Algo que puso en claro Alexei Kolejov es que no se iría de los Estados Unidos sin conocer el río Mississippi. El papá de Alexei le leía a Mark Twain, por lo que éste había crecido con una disposición a la aventura y por supuesto con ganas de conocer el río Mississippi. Me dijo una noche, mientras bebíamos, que tenía todo planeado. Para entonces sólo le quedaba menos de una semana en los Estados Unidos. Al principio le dije que sí, pero lo dije titubeando, porque no pensaba que el viaje iba a realizarse, así que el viernes, cuando me comunica que todo está preparado y que iban a venir con nosotros dos amigos de él, dos biólogos, uno ruso y otro gringo, y que íbamos a alquilar un carro, no tuve más opción que encogerme de hombros y decirle que tan sólo tenía veinte dólares. Así que alquilan el carro y me pasan a buscar como a eso de las nueve de la mañana, en un pontiac blanco último modelo que estaba en excelentes condiciones.
Se acercaron. Primero Jimmy, el ruso, con el pelo lleno de rizos rubios y unos lentes gigantescos, quien me estrechó la mano. Al rato se aproximó, Tim, el gringo.Salimos de la ciudad con dirección a la carretera que conduce a las autopistas interestatales. Tim manejaba y Jimmy no paraba de hablar, de su trabajo, de un viaje que hizo a Keywest, FL, donde conoció la casa en que se mató Hemingway y a una hippie en un bar que le confesó que había renunciado a todo, a su carrera, a los esquemas, al capitalismo, que había quemado su dinero y rasgado sus tarjetas de crédito y que vivía sola en un segundo piso con dos gatos. Ella le preguntó al ruso que buscaba en Keywest y Jimmy que no sabía qué diablos buscaba ahí, le susurró que conocer la casa de Hemingway. Esa fue la mejor respuesta que podía haber dado, puesto que ella se puso contenta y lo invitó a su apartamento donde hicieron el amor y luego, en la noche calurosa, fumaron recostados de la cama.
La ciudad quedaba atrás. Tras los cristales se veían los vehículos que nos pasaban o que pasábamos, en ambos lados de la carretera terrenos baldíos, aunque de repente aparecían trailers y aparecían gasolineras y cementerios y centros comerciales y una casa de madera de tres pisos donde al parecer vivía alguien rodeado de una llanura tan larga como la mirada. Llegamos a algún sitio a comprar cerveza, frente a un motel con un cementerio protestante al frente y que estaba tan cerca que se podría decir que los muertos estaban enterrados en el motel o los clientes del motel eran capaces de decir que hicieron el amor en un cementerio.
Compramos cerveza y Jimmy compró cuatro botellas de vino: dos vinos franceses y dos vinos californianos. Luego hicimos una compra en el supermercado. El viento soplaba y venía bajando de una llanura, detrás de un Holiday Inn que estaba a la derecha. Salimos y esta vez ya sentía el campo, el aroma del campo entrando y saliendo por los pulmones. Pasamos unos cuantos pueblos, el primero era un pueblo como de esos de las películas de David Linch como con noventas casas y una iglesia luterana, un centro comercial y en los garajes camionetas y yipetas y máquinas de podar el césped. Dos kilómetros más adelante había un observatorio. Era de diez pisos y nosotros pensábamos que el río se iba a ver desde arriba, pero no, apenas se veía el campo con cientos de pinos extendiéndose a lo lejos, al tiempo que más allá estaban las montañas y arriba de todo, flotando en el aire, se veían halcones. Alexei los observaba y se sonreía, porque al mirarlos planear, era como si tu alma se fuera con ellos y estuvieras viéndolo todo desde los ojos de los halcones.Nos tiramos fotos. Bebimos cerveza. Bajamos del observatorio y nos montamos en el carro y proseguimos. El próximo pueblo era Guiliana con casitas montadas en la colina y con un brazo del río que atraviesa un sendero lleno de flores y castaños y sauces llorones e iglesias antiguas. Era como si hubiéramos retrocedido doscientos años atrás. Me acuerdo de una mujer que estaba saliendo de un jeep y del viento agitando su falda, levantándola, aunque ella se la agarraba con las manos. Nos detuvimos en una bomba de gasolina donde le preguntamos a un tipo con gafas la dirección del río y los mejores lugares para pescar.
Tuvimos que comprar una licencia de pescar. También compramos lombrices. Manejamos entonces con dirección hacia el río, según las indicaciones que nos había dado el hombre, atravesando de nuevo el pueblo y metiéndonos por un sendero que se iba estrechando a medida que nos adentrábamos, pasando por casas de granjeros, casas que en los portales tenían letreros donde se leía: apoyamos a las tropas en Irak y al presidente Bush. Cientos de casitas con porches y piscinas y Tim dijo que si uno entraba a una de esas casas los dueños te disparaban por irrumpir en propiedad ajena. Llegamos a una cima donde finalmente se divisaba el Mississippi. Era inmenso. Estaba detrás de los rieles y más allá del río se distinguía el otro lado verdoso y la vegetación agitada por el soplo del viento. Tim dobló a la izquierda y manejó pasando los rieles, hasta que llegamos un lugar que parecía propicio y donde una jeva se había apeado de su jeep y hablaba por un celular. Apenas sonrió.
Por más que buscamos no encontramos un lugar para acampar. Los muchachos se tiraron una foto y nos montamos en el Pontiac y seguimos hasta el final del camino donde encontramos un muchacho con botas y sombrero de cowboy que pescaba en un estanque. El nos indicó un lugar y después que Alexei se tiró unas fotos con él, nos devolvimos y doblamos a la izquierda y nos detuvimos, dejando el carro varios metros atrás. Pasamos los rieles y ahí estaba el río, majestuoso e inmenso.
Inmediatamente prendimos un fuego, hablamos, hicimos confesiones y comenzamos a comer. Nos sentamos en un tronco tumbado que estaba a orillas del río. El viento me daba en la cara y las olas casi me tocaban, porque el viento soplaba con tanta fuerza, que levantaba olas en el río. El río color marrón, donde antes de irnos, vimos un barco navegando y nos acordamos de los barcos que aparecen en las novelas de Mark Twain con apostadores y conspiradores. Aunque Tim dijo que la mejor parte del río se encuentra en New Orleans. Comimos. Bebimos vino. Alexei buscó la guitarra y cantamos canciones en ruso que mezclábamos con palabras en español e ingles. El viento soplaba. El fuego se levantaba y cocinamos salchichas y pollo y papas y zanahorias. Empezaba a oscurecer. Los muchachos pescaron. Lo intenté, pero resultaba complicado por la brisa que venía de frente y nos golpeaba la cara.
Cada veinte minutos pasaba un tren con ciento y tantos vagones a nuestras espaldas. Yo me volteaba y lo miraba. Me gustan los trenes de cargas con vagones cerrados. Antes de irnos, nos paramos frente a los rieles esperando un tren que se aproximaba a toda velocidad y al pasar fue como si los cientos y tantos vagones me pasaran por arriba. Gritábamos mientras el tren con sus vagones pasaba estruendoso.
Caminando hacia el carro, divisé dos ciervos. Estaban como a cinco metros de mí, quietos, como paralizados, y cuando hice el ademán de acercarme para tocarlos se echaron a correr de vuelta al bosque. A lo lejos se veía el río y los muchachos que subían de la pendiente y el firmamento violeta. Estaba un poco borracho. Pasamos de nuevo Guiliana y nos fuimos por una carretera donde a los pocos minutos nos perdimos. Llegamos a Rockford, una linda ciudad con un río en el borde donde se reflejan las luces de los hoteles y los casinos y los edificios. Después de Rockford nos enfrentamos a una carretera desolada. Paramos en una bomba de gasolina que tenía un pequeño supermercado y Alexei invitó a la cajera a un bar y ella dijo que sí, pero que tenían que esperar que acabara su turno.
Después de atravesar dos pueblos más, llegamos a Madison. Tim dio vueltas a través del capitolio, como doce vueltas, buscando un bar alemán que le era familiar. El bar estaba atestado de estudiantes universitarios. Parecía una taberna alemana con una cabeza de venado en la pared y tres muchachos tocando, dos tocaban guitarra y uno que tenía dregs tocaba el banjo. Tim decía que se encontraba a punto de abandonar su carrera e irse a busca suerte a California. Le murmuraba emborráchate, y él me miraba como pensando y luego se reía y se volvía a poner serio. Nos detuvimos a escuchar música y yo no quería beber, ya que me dolía el estómago, pero las muchachas me miraban y se sonrían y había una que se besaba con su novio y mientras se besaba con él me miraba y cerraba los ojos y los abría y me buscaba con la mirada.
Mucha gente. Mucho ruido. Finalmente, pedí una cerveza alemana. Y brindamos mientras Jimmy contaba nuevamente la historia de la muchacha que conoció en el bar de keywest y se lamentaba de que no hubiéramos llevado marihuana al río, y entonces, hablaba de una rusa con la que tuvo una hija y se quitaba los lentes y se reía y luego decía que estaba harto de la biología, que necesitaba vivir, entonces los muchachos tocaban con más intensidad y Jimmy se bebía de un trago la cerveza y se levantaba a pedir otra mientras Alexei enrollaba un nuevo cigarrillo y los estudiantes nos miraban y un señor homosexual que pasaba y que se asemejaba a Truman Capote se sentaba frente al bar, pedía algo y se iba y al rato retornaba como si estuviera dando vueltas alrededor del bar hasta que dieron las tres de la mañana y el bar lo empezaron a cerrar, los estudiantes se iban, los músicos dejaron de tocar y se pusieron a recoger sus intrumentos.
Alexei se puso a tocar canciones rusas en el recorrido por la carretera. Íbamos a Milwakee. No aguanté más y me dormí y cuando desperté Alexei seguía tocando, los muchachos riéndose, casas sucediéndose a ambos lados de la carretera. Entramos a Milwakee. Nos parqueamos detrás de unos contenedores de basura. Eran las cuatro y media de la mañana. Todo el mundo dormía. La temperatura estaba sumamente fría. Entramos a un edificio de cuatro pisos, y al abrir la puerta, el apartamento de Jimmy estaba sucio y desordenado, como si el dueño del apartamento se hubiera muerto de un ataque cardiaco y nadie hubiera entrado en el apartamento. Se suponía que íbamos a dormir esa noche en su casa, aunque dentro de poco iba a amanecer, los muchachos siguieron celebrando y bebieron tequila, cuatro shots de tequila, pero yo no, yo sencillamente los observaba y Jimmy contó de nuevo la historia de la mujer que conoció en Keywest. Alex salió a fumar en el lobby del edificio y estaba fumando cuando la alarma de incendio se disparó y empezó a sonar y al minuto todas las personas del edificio empezaron a bajar por las escaleras y nosotros las escuchábamos bajar, riéndonos.Nos dormimos. Al otro día retornamos con las ojeras a Chicago y con Alexei al volante, maldiciendo en ruso a los carros que pasaban. Tres días después alquiló un carro descapotable y bajó hasta Florida. De ahí tomó un avión hacia Nueva York y de Nueva York otro a Paris y de Paris uno a San Petersburgo. No nos hemos vuelto a ver.