jueves 8 de mayo de 2008

Chicago (1) veinticuatro horas


Después de pasarme cuatro horas con una carota de guardia sin cobrar - luego de que la seguridad del aeropuerto de Miami me detuviera al azar en múltiples ocasiones y me cuestionara de mala manera–, comienzo a relajarme y por primera vez en este viaje sonrío. Lo hago porque de pronto abro la ventanilla del avión y diviso el lago Michigan y la ciudad de Chicago con sus edificios. Por supuesto, lo primero que me llama la atención son las Sears Towers. Enfoco la vista en diversos sitios: en el John Hancock, en Navy Pier, en Soldiers Field. En los parques, en la playa.

Sentado en el avión, mirando desde la ventanilla a Chicago, pienso en que estoy viendo la ciudad de la misma manera en que la mira Dios.

A finales del 2005, al abandonar la ciudad, le había dicho a Paul que el último vistazo que le daba a Chicago era desde la ventana del metro en que avanzábamos hacia el aeropuerto de O´Hare .
Pero la verdad es que uno nunca puede decir nunca. Por cierto, esto lo dice Bob Dylan en la canción Mississippi, algo así como que siempre uno puede retornar, pero no retornar completamente. Así me siento ahora, mirando el lago y los rascacielos que a medida que el avión desciende se hacen más visibles y nítidos. Distraído por el panorama, de pronto se me olvida que tengo que ir al baño.

Ya en la terminal espero por mi maleta. A mi lado hay tres boricuas que no paran de cuchichear. Las maletas entran y salen por los intestinos de la terminal mientras la gente aguarda atentamente y con miedo a que alguien tome su maleta y se la lleve sin querer o queriendo.

De repente veo a D que se aproxima. Lleva una chaqueta verde, una especie de mohawk in progress y una bufanda enrollada al cuello. Nos damos un fuerte abrazo. Mientras vivía en Chicago, D y yo fuimos roommates. Vivimos un largo tiempo juntos y nos dedicamos entre otras cosas a la venta de artículos abandonados en basureros, callejones y esquinas
.

Tan pronto aparece mi maleta, nos dirigimos a la salida, a la callecita donde L nos espera con las luces de parqueo de su Mazda verde encendidas. L es la novia de D. La conozco desde hace mucho. Creo que desde antes que D (la conocí una noche en que nos la pasamos recorriendo de extremo a extremo Las Américas mientras L trataba de recordar por donde se entraba a la casa de una tía). Lo que quiere decir que conozco a ambos antes de que ellos se conocieran. ¿Significa esto algo? No. Prosigo entonces.

El cielo está azul, terso, sin una nube que lo empañe. La temperatura debe estar a unos quince grados. D maneja en dirección al downtown, rebasando carros y escuchando una serie de anécdotas de la isla que le cuento en espacio de quince minutos. Al pasar los quince minutos, siento que ya lo he contado todo.

A la derecha pasan patanas y carros americanos y a la izquierda se ve el metro gris avanzando con sus ocho vagones. Por el cristal delantero, más allá de los letreros y las señales de la autopista, se ve el downtown con sus rascacielos, de la misma forma en que aparece en los diseños de las camisetas y de las tazas de café. A los pocos minutos lo alcanzamos. Como me voy a quedar en un hotel hasta el miércoles, durante el tiempo de la conferencia, nos decidimos entre realizar el check in en el hotel y dejar la maleta ahí o irnos a comer y luego pasar por el hotel. Decidimos ir a comer primero. Entonces me preguntan a donde quiero ir a comer. Había escrito en mi libreta los restaurantes que quería visitar de nuevo. El primero de la lista es la pizzería Giordano's. Así que le digo vamos a Giordano's.

Nos dirigimos al Giordano's de Halsted que está justo en la entrada de Greek Town.

Al salir del carro, lo primero que percibo es el frío y luego un fuerte olor a chocolate. Para mí si hay un olor que describe a Chicago es el olor del chocolate. No bromeo. Quizás para otros puede ser palomitas de maíz o para los que viven cerca del río el bajo a mierda o quizás el barbecue de los veranos. Pero para mí es el chocolate. Esto se debe a que por los alrededores del Greek Town, que frecuentaba asiduamente, hay una fábrica de chocolates y de tanto en tanto ese aroma perfuma los callejones, las paradas y las tiendas.

Nos sentamos en la sección de no fumadores y pedimos una pizza de hongos con queso. L y D piden Iced Tea. Yo pido una Heineken.
- ¿Qué se ha hecho Heidi?
- Tengo muchísimo que no la veo.
- ¿Y Henry?
- ¿El gato?
- Sí, el gato.
- La última vez que me encontré con Heidi, por Boys Town, le pregunté y me dijo que 'taba bien.
- ¿Y Giordano?
- Me imagino que debe andar por Australia. ¿No era para allá que quería ir con la rusa?
- Es cierto. Vaya. ¿Y María y Jesús?
- Un día fui al restaurante y pregunté por ellos y me dijeron que habían desaparecido.
- ¿Crees que hayan sido las redadas?
- Uno nunca sabe.
- ¿Y Eduardo y Amarilis?
- Se fueron a Las Vegas. Creo que no van a volver.
- ¿Y el tipo de las Tetas?
- Se fue a California.
- ¿Y la punk?
- En California.
- ¿Y Ruth?
- En California o en China. No estoy seguro.
- ¿Y la polaca?
- Está preñada.
- ¿Y Galea?
- Volvió a Moscú.

No pudimos con la pizza. Sobraron dos pedazos. Salimos entonces hacia el apartamento de D y L que se halla en la calle 19 de Pilsen, a unas cuantas cuadras del edificio de tres pisos donde viví junto a D y Heidi y sus dos gatos. Antes de entrar, D señala un solar baldío al lado y explica que en ese sitio había un edificio hace unos días y que un incendio lo destruyó. L prepara un té y nos lo bebemos hablando de todo. Desde política a poesía. Desde estadística a masturbación. D me pasa una novela de Raymond Chandler, The Long Goodbye, editada recientemente por la Public Library de Chicago. Luego del té, enfilamos al downtown para poder hacer mi check in en el hotel.

Duramos casi una hora buscando parqueo, recorriendo calles y calles sin encontrar espacio disponible. Como el alcalde de Chicago está intentando que dejen de circular los carros en el Loop, ha subido de precio los parquímetros y los valet parking. Ahora parquearse cuesta alrededor de veinticinco dólares. Damos vueltas en círculos, esperando que alguien decida marcharse. Cada vez que pasamos por una calle distinta nos encontramos con un letrero de Books and Adult Videos.

Finalmente encontramos un parqueo, detrás de una camioneta azul. Esquivamos un carro y logramos parquearnos. Hace frío, y el viento lo complica todo. Caminamos al hotel, arrastrando mi maleta por casi un kilómetro hasta la avenida Grant.

Llegamos al Hilton Inn donde se va a celebrar la reunión anual del ISSP de este año. Después de registrarme, subimos a un elevador y presionamos el piso 19. Del piso 1 el elevador salta al piso 12. Recuerdo que en Taiwán no había piso dos. ¿O era el cuatro? No recuerdo. Llegamos al piso 19 y procedemos a buscar la habitación 1930. Es una habitación sencilla. La vista da a unas cuantas azoteas y edificios, entre esos, el edificio coronado por un letrero de neón de la NBC. Un letrero que indica que ahí está el estudio más importante de la NBC. Estudio, que si no me equivoco, era donde presentaban el famoso programa de panel de Jerry Springer.

Me doy una ducha, bajamos y caminamos por la Grant hasta alcanzar la escalera que conecta con la Michigan Avenue. De ahí avanzamos entre fashionistas con fundas, entre turistas y la masa de gente en general que se mueven como si fueran hormigas rumbo al hormiguero.

Entramos a Ghirardelli; compramos unos helados; compro un banana split enorme. Salimos y entramos a la Borders que está a la derecha. Entramos porque yo quería llamar a casa, pero el teléfono público no funciona y por más moneda que entro se las traga y las escupe al rato.

Así que doy una vuelta por la librería y me pongo a revisar anaquel tras anaquel. Como los libros están muy caros, me voy a una sección de especiales, y ¡taran!, me encuentro con un ejemplar en hard cover de la novela The Diviners de Rick Moody. Recuerdo haber estado en la presentación de esa novela por el autor en otro Borders, no en este, en esos tiempos en que vivía en Chicago y no tenía los treinta dólares que valía la novela para comprarla. Ahora la venden a seis dólares y por supuesto me la llevo conmigo.

Salimos de la librería y nos dirigimos al John Hancock. Cuando vivíamos juntos, D y yo teníamos la rutina de subir con las personas que nos visitaban de la isla al observatorio del Hancock, burlando la seguridad del edificio. Avanzábamos sin detenernos donde venden los tickets con una gran confianza como dando a entender que ya los habíamos adquirido. Eso hacemos ahora, pero una de las muchachas trona.
- Where are you heading, guys?
No nos queda otra opción que devolvernos y echar a correr antes de que llamen a Seguridad. En la salida, en medio del frío, le digo a D y a L que quiero ir a Damen.
- ¿Recuerdan donde parqueamos el carro?
- No.
- No.
- Ah, vaya.
Caminamos y caminamos por veinte minutos hasta que al azar lo encontramos.

D maneja hasta Damen. Deben de ser como las nueve. O algo así. La temperatura está descendiendo vertiginosamente. Nos parqueamos lejos de Damen, frente a uno de los edificios de madera de tres pisos. Caminamos hasta la librería Myopic. Es mi librería favorita de Chicago. Aunque no tenía muchas ganas de estar buscando libros, entro y poco a poco ya estoy sacando libros de estantes. En la entrada tienen una mesa con libros de Vonnegut y una foto de él. Tienen la última de Thomas Pynchon que yo no he leído. Tienen a David Foster Wallace. Muchos libros de ciencia ficción. Tienen autores franceses, libros de Georges Bataille (el escritor favorito de los punks de Chicago). Tienen a Murakami, a James Tate. D y L suben las escaleras y me dejan en el primer piso junto a una pareja de lesbianas que rondan agarradas de las manos. El muchacho que atiende tiene puesto un disco de blue grass. Esa es otra de las razones por las que Myopic me gusta tanto. Por el bluegrass. Aunque al rato, quita el bluegrass y pone a Skinny Puppy. Me dirijo entonces a buscar narrativa. La librería tiene tres pisos, enormes anaqueles, un montón de libros, muchachas y muchachos que atienden y un gato. Cada vez que uno avanza por el piso, se lleva la sensación de que la librería tiene vida propia, pero también de que un paso en falso te puede llevar desde el tercer piso al segundo piso y del segundo al primer piso, sin tener que bajar las escaleras. En la parte trasera de la librería, desde el tercer piso, se observan los rieles del metro y se puede ver incluso a los pasajeros del metro cuando este pasa. Cada vez que esto ocurre parte de la librería se sacude. Subo hasta el segundo piso y le hago cosquillas en la barriga al gato de la librería. Busco en los estantes sin encontrar los libros de Stuart Dybek. Bajo y procedo a buscar las novelas que no tengo de Philip Roth. Me llevo Portnoy's Complaint que no me he leído todavía. También me llevo la trilogía Zuckerman Unbound. Busco y busco. Subo al tercer piso y arriba hay un grupo de muchachos intelectuales esperando el concierto de música experimental de esta noche. Demasiado aburrido. Abajo ya están D y L. Salimos de la librería.

De ahí vamos a un bar donde yo escribí un poema que me gusta mucho. El poema se llama Damen y habla de ese bar donde entramos ahora. Habla de la bartender que trabajaba entonces, pero ahora en cambio hay un bartender viejo de ojos azules. Pido una Guinness. Hay una banda tocando canciones de Joe Cocker. El metro pasa por la parte de atrás, aunque aquí no se sacude el bar. Hay muchas mujeres. Hay más mujeres que hombres. Las mujeres andan por un lado y los hombres por otro. Los hombres están sentados en la barra y jugando billar. Las mujeres están viendo la banda tocar y sentadas en las mesas parodiando Sex in the City. Una de estas cuenta la historia que voy a bautizar como la historia del baño. Según cuenta, estaban un sábado como ese, con poca gente, escuchando la banda tocar. En una, la gringa va al baño, encuentra la puerta abierta y entra. Entonces se topa con uno de los eventos más bizarros de su vida: una jeva orinando. ¿Duh?, dice la gringa del lado, que de seguro se sabe ya la historia y que lo hace para crear una especie de efecto especial en la historia. La gringa le responde que la jeva en vez de estar sentada en el toilet está de pie orinando. Esto quiere decir, por supuesto,
que se trata de un hombre. Un travesti con un precioso vestido que la gringa admite que de ninguna manera cabría ella en el. Las gringas a su lado se echan a reír. Una le pregunta cómo se sacó la cosa con el vestido puesto. Pero ya en este punto, ceso de oírlas.
Es la una y media de la mañana. La banda se ha tomado un receso y ponen música de Kanye West. Le digo a D y a L que saquemos pies. Está haciendo frío, tanto que al respirar sale un vaho de nuestras narices. Se nos acercan mujeres, nos preguntan direcciones y se marchan. Nos detenemos frente a Double Door, pero la fila es demasiado larga como para estar esperando a que la gente salga para entonces ingresar. A nuestro lado avanzan muchachas con vestidos y falditas. Cada vez que veo una le suelto un coño, debido a que la temperatura esta en cinco grados celsius y continúa descendiendo. Rumbo al carro, pasamos frente al bar Northside. De pronto oímos una canción de Modest Mouse que parece convidarnos dentro. Preguntamos si la cocina está abierta y nos dicen que sí. Tomamos asiento a donde están las pantallas de televisión por doquier, gente voceando, pidiendo papas fritas y jarras de cerveza. Me pongo a mirar el juego. En un momento, un jugador hace un donqueo increíble que levanta a todo el mundo de sus asientos. Cuando la cámara lo enfoca, me percato de que se trata de Al Horford.

- Oye esto.
Me levanté a las cuatro de la mañana en Santo Domingo. Ya van a ser las cuatro de la mañana en Chicago.
- Estás duro, Franco.
- ¿Te quieres ir a dormir?, pregunta L, mordiendo sus papitas fritas.

- Lo raro es que no siento sueño.
- ¿No?
- Para nada.
- Brindemos por la isla, propongo.
Alzo mi botella de Heineken y ellos sus vasos con vodka o algo así.
- Por la Isla.
- Por la Isla.
- Por la Isla.

Este brindis me hace recordar a la jevita
argentina, que el día antes de volar a Chicago, le había dicho a Pablo que tenía ocho años viviendo en la isla y que tan pronto se llega es imposible abandonarla. A Pablo y a mí se nos quedó eso en la cabeza y tres esquinas más adelante este se detiene y exclama que es como en Lost donde no se puede abandonar la isla.

Así que de repente, sentado en el bar Northside, rodeado de gringos borrachos y gringas lindísimas y televisores, frente a D y L, me siento como si estuviera en uno de esos flashbacks o flashfowards de Lost.
- Es difícil abandonar la isla.
Pienso, al tiempo que me doy un trago y Nina Simone vocea en todas las bocinas del establecimiento WATER WATER WATER...

4 comentarios:

D! dijo...

:-)

G dijo...

Me encanta Myopic, es de las mejores librerias de segunda mano que he visitado!... pero hay más de un gato, o no?
The Armadillo's Pillow también es buenísima.

Arturo dijo...

Only one thing I did wrong, I stayed in Mississipi a day too long!!!, que ápera la crónica...quiero ir a Chicago!!!

Jose Antigua dijo...

ey ,yo no fuí al hancock.