Uno de los cuentos de Ray Bradbury está ambientado en un planeta donde cae eternamente una de esas ligeras lluvias tan continuas como la deuda externa en los países tercermundistas. Si no recuerdo mal, por la caída de esa lluvia, a los seres humanos de ese planeta le habían nacido escamas y musgos y hongos en el cuerpo. Caminando por los alrededores de Chicago esta tarde, me siento como uno de los habitantes de dicho planeta. Hasta ahora la lluvia se me ha entrado por los tenis y tengo toda la ropa empapada. Siento las medias mojadas. Siento hasta los calzoncillos como si estuvieran vueltos un asopao.
¿A dónde me dirigo? Después de apearme en la estación de Racine, caminé derecho en dirección al sur, hacia Little Italy que se encuentra ubicado al oeste de downtown y de la UIC. Es uno de los barrios clásicos de Chicago. Aunque con el tiempo se ha escindido en varias partes, e incluso muchos de los descendientes de italianos se han marchado, aún hay una que otra razón para seguir llamando el barrio Little Italy: hay tres o cuatro iglesias católicas, entre ellas Our Lady of Pompeii, hay una estatua de Colón, una estatua de Joe Dimaggio, un Hall of Fame de italianos destacados, una serie de restaurantes italianos, uno que otro descendiente de sicilianos jugando dominó frente a los portales, una junkie italiana con la cara de Greta Garbo, pero sobre todo, a partir de las seis de la tarde y en los fines de semana durante todo el día, se pasea por el barrio un autobús negro de la compañía The Untouchables Tour, que se encarga de depositar turistas con sus cámaras colgándoles del cuello por todo el barrio, turistas interesados en indagar sobre las vidas de contrabandistas y mafiosos tales como Al Capone, Baby Face y la familia Geena. A diferencia de estos turistas, me dirijo hacia allá, no para averiguar de mafiosos, sino con la intención de visitar el lugar donde viví una larga temporada.
Al alcanzar Arrigo Park, permanezco unos segundos, examinando con la mirada la estatua de Cristóbal Colón. Un Cristóbal Colón obeso como la mayoría de la gente en Chicago. Tomo entonces la Polk. A derecha e izquierda se ven edificios de ladrillos rojos y de madera, carros parqueados, ramas de árboles desnudos que gotean como la frente y los dedos de obreros haitianos al terminar su jornada. Tomo la Lafflin y a pocos segundos estoy en el 920, el edificio de ladrillos rojos donde solía vivir años atrás. El apartamento es el del segundo piso. Después de inspeccionarlo un rato, me doy cuenta de que las ventanas siguen con los mismos problemas que tenían cuando vivíamos ahí. Que cabrón ese Bob, pienso.
Sigo caminando hasta la Taylor y me dirijo a la izquierda hacia Pompei. Entro al enorme restaurante. Le doy un vistazo a la vitrina con pizzas de ajo, de todos los tipos de queso, de jamón, de chorizo, de salami; a los stromboli; a las pastas. Ordeno un pedazo de pizza de mozarrella y un refresco. Me siento próximo a los ventanales y mientras mastico la pizza observo la calle.
La gente pasa con sus botas y sus impermeables. Sobre todo estudiantes. Sobre todo estudiantes de medicina. A medida que los estudiantes de medicina corren y pasan apresurados, empiezo a rememorar los tiempos en que vivía en esa área. Recuerdo al junkie que tenía la nariz deforme y que me pidió que al menos le diera una cuora como un millón de veces y que nunca se la di. De seguro está muerto. Como deben estar muertos, la pareja de craqueros que se refugiaban bajo el porche del sótano de nuestro edificio. Como lo debe estar el gordito tailandés del Tai Bowl que se reía por las lágrimas que me brotaban por lo picante de sus platos. Si este no lo está, espero que lo esté. Las dos hindúes que vivían en la primera deben estar vivas, pero los hindúes de arriba, me refiero a Sibundo Son, a Manisch, a Pim, deben de haber muerto, debido a lo poco higiénicos que eran, de la misma manera que los repartidores de pizza que vivían en el apartamento contiguo, que se acostaban con mujeres maduras y que los cristales del apartamento siempre estaban empañados por el humo de la yerba que fumaban el día entero. En cuanto a Galea y Alexei, que vivían en el mismo piso que nosotros, de la primera sé que está en Moscú y del segundo que vive en San Petersburgo, que tuvo un accidente de tránsito y que su hija, María, va a cumplir cinco años. ¿Y Eduardo y Amarilis que vivían al lado del laundry room? Se fueron a Las Vegas, después de las redadas del 2006. ¿Tim? Abandonó la microbiología y se fue a California a dedicarse a la actuación. ¿Y Jesús y María de Burritos King que fueron tan buenos conmigo y que me regalaban la comida cuando no tenía con que pagarla? Según dice D, desaparecieron cuando las redadas del 2006 y puede que los hayan enviado de vuelta a México. ¿Y la tetona y el gringo que en verano subían a hacer el amor en el techo? Tienen herpes. ¿Y Yolanda que trabajaba en el Pot Belly de la esquina? Está terminando la carrera de derecho en una universidad nocturna. ¿Patti de Seatle que quería ser escritora? Está en rehab. ¿Y Luda? Se casó con el ecuatoriano que le daba por el hombro. ¿Y Giordano y su novia rusa? Quizás en Australia o en Rusia o en Nantucket.
A pesar de esto, los edificios y las tiendas continúan como las dejé. Sigue el White Hen, el restaurante hindú que nunca visité, los tai, los árabes, las taquerías, el Rosebud, el Pot Belly, el Hawk Eyes... Las bicicletas siguen oxidándose encadenadas a postes y a verjas. En Hawkeyes siguen yendo los fratboys racistas a beber cerveza y corear el repertorio de canciones de los ochenta, siguen las rubias subiéndose en las mesas y agitando las melenas al ritmo de The Killers. En la noche, de seguro va el tailandés y prende un cigarro y se pone a ver los juegos de pelota. Los policías siguen patrullando las calles mordiendo una pizza de Pompei o un sandwich de Pot Belly. El tipo del carro deportivo sigue barrigón y poniendo las mismas canciones de AC/ DC. Estudiantes de la UIC graduados son sustituidos por estudiantes de primer año. Los italianos que juegan dominó tienen unas cuantas arrugas de más. El bar de Louie sigue decadente. Los frat boys siguen haciendo fiestas interminables con muñecas inflables colgadas de las sillas. Los hindúes siguen amenazando con tirarse por las ventanas. Más allá, tumbaron los proyectos y levantaron apartamentos de estudiantes que tumbarán en el 2020. A tres cuadras, el café Che donde se juntan los anarquistas y los unabombers, sigue vendiendo café y esos deliciosos cubanos. Sigue el Thai Bowl con sus meseros que odio tanto. Siguen los columpiosjugando con el viento, los mapaches desordenando los tanques de basura y los cuervos gritando. Siguen los sushi places y los restaurantes que nunca pude pagar.
Se hace tarde. En la mañana anunciaron que la temperatura iba a llegar a los 0 grados celsius. Camino por el barrio como años atrás con las manos hundidas en los bolsillos de mi jacket. Es de noche y las luces del downtown están encendidas. Entro al bar Louie. Cuando vivía en el barrio, me pasaba los sábados bebiendo junto a Alexei en el bar Louie. Durante el invierno, era un clima tan inmisericordioso, que lo mejor era vegetar en un bar bebiendo vodka y mordiendo pepinillos. En una de las idas y venidas al baño, recuerdo haber escrito en una de las paredes: aguanta, viejo. Ahora que estoy en el bar, no tengo una mejor ocurrencia que entrar al baño y buscar la inscripción que dejé entonces. Sigue ahí. Salgo del baño y del bar y me interno en la lluvia.
miércoles 14 de mayo de 2008
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3 comentarios:
Me acuerdo que antes de irme de Chicago estuvimos ahi sentados en el parquecito donde esta la estatua de Joe Dimaggio.
hay flores blancas en el parquesito ahora...
Frankitoooo...un saludo amigo, me lei tu cuentario, me gusto mucho viejo, de verdad que si, muy Bolaño lo senti, muy bueno. Esperemos que volvas pronto, te voy añadir a mis links, un abrazo, Warren.
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