Cerveceria Nacional experimentaron un repunte en sus ventas.

Pero la bebida no fue tanto un problema. Hablemos de los cigarrillos. Alexei, según cálculos mios, se fumó alrededor de 980 cigarrillos durante su estadía en el país. Esto sin contar los tabacos. A Giselle y a mí nos dio gripe durante esos días. A mi hermana también. Creo que también a Miguel, ya que el otro día lo escuché tosiendo. Se le prohibió cargar a mi sobrina por el olor a cigarrillos que despedía. Se le dijo que bajara al parqueo a fumar. Alexei se despertaba y antes de lavarse la cara, se ponía a fumar. Luego le preparaban café y se bebía el café acompañado de cuatro cigarros. Luego mientras desayunaba se fumaba dos más. Durante un viaje que hicimos a Bahía de las Aguilas, le pedía a Jimmy o a Chelo que se detuvieran para que él pudiera orinar, pero Alexei sacaba sus cigarrillos y se ponía a fumar fingiendo que orinaba detrás de un muro o una mata. En una ocasión, viendo una película en el cine, casi sufre una embolia por permanecer tanto tiempo sin fumarse un cigarro.

También hay que resaltar las buenas relaciones que establecía con mis amigos, vecinos y familiares. Con la gente de la calle. Con los extranjeros. Con los estudiantes de la AFS. Con los pulperos. Con los taxistas. Una mañana se desapareció por cuatro horas. Lo busqué y lo busqué hasta que lo encontré jugando dominó y bebiendo cerveza en un colmado. (Aquí debo aclarar que el dominó ruso se juega al revés del dominó occidental. Mientras menos fichas se tienen, se pierde.) Les había brindado tres cervezas Presidente Jumbo y había pedido una botella de ron Brugal que sorbía cada vez que arrojaba una ficha. Estaba borracho. Al final, los acusó de haberle robado sus gafas que encontró por casualidad horas después en uno de los bolsillos de sus pantalones. Mis amigos y mi familia lo extrañan. Mi mamá lloró cuando se despidió de Alexei Kolejov. Isabel también. Mi papá le dio palmadas en la espalda mientras Alexei vomitaba en el sanitario. Mi hermana le regaló una camiseta. Giselle le regaló un brazalete para María y Miguel le regaló collares y adornos para la abuela, para María y para Margarita.

El año que viene me toca ir a San Petersburgo por dos semanas. Ya contaré qué tal.

domingo 4 de marzo de 2007

Alexei Kolejov en República Dominicana(1)

El pasado 19 de febrero fui a buscar al aeropuerto de Punta Cana a mi amigo ruso Alexei Kolejov. Giselle, como copiloto, me acompañó a través de la carretera mojada y los pueblos que se iban sucediendo tras los cristales. El viaje de Santo Domingo a Punta Cana toma alrededor de tres horas y media. Según Chelo, se toma tres horas, e incluso, Chelo tiene un amigo que hace el recorrido en dos horas. Pero si se da el caso de que está lloviendo y uno toma una carretera que no debe tomar, las tres horas y media se pueden convertir en cinco horas. Hicimos dos paradas. La primera en una tienda de una bomba de gasolina de la Romana y la segunda en el supermercado Jumbo de dos pisos donde compramos botellitas de agua y una caja de galletas. Creo que del supermercado Jumbo a Punta Cana nos tomó dos horas. A Higuey nos tomó como media hora. Recuerdo que en Higuey, preguntando por la carretera que lleva a Punta Cana, un tipo me dijo que manejara con precaución, ya que el carro podía resbalar, y efectivamente, cinco kilómetros más adelante, el carro empezó a patinar por la pista. Tuve que bajar de noventa Kilómetros por hora a cuarenta Kilómetros por hora.

Llegamos al aeropuerto a las seis en punto. Vagamos por los alrededores buscando la puerta de desembarque. De pie en un extremo, esperamos la llegada del vuelo 47 proveniente de Amsterdam. El aeropuerto de Punta Cana se llena de taxistas con cartulinas en las manos que alzan impetuosamente y gritando, justo cuando un grupo de turistas holandeses, alemanes o italianos salen de aduanas y se mezclan con los otros turistas y los taxistas y el personal del aeropuerto con sus walkies talkies. Recuerdo que mientras esperábamos, observamos un nórdico de seis pies siete pulgadas, cargando una mochila, quien buscaba con la mirada a alguien hasta que detrás de mí surgió una huesuda morena de Boca Chica que se abalanzó hacia él y lo abrazó. Esperamos y esperamos. Esperamos veinte minutos a que Alexei saliera de aduanas. Pensé en un momento que lo habían confundido con un mafioso ruso o que había perdido el vuelo en Amsterdam. Aunque de repente, aproximándose con un abrigo y dos bultos azules, lo divisé. Tenía como un año y medio que no lo veía, pero era como si hubieran pasado solamente dos semanas. Lo primero que hizo Alexei al llegar a la República Dominicana fue encender un cigarrillo (observar en la foto el cigarrillo entre la oreja izquierda de mi drugo ruso). Luego dijo que tenía calor, se quitó el abrigo que había traído de San Peterburgo en el parqueo y se puso una camiseta color crema. Durante todo el trayecto se la pasó fumando y coreando las canciones rusas que me había traído en un CD.

Nos detuvimos en la bomba de gasolina de Verón. Le dije a Alexei que se iba a tomar su primera cerveza dominicana. Cuando entramos, Alexei me pidió que tuviera cuidado con un moreno que tenía una gorra de los piratas de Pittsburgh y que le estaba pagando al cajero. Qué ocurre, le pregunté, pero Alexei negó con la cabeza y sacó una cerveza de un freezer. Frente a un Burguer King, Alexei se bebió la cerveza de tres tragos. Fue a la tienda y se compró otra mientras Giselle y yo entrábamos al Burguer King y cenábamos unos sandwiches de pollo y papitas fritas. Salimos entonces hacia Higuey con la intención de quedarnos en un hotel llamado Topacio que me había recomendado mi papá. Devolviéndonos por la carretera, el carro nuevamente resbalaba y yo decidí manejar despacio, inmediatamente después que vi una yipeta que se descarriló y que chocó con una camioneta. Seguía lloviendo lenta y profusamente. Alexei leía los letreros de la carretera y seguía fumando con la ventana del carro abierta.

En cuarenta y tantos minutos, llegamos al hotel Topacio. Nos apeamos y le preguntamos al encargado si tenían habitaciones, pero éste negó con la cabeza. Le pedimos que llamara por favor a otros hoteles. El encargado, un señor de unos sesenta años, se comunicó con tres hoteles y uno tras otro les respondían que todas las habitaciones estaban ocupadas. Entre tanto, Giselle, disgustada, me propinaba codazos. Alexei se movía de un extremo a otro como el robot del anuncio de las pilas Duracell. Cuando el encargado colgó, nos dijo que si manejábamos rumbo a la Romana nos íbamos a encontrar con un Aparta - Hotel. Por lo que nos dirigimos en dirección a la Romana después de encontrar la calle de salida sin siquiera darle un vistazo a la Basilica.

Al rato llegamos al Aparta - Hotel. Les dije a Giselle y a Alexei que me esperaran en el carro. En la terraza, tres hombres y una mujer jugaban dominó mientras dos dependientes hablaban detrás del mostrador. Se oía una batacha. Caminé hasta el mostrador y le pedí a una de las dependientes que por favor me mostrara las habitaciones que estaban en el segundo piso. Alexei y Giselle se apearon del carro y caminaron hacia donde estaba. Seguimos a un muchacho flaco que abrió la puerta principal y nos llevó a través de un oscuro pasillo. "El bombillo se quemó" , dijo el muchacho. Abrió una habitación al azar. La habitación tenía televisión, abanico, cama y baño. Alexei se asomó a la persiana, se acercó a donde estaba y murmuró que nos fuéramos de ahí. Se detuvo. Luego murmuró que el moreno de la gorra de los Piratas de Pittsburgh se encontraba bebiendo cerveza en el primer piso. Decidimos irnos.

Cuando tomamos la carretera, Alexei encendió un cigarro y se puso a contar algo que le ocurrió en el avión. Durante el vuelo de Amsterdam a Punta cana, una dominicana se había sentado a su lado y le había hecho una serie de preguntas, que según Alexei, eran de caracter sexual. Alexei apenas entiende español, por lo que negó con la cabeza, cada vez que la mujer le repetía algo. "No hablo español", decía. La dominicana se levantó del asiento y retorno a su asiento original, justo al lado del moreno con la gorra de los piratas de los Pittsburgh que habíamos visto hacía un rato en la tienda de la bomba de gasolina de Verón. Cuando ellos se sentaron, una señora dominicana, le dijo a Alexei en inglés, que había una red de prostitutas que embaucaban a turistas en los vuelos de Amsterdam a Punta cana y que tuviera cuidado con ellos. Al decirlo señaló a la extraña pareja. Alexei miró a la pareja y tuvo miedo por primera vez.

Esa noche dormimos en la Romana. Al otro día llegamos a Santo Domingo. En el trayecto, Alexei se fumó cincuenta y nueve cigarrillos.

lunes 25 de septiembre de 2006

Alexei Kolejov en Mississippi

Algo que puso en claro Alexei Kolejov es que no se iría de los Estados Unidos sin conocer el río Mississippi. El papá de Alexei le leía a Mark Twain, por lo que éste había crecido con una disposición a la aventura y por supuesto con ganas de conocer el río Mississippi. Me dijo una noche, mientras bebíamos, que tenía todo planeado. Para entonces sólo le quedaba menos de una semana en los Estados Unidos. Al principio le dije que sí, pero lo dije titubeando, porque no pensaba que el viaje iba a realizarse, así que el viernes, cuando me comunica que todo está preparado y que iban a venir con nosotros dos amigos de él, dos biólogos, uno ruso y otro gringo, y que íbamos a alquilar un carro, no tuve más opción que encogerme de hombros y decirle que tan sólo tenía veinte dólares. Así que alquilan el carro y me pasan a buscar como a eso de las nueve de la mañana, en un pontiac blanco último modelo que estaba en excelentes condiciones.

Se acercaron. Primero Jimmy, el ruso, con el pelo lleno de rizos rubios y unos lentes gigantescos, quien me estrechó la mano. Al rato se aproximó, Tim, el gringo.Salimos de la ciudad con dirección a la carretera que conduce a las autopistas interestatales. Tim manejaba y Jimmy no paraba de hablar, de su trabajo, de un viaje que hizo a Keywest, FL, donde conoció la casa en que se mató Hemingway y a una hippie en un bar que le confesó que había renunciado a todo, a su carrera, a los esquemas, al capitalismo, que había quemado su dinero y rasgado sus tarjetas de crédito y que vivía sola en un segundo piso con dos gatos. Ella le preguntó al ruso que buscaba en Keywest y Jimmy que no sabía qué diablos buscaba ahí, le susurró que conocer la casa de Hemingway. Esa fue la mejor respuesta que podía haber dado, puesto que ella se puso contenta y lo invitó a su apartamento donde hicieron el amor y luego, en la noche calurosa, fumaron recostados de la cama.

La ciudad quedaba atrás. Tras los cristales se veían los vehículos que nos pasaban o que pasábamos, en ambos lados de la carretera terrenos baldíos, aunque de repente aparecían trailers y aparecían gasolineras y cementerios y centros comerciales y una casa de madera de tres pisos donde al parecer vivía alguien rodeado de una llanura tan larga como la mirada. Llegamos a algún sitio a comprar cerveza, frente a un motel con un cementerio protestante al frente y que estaba tan cerca que se podría decir que los muertos estaban enterrados en el motel o los clientes del motel eran capaces de decir que hicieron el amor en un cementerio.

Compramos cerveza y Jimmy compró cuatro botellas de vino: dos vinos franceses y dos vinos californianos. Luego hicimos una compra en el supermercado. El viento soplaba y venía bajando de una llanura, detrás de un Holiday Inn que estaba a la derecha. Salimos y esta vez ya sentía el campo, el aroma del campo entrando y saliendo por los pulmones. Pasamos unos cuantos pueblos, el primero era un pueblo como de esos de las películas de David Linch como con noventas casas y una iglesia luterana, un centro comercial y en los garajes camionetas y yipetas y máquinas de podar el césped. Dos kilómetros más adelante había un observatorio. Era de diez pisos y nosotros pensábamos que el río se iba a ver desde arriba, pero no, apenas se veía el campo con cientos de pinos extendiéndose a lo lejos, al tiempo que más allá estaban las montañas y arriba de todo, flotando en el aire, se veían halcones. Alexei los observaba y se sonreía, porque al mirarlos planear, era como si tu alma se fuera con ellos y estuvieras viéndolo todo desde los ojos de los halcones.Nos tiramos fotos. Bebimos cerveza. Bajamos del observatorio y nos montamos en el carro y proseguimos. El próximo pueblo era Guiliana con casitas montadas en la colina y con un brazo del río que atraviesa un sendero lleno de flores y castaños y sauces llorones e iglesias antiguas. Era como si hubiéramos retrocedido doscientos años atrás. Me acuerdo de una mujer que estaba saliendo de un jeep y del viento agitando su falda, levantándola, aunque ella se la agarraba con las manos. Nos detuvimos en una bomba de gasolina donde le preguntamos a un tipo con gafas la dirección del río y los mejores lugares para pescar.

Tuvimos que comprar una licencia de pescar. También compramos lombrices. Manejamos entonces con dirección hacia el río, según las indicaciones que nos había dado el hombre, atravesando de nuevo el pueblo y metiéndonos por un sendero que se iba estrechando a medida que nos adentrábamos, pasando por casas de granjeros, casas que en los portales tenían letreros donde se leía: apoyamos a las tropas en Irak y al presidente Bush. Cientos de casitas con porches y piscinas y Tim dijo que si uno entraba a una de esas casas los dueños te disparaban por irrumpir en propiedad ajena. Llegamos a una cima donde finalmente se divisaba el Mississippi. Era inmenso. Estaba detrás de los rieles y más allá del río se distinguía el otro lado verdoso y la vegetación agitada por el soplo del viento. Tim dobló a la izquierda y manejó pasando los rieles, hasta que llegamos un lugar que parecía propicio y donde una jeva se había apeado de su jeep y hablaba por un celular. Apenas sonrió.

Por más que buscamos no encontramos un lugar para acampar. Los muchachos se tiraron una foto y nos montamos en el Pontiac y seguimos hasta el final del camino donde encontramos un muchacho con botas y sombrero de cowboy que pescaba en un estanque. El nos indicó un lugar y después que Alexei se tiró unas fotos con él, nos devolvimos y doblamos a la izquierda y nos detuvimos, dejando el carro varios metros atrás. Pasamos los rieles y ahí estaba el río, majestuoso e inmenso.

Inmediatamente prendimos un fuego, hablamos, hicimos confesiones y comenzamos a comer. Nos sentamos en un tronco tumbado que estaba a orillas del río. El viento me daba en la cara y las olas casi me tocaban, porque el viento soplaba con tanta fuerza, que levantaba olas en el río. El río color marrón, donde antes de irnos, vimos un barco navegando y nos acordamos de los barcos que aparecen en las novelas de Mark Twain con apostadores y conspiradores. Aunque Tim dijo que la mejor parte del río se encuentra en New Orleans. Comimos. Bebimos vino. Alexei buscó la guitarra y cantamos canciones en ruso que mezclábamos con palabras en español e ingles. El viento soplaba. El fuego se levantaba y cocinamos salchichas y pollo y papas y zanahorias. Empezaba a oscurecer. Los muchachos pescaron. Lo intenté, pero resultaba complicado por la brisa que venía de frente y nos golpeaba la cara.

Cada veinte minutos pasaba un tren con ciento y tantos vagones a nuestras espaldas. Yo me volteaba y lo miraba. Me gustan los trenes de cargas con vagones cerrados. Antes de irnos, nos paramos frente a los rieles esperando un tren que se aproximaba a toda velocidad y al pasar fue como si los cientos y tantos vagones me pasaran por arriba. Gritábamos mientras el tren con sus vagones pasaba estruendoso.

Caminando hacia el carro, divisé dos ciervos. Estaban como a cinco metros de mí, quietos, como paralizados, y cuando hice el ademán de acercarme para tocarlos se echaron a correr de vuelta al bosque. A lo lejos se veía el río y los muchachos que subían de la pendiente y el firmamento violeta. Estaba un poco borracho. Pasamos de nuevo Guiliana y nos fuimos por una carretera donde a los pocos minutos nos perdimos. Llegamos a Rockford, una linda ciudad con un río en el borde donde se reflejan las luces de los hoteles y los casinos y los edificios. Después de Rockford nos enfrentamos a una carretera desolada. Paramos en una bomba de gasolina que tenía un pequeño supermercado y Alexei invitó a la cajera a un bar y ella dijo que sí, pero que tenían que esperar que acabara su turno.

Después de atravesar dos pueblos más, llegamos a Madison. Tim dio vueltas a través del capitolio, como doce vueltas, buscando un bar alemán que le era familiar. El bar estaba atestado de estudiantes universitarios. Parecía una taberna alemana con una cabeza de venado en la pared y tres muchachos tocando, dos tocaban guitarra y uno que tenía dregs tocaba el banjo. Tim decía que se encontraba a punto de abandonar su carrera e irse a busca suerte a California. Le murmuraba emborráchate, y él me miraba como pensando y luego se reía y se volvía a poner serio. Nos detuvimos a escuchar música y yo no quería beber, ya que me dolía el estómago, pero las muchachas me miraban y se sonrían y había una que se besaba con su novio y mientras se besaba con él me miraba y cerraba los ojos y los abría y me buscaba con la mirada.

Mucha gente. Mucho ruido. Finalmente, pedí una cerveza alemana. Y brindamos mientras Jimmy contaba nuevamente la historia de la muchacha que conoció en el bar de keywest y se lamentaba de que no hubiéramos llevado marihuana al río, y entonces, hablaba de una rusa con la que tuvo una hija y se quitaba los lentes y se reía y luego decía que estaba harto de la biología, que necesitaba vivir, entonces los muchachos tocaban con más intensidad y Jimmy se bebía de un trago la cerveza y se levantaba a pedir otra mientras Alexei enrollaba un nuevo cigarrillo y los estudiantes nos miraban y un señor homosexual que pasaba y que se asemejaba a Truman Capote se sentaba frente al bar, pedía algo y se iba y al rato retornaba como si estuviera dando vueltas alrededor del bar hasta que dieron las tres de la mañana y el bar lo empezaron a cerrar, los estudiantes se iban, los músicos dejaron de tocar y se pusieron a recoger sus intrumentos.

Alexei se puso a tocar canciones rusas en el recorrido por la carretera. Íbamos a Milwakee. No aguanté más y me dormí y cuando desperté Alexei seguía tocando, los muchachos riéndose, casas sucediéndose a ambos lados de la carretera. Entramos a Milwakee. Nos parqueamos detrás de unos contenedores de basura. Eran las cuatro y media de la mañana. Todo el mundo dormía. La temperatura estaba sumamente fría. Entramos a un edificio de cuatro pisos, y al abrir la puerta, el apartamento de Jimmy estaba sucio y desordenado, como si el dueño del apartamento se hubiera muerto de un ataque cardiaco y nadie hubiera entrado en el apartamento. Se suponía que íbamos a dormir esa noche en su casa, aunque dentro de poco iba a amanecer, los muchachos siguieron celebrando y bebieron tequila, cuatro shots de tequila, pero yo no, yo sencillamente los observaba y Jimmy contó de nuevo la historia de la mujer que conoció en Keywest. Alex salió a fumar en el lobby del edificio y estaba fumando cuando la alarma de incendio se disparó y empezó a sonar y al minuto todas las personas del edificio empezaron a bajar por las escaleras y nosotros las escuchábamos bajar, riéndonos.Nos dormimos. Al otro día retornamos con las ojeras a Chicago y con Alexei al volante, maldiciendo en ruso a los carros que pasaban. Tres días después alquiló un carro descapotable y bajó hasta Florida. De ahí tomó un avión hacia Nueva York y de Nueva York otro a Paris y de Paris uno a San Petersburgo. No nos hemos vuelto a ver.

jueves 18 de mayo de 2006

¿Fue Tolstoi una zona franca?



Continuando con mis lecturas por las bibliotecas de Europa del este, esta mañana, a las seis y quince, terminé Guerra y Paz. Disfruté muchísimo de la lectura que hice del libro. Antes de ayer, mientras leía el libro, me llamó Alexei Kolejov y le pregunté si le gustaba el libro. Respondió que sí. Eran las cuatro de la mañana en San Petersburgo. En esta época las noches son blancas y Alexei había ligado con una jovencita patinadora en un bar.
En cuanto a la lectura de la novela, no fue para nada pasiva, ya que me movía de los salones de San Petersburgo a las batallas de Austerlitz, con la misma facilidad en que camino de mi habitación a la cocina, e iba criticando a los personajes que entraban por un capítulo y salían por otro y volvían a aparecer ciento cincuenta páginas después. Me llama la atención, la parte final de la novela, en que Tolstoi de repente como que se olvida de Moscu, de San Pertersburgo y de Smokenko, y se enfoca en sus personajes, ideando las maneras más sutiles en que puede tornarlos felices o miserables.

Tolstoi es Dios. Tolstoi es una zona franca con millones de obreros dentro. Cuando uno lee Guerra y Paz, piensa que en el ensamblaje de esa novela, trabajaron miles y miles de individuos, entre ellos, editores, conspiradores, intrigantes, pianistas, solteronas aristocráticas, columnistas de periódicos, limpiabotas, ladrones de bancos, estrategas, modistas, agentes de inteligencia, historiadores, dueñas de burdel, chivatos, borrachos, geógrafos, taberneros, coristas, prostitutas, paparazis, etcétera y etcétera, pero no es así. Tolstoi lo hizo solo y fue publicando esa novela en una revista llamada Ruskii Viestni, durante cuatro años, siendo seguida capítulo tras capítulo por un gran número de lectores y convirtiéndolo en el escritor más conocido de Rusia. Pienso entonces en lo interesante que sería leer Guerra y Paz, experimentalmente, en un periodo de cuatro años, en vez de ir leyéndola de corrido en una semana. Esto implicaría leer dos capítulos de la novela cada semana desde hoy hasta junio del 2010. Tengo dinero para pagarles a los voluntarios.