miércoles 14 de mayo de 2008

Chicago(3) Little Italy

Uno de los cuentos de Ray Bradbury está ambientado en un planeta donde cae eternamente una de esas ligeras lluvias tan continuas como la deuda externa en los países tercermundistas. Si no recuerdo mal, por la caída de esa lluvia, a los seres humanos de ese planeta le habían nacido escamas y musgos y hongos en el cuerpo. Caminando por los alrededores de Chicago esta tarde, me siento como uno de los habitantes de dicho planeta. Hasta ahora la lluvia se me ha entrado por los tenis y tengo toda la ropa empapada. Siento las medias mojadas. Siento hasta los calzoncillos como si estuvieran vueltos un asopao.

¿A dónde me dirigo? Después de apearme en la estación de Racine, caminé derecho en dirección al sur, hacia Little Italy que se encuentra ubicado al oeste de downtown y de la UIC. Es uno de los barrios clásicos de Chicago. Aunque con el tiempo se ha escindido en varias partes, e incluso muchos de los descendientes de italianos se han marchado, aún hay una que otra razón para seguir llamando el barrio Little Italy: hay tres o cuatro iglesias católicas, entre ellas Our Lady of Pompeii, hay una estatua de Colón, una estatua de Joe Dimaggio, un Hall of Fame de italianos destacados, una serie de restaurantes italianos, uno que otro descendiente de sicilianos jugando dominó frente a los portales, una junkie italiana con la cara de Greta Garbo, pero sobre todo, a partir de las seis de la tarde y en los fines de semana durante todo el día, se pasea por el barrio un autobús negro de la compañía The Untouchables Tour, que se encarga de depositar turistas con sus cámaras colgándoles del cuello por todo el barrio, turistas interesados en indagar sobre las vidas de contrabandistas y mafiosos tales como Al Capone, Baby Face y la familia Geena. A diferencia de estos turistas, me dirijo hacia allá, no para averiguar de mafiosos, sino con la intención de visitar el lugar donde viví una larga temporada.

Al alcanzar Arrigo Park, permanezco unos segundos, examinando con la mirada la estatua de Cristóbal Colón. Un Cristóbal Colón obeso como la mayoría de la gente en Chicago. Tomo entonces la Polk. A derecha e izquierda se ven edificios de ladrillos rojos y de madera, carros parqueados, ramas de árboles desnudos que gotean como la frente y los dedos de obreros haitianos al terminar su jornada.
Tomo la Lafflin y a pocos segundos estoy en el 920, el edificio de ladrillos rojos donde solía vivir años atrás. El apartamento es el del segundo piso. Después de inspeccionarlo un rato, me doy cuenta de que las ventanas siguen con los mismos problemas que tenían cuando vivíamos ahí. Que cabrón ese Bob, pienso.

Sigo caminando hasta la Taylor y me dirijo a la izquierda hacia Pompei. Entro al enorme restaurante. Le doy un vistazo a la vitrina con pizzas de ajo, de todos los tipos de queso, de jamón, de chorizo, de salami; a los stromboli; a las pastas. Ordeno un pedazo de pizza de mozarrella y un refresco. Me siento próximo a los ventanales y mientras mastico la pizza observo la calle.

La gente pasa con sus botas y sus impermeables. Sobre todo estudiantes. Sobre todo estudiantes de medicina. A medida que los estudiantes de medicina corren y pasan apresurados, empiezo a rememorar los tiempos en que vivía en esa área. Recuerdo al junkie que tenía la nariz deforme y que me pidió que al menos le diera una cuora como un millón de veces y que nunca se la di. De seguro está muerto. Como deben estar muertos, la pareja de craqueros que se refugiaban bajo el porche del sótano de nuestro edificio. Como lo debe estar el gordito tailandés del Tai Bowl que se reía por las lágrimas que me brotaban por lo picante de sus platos. Si este no lo está, espero que lo esté. Las dos hindúes que vivían en la primera deben estar vivas, pero los hindúes de arriba, me refiero a Sibundo Son, a Manisch, a Pim, deben de haber muerto, debido a lo poco higiénicos que eran, de la misma manera que los repartidores de pizza que vivían en el apartamento contiguo, que se acostaban con mujeres maduras y que los cristales del apartamento siempre estaban empañados por el humo de la yerba que fumaban el día entero. En cuanto a Galea y Alexei, que vivían en el mismo piso que nosotros, de la primera sé que está en Moscú y del segundo que vive en San Petersburgo, que tuvo un accidente de tránsito y que su hija, María, va a cumplir cinco años. ¿Y Eduardo y Amarilis que vivían al lado del laundry room? Se fueron a Las Vegas, después de las redadas del 2006. ¿Tim? Abandonó la microbiología y se fue a California a dedicarse a la actuación. ¿Y Jesús y María de Burritos King que fueron tan buenos conmigo y que me regalaban la comida cuando no tenía con que pagarla? Según dice D, desaparecieron cuando las redadas del 2006 y puede que los hayan enviado de vuelta a México. ¿Y la tetona y el gringo que en verano subían a hacer el amor en el techo? Tienen herpes. ¿Y Yolanda que trabajaba en el Pot Belly de la esquina? Está terminando la carrera de derecho en una universidad nocturna. ¿Patti de Seatle que quería ser escritora? Está en rehab. ¿Y Luda? Se casó con el ecuatoriano que le daba por el hombro. ¿Y Giordano y su novia rusa? Quizás en Australia o en Rusia o en Nantucket.

A pesar de esto, los edificios y las tiendas continúan como las dejé. Sigue el White Hen, el restaurante hindú que nunca visité, los tai, los árabes, las taquerías, el Rosebud, el Pot Belly, el Hawk Eyes... Las bicicletas siguen oxidándose encadenadas a postes y a verjas. En Hawkeyes siguen yendo los fratboys racistas a beber cerveza y corear el repertorio de canciones de los ochenta, siguen las rubias subiéndose en las mesas y agitando las melenas al ritmo de The Killers. En la noche, de seguro va el tailandés y prende un cigarro y se pone a ver los juegos de pelota. Los policías siguen patrullando las calles mordiendo una pizza de Pompei o un sandwich de Pot Belly. El tipo del carro deportivo sigue barrigón y poniendo las mismas canciones de AC/ DC. Estudiantes de la UIC graduados son sustituidos por estudiantes de primer año. Los italianos que juegan dominó tienen unas cuantas arrugas de más. El bar de Louie sigue decadente. Los frat boys siguen haciendo fiestas interminables con muñecas inflables colgadas de las sillas. Los hindúes siguen amenazando con tirarse por las ventanas. Más allá, tumbaron los proyectos y levantaron apartamentos de estudiantes que tumbarán en el 2020. A tres cuadras, el café Che donde se juntan los anarquistas y los unabombers, sigue vendiendo café y esos deliciosos cubanos. Sigue el Thai Bowl con sus meseros que odio tanto. Siguen los columpiosjugando con el viento, los mapaches desordenando los tanques de basura y los cuervos gritando. Siguen los sushi places y los restaurantes que nunca pude pagar.

Se hace tarde. En la mañana anunciaron que la temperatura iba a llegar a los 0 grados celsius. Camino por el barrio como años atrás con las manos hundidas en los bolsillos de mi jacket. Es de noche y las luces del downtown están encendidas. Entro al bar Louie. Cuando vivía en el barrio, me pasaba los sábados bebiendo junto a Alexei en el bar Louie. Durante el invierno, era un clima tan inmisericordioso, que lo mejor era vegetar en un bar bebiendo vodka y mordiendo pepinillos. En una de las idas y venidas al baño, recuerdo haber escrito en una de las paredes: aguanta, viejo. Ahora que estoy en el bar, no tengo una mejor ocurrencia que entrar al baño y buscar la inscripción que dejé entonces. Sigue ahí. Salgo del baño y del bar y me interno en la lluvia.

sábado 10 de mayo de 2008

Chicago (2) Boys Town

El área que se extiende desde el Wrigley Field (el estadio de los Cubs donde el Sammy dio los famosos jonrones) hasta Lakeview, fue bautizada años atrás como Boys Town. Entre casas de madera y edificios de ladrillo rojo y marrón habitan casi medio millón de homosexuales. ¿Cómo se sabe esto? No sé. Hay que preguntarle al síndico Daley que tipo de muestra utilizó para recolectar esos datos. Según Wikipedia, Boys Town es la primera comunidad de gays, de lesbianas, de bisexuales y travestis de todo los Estados Unidos. A través de arterías principales como Clark, Belmont, Sheridan, Diversey y Halsted, uno se topa con pubs irlandeses, pizzerías, teatros como Metro, The Vic Theater, Blue group, teatros de stand up comedy como The Beat Kitchen, tabaquerías, restaurantes marroquíes, árabes, tailandeses, mujeres que te leen las manos, librerías como Borders y Barnes and Noble e independientes como Gallery Books y Books and Records, cines de porno gay, bares como Closet, como Circuit Nigth Club 2.1, terrazas, discotecas en general, tiendas sadomasoquistas y malls.

Recuerdo que cuando vivía en Chicago, una tarde, doblando en Belmont, fui interceptado por el desfile gay que ese año era encabezado por Rupaul y cerca de cuarenta hombres en calzoncillos y con aceite untado en los pechos y los brazos. Recuerdo los fines de semana por todo Clark en que se confundían las hordas de travestis con hordas de fans borrachos de los Cubs. Recuerdo el bar Berlin donde si eras straight se hacía problemático ir al baño y tenías que salir y orinar en el Dunkin' Donuts que está a una cuadra y donde uno tiene que consumir por lo menos una donut para usar el baño. Recuerdo a Galea comprando zapatos. Recuerdo un policía pegándole a un travesti parecido a Angelina Jolie y que una patrulla se llevó. Recuerdo a Billy Corgan escribiendo en una laptop en el Starbucks de la esquina de Belmont con Clark. Recuerdo a un junkie en la estación de Belmont que me dijo que el metro no avanzaba porque había un cadáver en los rieles. Recuerdo que me encontré una bufanda que el viento hacía rodar y que me la puse y que al rato una rubia se me acercó y me dijo que se la había robado. Es una bufanda de trescientos dólares, me dijo.

D y yo avanzamos en autobús por Boys Town. Pedimos la parada en Fullerton y procedemos a andar. Como estamos a principio de primavera, los árboles están echando sus brotes y aunque hace frío es agradable caminar por los alrededores, sobre todo cuando el viento amaina. Avanzamos frente a Urban Outfitters y tiendas de ropa vintage, restaurantes de mariscos, taquerías y sushi places.

Tan pronto cruzamos Diversey, decidimos entrar en los cines Landmark. Los críticos de cine, incluido Roger Ebert, consideran que estas son quizás las mejores salas de cine de Chicago, sobre todo porque pasan excelentes películas extranjeras e independientes, además siempre pasan cortos antes de iniciar las películas. Se encuentra en el último piso de un mall que denominan: The Century Shopping Center. Chequeamos las películas y ninguna nos llama la atención. Pasamos a los baños, vemos los posters y pululamos por las tiendas. De pronto, en la salida del mall, nos detiene un pecoso con lentes parecido a Philip Seymour Hoffman que saluda a D por su nombre y que le estrecha la mano.

Se da el caso de que D lo había conocid
o en los tiempos que estudiaba teatro por Pilsen.

En español la conversación es algo así.
Philip Seymour Hoffman: ¿Qué has estado h
aciendo?
D: Estudiando, trabajando.
Philip Seymour Hoffman: ¿No has vuelto a hacer teatro?
D: No. ¿Y tú?
Philip Seymour Hoffman: Voy a trabajar en una película
.
D: ¿En serio?
Philip Seymour Hoffman: Actually, la mitad del guión es mia y la otra de mi novio. Aunque podemos decir que la escribimos entre los dos.
D: Claro. Como Matt Damon y Ben Affleck.
Philip Seymour Hoffman: Exactamente, yo sería Ma
tt Damon y mi novio Ben Affleck.
D: Cool. Por cierto, este es Frank.
Philip Seymour Hoffman: Encantado de conocerte.
Yo: Igual.
Philip Seymour Hoffman: ¿También eres actor?
Yo: No. Creo que poeta.
Philip Seymour Hoffman: Otro poeta más (señala un grupo de seis hombres que conversan a unos metros). Cuatro de los de allá son poetas. El de la cartera Prada escribió un poema que me hizo pedazos. Me cubría la cara para no llorar. Anyway, tienes buen porte para ser actor. Al igual que D. Me gustaría que ambos participen en nuestr
a película.
Yo: ¿De verás?
Philip Seymour Hoffman: Claro. También soy el encargado del Casting. Je je je.
D: Bueno, hablamos luego.
Philip Seymour Hoffman: Chao, guys.
D y yo: Chao.

Dos cuadras más adelante, después de pensarlo una y otra vez, finalmente le suelto
la pregunta a D.
- ¿Crees que sea una porno?
- ¿Una porno?
- La película. La película de la que él escribió el guión.
- Je je je. Que va.
- Puede ser. De repente le pide a un
o que entre vestido de policía e irrumpa en un apartamento donde hay una orgía de gays y con la macana en la mano grite QUE ES LO QUE ESTA PASANDO AQUI.
- Je je jeje. No, es un tipo serio. Al igual que
Matt Damon.
- Sí, me di cuenta.

En Belmont, en la esquina con Clark, nos decidimos entre ir a The Alley para comprar unas camisetas de punks o picar algo. Optamos por picar algo. Ahora bien tenemos que decidirnos entre si comer en Ali Baba o Pot Belly. Decidimos Pot Belly, la cafetería nueva, que colocaron recientemente casi en frente de la librería The Gallery Bookstore.

- Viejo, pero ahí donde está el Pot Belly no era que estaba el bar Berlin.
- No, ese está allá.
- Que no. Lo tumbaron para poner el Pot belly.
- Que va, viejo.

En Pot Belly pido un italian sin pickles y sin onions y una batida de oreo. D pide una ensalada. Nos sentamos en una d
e las mesas desde donde podemos mirar a todo lo largo y ancho del establecimiento y a través del ventanal.

Vemos punks de pelo verde moco, corredoras en sudadores y travestis que pasan.

Pasa una rubia preciosa.
- Que mujer, viejo.
- Camina como si estuviera en una pasarela.
- Sí.
- Debe tener un arete ahí debajo; de esos que se mueven mientras las jevas caminan.
- De seguro.

De ahí empezamos a hablar de mujeres. De las Hot Cakes. De feministas de Chicago que terminaron haciendo porno y de insaciables pajeras. Nos concentramos en esto último. Lucian le envió hace como tres años un test por email a una gringa donde esta debía dar respuestas a una serie de preguntas íntimas con el fin de que el test le dijera cuál es el nivel que tenía para mantener una buena relación de pareja. El truco del test es que inmediatamente lo completas y lo envías, el test se reenvía a la persona que te lo había enviado, quien es capaz de ver cada una de tus respuestas. Lo que es totalmente infame, si te pones a pensar un poco al respecto. Entre las preguntas, se halla una referente a la frecuencia con que la persona se masturba al día. Cuando Lucian leyó el test de la gringa en cuestión, se dio cuenta de que en esta pregunta esta había puesto cinco veces al día. Esto causó todo un revuelo. Creo que Lucian terminó con la nariz rota, no estoy seguro, pero de lo que sí estoy seguro es que no lo volvió a hacer.

- Es saludable.
- Sí.
- Aunque al mismo tiempo, es mucho.
- No es tanto.
- Pero claro, loco. Es un estilo de vida.
- ¡Que va! Quizás como hacer aeróbicos.
- No, no, no. Pongamos que la jevita trabaja aquí en Pot Belly. Pongamos que es la gordita con lentes que atiende la caja. Si ella trabaja aquí de nueve de la mañana a cuatro de la tarde, debe hacerlo por lo menos dos veces aquí para mantener el promedio.
- Vamos a calcular. Una en la mañana antes de salir al trabajo; otra al mediodía después de comer; una en la ta
rdecita; dos en la noche.
- Bueno, la del mediodía debe ser acá.
- Te concedo eso.
- Pero pongamos que sea viernes y que ella tenga que salir con amigos y que llegue a la casa a las dos de la mañana. Le van a faltar dos.
- Claro. Pero puede hacerlo de corrido.
- También.
- Pero no es lo mismo de corrido.

Le doy un vistazo a dos adolescentes que se turnan para entrar en el baño: un moreno y un blanquito. Este último se toma casi veinte minutos dentro mientras el moreno aguarda sentado en una de las mesas de madera mirando por el ventanal. Al rato, sale el primero y el que estaba sentado ingresa. Dura lo mismo que el anterior y ambos se marchan juntos sin consumir nada.

- ¿Ella tenía novio?
- ¡Ay ay ay! Además de las cinc
o, habría que agregarle las veces que lo hace con el novio.
- Eso es vivir.
- Seguro.

Los adolescentes vuelven y se apostan frente al baño. Aunque en esta ocasión se alternan y el primero que entra es el moreno. Cuando sale el blanquito y ambos se marchan, a mí me entran unas enormes ganas de ir al baño. Ahora bien, me da un poco de curiosidad y al mismo tiempo de asco, enterarme el por qué duraban tanto tiempo metidos en el baño. ¿Estaban vomitando? ¿Fumando hierba? ¿Dándose pases? ¿Estaban enfermos del estómago? Me levanto y me dirijo allá. Los baños de Pot Belly son individuales y siempre están ordenados y limpios. El baño que accedo está inmaculado. Lo único que puede resultar diferente es un fuerte olor a perfume barato. ¿Será la puerta del baño una de esas puertas que te llevan a otra dimensión? Uno nunca sabe. Orino y me lavo las manos.

Caminamos por Boys Town y casi son las diez de la noche. El viento sigue circulando por las calles acorralando a la gente que no lleva bufandas ni abrigos para acuchillarlos como si se tratara de un atracador.

D toma el autobús rumbo a Halsted. De pie, en la parada de Halsted con Clark, le digo adiós con la mano mientras sube al autobús. Me meto las manos en los bolsillos del abrigo y espero por la llegada del mío. Pasa un tipo en un BMW negro, toca bocina, da reversa un poco, baja el vidrio y me pregunta hacia dónde voy. Le explico que voy a Downtown. Dice que me va a convidar un trago en un bar, incluso me abre la puerta para que entre, pero yo niego con la cabeza y doy unos pasos atrás y espero por mi autobus que no da señas de arribar.

jueves 8 de mayo de 2008

Chicago (1) veinticuatro horas


Después de pasarme cuatro horas con una carota de guardia sin cobrar - luego de que la seguridad del aeropuerto de Miami me detuviera al azar en múltiples ocasiones y me cuestionara de mala manera–, comienzo a relajarme y por primera vez en este viaje sonrío. Lo hago porque de pronto abro la ventanilla del avión y diviso el lago Michigan y la ciudad de Chicago con sus edificios. Por supuesto, lo primero que me llama la atención son las Sears Towers. Enfoco la vista en diversos sitios: en el John Hancock, en Navy Pier, en Soldiers Field. En los parques, en la playa.

Sentado en el avión, mirando desde la ventanilla a Chicago, pienso en que estoy viendo la ciudad de la misma manera en que la mira Dios.

A finales del 2005, al abandonar la ciudad, le había dicho a Paul que el último vistazo que le daba a Chicago era desde la ventana del metro en que avanzábamos hacia el aeropuerto de O´Hare .
Pero la verdad es que uno nunca puede decir nunca. Por cierto, esto lo dice Bob Dylan en la canción Mississippi, algo así como que siempre uno puede retornar, pero no retornar completamente. Así me siento ahora, mirando el lago y los rascacielos que a medida que el avión desciende se hacen más visibles y nítidos. Distraído por el panorama, de pronto se me olvida que tengo que ir al baño.

Ya en la terminal espero por mi maleta. A mi lado hay tres boricuas que no paran de cuchichear. Las maletas entran y salen por los intestinos de la terminal mientras la gente aguarda atentamente y con miedo a que alguien tome su maleta y se la lleve sin querer o queriendo.

De repente veo a D que se aproxima. Lleva una chaqueta verde, una especie de mohawk in progress y una bufanda enrollada al cuello. Nos damos un fuerte abrazo. Mientras vivía en Chicago, D y yo fuimos roommates. Vivimos un largo tiempo juntos y nos dedicamos entre otras cosas a la venta de artículos abandonados en basureros, callejones y esquinas
.

Tan pronto aparece mi maleta, nos dirigimos a la salida, a la callecita donde L nos espera con las luces de parqueo de su Mazda verde encendidas. L es la novia de D. La conozco desde hace mucho. Creo que desde antes que D (la conocí una noche en que nos la pasamos recorriendo de extremo a extremo Las Américas mientras L trataba de recordar por donde se entraba a la casa de una tía). Lo que quiere decir que conozco a ambos antes de que ellos se concieran. ¿Significa esto algo? No. Prosigo entonces.

El cielo está azul, terso, sin una nube que lo empañe. La temperatura debe estar a unos quince grados. D maneja en dirección al downtown, rebasando carros y escuchando una serie de anécdotas de la isla que le cuento en espacio de quince minutos. Al pasar los quince minutos, siento que ya lo he contado todo.

A la derecha pasan patanas y carros americanos y a la izquierda se ve el metro gris avanzando con sus ocho vagones. Por el cristal delantero, más allá de los letreros y las señales de la autopista, se ve el downtown con sus rascacielos, de la misma forma en que aparece en los diseños de las camisetas y de las tazas de café. A los pocos minutos lo alcanzamos. Como me voy a quedar en un hotel hasta el miércoles, durante el tiempo de la conferencia, nos decidimos entre realizar el check in en el hotel y dejar la maleta ahí o irnos a comer y luego pasar por el hotel. Decidimos ir a comer primero. Entonces me preguntan a donde quiero ir a comer. Había escrito en mi libreta los restaurantes que quería visitar de nuevo. El primero de la lista es la pizzería Giordano's. Así que le digo vamos a Giordano's.

Nos dirigimos al Giordano's de Halsted que está justo en la entrada de Greek Town.

Al salir del carro, lo primero que percibo es el frío y luego un fuerte olor a chocolate. Para mí si hay un olor que describe a Chicago es el olor del chocolate. No bromeo. Quizás para otros puede ser palomitas de maíz o para los que viven cerca del río el bajo a mierda o quizás el barbecue de los veranos. Pero para mí es el chocolate. Esto se debe a que por los alrededores del Greek Town, que frecuentaba asiduamente, hay una fábrica de chocolates y de tanto en tanto ese aroma perfuma los callejones, las paradas y las tiendas.

Nos sentamos en la sección de no fumadores y pedimos una pizza de hongos con queso. L y D piden Iced Tea. Yo pido una Heineken.
- ¿Qué se ha hecho Heidi?
- Tengo muchísimo que no la veo.
- ¿Y Henry?
- ¿El gato?
- Sí, el gato.
- La última vez que me encontré con Heidi, por Boys Town, le pregunté y me dijo que 'taba bien.
- ¿Y Giordano?
- Me imagino que debe andar por Australia. ¿No era para allá que quería ir con la rusa?
- Es cierto. Vaya. ¿Y María y Jesús?
- Un día fui al restaurante y pregunté por ellos y me dijeron que habían desaparecido.
- ¿Crees que hayan sido las redadas?
- Uno nunca sabe.
- ¿Y Eduardo y Amarilis?
- Se fueron a Las Vegas. Creo que no van a volver.
- ¿Y el tipo de las Tetas?
- Se fue a California.
- ¿Y la punk?
- En California.
- ¿Y Ruth?
- En California o en China. No estoy seguro.
- ¿Y la polaca?
- Está preñada.
- ¿Y Galea?
- Volvió a Moscú.

No pudimos con la pizza. Sobraron dos pedazos. Salimos entonces hacia el apartamento de D y L que se halla en la calle 19 de Pilsen, a unas cuantas cuadras del edificio de tres pisos donde viví junto a D y Heidi y sus dos gatos. Antes de entrar, D señala un solar baldío al lado y explica que en ese sitio había un edificio hace unos días y que un incendio lo destruyó. L prepara un té y nos lo bebemos hablando de todo. Desde política a poesía. Desde estadística a masturbación. D me pasa una novela de Raymond Chandler, The Long Goodbye, editada recientemente por la Public Library de Chicago. Luego del té, enfilamos al downtown para poder hacer mi check in en el hotel.

Duramos casi una hora buscando parqueo, recorriendo calles y calles sin encontrar espacio disponible. Como el alcalde de Chicago está intentando que dejen de circular los carros en el Loop, ha subido de precio los parquímetros y los valet parking. Ahora parquearse cuesta alrededor de veinticinco dólares. Damos vueltas en círculos, esperando que alguien decida marcharse. Cada vez que pasamos por una calle distinta nos encontramos con un letrero de Books and Adult Videos.

Finalmente encontramos un parqueo, detrás de una camioneta azul. Esquivamos un carro y logramos parquearnos. Hace frío, y el viento lo complica todo. Caminamos al hotel, arrastrando mi maleta por casi un kilómetro hasta la avenida Grant.

Llegamos al Hilton Inn donde se va a celebrar la reunión anual del ISSP de este año. Después de registrarme, subimos a un elevador y presionamos el piso 19. Del piso 1 el elevador salta al piso 12. Recuerdo que en Taiwán no había piso dos. ¿O era el cuatro? No recuerdo. Llegamos al piso 19 y procedemos a buscar la habitación 1930. Es una habitación sencilla. La vista da a unas cuantas azoteas y edificios, entre esos, el edificio coronado por un letrero de neón de la NBC. Un letrero que indica que ahí está el estudio más importante de la NBC. Estudio, que si no me equivoco, era donde presentaban el famoso programa de panel de Jerry Springer.

Me doy una ducha, bajamos y caminamos por la Grant hasta alcanzar la escalera que conecta con la Michigan Avenue. De ahí avanzamos entre fashionistas con fundas, entre turistas y la masa de gente en general que se mueven como si fueran hormigas rumbo al hormiguero.

Entramos a Ghirardelli; compramos unos helados; compro un banana split enorme. Salimos y entramos a la Borders que está a la derecha. Entramos porque yo quería llamar a casa, pero el teléfono público no funciona y por más moneda que entro se las traga y las escupe al rato.

Así que doy una vuelta por la librería y me pongo a revisar anaquel tras anaquel. Como los libros están muy caros, me voy a una sección de especiales, y ¡taran!, me encuentro con un ejemplar en hard cover de la novela The Diviners de Rick Moody. Recuerdo haber estado en la presentación de esa novela por el autor en otro Borders, no en este, en esos tiempos en que vivía en Chicago y no tenía los treinta dólares que valía la novela para comprarla. Ahora la venden a seis dólares y por supuesto me la llevo conmigo.

Salimos de la librería y nos dirigimos al John Hancock. Cuando vivíamos juntos, D y yo teníamos la rutina de subir con las personas que nos visitaban de la isla al observatorio del Hancock, burlando la seguridad del edificio. Avanzábamos sin detenernos donde venden los tickets con una gran confianza como dando a entender que ya los habíamos adquirido. Eso hacemos ahora, pero una de las muchachas trona.
- Where are you heading, guys?
No nos queda otra opción que devolvernos y echar a correr antes de que llamen a Seguridad. En la salida, en medio del frío, le digo a D y a L que quiero ir a Damen.
- ¿Recuerdan donde parqueamos el carro?
- No.
- No.
- Ah, vaya.
Caminamos y caminamos por veinte minutos hasta que al azar lo encontramos.

D maneja hasta Damen. Deben de ser como las nueve. O algo así. La temperatura está descendiendo vertiginosamente. Nos parqueamos lejos de Damen, frente a uno de los edificios de madera de tres pisos. Caminamos hasta la librería Myopic. Es mi librería favorita de Chicago. Aunque no tenía muchas ganas de estar buscando libros, entro y poco a poco ya estoy sacando libros de estantes. En la entrada tienen una mesa con libros de Vonnegut y una foto de él. Tienen la última de Thomas Pynchon que yo no he leído. Tienen a David Foster Wallace. Muchos libros de ciencia ficción. Tienen autores franceses, libros de Georges Bataille (el escritor favorito de los punks de Chicago). Tienen a Murakami, a James Tate. D y L suben las escaleras y me dejan en el primer piso junto a una pareja de lesbianas que rondan agarradas de las manos. El muchacho que atiende tiene puesto un disco de blue grass. Esa es otra de las razones por las que Myopic me gusta tanto. Por el bluegrass. Aunque al rato, quita el bluegrass y pone a Skinny Puppy. Me dirijo entonces a buscar narrativa. La librería tiene tres pisos, enormes anaqueles, un montón de libros, muchachas y muchachos que atienden y un gato. Cada vez que uno avanza por el piso, se lleva la sensación de que la librería tiene vida propia, pero también de que un paso en falso te puede llevar desde el tercer piso al segundo piso y del segundo al primer piso, sin tener que bajar las escaleras. En la parte trasera de la librería, desde el tercer piso, se observan los rieles del metro y se puede ver incluso a los pasajeros del metro cuando este pasa. Cada vez que esto ocurre parte de la librería se sacude. Subo hasta el segundo piso y le hago cosquillas en la barriga al gato de la librería. Busco en los estantes sin encontrar los libros de Stuart Dybek. Bajo y procedo a buscar las novelas que no tengo de Philip Roth. Me llevo Portnoy's Complaint que no me he leído todavía. También me llevo la trilogía Zuckerman Unbound. Busco y busco. Subo al tercer piso y arriba hay un grupo de muchachos intelectuales esperando el concierto de música experimental de esta noche. Demasiado aburrido. Abajo ya están D y L. Salimos de la librería.

De ahí vamos a un bar donde yo escribí un poema que me gusta mucho. El poema se llama Damen y habla de ese bar donde entramos ahora. Habla de la bartender que trabajaba entonces, pero ahora en cambio hay un bartender viejo de ojos azules. Pido una Guinness. Hay una banda tocando canciones de Joe Cocker. El metro pasa por la parte de atrás, aunque aquí no se sacude el bar. Hay muchas mujeres. Hay más mujeres que hombres. Las mujeres andan por un lado y los hombres por otro. Los hombres están sentados en la barra y jugando billar. Las mujeres están viendo la banda tocar y sentadas en las mesas parodiando Sex in the City. Una de estas cuenta la historia que voy a bautizar como la historia del baño. Según cuenta, estaban un sábado como ese, con poca gente, escuchando la banda tocar. En una, la gringa va al baño, encuentra la puerta abierta y entra. Entonces se topa con uno de los eventos más bizarros de su vida: una jeva orinando. ¿Duh?, dice la gringa del lado, que de seguro se sabe ya la historia y que lo hace para crear una especie de efecto especial en la historia. La gringa le responde que la jeva en vez de estar sentada en el toilet está de pie orinando. Esto quiere decir, por supuesto,
que se trata de un hombre. Un travesti con un precioso vestido que la gringa admite que de ninguna manera cabría ella en el. Las gringas a su lado se echan a reír. Una le pregunta cómo se sacó la cosa con el vestido puesto. Pero ya en este punto, ceso de oírlas.
Es la una y media de la mañana. La banda se ha tomado un receso y ponen música de Kanye West. Le digo a D y a L que saquemos pies. Está haciendo frío, tanto que al respirar sale un vaho de nuestras narices. Se nos acercan mujeres, nos preguntan direcciones y se marchan. Nos detenemos frente a Double Door, pero la fila es demasiado larga como para estar esperando a que la gente salga para entonces ingresar. A nuestro lado avanzan muchachas con vestidos y falditas. Cada vez que veo una le suelto un coño, debido a que la temperatura esta en cinco grados celsius y continúa descendiendo. Rumbo al carro, pasamos frente al bar Northside. De pronto oímos una canción de Modest Mouse que parece convidarnos dentro. Preguntamos si la cocina está abierta y nos dicen que sí. Tomamos asiento a donde están las pantallas de televisión por doquier, gente voceando, pidiendo papas fritas y jarras de cerveza. Me pongo a mirar el juego. En un momento, un jugador hace un donqueo increíble que levanta a todo el mundo de sus asientos. Cuando la cámara lo enfoca, me percato de que se trata de Al Horford.

- Oye esto.
Me levanté a las cuatro de la mañana en Santo Domingo. Ya van a ser las cuatro de la mañana en Chicago.
- Estás duro, Franco.
- ¿Te quieres ir a dormir?, pregunta L, mordiendo sus papitas fritas.

- Lo raro es que no siento sueño.
- ¿No?
- Para nada.
- Brindemos por la isla, propongo.
Alzo mi botella de Heineken y ellos sus vasos con vodka o algo así.
- Por la Isla.
- Por la Isla.
- Por la Isla.

Este brindis me hace recordar a la jevita
argentina, que el día antes de volar a Chicago, le había dicho a Pablo que tenía ocho años viviendo en la isla y que tan pronto se llega es imposible abandonarla. A Pablo y a mí se nos quedó eso en la cabeza y tres esquinas más adelante este se detiene y exclama que es como en Lost donde no se puede abandonar la isla.

Así que de repente, sentado en el bar Northside, rodeado de gringos borrachos y gringas lindísimas y televisores, frente a D y L, me siento como si estuviera en uno de esos flashbacks o flashfowards de Lost.
- Es difícil abandonar la isla.
Pienso, al tiempo que me doy un trago y Nina Simone vocea en todas las bocinas del establecimiento WATER WATER WATER...

martes 6 de mayo de 2008

EL HOMBRECITO VUELVE AL SUR

miércoles 23 de abril de 2008

Feria del Libro

En las esquinas de la Plaza de la Cultura que dan a la Máximo Gómez, donde suelen poner los afiches del Teatro Nacional, se distinguen ahora dos enormes afiches: uno de Junot Díaz y otro de Derek Walcott. Si se diera el caso de que soy un turista noruego y que tengo un día en Santo Domingo y me topo con esos afiches, pensaría que en Santo Domingo se lee mucho y me fuera con ese pensamiento en el avión en dirección a Europa.

Sin embargo, la realidad es otra. Por cada libro que se vende en la Feria del Libro se venden tres toneladas de Pizza y tres mil litros de refresco. Y no me hagan hablar de los hot dogs. No dudo de que en todos los países, en términos generales, pase lo mismo.
Sin embargo, es tanta la proximidad de la comida y de los libros que se hace complicado no pensar en la correlación. Pongamos por ejemplo esto: en el stand de la secretaría de Cultura o de Ferilibro (no sé de seguro cuál es el nombre), están vendiendo los cinco tomos de la obra completa de Pedro Henriquez Ureña en 250 pesos. Si se piensa que cada tomo lo compré anteriormente a quinientos pesos, estamos ante la mejor oferta de la Feria, es decir los cinco totalizarían 2,500 pesos. Le están rebajando un cien por ciento. ¿A cuanto equivalen 250 pesos? A 7 dólares, quizás 8 dólares. Equivalente a cualquier trago de Segrafedo. O sea, la obra completa de PHU vale una piña colada de Segafredo. No tengo humor como para calcular. Debe ser la mejor decisión tomada por los funcionarios de cultura en el día. Dije del día, debería decir del mes o de lo que va del año. La cuestión es que para esa ganga debiera haber una fila larga de potenciales compradores, tan larga como la que hay para pasearse por el metro y donde los ansiosos compradores debieran repartir trompadas y halarse los pelos cada vez que un vivere se mete en la fila. Pero no hay fila. Una pena.

Ahora bien, estaba hablando de la comida, pero me equivoqué. Si a algo va la gente a la Feria del Libro es a ligar. Supongo que esto también suena como que se trata de un país progresista, donde las relaciones se establecen en ferias de libros en vez de bares o en fiestas. Lo primero que uno piensa es en
sexys mujeres con lentes y con libros debajo del brazo y poetas con boinas y hablando de existencialismo por doquier y criticando al sistema. Pero no. Es el ambiente. Es el cúmulo de gente. Es que la feria es gratis y abierta para todos y lo único que hay que hacer es caminar y caminar entre todas las clases sociales y económicas que convergen durante esas dos semanas de Feria. Por cada libro que se vende se planifican trescientas cincuenta mil citas. Y supongo que mucho más ahora con el pabellón del amor de Pablo Mckinney, al que tan sólo le falta un jacuzzi. Porque si hay un sitio en Santo Domingo adecuado y perfecto para ligar es la Feria del Libro. En serio. Que hay más sencillo que acercársele a un mujerón o a un rubión o una gringa de ONG que esta parada frente a los anaqueles viendo los libros de Sopa de Pollo para el Alma o Sopa de Pollo para el Niño o Chocolate Caliente para el Alma o Quien se Robó el Queso, y decirle la portada de ese libro hace juego con tus blusa, mi amol. O con los zapatos o con tu boca o con lo que sea. Que más sencillo que acercársele a una jevita que está de pie frente a las estatuas humanas, las estatuas de Bob Marley, de Yemaya y de los piratas del Caribe, que por más que uno las mira no se mueven.
- Que no se mueve.
- Mira, se movió.
- Que no se mueve.
- Que te digo que se movió.
- Quédate mirándole los ojos.
Cinco minutos después.
- Sí, se movió.

Ahora bien, la gente que ama los libros existe. Incluso existe en Santo Domingo. No hay que ser tan pesimista. Hay gente que gasta parte de su sueldo para comprar libros y comprar libros buenos. En el pabellón de Juan Bosch, una muchacha de Los Alcarrizos, gastó seiscientos pesos en la edición de Alfaguara de los Cuentos Completos de Juan Bosch y no le tembló el pulso al pagar. Tenía ya una funda de libros, libros de Onetti y escritorazos así. Pero estas son excepciones. Lo que más sobra son personas que gastan veinticinco mil pesos en ponerle aros a la yipeta y que gastan sólo cincuenta pesos en la Feria del Libro en matatiempos y crucigramas, y no para dedicarles tiempo y llenarlos,
sino para echarse fresco con ellos por el calor que hace en estos días. Por otro lado, están los intelectuales que se van con cajas llenas de libros y que compran los libros el primer día para no dejarles a los demás lectores. Y están los ladrones de libros. Me encontré con uno en el stand de Venezuela y Cuba.
Librero: Señor, usted se está llevando un libro. ¡Oiga señor!
Ladrón de libros: Excúseme, es que no me di cuenta. Fue que me dejé seducir por la lectura.
Librero: Démelo.
Ladrón de libros: Excúseme.
(Sé que de seguro lo están pensando, pero ese no fui yo.)

Luego están las embajadas que tienen los libros en exhibición y que cuando uno ve un libro interesante y pregunta cuánto cuesta, la dependiente de mal humor responde: están en exhibición.

Entro en la librería Thesaurus y paso a una parte donde están vendiendo los libros en liquidación. Soy tan tacaño que desde que veo el letrero de LIQUIDACION entro a chequear, a ver que me encuentro, sabiendo de antemano que no va a haber nada interesante, quizás un Condorito, un libro de biología marina o una biografía de Shirley McLaine. Inmediatamente entro lo primero que me encuentro es un poemario mío llamado Jarrón y otros Poemas. ¡Un libro mío en liquidación! ¡Es como un derechazo en el hígado, ese hígado mio tan jodido como mi ego! Lo están vendiendo en cuarenta pesos, y ahora tiene una bolita amarilla detrás, lo que equivale a que lo están vendiendo en 20 pesos. ¡Que bajo he caído! Me siento como un zapato pasado de moda en uno de los bazares de descuentos que organizan en El Conde. Bueno, peor sería encontrarlo en Las Pulgas, me repito para consolarme. Al rato suelto un zafa; por si acaso. Aunque no dudo que en par de meses empiecen a aparecer los libros por allá.


(También vi el libro de cuentos míos en el Pabellón de Ferilibro o de Cultura donde están vendiendo las obras de PHU. Está a 70 pesos. Una ganga comparada a los doscientos en que yo lo vendía.)

La última vez que me pesé estaba en 180. Pongamos que ahora estoy en 182. Pues bien, me sentía como 182 libras de mierda. Me senté en el café de Thesaurus, justo al lado del pintor Ramón Oviedo.
- Esas cosas pasan, me dice Oviedo.
Asiento con la cabeza mirando junto al pintor a la gente que avanza
en ambas direcciones por la callecita que tiene el nombre de Ligia Minaya o no sé de quién.

viernes 18 de abril de 2008

Revista Ping Pong # 7


Ya se encuentra en línea la Revista Ping Pong # 7. Para este número la revista cuenta con el siguiente contenido:


Poesía



de Cuba: Felipe Lazaro


de Ecuador: Cristian Avecillas




de México: Arturo Accio






de Colombia: John Jairo Junieles




Artículos









Versiones








lunes 14 de abril de 2008

Una noche con Derek Walcott


...a las 7 menos cuarto arrancó (el conversatorio de Derek Walcott y Glyn Maxwell en la New York Public Library). Una joven muy amable me dio mi boleto y otra más amable me dio el programa en la puerta. Entré y me fui hasta los primeros asientos. Dos filas más atrás de donde Derek Walcott me daría la espalda y la calva. No era un lugar inmenso; más o menos se parecía al auditorio de la Biblioteca Nacional de nuestro Santo Domingo. Estaba a casa llena. Gente de nacionalidades diversas infectadas con el virus del norte. El conversatorio consistió en preguntas, iluminaciones y comentarios relacionados con la poesía moderna de parte de Glyn Maxwell y Derek Walcott. Era el tercer conversatorio de ambos. El chiste es que se conocen desde antes, desde los 24 años de Glynn en las clases del profe Derek.

Voy a traducir ideas sueltas que me vienen a la mente recordando las respuestas del Nobel... algunas de ellas con el dedo índice alzado.

" la poesía de poetas jóvenes me desespera... no la entiendo...quieren hacerse los difíciles... si no me atrapa en las primeras
líneas lo dejo"

" siento que ya no pertenezco"

" Dylan Thomas decía que todas las mañanas al levantarse escribía la letra O enorme (Derek hace el gesto con la mano derecha) porque después de ahí se aproxima todo lo demás"

"un día me gustaría llegar a la clase y que un estudiante me pase un poema que trate sobre Irak"

" imagínense qué hubiera ocurrido el 11 de septiembre si alguien...¿dónde estaban los poetas cuando se les necesitaba? ... si alguien hubiera leído aunque sea estas dos líneas:"And death should have no dominion/ and death should have no dominion" de Dylan Thomas...no poner la mierda que dan en television, poniendo un rostro demacrado como si fuera el sentir de todos... leyendo poesía hubieramos vencido a los terroristas... pero esta la visión de un imperio... de su imperio... (risas; Derek está más serio que nunca)"

"yo a veces pienso que vivo dos vidas diferentes...eh...una como hombre público, cuando debo asistir a eventos como éste, y otra cuando me siento a escribir"

"esa frase se la robé a Hemingway, es la mejor forma de describir esa sensación de subir a la montaña y pasar por ella "

" el teatro y la poesía sólo son oficios diferentes de una misma fuente... no veo la diferencia entre ambos"

" la poesía de aqui se puede trasladar a los tablones de un teatro, es la más coloquial que hay... yo he hecho varios experimientos y los resultados han sido excelentes"

Luego Glyn Maxwell anuncia que va a leer dos poemas para que no recaiga toda la atención sobre su maestro (aqui Derek le dice "Okay,go ahead...let me down" (risas) Maxwell lee dos poemas de su nuevo libro Sugar Mile; el primero es un poema 'abandonado', abandonado en el sentido de que el poeta lo deja sin acabar, y el segundo poema 'interrumpido', en la voz de la misma niña del primer poema,interrumpida por la caída de una bomba en el lugar donde ella se encuentra. Muy interesantes. Luego Derek Walcot lee un poema de The Prodigal. Luego las preguntas del auditorio.(respuesta dada a un señor hatiano que le preguntó a cuántas lenguas ha sido traducida su obra) " eh...many" (al mismo señor que le dice que está traduciendo obras suyas al creole) "Oh thank you thank you"

" Neruda fue una gran influencia para mí, Borges, Vallejo..". Esa es la respuesta a una pregunta que le hice.

La última respuesta la da Glyn Maxwell: " Creo que le está preguntando a la persona equivocada, si el deseo es escribir, no importan las desaveniencias y los desesperos, el poeta seguirá y seguirá hasta la muerte no importa si tardan en publicarlo..... cuando llega a mi escritorio en The New Republic un poema nuevo, yo me involucro en lo que es el poema en sí y me deshago del curriculum, eso no me interesa"

Fin de la transmisión.

Lo anterior es un fragmento de un email que Paul Alvarez me envío en abril del 2005 después de asistir a un conversatorio entre Derek Walcott y Glyn Maxwell en la New York Public Library.